Pobre amor mío

Hoy, la actualidad cuenta un episodio de mi historia personal, que empezó en 2006 y duró varios años. Algunos días, los padres y las madres de los colegios públicos de Chamberí, levantábamos a los niños media hora antes. A las ocho y media de la mañana, nos manifestábamos en los jardines del Canal de Isabel II, sobre los que el Ayuntamiento pretendía construir un campo de golf. Una semana tras otra, íbamos hasta allí todos juntos para protestar durante media hora contra aquel proyecto descabellado y faraónico que, como tantos otros, se hizo realidad. En aquella época, no entendíamos que el patrimonio de la empresa pública del agua de Madrid pudiera destinarse a un proyecto tan exclusivo y ajeno a su naturaleza. Ahora ya sabemos por qué.

También hemos descubierto las razones de la virulencia con la que nos atacaba la prensa afín al PP. Progres trasnochados, nos llamaban. Enemigos del progreso, castizos nostálgicos, opuestos al desarrollo cosmopolita de la futura sede olímpica. Triste Madrid, pobre amor mío. Quiero dedicar esta columna a todos mis compañeros de aquella época. A los enésimos resistentes, penúltimos defensores de esta ciudad perpetuamente asediada, y a aquellos alumnos, aquellas alumnas de Primaria, que están hoy en la Universidad, preparándose para afrontar el miserable futuro al que les han abocado las políticas, y el saqueo continuado, de quienes les negaron un parque público para construir un campo de golf en el corazón de su distrito.

Publicado en cadenaser.com

El fútbol y yo

Voy a escribir contra el fútbol. Para que nadie se lleve a engaño, aclaro que no me he convertido en un intelectual espeso, ni en un poeta puro. Confieso además que soy socio de dos equipos, el Granada y el Real Madrid, y que mi relación con el  balompié, iniciada en las calles de mi barrio, está llena de tardes de domingo, glorias deportivas, lágrimas de descenso, copas de Europa, queridísimos seguidores insoportables del Atleti, estadios con banderas y horas nerviosas buscando una radio o un televisor para seguir el partido con el corazón en un puño.
Como cualquier persona, estoy obligado a tomarme en serio a mí mismo y a mis debilidades. Así que tomo muy en serio que una de mis aficiones más queridas se haya convertido en un asunto antipático. Lo que empezó siendo el rito familiar de los domingos por la tarde con mi padre de la mano y el postre en la boca, se ha roto en un aluvión invasivo de lunes, martes, miércoles, jueves, viernes, sábados y domingos, con programas, tertulias, escándalos, atropellos, impudor, prepotencia, apuestas manipuladas y desfachatez.
Confieso que las gotas que colmaron el vaso no han sido las imágenes del hincha argentino arrojado hacia la muerte desde la tribuna por la barbarie popular. Mi quebradura es más modesta. La semana pasada fui al fútbol con mi padre para acompañar al Granada una vez más en su descenso. La melancolía forma parte decisiva de la identidad. Y el fútbol tiene que ver con la identidad: su fenómeno social nació como una búsqueda de sentimientos de pertenencia de la clase obrera inglesa cuando las grandes ciudades industriales estaban imponiendo los códigos del anonimato y la falta de raíces. Fui en busca de mi melancolía y me encontré no sólo con una derrota, sino con un equipo sin ningún jugador granadino, ningún español, once atletas o tahúres de once nacionalidades distintas, un entrenador inglés y un presidente chino.

Y tú que eres internacionalista, ¿por qué protestas? Bueno, es que una globalización al servicio de los mercaderes, saltando por encima de cualquier valor humano, no es la idea que tengo de la supresión de fronteras. Hay palabras como lugar, base, camiseta, ciudad, historia, cantera… que merecen una consideración a la hora de ser borradas por un viento de intermediarios, agentes y comisiones al calor de la mercadería.El fútbol se ha convertido en un negocio de las televisiones de pago. Eso afecta a la propia evolución del juego, al entramado de los fichajes y a la prensa deportiva. Más que informar de lo que ocurre, los periodistas del fútbol parecen agentes comerciales en la tarea de crear audiencia  a través de escándalos empachosos, remontadas, debates arbitrales y ofensas. El espectador de fútbol ya se parece mucho al tonto pasmado de la telebasura que sigue como un rebaño al gritón que la pastorea.

La inmediatez de las redes no ha limitado abusos, no ha resuelto oscuridades con una llamada a la decencia, sino que nos acostumbra a convivir en el reino pornográfico de la impunidad. Todos se contentan con el “y tú más”. Que si el Barcelona, que si el Madrid, que si el Atleti…  En todos los sitios hay presidentes que cultivan el negocio en sus palcos; en todos los vestuarios hay estrellas multimillonarias que defraudan a Hacienda, engañan en sus contratos y luego hacen gala de buen corazón con limosnas ruidosas. La hinchada aplaude en la puerta de los juzgados.

Eduardo Galeano nos enseñó que el fútbol era la cosa más importante de las cosas sin importancia. Así que tiene poca gracia que se haya convertido en la parte más importante del tiempo social e informativo, de lunes a domingo, para hacernos respirar junto a héroes huecos, defraudadores y negociantes.

El fútbol de hoy es antipático porque encarna lo peor del discurso televisivo, la fiscalidad,  la política y la sociedad globalizada. ¿No hay modo de regularizar este juego para que podamos ir sin mala conciencia a ver un partido? ¿Por qué los acontecimientos populares son hoy el lugar de la estafa?

Es posible que algún lector me vea esta noche en el estadio de fútbol emocionado con un derbi. Pensará entonces que este artículo es inútil. Tendrá una parte de razón. Pero si me he decidido a escribirlo es porque mi malestar con el fútbol  se parece a la insatisfacción que muchos demócratas sienten hoy con sus democracias.

Publicado en InfoLibre.es

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