La hipocresía de Europa y los males de la globalización

La globalización ha traído mayor desigualdad, afectando a ciertos territorios y personas, sobre todo a aquellos que tienen menor resiliencia y capacidad de adaptación a los cambios.

El pasado 10 de mayo la Unión Europa lanzó un documento en el que reflexionaba sobre los efectos negativos de la globalización, y que la mayor parte de la prensa ha recogido como la entonación de un mea culpa y la expresión de un propósito de cambio por parte de una Unión amenazada por el Brexit, la victoria de Trump o el creciente protagonismo en Europa de lo que llaman populismos. Yo, en cambio, dudo de que simplemente reconocer que “los miedos de la globalización son reales y bien fundados”, y que ha dejado regiones y personas perdedoras también en Europa, suponga un cambio de rumbo que siente las bases de una nueva forma de gobernanza global o europea.

Por la sencilla razón de que la propia construcción europea es una pieza esencial de ese modelo de crecimiento y gobernanza que comenzó a desarrollarse en las décadas de los setenta y ochenta del siglo pasado, de la mano de la revolución neoliberal, la globalización, la financiarización de la economía y las grandes transformaciones -también de base tecnológica- que se han dado en el sistema productivo y en el modelo de acumulación, multiplicando los factores de inestabilidad y riesgo, aumentando las desigualdades económicas, privatizando las condiciones de vida de gran parte de la población y limitando el funcionamiento de la democracia.

Cuando en 1992 se firmó el Tratado de Maastricht, punto de inflexión del actual modelo de gobernanza europeo, yo tenía 22 años y acababa de obtener una beca para realizar mi tesis doctoral en el Instituto Universitario Europeo, centro de investigación de postgrado dependiente de la Unión Europea y ubicado en las colinas que rodean Florencia. Me había licenciado el año anterior en la universidad francesa de Lyon, gracias precisamente a otra beca europea –a la que se sumaba la beca Gálvez-Muñoz–, y era, como todos mis colegas de doctorado, una ferviente pro-europeísta. También era una española de mi generación que seguía identificando Europa con avances en democracia, bienestar e igualdad.

Supongo que aún era demasiado joven y estaba demasiado concentrada en mi carrera académica y en la realización de mi tesis doctoral para ser consciente de que la arquitectura institucional que se estaba construyendo en Europa en ese momento, de la mano de la hiperglobalización financiera y la revolución neoliberal, nos estaba llevando a una creciente pérdida de soberanía que no iba unida a más sino a menos democracia.

El economista Dani Rodrik afirma que nuestras sociedades se enfrentan a un trilema, que tienen que elegir entre globalización, estado nación y democracia. En teoría, puede parecer claro que la pieza del trilema que hay que dejar caer es el estado nación. La globalización, como reconoce textualmente el propio documento de la Unión Europea sobre sus efectos nocivos, ha traído también muchos beneficios a la humanidad: “Un mundo más conectado ha supuesto disfrutar de nuevas oportunidades. Las personas ahora viajan, trabajan, aprenden y viven en diferentes países. Interactúan también en la web, compartiendo sus ideas, culturas y experiencias. Los estudiantes tienen acceso on line a cursos que desarrollan las universidades más importantes del mundo. Los países producen más por menos, especializándose en aquello que hacen mejor y explotando economías de escala en mercados globales. La competencia internacional, la acción global contra el cambio climático, la cooperación científica y el intercambio de ideas ha estimulado la creatividad y acelerado la innovación. Las empresas activas en los mercados internacionales se mantienen competitivas porque aprenden y se adaptan con mayor rapidez (…) La globalización ha tenido efectos positivos similares alrededor del mundo. Ha ayudado a salir a cientos de millones de personas de la pobreza y a los países pobres a converger. Ha jugado un importante papel en el aumento de la estabilidad, la democracia y la paz”. Pero nada dice el texto de las condiciones de esclavitud que las empresas globalizadas han impuestos a millones de personas, de los desplazamientos de población, del trafico de personas o de los conflictos bélicos que asoman por doquier.

Por el contrario, el documento sí se refiere a otros efectos nocivos y nos dice que la globalización, además de todo lo bueno anteriormente enumerado, también ha traído mayor desigualdad, afectando especialmente a ciertos territorios y personas, sobre todo a aquellos que tienen menor resiliencia y capacidad de adaptación a los cambios. El documento alude a que esto ha sido así por deficiencias en los sistemas educativos y de formación y, sobre todo, por la competencia desleal que sobre Europa han ejercido otros territorios o empresas extranjeras.

Como el documento también habla de la inmigración ilegal como causa de esos efectos perniciosos de la globalización, podemos pensar que nos está diciendo que los inmigrantes ilegales también han incurrido en competencia desleal para con la ciudadanía europea. De hecho, controlar la inmigración ilegal es, junto con invertir en educación e innovación para garantizar la correcta cualificación de la ciudadanía europea asegurar la competencia justa y regular los mercados de manera inteligente cuando se requiera, una de las principales recetas que ofrece el documento. Se aboga por una mejor gobernanza global y por reglas de juego globales para evitar la espiral proteccionista y aislacionista que se cierne en el horizonte: ‘The global rulebook remains far from complete’, la elaboración de las reglas de juego globales está lejos de ser completada.

En ese sentido, una economía y una sociedad globalizada sólo podrán coexistir con unas instituciones, reglas de juego o gobierno globalizados, o lo más cercano a ello, que puede ser una institución supranacional como la UE. No obstante, el desarrollo histórico de estas últimas décadas nos muestra una realidad bien distinta. Primero, no es cierto que estemos en un escenario de globalización, sino en uno de hiperglobalización financiera. Lo único que se mueve con total libertad y ausencia de control es el capital, lo que ha llevado a una financiarización de nuestras economías.

La financiarización se refiere a la importancia que adquieren los mercados, los motivos, las instituciones y las élites financieras en la economía y las instituciones que la gobiernan, tanto a nivel nacional como internacional. Sus manifestaciones son, por tanto, muy plurales y afectan a la práctica totalidad de la vida económica, e incluso a la actividad social y política, y suponen el predominio de la economía financiera sobre las economías productiva y reproductiva. Gracias a que genera grandes beneficios, la actividad financiera da lugar además a un gran poder político que transforma la gobernanza internacional y también las nacionales, y otorga gran influencia social a quienes poseen recursos financieros. No sólo a través de su gran capacidad de decisión, sino también de su intervención en la producción científica y la opinión pública, tanto controlando los medios de comunicación como, más recientemente, el uso del Big data, algo que ha quedado demostrado con la victoria del Trump o con el Brexit.

Política de fronteras

Basta con contrastar la movilidad del capital con la de las personas para entender de qué hablo. Mientras que algoritmos matemáticos mueven cientos de miles de millones de dólares, euros, yenes o yuanes en microsegundos, el Mediterráneo se parece cada día más a un cementerio, también de bebés, de criaturas para quienes se buscaba una vida con más oportunidades y dignidad de las que podían garantizarles sus países de origen, en parte gracias a los efectos diferenciados de esa globalización económica en los distintos países y, sobre todo, en los diversos grupos de personas dentro de cada país.

En la otra gran frontera de desigualdad económica, la de Estados Unidos con México, el presidente Donald Trump busca fondos para completar un muro que ya comenzara en su día Bill Clinton. En las propias fronteras españolas con Marruecos tenemos vallas armadas con concertinas. Y las mafias que trafican con personas, especialmente con refugiados, mujeres y menores, aumentan cada día el beneficio de un comercio sumamente lucrativo.

Así que no estamos frente a una globalización total y la Unión Europea, con su política de fronteras o el acuerdo con Turquía para retener a los refugiados víctimas de guerras con las que se lucran nuestras empresas, es un buen ejemplo de ello. Además, la Unión Europea, a través de su arquitectura supranacional, se ha convertido en un espacio privilegiado para el desarrollo de políticas que han favorecido los intereses de esos grandes grupos empresariales y financieros, en contra de los propios principios rectores de la Unión y de esa idea que aún subyace en parte de la ciudadanía de que más Europa es igual a más democracia, bienestar e igualdad.

Lo que ha ocurrido en la Unión Europea, con referéndums que no han sido respetados, como en el caso de Grecia, o la imposición de políticas de austeridad sumamente gravosas para la población de determinados países a través de los rescates o los memorandum of understanding, nos puede llevar a pensar que esta institución, tal y como la conocemos ahora, es un ejemplo de cómo la soberanía popular y la democracia dentro del capitalismo sólo pueden garantizarse dentro de los límites del estado nación. Así que quizás no es el estado nación el elemento que hay que dejar caer del trilema. Sería maravilloso disponer de reglas de juego globales que aseguraran el acceso a los recursos, la dignidad y la participación en la vida común de todas las personas, pero no es eso lo que está promoviendo la Unión Europea con sus políticas, ni siquiera con este documento tan aparentemente buenista y medido.

Lo que, en mi opinión, busca la Unión Europa con este documento sobre los efectos negativos de la globalización son dos cosas. Primero, legitimar la idea de Europa, de la actual Unión Europea, de cara a su ciudadanía, entre quienes se encuentran muchos perdedores y perdedoras de la globalización, pero también del deterioro democrático que la construcción europea ha traído en estas últimas décadas. Y en vez de atraerlos reforzando unas estructuras comunes más democráticas, lo hace prometiendo que su trozo de pastel quedará para la ciudadanía europea gracias al control de la inmigración ilegal. No se dice nada de cómo se repartirá el pastel que le toque a Europa entre los propios europeos y europeas, más allá de hablar de políticas sectoriales y territoriales para los sectores o zonas más castigadas por la competencia internacional, sin mencionar, por ejemplo, los propios desequilibrios internos que un diseño desigual del euro ha traído entre países.

El documento insiste en que la ciudadanía europea debe tener confianza en que sus gobiernos la protegerán y empoderarán a través de políticas sociales robustas, como parte esencial de la respuesta europea a la globalización. Pero no aclara en ningún momento cómo va a ser eso posible dentro de una Europa que desde hace varios lustros promueve la privatización y reducción del estado social a través de políticas de corte deflacionistas, ahora mal llamadas de austeridad. Sólo alude a la mejor preparación de la ciudadanía frente a los retos del cambio tecnológico y la globalización, poniendo precisamente como ejemplos el modelo de educación dual vocacional alemana o la flexiseguridad danesa, que no garantizan de hecho la igualdad de oportunidades entre los distintos grupos de población en relación a su género, clase o etnia.

El segundo objetivo que, desde mi punto de vista, busca la Unión Europea con la publicación de este documento es seguir construyendo, una vez que se relegitime la Unión, esa estructura supranacional que permita a las élites europeas colocarse en una buena posición de cara a los retos que la globalización, el cambio tecnológico, la financiarización de la economía, el incremento de las desigualdades económicas y los nuevos equilibrios o desequilibrios geopolíticos sin duda traerán a modo de movimiento tectónico global que hará temblar los cimientos de nuestras sociedades. Así, habla de mejores acuerdos con sus socios comerciales, del control de fronteras previamente aludido o de una más integrada y proactiva diplomacia económica europea, que abrirá delegaciones en más partes del mundo para permitir a la Unión tener instrumentos efectivos de defensa comercial. Por tanto, este documento no implica ningún cambio de ruta hacia una globalización o una Europa más justas, inclusivas y democráticas. Más bien parece una guía para desarrollar una Europa que, más que por sus valores humanos y sociales, se distinga por su identidad, construida en oposición a quien no es europeo.

Publicado en ElDiario.es

 

Europa, memoria y responsabilidad

Este año se cumple el 60 aniversario de la firma del Tratado de Roma, un acuerdo clave para la creación de una Europa más unida y próspera, defensora de valores como son, entre otros, la igualdad, la solidaridad y la convivencia. Grandes expectativas, sin duda alguna, que lamentablemente se han visto frustradas. La conmemoración de esta efemérides no ha podido tener un sabor más amargo. Los discursos y llamamientos lanzados por los Gobiernos de los Estados miembros, defendiendo con poco éxito un proyecto en sus horas más bajas, se han enfrentado a la realidad del Brexit, el auge de las ideologías de extrema derecha, el empobrecimiento crónico de las clases medias y populares, la crisis de las personas refugiadas y la desconfianza, cuando no el rechazo explicito, de la ciudadanía, a la que deberían representar.

Europa se enfrenta a un futuro lleno de incertidumbres, derivado, en gran medida, de la incapacidad demostrada por sus gestores para responder satisfactoriamente a las necesidades y aspiraciones de las personas que la integran. La unidad económica y monetaria, el banco único, la defensa basada en el militarismo impuesto por la OTAN y la ausencia de un control democrático sobre las decisiones adoptadas en Bruselas o Estrasburgo, se han convertido en el verdadero fundamento de la Unión Europea, y están en el origen de la pérdida de legitimidad de unas instituciones y un modelo, que no han mostrado ninguna sensibilidad ante dramas como el paro, los recortes sociales, el racismo o el cambio climático.

Los desafíos que amenazan a Europa en el corto plazo se agravan día a día, sin que sus responsables sepan cómo abordarlos de un modo proactivo y eficaz. Parece difícil concluir que quienes nos han conducido al abismo puedan ahora salvarnos de la debacle que se intuye. El terrorismo yihadista, la llegada a la Casa Blanca de Donald Trump, las tendencias centrífugas que cobran fuerza en cada vez más países, la desafección creciente de la ciudadanía europea hacia un proyecto compartido o las amenazas que se proyectan sobre las próximas elecciones en Francia y Alemania son razones suficientes para la preocupación y el desasosiego . La radicalización de grupos islamistas asentados en el corazón de Europa alimentan los posicionamientos más xenófobos, en una espiral peligrosa, que parece no tener fin. En este contexto, solo cabe preguntarse si hay una solución viable y útil que nos ayude a repensar y reformular el concepto Europa.

La respuesta no es fácil. Las instituciones de la UE son percibidas como una estructura opaca, ajena a las preocupaciones de la ciudadanía, dirigida por élites que actúan como un ejército fiel al servicio del neoliberalismo más feroz. Las fuerzas de la derecha y del centro hacen suyos planteamientos del populismo más reaccionario en un intento por preservar su espacio y evitar la pérdida de votos, en una estrategia fallida que termina por fortalecer la posición política de figuras como Le Pen o Wilders, entre otros. La izquierda, por su parte, no tiene un relato convincente y compartido sobre la Unión Europea, más allá de una posición crítica, que no logra articular una alternativa creíble con opciones de ser socializada.

Son muchas las voces que alertan sobre los efectos perniciosos del capitalismo y la urgencia de promover un cambio del modelo de desarrollo, que tenga como prioridad atender los requerimientos de las personas. Me refiero a derechos fundamentales como son el empleo, la educación, la sanidad, la vivienda, un sistema digno de pensiones y un medio ambiente sano. Hablamos, en definitiva, de aspectos clave que contribuyen a una vida más plena y feliz. Soñamos, en su día, especialmente en España tras cuarenta años de dictadura, con una Europa más democrática, más justa y más solidaria, y ahora sentimos decepción, frustración y desapego. Incluso los representantes de los Estados miembros de la Unión saben que, sin la adhesión ciudadana, Europa se resquebraja. Sin embargo, siendo esto verdad, no son capaces de planificar una hoja de ruta que nos permita salir del atolladero en el que nos encontramos. Las fuerzas neoliberales no muestran propósito sincero de enmienda, presionadas además por el avance la extrema derecha, y la izquierda, debilitada en el contexto europeo, no puede ejercer la influencia deseada. Parece evidente que este escenario no invita al optimismo. La revolución tecnológica y la globalización, al menos en los próximos diez años, destruirán más empleo de los que crearán y la desigualdad continuará creciendo, profundizando la brecha social.

Por ello, resulta prioritario que las fuerzas de la izquierda alternativa y transformadora sumen voluntades para definir una alternativa efectiva, plural y unitaria , desarrollando un nuevo relato sobre Europa, que se centre en recuperar sus señas de identidad originarias. Un proyecto que ilusione , movilice y confronte con el modelo hegemónico de la derecha , que cuenta con la colaboración inestimable de la mal llamada socialdemocracia, que se ha reducido a hacer del espacio europeo un gran mercado ,sostenido por un entramado institucional con grandes déficits democráticos, y que aplica sobre los estados más débiles la tiranía del austericidio. Pienso en una Europa más democrática, que escuche a sus habitantes, establezca cauces de participación y fije como criterios de funcionamiento la transparencia y la ética; una Europa más social, que fije una carta de derechos sociales y laborales vinculante, que establezca políticas fiscales progresivas y mecanismos reales de redistribución , que combata las causas que explican el empobrecimiento de la población, luche contra la injusticia y los abusos, y garantice políticas que favorezcan el bienestar y calidad de vida de la población; una Europa más solidaria, que integre a las personas inmigrantes, acoja a quienes buscan refugio huyendo del hambre y de las guerras y haga de la diversidad un factor de enriquecimiento; una Europa más plural, que reconozca el derecho a decidir de pueblos como Euskadi, Catalunya o Escocia, entre otros. En definitiva, como decía José​ Saramago, “sin memoria no existimos y sin responsabilidad quizá no merezcamos existir”. Aprendamos la lección.

Artículo publicado en EL CORREO

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