¿Y si nos independizamos de la corrupción?

La espectacular presencia de la corrupción en la vida política española exige algunas meditaciones tajantes sobre el pasado de nuestra sociedad y sus posibilidades de futuro. Resulta necesaria una discusión abierta sobre la historia inmediata, el funcionamiento de los partidos políticos, la concepción de lo público y el crédito de la democracia.

Empecemos por aclarar que no es la corrupción lo que nos diferencia de otros países como Francia, Alemania o Inglaterra. Corrupción hay en todas las democracias consolidadas. Si las dictaduras son un campo propicio para la cosecha del negocio oscuro, la democracia encuentra también con facilidad sus rincones para el cultivo del estiércol.
La ideología neoliberal, que debilita el crédito del Estado al mismo tiempo que lo utiliza como estrategia de fuerza para sus negocios, adelgaza la línea entre los intereses públicos y privados haciendo inseparable el capitalismo de la corrupción. La prepotencia actual de las élites económicas extrema una realidad de siempre. Nunca ha habido en ningún sitio una democracia real al margen de las tensiones corruptoras del mercado.

Lo que quizá caracteriza a España es la grosería de determinadas operaciones de corrupción debida a la impunidad de sus protagonistas. El sentimiento de impunidad ha definido el saqueo del dinero público. Se asumieron muchas barbaridades sin pensar en ningún momento que los abusos podían ser descubiertos. Pero la impunidad es más llamativa en la falta de vergüenza de muchos políticos dispuestos a seguir en sus cargos, impasibles los ademanes, una vez comprobada su mezquindad. Las responsabilidad política se desconoce. Para dimitir hace falta que la responsabilidad judicial lleve hasta las puertas de la cárcel.

España es un país en el que gobierna un partido juzgado por una corrupción generalizada, un virus que afecta a su cúpula, a sus modos de funcionamiento, a sus amigos empresarios y a sus maneras de usar las instituciones y de invertir el dinero público. Pese a los ruidosos indicios de complicidad, Mariano Rajoy no ha pensado en dimitir. Mariano Rajoy y su partido son el problema más grave de la democracia española.

Nuestra democracia sobrevive en una absoluta falta de respeto al espacio público. No existe la virtud en los escenarios de gobierno, y las instituciones se convierten en cortijos privados. Muchos de los estribillos que caracterizan nuestros debates responden  a la falta de consideración que merece la decencia pública: desde el tú robas más que yo hasta los pactos con corruptos bajo la excusa de los imperativos políticos, pasando por el descarado argumento de que los castigos o los premios electorales pueden sustituir al código penal.

Sin duda hay razones de todo tipo para esta convivencia española con la corrupción. En el saco entran muchos motivos:

1) La tradicional santificación de la hipocresía de nuestra cultura católica.

2) La impunidad con la que muchos protagonistas de la dictadura fueron considerados padres de la patria democrática, convirtiendo la honestidad en una mascarada, desde el rey a los súbditos.

3) La debilidad de un sector empresarial que vive más de explotar al Estado que de su propia capacidad de producción.

4) La falta de pudor democrático de unos partidos que han considerado la política como ámbito de financiación de sus organizaciones y como posibilidad de colocación de sus militantes.

5) El protagonismo de medios de comunicación cercanos al poder y a las élites económicas. 

6) La confianza de los gobernantes en su control de la Fiscalíay de los órganos judiciales.

7) La servidumbre voluntaria que todo lo iguala en la indignación y en la falta de amor por las instituciones públicas, aceptando la consigna de que todos son iguales y esto no tiene arreglo.

8) Una ética neoliberal que ha cambiado los corazones, sustituyendo la solidaridad por la fascinación ante el dinero y los privilegios. 

9) La telebasura, la consigna del éxito, los nuevos ídolos, los miedos de siempre…

Seguro que cada lector puede añadir muchas razones convincentes.

España llegó a la democracia en un buen momento para España, pero en un mal momento para la democracia.No hemos sabido consagrar la virtud pública como norma de convivencia. Y esto es grave, muy grave, hasta el punto de que no debería permitirse que otros conflictos graves, muy graves, fueran utilizados por los corruptos para seguir en su negociado de indicios e indecencias.

Ser intransigentes con la corrupción política es la bandera más preciada de cualquier sociedad, el camino para cualquier solución posible de cualquier problema. España necesita independizarse de la corrupción si quiere mantenerse unida a un futuro habitable…

Palestina y la posverdad

No llueve sobre mojado, pero cae la sequedad sobre la sequía. La reciente visita del presidente de Israel a España sirvió para seguir insistiendo en el asunto estrella de estas semanas: el debate catalán. ¿Qué diría Reuven Rivlin? La verdad es que había motivos para la curiosidad. Desde hace años, el nacionalismo catalán, con su deseo de crear país, ha expresado muchas simpatías no ya por el Estado de Israel, sino por la eficacia del espíritu sionista. Pero, por otra parte, los jóvenes de la CUP se han separado de las sonrisas de Jordi Pujol y Artur Mas y han mostrado más de una vez su solidaridad con Palestina. Puestas las cosas así, el presidente Reuven Rivlin utilizó su mejor sonrisa para afirmar el apoyo a la unidad de España y decir que “espera y reza para que todos los conflictos se resuelvan en paz”.

Cuando la gente bien pensante se escandaliza con las barbaridades de personajes como Donald Trump, tiendo a acordarme de la sonrisa de gente mucho menos escandalosa a la hora de decir mentiras, gente que considera incluso la utilidad política de la mentira como parte del buen gobierno. La posverdad y la posdemocracia conocen un mismo fondo: el descrédito generalizado de los que dicen hablar en nombre de la verdad y la democracia.

El estribillo de todos son iguales prepara el terreno para que surjan líderes carismáticos decididos a romper con las organizaciones tradicionales de la política. Más que una solución a las deficiencias democráticas, llevan al extremo los vicios imperantes en el discurso de la representación. También la lógica de la posverdad, las afirmaciones que se desentienden de los datos y los hechos, lleva al extremo el cinismo de los que mienten o sonríen en nombre de las razones de Estado y de los valores de la cultura occidental.

No creo que sea correcto afirmar desde un punto de vista histórico que la posverdad es la mentira de siempre, pero sí creo que en el éxito de la posverdad están las sonoras y grandes mentiras, esas armas de destrucción masiva que justificaban la destrucción de Irak o esos etarras que, según el gobierno Aznar, habían atentado el 11 de marzo de 2004 en Madrid. Cuánto se ha mentido antes de llegar a la posverdad.

¿Qué características singulares aporta la posverdad a la mentira de siempre? Me lo he preguntado al sentir que la visita del presidente de Israel servía más para preguntarse por Cataluña que para recordar el drama palestino. La sonrisa con la que Gran Bretaña, EE.UU. y buena parte del mundo occidental aceptaron las ambiciones sionistas a lo largo del siglo XX y su violencia sobre Palestina es una de esas grandes mentiras socialesque han desembocado en el impudor de la posverdad. Los datos de la geografía y de la historia fueron sustituidos a sangre y fuego por una consigna oficial muy falsificadora.

Ya casi nadie se acuerda de Palestina en los debates políticos. Pensemos, en primer lugar, que el mundo acelerado de la información produce miles de noticias al día en las redes. Sigamos pensando en una realidad en la que la saturación informativa exige discriminar, y la discriminación supone buscar de forma hedonista aquellas opiniones que confirman y halagan nuestras inquietudes. Un pensamiento más nos conduce a comprender que la captación de audiencias exige imágenes melodramáticas, atentados terroristas, lágrimas y escombros,pero no un análisis serio de las causas de los conflictos, por ejemplo, las causas del terrorismo fundamentalista y la batalla islámica contra Occidente. Para concluir, podemos incluso pensar en eso que Walter Benjamin llamó empobrecimiento de la experiencia. Las realidades virtuales del mundo de la imagen que Benjamin denunció en los orígenes del nazismo, hoy multiplicadas por mil, nos hacen perder con facilidad la memoria y nos sitúan en el consumo de un tiempo de usar y tirar. Somos sujetos inclinados por los que el tiempo resbala. Inclinados como las pantallas de los ordenadores cuando el usuario quiere ver con más comodidad.

¿Quién se va a acordar de Palestina? La prensa no. Quizá la poesía, ese ámbito que se niega todavía al empobrecimiento de la experiencia en nombre de la verdad. La poesía no reza, ni espera que todos los conflictos se resuelvan en paz.

Publicada en InfoLibre.es

Estar en Barcelona

Cansado de los asuntos y los debates del ser, necesito de vez en cuando acudir al modesto refugio del estar. Eso he hecho estos días: he tomado un tren, he visto cómo el campo corre por la ventanilla a una velocidad de vértigo y me he bajado en la estación de Barcelona Sants.

Gustavo Adolfo Bécquer descubrió la velocidad del mundo al subirse como periodista a un tren. El encargo de informar sobre la inauguración de la línea de ferrocarril Madrid-San Sebastián le hizo descubrir el vértigo de la historia contemporánea en el que los acontecimientos se suceden como paisajes devorados por otros paisajes. Era el 15 de agosto de 1864. Años más tarde llegó el avión, llegaron las redes sociales, el mundo digital y la vida condenada a una prisa cada vez más desfiguradora. Desde Bécquer y sus Rimas, la poesía no hace otra cosa que pensar una respuesta humana a esta aceleración que vive para negarlo todo y dejarnos vacíos.

El querer estar es un refugio cuando la obsesión de ser cae en el vértigo. El estar a tiempo no significa entonces participar en una carrera, sino estar cuando hace falta, estar siempre ahí, estar con los pies en la tierra, la voluntad de preguntarle a los amigos y las amigas si están bien.

Con Xavier y los lectores de la Llibreria Nollegiu hablamos de García Lorca, recordamos dos versos de Poeta en Nueva York“Yo denuncio a toda la gente / que ignora a la otra mitad”. Ante los grandes mataderos de la Metrópoli, escucha la experiencia de los pobres, los negros, las mujeres y la naturaleza para escribir que debajo de las multiplicaciones o de las divisiones siempre hay una gota de sangre. Y se interesa en aclarar, bajo el signo de Dante, un matiz decisivo: “No es el infierno, es la calle. / No es la muerte. Es la tienda de frutas”.Es la vida cotidiana, la vida de la gente, la tienda del barrio, esos lugares en los que la amistad busca huecos para escucharse. He venido a Barcelona para escuchar. No en busca de información política, porque estoy ya saturado de información, no sabemos nada por culpa de los excesos de información. He venido para estar con los amigos, para preguntarles cómo están, para cumplir el rito necesario y lento de contarnos la vida.

Quedo a comer un día con Joaquín, Jordi y Domingo, colegas de la Universidad y la poesía. Quedo a comer otro día con Mariona y Joan para hablar de todo, porque cuando hablamos como si nada de Joana y Elisa nos damos cuenta de que estamos hablando de todo. Luego me acerco a los estudios de la calle Caspe de la cadena Ser para entrar en Hora 25, y le digo a Àngels –que me escucha desde Madrid–, que hoy escucho y hablo desde Barcelona, su ciudad. Estar a la escucha antes de hablar es saber ponerse en el lugar del otro.

Voy al cine con Marta y Mónica, me tomo un gin-tonic con Marçal, llamo por teléfono a Rosana para que venga el domingo en su silla de ruedas a la lectura que hacemos Joan y yo. Vamos a celebrar el cuarto cumpleaños de Nollegiu. En el libro que acaba de publicar Joan, Un hivern fascinant, hay un poema que me emociona de manera particular. Sonríe cuando ve a un padre fatigado empujando la silla de ruedas de su hija por la calle de Atocha.

Como ahora la velocidad es el avión, a Joan le gusta viajar en tren. Y como teme las prisas, cuando viene a Madrid, prefiere dormir en algún hotel de la calle Atocha para estar cerca de la estación en el momento de la salida. En esa calle en cuesta, vio a un padre empujando una silla de ruedas, y el padre quizá pensó que alguien con humor mezquino se reía de su sudor. No sabía que Joan pensaba en su vida, en una vida que encontró sentido poético en su hija ya muerta y en la rutina de empujar durante años una silla de ruedas. El hombre de la calle Atocha no sabía, es lógico, cómo iba a saber, desconocemos tantas cosas.

Mis amigas y mis amigos tienen sus sentimientos y sus ideas. Unos son independentistas y otros no; unos no eran independentistas, pero van a votar ahora a los independentistas; y otros eran independentistas de siempre, pero ya no quieren ni oír hablar de las mentiras del independentismo. Otros siguen más o menos siendo lo que eran pese a vivir alarmados por los acontecimientos. Y otros ya no saben lo que son, ni dónde están, porque su empresa se ha ido a Alicante, mientras la de su mujer se va a Madrid. Quiero mucho a un antiguo comunista, interrogado por el sangriento comisario Creix en los años más duros de Via Laietana, que dice estar casi dispuesto a votar a Rajoy por indignación ante las secuelas del Régimen de Pujol.

Me lo dice, y luego sonríe y me comenta “ya sabes que no, he dicho casi, estoy exagerando”. Yo lo escucho, sonrío también, reímos; cualquiera que nos vea se preguntará con indignación de qué se están riendo estos al hablar de Catalunya. Si se decide a escucharnos, a escuchar las palabras de la mesa de al lado, no encontrará la palabrería de las consignas. Quizá sólo oiga el murmullo de un cansancio, el cansancio del ser, y mi necesidad de estar en Barcelona, la voluntad de estar con los amigos.

Publicado en InfoLibre.es

Vigilar un examen sobre Historia de España

Ser dos ojos
que deben contemplar la triste historia
del joven español que se hace viejo.
Al fondo de la clase,
un murmullo de himnos, canciones y protestas.

Miro en aquel pupitre
a ese niño que fui. Estaban las preguntas
en un folio marcado con yugos y sotanas.
De memoria sabía
rezar, callar, decir que sí, perdón,
no me lo tome en cuenta.

Me veo adolescente. El muchacho de al lado
aprendió sus lecciones. Yo procuro copiarme
para correr y luego
imaginar los ríos de montaña,
el agua pura
hasta donde no llegan las mentiras,
ni el privilegio impune,
ni la pobreza calculada
como una enfermedad de la nación.

En la última fila
rebusca en su libreta el joven descarado
que ya no tiene miedo,
que no soporta el gris,
que no piensa perder porque desprecia
las mentiras ocultas en las buenas palabras
y en los malos silencios.

Vigilar un examen
sobre historia de España. Ser dos ojos
de persona mayor
doctorada en antiguas esperanzas
que una vez más observa
la fatuidad, la corrupción, la falta
de pudor en los jefes de la tribu.

Nada me cansa más
que corregir exámenes. Ver cómo pasa el tiempo,
envejecer, sentirse tachadura
sobre papeles amarillos,
víctima y responsable
de un amargo suspenso general.

Publicado en InfoLibre.es

Dialogar, ¿entre quién?

Hay momentos en los que la realidad nos desnuda. Buena parte de la tarea política y cultural está destinada a medir, cortar, pespuntear, vestir o disfrazar la realidad. La conciencia de que la sociedad es una sastrería imperfecta nos ha hecho perder la confianza en muchas cosas, incluso en la verdad. Los que se toman en serio el concepto de posverdad son unos nostálgicos. Sin conciencia histórica, admiten que vivimos después de la Verdad. ¿Pero hubo alguna vez una Verdad al margen de la vara de medir o del bastón de mando de la Historia?

Por mucho que intentemos vestir la realidad, hay conflictos en los que esa realidad llega a desnudarnos. No existen soluciones fáciles, incluso uno llega a pensar que no existe solución. La única salida realista parece ser la aceptación del dolor. Incluso de la catástrofe. Utilizo mucho la palabra incluso, pero es que las situaciones en las que la realidad nos desnuda, aunque en un primer momento nos atan a la tierra, acaban convirtiendo el mundo en un espacio parecido a La Inclusa, una casa de expósitos.

Para negarse a la catástrofe, no queda otra alternativa que sentarse a hablar de verdad, incluso sentarse a hablar sobre la verdad. No existen verdades esenciales, pero existen ilusiones sentidas como verdad. Pierre Bourdieu explicó en Las reglas del arte (Anagrama, 1995) que la illusio, sentida como adhesión al relato, es la premisa necesaria para que sean vividas de verdad las ficciones. En esta sastrería imperfecta y en rebajas que hoy es el mundo, con grandes colas en las puertas del negocio, gente apresurada para hacer su compra en situación de emergencia, ya no basta con decir que la Verdad del relato está al servicio del Poder. Habrá que buscar una verdad alternativa y transitoria, un relato y un poder que le devuelvan la dignidad a la política y al ser humano. No podemos prescindir de la ilusión, no podemos normalizar la catástrofe.

Confieso que el conflicto catalán me ha dejado desnudo. Estoy en La Inclusa. Desde hace mucho tiempo me afectan razones y sentimientos de rabia, solidaridad, disidencia, indignación y cansancio. No puedo renunciar a la ley democrática, ni puedo hablar al margen del amor.

Por eso no me basta con denunciar la mezquina irresponsabilidad del PP, capaz de abrir una brecha calculada en busca de su beneficio electoral. En nombre de la Unidad de España, han cultivado la amenaza del separatismo catalán para ocultar sus propias corrupciones y su política santificadora de la desigualdad, poniendo además en dificultades de identidad a los sindicatos y a los partidos de la izquierda. Tampoco me basta con denunciar a la derecha catalana, capaz de traicionar a su burguesía y a su tejido económico para ocultar su corrupción, su canibalismo y su propia liquidación de los servicios públicos. La illusio que ha creado de una independencia posibleha sido vivida como relato de verdad por mucha gente. La factura sentimental y económica, más allá de las lágrimas de los jóvenes que tienen en el banco 150 euros para darse un capricho a final de mes, la pagarán como siempre los más débiles, los que no alcanzan para darle un desayuno por las mañanas a sus hijos.

En la España repleta de banderas, incluida Cataluña, hay más de 13 millones de personas en el umbral de la pobreza. Por eso no me basta con denunciar a la derecha. ¿Por qué la izquierda no es capaz de sentarse a hablar? ¿Por qué no se puede articular un relato, una illusio que haga vivir como verdad y prioridad la conciencia histórica, el deseo de justicia social, la solidaridad, el respeto, la democracia profunda? Por qué somos incapaces de comprender el sentido de Europa y las lógicas del siglo XXI?

Pedimos una y otra vez que dialogue el gobierno del Estado con el gobierno de la Generalitat. ¿Pero dónde está el diálogo de la izquierda?

Se va a aplicar el artículo 155, se convocarán elecciones en Cataluña. Sea cual sea el resultado, sea cual sea la dureza o la gravedad de los hechos, el conflicto no lo solucionaran unas elecciones. La fractura sentimental de la sociedad catalana dolerá más allá de unos resultados coyunturales. ¿No es posible tomarse en serio la construcción de un espacio que procure mañana y pasado mañana el debate y el acuerdo político en vez del choque de trenes o el enfrentamiento de identidades?

Es irresponsable, muy irresponsable, que la izquierda busque en el espectáculo de las rebajas sólo motivos para robarle votosa los que son por necesidad, por esa realidad que nos desnuda, compañeros de viaje imprescindibles.

Es un artículo triste, ya lo sé. Pero este sentimiento de tristeza me parece hoy mucho más legítimo que las alegrías y las soflamas.

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