En la década de los noventa, la UE se desplazó de las concepciones keynesianas  hacia las neoliberales que se plasmaron en el Acta Única y en la implantación de la moneda común. La crisis que se inició en 2007 ha puesto en cuestión al euro y ha mostrado todas sus debilidades

La Unión Europea (UE) pasa por uno de sus peores momentos. Los responsables de las instituciones no han sabido dar respuesta adecuada ni a la crisis económica, ni a la tragedia de los refugiados ni a las debilidades de la Unión Monetaria.  Los resultados están a la vista: crece la desigualdad, aumenta el precariado y se incrementa la concentración económica. El malestar de los ciudadanos  se manifiesta en una creciente desafección hacia  las instituciones de la UE y el ascenso preocupante de la ultraderecha.

La actual situación de la UE se ha convertido en un problema y no en una solución. Esto es un hecho de tal envergadura que cada vez observo un mayor euroescepticismo de los estudiantes del máster en el que imparto la disciplina Estructura y Dinámica de las Economías Europeas. Hay bastantes estudiantes que  mantienen una posiciones muy críticas que no son contestadas por los que parecen tener una postura más favorable hacia la integración económica. A mí cada vez me cuesta más encontrar factores positivos que neutralicen los negativos que en toda realidad se producen.

¿Cómo se ha podido llegar hasta aquí?  El primer problema hay que encontrarlo en la propia construcción desde sus orígenes, cuando el proyecto federal de Monnet no se llevó a la práctica, entre otras razones por la oposición de De Gaulle, y se sustituyó por una unión interestatal. Desde sus inicios se ha tratado de construir una unión económica y no una unión política, lo que ha determinado un avance en la libertad de circulación de mercancías y capitales pero con unas instituciones con graves carencias democráticas, que han sido reemplazadas con un engordamiento de la burocracia.  Una burocracia que dificulta la toma de decisiones y que se mueve en total oscuridad y sin ningún tipo de transparencia. Es el gobierno de los expertos y no de los ciudadanos.

La integración se ha ido haciendo sobre la marcha atendiendo a la evolución y transformaciones de la economía mundial  y de las europeas. Desde el principio ha tenido dos pilares básicos, Francia y Alemania, con dos concepciones económicas diferentes. Francia, con políticas keynesianas, reguladoras, sector público empresarial importante y con planificación indicativa.  Alemania, basada en las ideas del ordoliberalismo que, diseñadas en la década de los treinta principalmente por Eucken, se implantaron en el periodo de posguerra con los cancilleres Adenauer y Erhard. Hay que esperar a la década de los sesenta para que Alemania empezara a aplicar políticas keynesianas, aunque sin abandonar los principios básicos del ordoliberalismo. Todo ello también ha sido motivo de desencuentros. De hecho para Brand y Aglietta en Un New Deal para Europa (Traficantes de Sueños), uno de los problemas principales de la UE es que Alemania, claramente hegemónica hoy, pretende exportar e imponer su modelo de ordoliberalismo a todo el resto.

En la década de los noventa, en todo caso, la UE se desplazó de las concepciones keynesianas  hacia las neoliberales que se plasmaron en el Acta Única y en la implantación de la moneda única.  La crisis que se inició en 2007 ha puesto en cuestión al euro y ha mostrado todas sus debilidades. A su vez las políticas de austeridad  como respuesta a la crisis han traído consigo graves costes sociales con las consecuencias que se están viviendo. La UE está paralizada y  sin proyecto. Hay alternativas como la de los autores mencionados y la de Varoufakis, Galbraith y Holland que se pueden leer en el libro de este último Contra la hegemonía de la austeridad (Arpa, 2016), pero no están siendo consideradas por unos dirigentes que actúan de espaldas a las realidades sociales.

Publicado en elsiglodeeuropa.es

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