El pasado 8 de enero se cumplieron cincuenta años de un hecho, a priori, intrascendente que, sin embargo, marcó el punto de partida de un movimiento de protesta, que muchas personas, superada hoy la barrera de los “sesenta y tantos”, recuerdan con nostalgia, mientras que las generaciones más jóvenes a duras penas lo identifican. Me refiero al “Mayo del 68”. Han transcurrido cinco décadas de aquel día en el que un universitario llamado Daniel Cohn-Bendit, más tarde conocido como “Dany el Rojo”, increpó y llamó fascista, en un acto público celebrado en Nanterre, al ministro de Juventud y Deportes del Gobierno Pompidou. La razón fue la publicación por parte del político galo de un “Libro Blanco” muy sesgado en el que se deformaba la situación que vivían los estudiantes franceses.

Con toda seguridad nadie imaginó entonces que un abucheo, que tuvo lugar con motivo de la inauguración de una piscina en un barrio del extrarradio de París, pudiera transformarse en una revolución, que en pocos meses  se extendería por todo el mundo.

Fue aquella una época convulsa, en la que la protesta y la rebeldía,  propias de la juventud, propiciaron avances importantes, al sumar el apoyo de partidos de izquierda y sindicatos. Los Acuerdos de Grenelle, negociados en Francia al calor del “Mayo del 68” y bajo la presión de una masiva huelga general, abrieron la puerta al aumento de un 35 por ciento del salario mínimo, un incremento de más del 10 por ciento de los sueldos medios y la semana laboral de 40 horas.

Un año antes, en Estados Unidos el movimiento estudiantil había empezado a organizarse contra la guerra de Vietnam y, bajo la batuta de Abbie Hoffman, activista social, se fundó la formación Youth International Party (Yippies),  que tenía como señas de identidad el inconformismo y el rechazo al orden establecido. Las expectativas creadas no se vieron satisfechas y en el país vecino la derecha representada por la Unión por la Defensa de la República ganó las elecciones convocadas en junio de 1968.

Sin embargo, siendo cierto lo anterior, es preciso reconocer el valor y el impulso que estas protestas dieron a debates, hasta entonces prácticamente inexistentes, como son, entre otros, el pacifismo, los derechos sociales, el ecologismo, el feminismo o el reconocimiento de la diversidadsexual. Resulta imprescindible poner el acento en este punto para reivindicar la trascendencia de la movilización y la unidad de acción como motores de transformación y superación de las injusticias.

No siempre se logra tocar el cielo con la punta de los dedos, pero la historia de la humanidad se construye paso a paso. Todos los logros conllevan también renuncias. La clave está en tomar conciencia de la realidad en la que convivimos y combatir para mejorarla. Este fue el ánimo que hizo posible el estallido del “Mayo del 68” y de algún modo está detrás de las manifestaciones convocadas en todo el Estado por personas jubiladas en demanda de unas pensiones dignas. No deja de ser curioso que quienes hace 50 años fueron jóvenes atentos a lo que ocurría  en Francia, en Berkeley, Praga, Tokio o Berlín tomen hoy las calles y aspiren a poner contra las cuerdas al Ejecutivo de Mariano Rajoy.

Lamentablemente, la izquierda y los sindicatos en España se han visto, una vez más, superados por una ciudadanía hastiada de los abusos del poder. Un buen ejemplo lo tenemos en el secretario general del PSOE. Pedro Sánchez, incapaz de entender el alcance de las protestas lideradas por las personas jubiladas, ha puesto sobre la mesa una iniciativa tan absurda como es incrementar también en un 0,25 por ciento el salario de quienes ocupan puestos de responsabilidad en la administración e instituciones públicas. El dirigente socialista parece que no ha entendido que de este discurso, que sólo busca un titular, se desprende una legitimación cómplice a la propuesta del Partido Popular. Están en juego el derecho a unas pensiones justas y la superación de un modelo económico que consagra la desigualdad. La gestión de la crisis por parte del Gobierno de Mariano Rajoy ha sido perversa. Las personas que en 2008 eran ricas hoy lo son mucho más, las clases medias se han empobrecido y los colectivos más vulnerables se han convertido ahora en colectivos excluidos. El PSOE, Podemos y los agentes sociales deben tomar buena nota de esta lección de compromiso y fuerza que han recibido en las calles de todo el país, actuando en consecuencia. Solo así podrán recuperar la confianza perdida y presentar un proyecto ilusionante en las elecciones locales del año 2019, en las que la esperanza de cambio real no la puede abanderar Ciudadanos.

Para ello, deberán empezar por respetar la autonomía y libertad de las plataformas de personas jubiladas, renunciando de antemano a capitalizar una movilización que nace del descontento popular y es ajena a las directrices políticas o sindicales de un signo u otro.

Se trata de acompañar y no de buscar protagonismo, tratando de ponerse al frente de una contestación social con la intención equivocada de capitanearla para obtener réditos en las urnas. Al mismo tiempo, no deja de ser curioso y desconcertante, que las personas mayores, herederas de los sueños que hicieron posible “Mayo del 68”, ocupen esta vez el espacio de una juventud menos combativa y más  acomodaticia de lo que cabría esperar y desear.  Ojalá en esta ocasión la lucha se mantenga viva hasta alcanzar sus objetivos y el poder establecido no gane esta batalla. O al menos se vea obligado a ceder y negociar. Las personas jubiladas tienen una buena baza a su favor, que dos maestros como José Luis Sampedro y José Saramago pusieron en valor en un acto conjunto, celebrado en el Círculo de Bellas Artes en Madrid en el año 2000. “Cuanto más viejos más radicales”, resumieron entonces ambos literatos su experiencia  vital. Yo sólo añadiría “más libres, más sabios y más valientes”, pensando en quienes reivindican un mundo más justo para ellos y para las nuevas generaciones.

Artículo de opinión publicado en EL CORREO. 

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