El domingo pasado escribí sobre el crimen. Tenía la necesidad de decir, de decirme, que la muerte es una presencia inevitable en la vida, pero que en la vida hay muchas más cosas que la muerte. Cosas que no sólo merecen la pena, sino también la alegría.

Acabé citando un famoso verso de Antonio Machado: “soy, en el buen sentido de la palabra, bueno”. Dedicado desde hace más de 40 años y por vocación a la poesía, resulta lógico que acabe con una cita en la boca. Las buenas citas no son una pedantería; es mejor tomárselas como una invitación al encuentro, una forma de quedar con alguien. Ya sabemos que algunos encuentros son arriesgados. Pero uno va con voluntad de busca o de rebusca.

En la cita de Machado buscaba algo más que la poesía, tal vez un anillo perdido. Necesitaba un encuentro con la palabra bondad. O, para ser más exactos, buscaba en la poesía la palabra bondad. La poesía es buen sitio para buscar palabras de la calle, palabras que hace tiempo viven entre mendigos, palabras que hemos echado al cubo de la basura. Avisados contra la ingenuidad, la simpleza, la cursilería del hipócrita y el dolor del engaño, hemos acabado por olvidarnos de que la palabra bondadtiene un buen uso, aquel que puede citarnos con el sentido más humano de la vida.

En este mundo que ha dejado de ser una ruina para convertirse en un vertedero, conviene mirar en el cubo de la basura en busca de algunas palabras que permitan nuestro propio reciclaje. Que las maltraten y las desgasten las rutinas del poder no justifica que nos permitamos el lujo torpe de prescindir de ellas. Poco a poco, no como quien espera un milagro o una revolución, sino como quien se pregunta de un modo más modesto ¿qué hacer?, es conveniente empezar por las palabras.

Da vergüenza usar la palabra solidaridad. Todas las mezquindades del fariseísmo han caído sobre ella. Sin embargo, frente a la prepotencia del consumo y la lógica de el cliente siempre tiene razón, conviene recordar que somos vulnerables, que necesitamos de los otros y que los otros necesitan de nosotros, que la razón primera de una comunidad son las debilidades que no pueden resolverse en soledad. Comprender que nos reúne la debilidad es una buena forma de estar precavidos en común ante la soberbia y la tiranía.

Sólo así se puede progresar. ¡Cuidado con la palabra progreso! El ciclo abierto por la Gran Guerra y culminado por los campos de concentración y las bombas atómicas nos han alertado contra el optimismo productivo del progreso, una impunidad capitalista capaz de poner en peligro acelerado la vida. ¿Pero hay que tirar al cubo de la basura la idea de que es posible un mundo más justo y más feliz? ¿No hay alternativas? ¿Estamos acabados?

Para respetar de nuevo la palabra progreso necesitamos cambiar las cosas. ¡Cuidado ahora con la palabra cambio! Ya nos enseñó ElGatopardo de Giuseppe Tomasi di Lampedusa que a veces hace falta que algo cambie para que todo siga igual. Nos han invitado a tantos cambios para perpetuar los poderes vigentes que a veces se nos olvida que también se han dado cambios efectivos (para bien y para mal), que la historia se hace o se deshace poco a poco, que es una trampa desentendernos de lo que está en nuestra mano y a nuestros pies de caminantes en nombre de la perfección futura y de los paraísos que anuncian los profetas. Son duros porque no saben respetar la cercanía.

¿Pero qué cambiamos? Ya que hemos empezado por una cita, ya que estamos juntos, podemos ponernos de acuerdo en tres o cuatro verdades. ¿Y vamos a atrevernos a hablar de la verdad, esa mentira que llena todos los cubos de basura? Sí, podemos atrevernos a hablar de verdad sobre la verdad, porque somos vulnerables, y no estamos en posesión de la verdad, y necesitamos cuidarnos, ponernos de acuerdo en tres o cuatro cosas que nos ayuden a vivir y a progresar. Hay cosas que merecen la pena y la alegría, cosas que podemos sentir como verdad, aunque el poder haya forzado a lo largo de los siglos la palabra de Dios para legitimar sus privilegios.

Si conseguimos darle una oportunidad humana a la palabra verdad, tal vez podamos usar de nuevo sin vergüenza la palabra política, la palabra más sucia y más necesaria. La legitimidad de la política es anterior a su propia vigencia, tiene que ver con una lealtad anterior a ella misma, con el derecho de cada uno a ser bueno y solidario, con el derecho de la sociedad a cambiar las cosas y progresar en común.

Sospechemos de la sospecha. El orden de lo injusto desgasta y nos hace sospechar de aquellas palabras que ayudan a poner en duda el orden de lo injusto. Es bueno y justo mirar con nueva atención en nuestro cubo de basura en busca de la poesía y de las palabras de la calle.

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