Uno se sienta algunas mañanas de sábado para escribir el artículo del domingo y siente que no tiene nada que escribir porque ya lo ha dicho todo. Los desarreglos entre el sentarse y el sentir son un verdadero problema entre los políticos y los escritores. Eso ocurre, por ejemplo, cuando la actualidad está dominada por untema insistente que a lo largo de las semanas provoca emociones, indignaciones, matices, deslices, gritos, pitos, verdades, maldades, iras y mentiras. La existencia se vuelve una mala rima que cae sobre sí misma con una fatiga ruidosa y desinteresada.

El amanecer es así una espuma sucia y la rabiosa actualidad deja de morder. El día parece un burócrata del escándalo, un oficinista de la confrontación. Lo bueno del cansancio es queacaba convirtiéndose en una forma de meditación tanto para el alma como para el cuerpo. Aparecen preguntas. ¿No será conveniente cambiar de camino esta mañana? ¿Es que no hay otras cosas sobre las que mirar, aunque estén tapadas por una rabiosa actualidad sin colmillos?

Esas preguntas bien pueden llevarnos a los asuntos de siempre, cuestiones que casi nunca adquieren la condición de actualidad porque están ahí casi todos los días. ¡Es tan viejo el diálogo entre la vida y la muerte! ¡Es tan vieja la discusión entre la dignidad humana y las leyes! Y es que el recién llegado que aparece en la espuma rojiza de la primera luz es siempre el ser humano. Se levanta en la frontera de la oscuridad y la luz con su piel, su lengua, su historia y su necesidad de vivir. Puesto a hablar de degradación democrática, nada es más hiriente que la capacidad de distinguir entre el concepto de ciudadanía y los derechos humanos.

Carecen de actualidad rabiosa los miles de cadáveres que han flotado en la espuma sucia de nuestros amaneceres junto a la costa que no pudieron pisar. La causa es el hambre, la guerra, el deseo de vivir, pero también unas leyes de extranjería que asumen sin vergüenza la separación entre los derechos democráticos de la ciudadanía y los derechos humanos. Eso es lo que ocurre en nuestro mundo, es ahí donde está la lógica última del dinero y la desigualdad, la lógica del miedo y la necesidad de devorar o ser devorado. Tan pendientes estamos de la rabiosa actualidad que se nos olvidan las verdades de siempre.

Helena Maleno es una periodista que lleva años mirando hacia la Frontera Sur para dejar constancia de la historia trágica de las migraciones. Escribe, reflexiona, informa a sus lectores, pero sobre todo ha aprendido a informar a los Servicios de Salvamento cuando las víctimas o sus familiares la llaman para advertir que hay una patera a la deriva. La solidaridad, lo mismo que la barbarie, crea sus costumbres y salva vidas. La policía española la acusó como traficante de seres humanos por esta costumbre de remediar la muerte. La policía es vengativa cuando alguien se queja de sus desmanes. Habitamos un mundo en el que puede considerarse delito avisar a los servicios de rescate cuando hay embarcaciones en riesgo sobre las aguas del Mediterráneo. La Audiencia Nacional no encontró delito y archivó el caso, pero la policía española envió la misma acusación a Marruecos. Helena Maleno tendrá que declarar ante la justicia marroquí el próximo día 27.

Esa es la realidad cotidiana de nuestro mundo. El pasado mes de noviembre el Ministerio del Interior rebautizó una cárcel nueva en Archidona para convertirla sobre la marcha en Centro de Internamiento de Extranjeros. Había que encerrar sin juicio ni delito a más de medio millar de inmigrantes.  Los magistrados responsables de los Centros de Internamiento acaban de anular unas órdenes del Ministerio del Interior que intentaban obstaculizar el trabajo de las ONG para impedirles su vigilancia en defensa de los derechos humanos. Lo ha denunciado SOS Racismo.

Cansarse de la rabiosa actualidad que nos arrastra permite mirarnos en nuestro Interior. Hay un momento en el que las banderas dan asco y en el que las lágrimas de los patriotas producen escalofríos. No es un momento de demagogia, sino de reflexión democrática: el momento en el que los derechos de ciudadanía sólo sirven para borrar los derechos humanos. Este naufragio rompe por dentro la palabra Nosotros.

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