Desde hace algún tiempo, vivo en una soledad acompañada. Estoy sola porque, por primera vez en muchos años, no estoy de acuerdo con nadie, y sin embargo imagino que muchas personas corrientes, en Cataluña y en España, se encuentran en la misma posición. En la amplia gama de tonos del color negro que se extiende entre el Gobierno y la CUP, no soy capaz de distinguir siquiera un atisbo de matices grises. Porque los culpables de lo que está pasando no pueden formar parte de la solución y eso invalida por igual al gobierno de  Mariano Rajoy, a todos los que lo apoyan y a quienes pretenden proclamar una república independiente, o a lo mejor no, porque a estas alturas, parece que ni siquiera están de acuerdo en lo que van a hacer. Los cobardes que nadan y guardan la ropa resultan tan ineptos como los descerebrados que se lanzan al agua sin saber nadar, y aunque todos dicen que son de izquierdas, a mí, que soy de izquierdas, nadie me representa en este momento.

Palabras comunes que he usado muchas veces, como democracia, como represión, como dictadura, ahora me suenan a chiste. Creía que nada me impresionaría ya, pero entonces llegó la madre Ana María, la abadesa de la toca torcida y la cruz de metal, y un sabor caliente y antiguo, a verdura mal cocida con poca sal, trepó desde la memoria de mi estómago para conquistar sin piedad mi paladar. Muchos jóvenes hablan del franquismo sin haberlo vivido. Yo lo viví en un colegio de monjas, entre mujeres muy parecidas. Cuando lo recuerdo y miro a mi alrededor, me siento más sola todavía.

Publicado en CadenaSer.com

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