Sucede a diario, y no sólo en los despachos de los productores de cine. Sucede en las empresas de cualquier tamaño, desde los talleres más cutres hasta las universidades más célebres. Aquí y allí, una mujer joven y necesitada de trabajo es una presa fácil. Esa es la verdad, y no supone que todos los hombres sean abusadores ni que todas las mujeres sean víctimas. La condición humana es tan variada como decepcionante, y estoy segura de que existen tantos productores exquisitos como jovencitas complacientes, pero no se trata de eso. La campaña de las actrices norteamericanas que han decidido denunciar sus abusos, denuncia ante todo la tolerancia social frente a una práctica generalizada e injusta, dentro y fuera del cine. El hecho de que sean actrices refuerza su protesta, porque a ellas se les presume una facilidad para trepar de cama en cama que no se sospecha de los actores ni de mujeres de otros sectores profesionales. Por eso me ha irritado tanto el manifiesto en el que ciertas actrices francesas se posicionan en contra, denunciando el resurgir del puritanismo en defensa de la libertad sexual. En mi opinión, lo que está en juego es una reivindicación de la dignidad personal y laboral frente a la explotación de un capitalismo violador y caníbal, que se atrinchera en la vieja tradición que afirma que una mujer que no se deja tocar es una puritana y el hombre que lo intenta, ejerce libremente su derecho a obtener sexo a cualquier precio. El manifiesto francés demuestra, una vez más, que el machismo no es sólo cosa de hombres. Nada nuevo.

Publicado en CadenaSer.com

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