La noche es larga cuando las inquietudes nos roban el sueño. Me imagino a España como un país que da vueltas en la cama sin encontrar la serenidad necesaria para dormir. Preocupada por el agotamiento, supongo que siguió los buenos consejos: no ha bebido alcohol en las últimas horas, ha ventilado la habitación, se ha tomado un vaso de leche caliente y se ha metido en la cama con el alma alejada de las noticias del día.

 Pienso que España intenta recordar un paisaje feliz o que se pone a contar ovejas, una, dos, tres…, pero no puede conciliar el sueño. Son muchas las preocupaciones que oxidan la oscuridad y le provocan el insomnio. Las ovejas pacíficas se convierten en inquietudes cortantes que abren de par en par las horas. El reloj es un testigo hostil.
 Desde luego el asunto que más ruido hace es muy grave. La política no ha sabido encontrar soluciones a la articulación territorial del Estado. No se ha llegado a un acuerdo para entender, dibujar un camino razonable y consensuado, dialogar, pactar y votar. Se han erguido en gritos dos partes sin darse cuenta que la victoria de una sobre otra no resuelve nunca un problema íntimo. Porque las elecciones que llegan ahora no van a resolver el problema ni de los unos, ni de los otros, ni de los que se han quedado huérfanos por no querer participar en la mentira. El nacionalismo español parece no darse cuenta de que está creando condiciones para que minuto a minuto se eleve el número de catalanes ofendidos que apuesten por la independencia. Y el nacionalismo catalán no comprende que el día que consiga la independencia tendrá pocos motivos para sentirse orgulloso de un país más pobre que antes, con una cultura más provinciana que antes y con una parte numerosa de su población condenada a la infelicidad.
 El asunto es grave. Pero a la hora de perder el sueño imagino que España cuenta con más motivos de preocupación. Ni el pasado ni el futuro tienen argumentos para sonreír. El Gobierno españolista del PP ha vaciado en seis años el 88 % de la hucha de las pensiones. Dejar a los mayores sin el derecho a mantenerse con el esfuerzo de toda una vida no parece que sea buena forma de pensar en el pasado. El Gobierno del PP ha hundido la inversión en educación pública, nunca ha estado tan minusvalorada respecto al PIB, y ha elevado hasta un 40% la inversión en centros privados. El 90% de los colegios religiosos recibe financiación pública. Condenarnos a la incultura y al clasismo no parece buena formar de pensar en el futuro.

También quita el sueño la persistencia de la Iglesia, que está en todas partes como una enfermedad secular. Si ETA asesinaba, un cura celebraba el funeral de la víctima y otro cura amparaba sentimentalmente al asesino. El Dios y la Patria del carlismo decimonónico reaparecen ahora en el obispo y la monja independentistas y en la Conferencia Episcopal que respalda las actuaciones del gobierno. Los curas que viven junto a la miseria, junto a esos millones de hambrientos que hay en España según los datos de Cáritas, pintan muy poco bajo las cúpulas sahumadas que no conocen el amor. Así lo denunció en su Grito hacia Roma García Lorca, un poeta asesinado con pistolas y fusiles bendecidos por una Iglesia Católica que, se hable de lo que se hable, nunca descansa en paz.

Uno imagina que a España le quita el sueño la violencia machista, la desigualdad, la precariedad salarial, la falta de derechos laborales, la contaminación en las grandes ciudades, la zafiedad de la telebasura, la manipulación informativa de las medios públicos, la corrupción descarnada, el dinero en Andorra o en Suiza, los ordenadores rotos, los jueces comprados, los policías vendidos y la degradación de la democracia y de la política.

Uno imagina. Pero es muy posible que el insomne, al levantarse desvelado y al abrir la ventana de la noche, sólo oiga un largo, sonoro, impertinente ronquido. Los que gritan por el día, suelen dormir bien por la noche.

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