Lo que las banderas esconden

La trucha arcoíris ha sido ilegalizada. Es ilegal, como lo era el referéndum catalán. Igual. Pero esto no abrirá telediarios, ni ocupará portadas de periódicos. Pasará a ser una pequeña parte del agujero negro informativo en el que se pierde todo lo que se nos oculta a la ciudadanía porque “carece de relevancia”. Y de lo que no se informa, sencillamente no existe. Los ríos y menús de todo el país van a cambiar, pero esto no es importante. Lo importante es un debate tan falso y absurdo como el circo mediático que le da validez y lo legitima, una versión remasterizada del esperpento de Valle-Inclán.

nos lo hemos tragado, todos hemos opinado, hasta nos hemos enfurecido. ¿Para qué? Para fortalecer una estrategia de las derechas catalana y española, ensalzando nacionalismos y sacando a pasear, bandera en mano, a los caminantes blancos, que sabíamos de sobra estaban esperando su momento para impregnar las calles del odio y la violencia que tanto echaban de menos. Mientras esto sucedía, la política, encaminada a la solución de los problemas de la gente, pasaba de largo.

La política pasaba de largo cuando, ya a título póstumo, Bruselas se lamenta por la inacción de la Comisión Europea y los Estados miembros ante los efectos del cambio climático, a pesar de las numerosas advertencias y quejas de expertos y científicos desde hace muchos años. Pero tenemos que ver a Galicia devastada por las llamas para ser conscientes de que los incendios son un problema de primer grado cuando octubre tiene un clima de auténtico verano. Debemos ver las cenizas de uno de los paraísos naturales más importantes de nuestro país para que cobren un poquito de importancia temas como la defensa del medio rural, las políticas de prevención o la despoblación y el envejecimiento de los paisajes rurales, pues no es el eucalipto el culpable de todo, aunque a veces sea fácil culpar de los problemas de gestión humana a las especies que se ven afectadas por ellas, independientemente de su origen. Ni que decir tiene que debemos darnos cuenta y reconocer que el monstruo del calentamiento global es, seguramente, el problema más importante al que nos enfrentamos, nos atrapa ya en sus fauces, sin prácticamente capacidad de reacción ni escapatoria.

La política espectáculo, por definición, no puede solucionar nuestros problemas graves, presentes y futuros, puesto que su finalidad es la misma que la de cualquier otro reality show: entretenimiento. Porque no hay un vínculo claro entre la realidad y su representación, entre lo que nos preocupa y su solución.Que hayan declarado ilegal a una especie que lleva con nosotros desde finales del siglo XIX conlleva un gran impacto medioambiental. En la alteración deliberada y sin fundamento del orden ambiental y animal jugamos a ser dioses, como si aún no supiésemos cuáles son los efectos de ese juego. ¿Por qué la ley va a determinar qué seres animales son legales e ilegales? Después de más de un siglo desde su introducción en nuestro país, ¿qué consecuencias puede tener en el medio natural? No hay ningún estudio serio y riguroso que aborde los motivos para tomar tan drástica decisión, aunque imagino que alguna cartera bien llena si los tendrá.

Pero la arbitrariedad legislativa en el plano ecológico es una bobada al lado de los problemas nacionalistas que nos afectan a todo y todas, y de los cuales también dependen vidas y ecosistemas. Todos los españoles no hemos visitado Cataluña en persona, pero qué español no ha visto una trucha en su casa. Sin embargo, los medios de comunicación no le darán ningún tipo de validez ni legitimidad a un debate que no sea el estipulado por unas élites económicas y políticas muy preocupados en tenernos muy entretenidos. Este proceder no es democrático, ¿por qué no se abren estos temas al debate público? ¿Por qué la agenda mediática decide por nosotros que las medidas medioambientales no le interesan a nadie, excepto cuando son culpables de catástrofes?

A ti que lees, ya te he robado demasiado tiempo con temas sin importancia. Sigamos con el circo, muchos payasos esperan su turno. El espectáculo debe continuar, The show must go on, y el paro, la precariedad, el terrorismo machista, la sequía o los efectos del cambio climático son actores secundarios con los que es mejor no contar, no vaya a ser que sus historias nos den por pensar.

En definitiva, con todo esto quería decir que pescar una trucha arco iris va a ser igual que fumarse un porro.

La brecha que se ensancha

Un salario equitativo e igual por trabajo de igual valor, sin distinciones de ninguna especie; en particular, debe asegurarse a las mujeres condiciones de trabajo no inferiores a las de los hombres, con salario igual por trabajo igual”. Así reza el Artículo 7 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. La Declaración Universal de Buenas Intenciones. Sin embargo, CCOO y UGT situaban esta semana la brecha salarial entre ellos y nosotras -en que se ha celebrado el Día Europeo por la Igualdad Salarial– entre un 24 y un 30% en España. Es la brecha salarial más alta de los últimos 5 años en perjuicio de las mujeres, que también somos más pobres.

Quien no lo vive en sus carnes, lo tiene a su alrededor. Yo, que soy mujer y he trabajado como cajera durante 9 años de mi vida, sé muy bien lo que es currar por casi nada y menos, y siempre por debajo de que lo que cobra un compañero por hacer exactamente lo mismo.

Y es que el mercado de trabajo refleja el machismo que impregna cada poro de la sociedad. Somos nosotras, las mujeres, las que ganamos un 17% menos por hora que los hombres en la UE. Somos nosotras, pese a representar el 60% de la gente con graduación universitaria, pese a obtener mejores resultados académicos en todas las etapas educativas, pese a que el 81% cursamos estudios de Secundaria frente al 75% de los hombres, las que salimos peor paradas tanto en retribuciones como en posibilidades de ascenso profesional. Las cuotas de poder que alcanzamos en el ámbito laboral quedan reflejadas en el lamentable 12% de las que accedemos a las juntas directivas de las grandes empresas de la UE, solo superado por el ridículo 3% que ocupamos en los puestos de dirección. El liderazgo se nos tiene prohibido. Me pregunto de qué está hecho ese famoso techo que, desde luego, no parece de cristal.

Pasamos de ser amas de casa a incorporarnos al mercado laboral, donde somos nosotras las que tenemos una tasa media de empleo del 63% frente al 76% de los hombres en edad de trabajar. Estamos expuestas al paro de forma mucho más agresiva por el mero hecho de ser mujeres (y madres, o madres en potencia). Pero también estamos relegadas a los peores trabajos. Las mujeres ocupamos el 31,5% de los empleos a tiempo parcial, mientras los hombres ocupan el 8,3%. Este dato esconde o camufla la realidad de la mayoría de mujeres hoy, que nos encargamos de esos “trabajos extra” que nadie nos reconoce ni nos retribuye y sin embargo consumen gran parte de nuestro tiempo y energías y son imprescindibles para el funcionamiento social. Sí, amigas, son todas esas tareas del hogar y del cuidado de personas dependientes. Seguimos siendo quienes nos encargamos mayoritariamente de la casa, quienes cuidamos de la prole y de nuestros mayores. Si nos descuidamos, sacamos también al perro (que vino en pack con nuestra pareja). Sarcasmos aparte, los datos están ahí: un 65,6% de las mujeres con hijos dependientes trabajan fuera de casa, como hacen el 90,3% de los hombres en la misma situación.

Me entristece comprobar que somos nosotras quienes llevamos a la espalda el peso de los datos más adversos. En mi caso, transitar el camino de una cajera de hipermercado me hace ponerle la cara de mis compañeras a estas cifras desfavorables. Las identifico con ellas y conmigo misma. Es duro constatar que nuestra condición de mujeres determina que vivamos con el peso y la responsabilidad de una lucha añadida. En esta sociedad capitalista, por desgracia, el dinero es el que otorga la posibilidad de soliviantar muchas de las cargas que parecen –pero no son- inherentes al género. De facto, aliviar el látigo del patriarcado es más fácil con recursos. Desmontar este tinglado para hombres solo puede conseguirse desde una lucha feminista amplia y contra el capitalismo.

En positivo y con optimismo también quiero recordar que nosotras somos un poquito más de la mitad de la población. Somos más y somos quienes, fruto de nuestro esfuerzo colectivo, hemos conseguido avanzar hacia mayores cotas de igualdad. Hemos mejorado la sociedad en su conjunto. Hemos hecho del mundo un lugar más justo. Nos necesitamos, nos necesitan.

Lo que dejan claro las estadísticas es que dependemos de nosotras mismas, pero que requerimos de políticas que remen a favor. Que nuestra lucha es global y transversal y que hemos de batallar allí donde la desigualdad se manifiesta, como ocurre con el empleo y la retribución salarial.

Mujeres, nunca nos han regalado nada, más bien al contrario, y todo apunta a que vamos a tener que esforzarnos más porque somos las peor paradas tras la crisis y su gestión. No nos rindamos hasta conseguir igualdad de oportunidades, igualdad de salarios, corresponsabilidad, igualdad en la conciliación familiar y laboral… Igualdad.

 

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