Parece que este año, la huelga feminista del 8 de marzo tiene menos resistencias y que, efectivamente, cada año somos más. Los diversos y mediáticos escándalos de abusos sexuales han confirmado, por si quedaba dudas, que lo personal es político y que aquello que no se puede decir, hay que gritarlo más alto. El silencio, como decía Audre Lorde, no nos protege y nuestro espacio es el de una imaginación política que cambie estructuras y mecanismos hetero-cis-patriarcales.

A pesar de ello, hay aún muchas resistencias, como igualar el machismo al feminismo y no al hembrismo. La trampa de una universalidad e igualdad de derechos que se han hecho a escala del varón, invisibilizando la situación de la que parten y las experiencias e intereses de las mujeres. Y la falta de consideración de conceptos fundamentales en la construcción del Estado democrático como la equidad, la diferencia o la interseccionalidad.

La politóloga Iris Marion Young proponía una política de la diferencia ya que no hay un reciprocidad igualitaria y simétrica entre varones y mujeres, ni tan siquiera entre mujeres que pueden sufrir una interseccionalidad de discriminaciones: étnica, generacional, diversidad afectivo-sexual, situación migratoria, etc. Critica la universalización de las normas de los grupos dominantes en base a unas políticas de distribución que son ciegas a la diferencia de las personas y los colectivos. Este modo de hacer democracia da prioridad a una argumentación racional que no admite diferencias entre hablar y escuchar. Por ello es necesario dar voz a los grupos en desventaja por medio de mecanismos especiales de representación y no confrontación.

Para evitar exclusiones dentro de la democracia es necesario encontrar formas de comunicación válidas. Esta acción comunicativa se basa en una reciprocidad asimétrica entre los sujetos, donde hay un respeto igual, pero cada participante se señala como diferencialmente posicionado, reconociendo que cada interlocutor lleva un bagaje personal. Propone una democracia comunicativa donde las diferencias de cultura, género, perspectiva social o compromiso particular sean recursos útiles para alcanzar un entendimiento en la discusión democrática y no en las divisiones que deben ser superadas. De este modo, es un tipo de democracia donde las mujeres pueden hablar más y mejor. Esto supone establecer un diálogo (no confrontación) desde las diferencias y particularidades, de manera abierta, sin miedo al disenso.

En esta misma línea, Judith Butler cuestiona como en democracia se estereotipan sujetos e ideas como categorías construidas e inamovibles. Butler propone una política de “unidades provisionales en el contexto de acciones específicas” y de coaliciones abiertas que creen identidades distintas y electivas en base a los objetivos que tengan y sin que haya obediencia a una finalidad normativa de definición cerrada.

Ambas teorías feministas nos llevan a repensar la Izquierda no como un campo lleno de líneas rojas sino como un camino comunicativo. En ambas se propone una comunicación de las mujeres y de las identidades infra o no representadas (migrantes, etnias, empobrecimiento) objeto también de preocupación por parte de los feminismos.

Estas posturas y otras dentro del feminismo proponen la construcción del Estado desde una posición diferente: lo particular y diferenciado frente a lo general y universal, lo afectivo frente a la racionalización, la empatía frente a la norma. Es un modo de volver a plantear el Estado Democrático, que sólo se puede hacer desde el feminismo y desde una Izquierda comunicativa.

Carmen Romero Bachiller plantea esta problemática en torno a dos cuestiones:

La primera es la presencia de las mujeres en la política, la mera presencia de mujeres en política no garantiza una práctica feminista. El patriarcado es transcultural y abarca tanto a varones como a mujeres. Pero lo que está claro es que sin mujeres no puede haber políticas feministas, ya que, nos aclara Romero “no se puede tener presente lo que no se ve, lo que no se concibe como posible”. Para ello son necesarios los equitativos mecanismos paritarios y las políticas de cuotas. No se trata de ocupar en los hemiciclos de los parlamentos cuerpos de mujeres hasta el 50% sino de ocupar modos de ver diferentes, tantos como los que ocupa un 50% de la población infrarrepresentado.

Romero reivindica el polémico texto “El derecho al mal” de Amelia Valcárcel, para justificar los logros feministas en el ámbito político y legal, mediante actos subversivos, como las manifestaciones, modificando el orden de las cosas heterocispatriarcal y para sacar a las mujeres de ese ámbito evanescente y precavido, “modosito” y políticamente correcto. Es este un plus de excelencia que se pide a las mujeres en política y que no se pide a los varones o se les da por supuesto. Es un peaje que las mujeres deben pagar por ocupar la esfera pública, junto con una serie de prejuicios como la inexperiencia y juventud de políticas de menos de 40 años, si es atractiva o fea, si es masculina o si es femenina, en definitiva, si se pliega al estereotipo heterocispatriarcal, ámbitos en los que no son cuestionados los varones, porque de ellos es el espacio público. Las mujeres ocupan lo público por cuerpos tradicionalmente excluidos del mismo, especialmente en política, donde son una excepción digna de señalar cuando aparece.

La segunda es la feminización de la política, como hemos visto recientemente en los ayuntamientos de Madrid y Barcelona, con Manuela Carmena y Ada Colau, respectivamente, con una transformación en las formas dirigido a una mayor participación y una vuelta hacia los colectivos excluidos. El interés por la diversidad afectivo-sexual, las políticas en educación infantil o el interés por derechos como la ecología o la vivienda.

Fuera de nuestras fronteras nos encontramos con Margot Wallström que desde 2014 ejerce como Ministra de Asuntos Exteriores de Suecia. Desde el primer momento aclaró que su política sería feminista y así se puede ver en la web de su Ministerio, focalizando en mujeres, niñas y en personas LGBTQ. Tres son los pilares de su política: respeto por los derechos humanos, ya que los derechos de las mujeres y las personas LGTBIQ han sido tratados como un tema aparte y excluidos de las políticas públicas. Representación femenina en todos los ámbitos como condición incontestable para alcanzar la equidad de género. Y finalmente recursos orientados a objetivos y resultados de género, con presupuestos especiales e incrementados en este sentido.

Todas representan una izquierda comunicativa y eficaz para el feminismo, que alcanza sus máximos acuerdos en torno al mismo. Un feminismo que no puede ser desde una Derecha que ignora los derechos sociales y da primacía a un capital antifeminista.

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