Violaciones

La violación es un delito. Violar a una prostituta, a una mujer promiscua, a una noctámbula, a una alcohólica, a una drogadicta, a una mendiga, no es ni más ni menos grave que violar a una virgen adolescente de misa diaria o a la propia esposa dentro del matrimonio, porque todas las violaciones son uno y el mismo delito. La condición moral de la víctima, sus costumbres, su conducta, son factores tan irrelevantes aquí como en cualquier otro crimen. Se podría pensar que admitir como prueba el informe de un detective sobre la vida cotidiana de la víctima de una violación sería parecido a aceptar, en un caso de asesinato, un testimonio que probara que el muerto era un malvado que merecía morir, para que la defensa solicite que se considere como atenuante. Podría parecer lo mismo, pero no lo es. Porque lo que pretende culpabilizar a la víctima de La Manada, sembrar dudas sobre su condición moral, es que se atreviera a salir a la calle, a tomar copas con sus amigas, después de haber sido violada, en lugar de quedarse en su casa con todas las persianas bajadas y la cabeza cubierta de ceniza. Eso es lo que el tribunal ha valorado, y al hacerlo, no sólo ha asumido que la calle, la noche, la diversión, son un territorio masculino. También está transmitiendo a la sociedad que, para ser creída, respetada, una mujer violada debe seguir sufriendo después de haber sufrido, renunciar de por vida al placer y a la alegría para que se tome en consideración su sufrimiento. Así, una presunta decisión técnica se convierte en un acto de violencia sobre las mujeres. Uno más.

Saldo

Cada vez es más difícil comprender lo que está pasando en este país, donde se diría que nunca ha habido más ni menos dinero que ahora mismo. Mientras el independentismo catalán deposita en los juzgados centenares de miles de euros sin despeinarse, y sus alcaldes alquilan aviones para ir a Bruselas, a agitar sus varas ante las cámaras, Mas vuelve a extender la mano para que los votantes del 9-N subvencionen su fianza. Es cierto que es la más elevada de todas, pero también lo es que la economía soberanista parece un pozo sin fondo. Algo parecido ocurrió durante demasiados años con el PP de Madrid, aunque ahora, al menos, sabemos que González podría pagar en solitario la fianza de Mas, porque las autoridades han encontrado los 4,6 millones de euros que tenía escondidos en Colombia. Tal vez, los madrileños nunca lleguemos a enterarnos de cuánto dinero nos ha costado el saqueo del Canal de Isabel II, entre otros, pero Montoro, compañero de partido de González, no lo ha tenido en cuenta al intervenir las cuentas de un Ayuntamiento que pretendía invertir en obras públicas menos de la cuarta parte del dinero que le sobra. El equipo de Carmena ha reducido la deuda que dejó Botella en un 40% y tiene un superávit de más de mil millones de euros. Para cualquier ciudadano normal, que vive pendiente del saldo entre sus ingresos y sus gastos, la actitud del ministro de Hacienda es incomprensible. Si consideramos el impacto de la inversión pública en la economía local, los puestos de trabajo directos e indirectos que el Gobierno municipal podría crear sin endeudarse, lo de menos es la comprensión. Porque Montoro no ha actuado contra Carmena, sino contra los intereses de los madrileños. Ese es el único saldo que importa.

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Trabucaires

Usar el término autoritario para referirse al franquismo, coincidiendo con revisionistas como Pío Moa o César Vidal entre otros, no sólo es un error imperdonable. Ese simple adjetivo arruinaría la carrera de cualquier político de izquierdas en un país normal

Cuarenta años son muchos, pero trescientos son demasiados. Puigdemont dijo en Bruselas que entre Felipe V y Felipe VI, los catalanes han vivido casi siempre privados de libertad. Pues bien, a lo largo del siglo XIX, la Cataluña central, símbolo y fortín del independentismo actual, fue uno de los grandes focos de tres rebeliones sucesivas que desembocaron en otras tantas guerras civiles, y no a favor por cierto de la libertad, sino en su contra. Al grito de Dios, Tradición y Rey absoluto, el corazón de Cataluña luchó por Carlos María Isidro y por sus descendientes contra los gobiernos liberales de Madrid. Los curas trabucaires, sacerdotes armados con trabuco que limpiaban la retaguardia de progresistas, fueron la versión catalana del “vivan las caenas”, un elemento fundacional del carlismo que desembocó con naturalidad en uno de los dos ejércitos que se enfrentaron en 1936. Y no fue precisamente el republicano, sino el rebelde, que tras su victoria instauró una sanguinaria dictadura fascista que duró casi cuarenta años.

Ese es el régimen que Pablo Echenique calificó hace unos días como más autoritario que el actual. Usar el término autoritario para referirse al franquismo, coincidiendo con revisionistas como Pío Moa o César Vidal entre otros, no sólo es un error imperdonable. Ese simple adjetivo arruinaría la carrera de cualquier político de izquierdas en un país normal. Por fortuna para Echenique, España no lo es, y por eso Puigdemont se atreve a decir lo que dice. Lo que les he contado yo está en los libros de Historia. No hay más que leerlos.

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En contra

¿Es posible estar en contra de todo? Desde que comenzó la crisis catalana experimento una sensación nueva, algo sorprendente a mi edad. Hace muchas semanas que no estoy de acuerdo con nadie. Salvo en algunos momentos, en aspectos concretos, y con un líder al que no puedo votar —Miquel Iceta—, no me identifico con ninguno de los actores políticos de la situación actual. Por primera vez en mi vida soy equidistante, por desgracia para mal, pero en los últimos días mi ánimo ha empeorado. En este momento estoy en contra de todo, de todos, por eso sé que es posible. Nunca he apoyado a los independentistas y no voy a hacerlo ahora. Tampoco puedo apoyar, y nunca lo haré, la actuación de la juez Lamela. La circense fuga de Puigdemont me parece, ante todo, un vergonzoso acto de cobardía. El abandono de los suyos, tanta gente esperanzada, ilusionada con un bello anuncio publicitario sin base real, llegó a conmoverme, pero nada más. Estoy muy lejos de los hippies posmodernos que predican la paz, hacer el amor y no la guerra, como si se pudiera proclamar la independencia en un territorio alegremente y confiar en que no haya consecuencias. Los independentistas no son unos indocumentados. Cabe suponer que sabían lo que estaban haciendo y la factura que iban a pagar por ello. Pero también cabía suponer que los jueces serían capaces de ver más allá de sus narices, y no lo han hecho. En la medida en que un magistrado puede interpretar la ley y escoger entre diversas maneras de aplicarla, creo que los ciudadanos teníamos derecho a esperar que la justicia cooperara con los intereses de la convivencia y el bien común, en lugar de contribuir a deteriorarlos. Y así, contra unos y otros, me he convertido en una independentista de mí misma. Qué pena.

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Éxito

Todo el mundo lo persigue, pero cuando llega es difícil de gestionar. La extraordinaria calidad de la propaganda independentista proporcionó a sus creadores un éxito rutilante que contenía, paradójicamente, la semilla del fracaso.

Tengo la impresión de que cada uno de sus movimientos estaba inspirado en una premisa que no ha llegado a producirse. Desde el principio, esperaban a los tanques, los daban por descontados, elaboraban todas sus tácticas, sus argumentos, alrededor de las siniestras sombras que iban a avanzar por la Diagonal. Y les salió tan bien, tuvieron tanto éxito, que no han sabido distinguir su propaganda de la realidad.

Las declaraciones de Puigdemont en Bélgica sugieren un estado de excepción en el que los tanques circulan por Barcelona, como si el President no estuviera dispuesto a consentir que la verdad le arruine un buen discurso. Pero no es el único rehén de su éxito. La Fiscalía General del Estado ha sucumbido al mismo hechizo. Mientras juristas independientes y asociaciones de jueces advierten de que la rebelión es un tipo penal dudoso, y dudan a su vez, valga la redundancia, de la eficacia y la proporcionalidad de los cargos imputados al govern, Maza se deja arrebatar por el éxito del gobierno y va a por todas, sin reparar en las consecuencias. Lo último que necesitamos los españoles son argumentos para dudar de la independencia de la justicia, pero las necesidades de los españoles traen sin cuidado al Fiscal General del Estado.

Al final, va a resultar que todos somos de verdad iguales. En la desolación, en la tristeza, en el desamparo en el que unos y otros nos encontramos.

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