Europa se encuentra en un momento crítico de su existencia. No como la Europa histórica, en permanente conflicto, que ya pertenece al pasado, sino como la Unión Europea. Es en estos momentos cuando la Unión debe redefinirse frente a los partidos radicales y antieuropeos que están surgiendo por todo su territorio, frente a los millones de personas que día tras día pierden la esperanza en este proyecto tan necesario y frente a un escenario internacional que necesita, cada vez con más urgencia, actores que aporten el impulso integrador y social que las relaciones y organizaciones internacionales necesitan.

Este es el espacio que debería ocupar la Unión Europea y nosotros, europeos, deberíamos moverla en esa dirección. No es posible ni aceptable volver a una existencia pre-unión, aún con la reciente experiencia inglesa, así que la renovación de la unión se torna como algo necesario.

Pues no es casualidad que Saint-Simon, considerado el padre del socialismo francés, defendiese ya en su época la idea de una Europa unida fraternalmente, una sociedad equitativa y productiva que condujera a la construcción de un nuevo sistema político. La idea de Saint-Simon no se tradujo hasta siglo y medio después, cuando, después de una horrible y devastadora Segunda Guerra Mundial, Europa pudo comprobar de primera mano la necesidad de acabar con los nacionalismos que la carcomían y comenzó el complicado proceso de integración que todos conocemos. Un proceso que, paso a paso, debería construir la soñada Europa de Saint-Simon. Un proceso que, desgraciadamente, parece atascado en las políticas monetarias y liberales, que no consigue definirse a sí mismo del todo, que acepta de buen grado el ”fin de la historia” de Fukuyama y el aparente triunfo del liberalismo más individualista.

La Unión Europea cuenta con la infraestructura y las posibilidades ideales para promover una legislación ecologista y social que de verdad marque la diferencia, no solo en la propia Europa sino en el resto del globo. Con el abandono de EEUU del Acuerdo de París nunca fue tan urgente que un actor internacional de peso se posicione firmemente a favor de las políticas medioambientales tan necesarias y tan olvidadas en la práctica de muchos Estados. Unas políticas que no mantengan un objetivo económico con el menor daño medioambiental posible, sino un objetivo medioambiental sostenible y rejuvenecedor donde pueda entrar una política económica a su medida.

Es posible que, a estas alturas, se me haya calificado ya de idealista, o, peor, de ingenuo. Puede que se piense que la situación europea actual se encuentra demasiado enquistada y que cualquier intento de cambiarla será fútil. Nunca he sido un gran defensor del pesimismo determinista. Pienso que, si algo debe mejorar, es nuestro deber actuar para mejorarlo, defender nuestras ideas dentro de un marco adecuadamente realista y aportar nuestro granito de arena para que se lleven a cabo.

Estas palabras cobran aún más significado tras los resultados de la ultraderecha en Francia, Alemania y, más recientemente, en Italia. El triunfo de partidos nacionalistas en estos Estados clave solo podría suponer un atraso colosal en las dinámicas de integración que tan urgentemente necesita el hombre para conocerse y respetarse a sí mismo y la consiguiente vuelta del más rancio anarquismo internacional.

Ahora más que nunca, actuemos para evitar este funesto destino, devolvamos la ilusión a millones de europeos y, por encima de todo, aportemos nuestro granito de arena para lograr un mundo más justo y equitativo para todos.

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