La indignación que ha provocado el asesinato de un niño nos hace sentir y pensar en la sociedad que formamos y en la condición humana.

La preocupación por la suerte de Gabriel y la compasión por el dolor de su padre y de su madre son naturales. Por fortuna, se trata de eso: de lo natural. Los seres humanos tenemos imaginación y somos capaces de ponernos en el lugar del otro. Los seres humanos tenemos bondad y nos sentimos inclinados a la solidaridad. En la articulación de los individuos y la sociedad, es importante la formación de un nosotros. Quizá el todos sea un exceso, porque en la configuración del nosotros conviene saber qué entra y qué es mejor dejar fuera. Hay algún todosdescabellado que no invita a integrarse, sino a quedarse fuera, a vivir en las afueras.

 El todos de la gente que pedía la pena de muerte junto al cadáver de un niño fue desolador, una prueba de que los seres humanos tienen también maldad, odio y raptos de bajeza. Por eso fue tan emocionante la reacción de humanidad del padre y la madre de Gabriel ante unos linchadores que pedían muy humanamente la ejecución inmediata de la criminal. Humanos, muy humanos, todos y todas.
Los seres humanos somos así. Sueños filosóficos, programas pedagógicos y revoluciones políticas han querido formar personas a su medida, ciudadanos obedientes, hombres nuevos. No seré yo quien ponga en duda la necesidad de la educación pública para formar personas y crear sociedades democráticas. Pero hoy vivo como un modo de resistencia y esperanza el hecho de que frente a cualquier programa social haya una condición humana que no pueda ser borrada por el poder.

Porque resulta que la sociedad capitalista que padecemos tiene poderosísimos medios de control y producción de seres humanos. Y su programa desquiciado invita al mal, a la avaricia, a la soledad, a la traición, al maltrato, al hambre de unos y a la ambición insaciable de otros. Saca lo peor de nosotros mismos. Creer que existe una condición humana no gobernada del todo por el poder, es la única manera de sentir y pensar que la bondad, nuestra bondad, tiene todavía posibilidades en este mundo.

Las cosas están como están. El espectáculo al que asistimos cada día justifica más un lema colectivo del tipo “Todos somos Ana Julia Quezada”, la madrastra asesina, protagonista de este cuento que es el capitalismo ebrio. Nos conduce un espíritu borracho al que no le importa estrellarse en su carrera. Un niño sufre una desgracia y los medios de comunicación lanzan a todos sus profesionales para sacar tajada de la muerte buscando audiencias. Los políticos se lanzan a presidir funerales, justificar estrategias mezquinas, defender las cadenas perpetuas y pedir votos. La gente se lanza a gritar “vivan las cadenas perpetuas”, viva la pena de muerte, vamos todos a la catedral para salir en la televisión durante el funeral.

Y uno se pregunta: ¿por qué los medios no convierten en espectáculo la muerte diaria de las personas sin hogar en el invierno de nuestras ciudades? ¿Por qué los medios y los políticos no convierten en escándalo el suceso diario de miles de personas que se ahogan en nuestros mares y se hunden en nuestras fronteras por culpa de nuestras leyes? ¿Por qué no se llenan las calles para gritar de forma desesperada contra la muerte masiva de niños que saltan por el aire en Siria o Palestina por culpa de las bombas salidas de nuestras fábricas? ¿Y los 3 millones de niños que mueren al año por desnutrición? ¿Todos somos Gabriel? No, somos más bien Ana Julia Quezada.

El sistema económico que nos gobierna saca lo peor de nosotros mismos como sociedad y como personas. Y eso tiene arreglo. Me parece curioso que nos preocupemos por remediar lo que no tiene arreglo y que consideremos imposible cambiar lo que puede arreglarse. El ser humano tiene poco arreglo. Siempre habrá en nosotros, pase lo que pase, se invente lo que se invente, una buena madre y una asesina, un padre bondadoso y un canalla, un deseo de justicia y un afán por explotar a los demás, un sentimiento de compasión y otro de odio. Somos así. Y de lo que se trata ahora es de cambiar el sistema económico y social que utiliza sus medios y sus políticas para envenenarnos del todo, para sustituir el Derecho por la Venganza, la solidaridad por el miedo y la compasión por el negocio.

Nuestra responsabilidad de hoy es comprender que resulta más fácil cambiar el funcionamiento de los Estados que la condición humana. Hacer posible una forma distinta de gobierno es la prioridad de los que quieren sentir y pensar en su compasión más que en su odio.

Publicado en InfoLibre.es

 

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