La vida de los políticos en la sociedad del espectáculo no es fácil. Sus inquietudes me recuerdan la letra modernista de un cuplé que cantaba a principios de siglo Pilar Franco: “¡Ay señores, y qué peligrosa / es la vida de la institutriz! / Siempre expuesta, si es joven y hermosa / a tener, sin querer, un desliz”. Con la fecha de caducidad a flor de piel, con los valores diluidos en las coyunturas, lo que hoy nace como insolentemente joven mañana es viejo y lo que parece un error instantáneo se convierte en una sentencia definitiva. La política, es decir, nosotros, somos esclavos de los dueños de la prisa.

En esta prisa todo corre como una paradoja en la que los triunfadores pueden perder. Más que los proyectos, lo que manda es el vértigo. Siempre gana la banca. Voy a hacer mi repaso deparadojas en la vida de la institutriz.

Uno de los grandes triunfadores del proceso catalán ha sido Rajoy. De forma calculada desde que estaba en la oposición y quería acabar con Zapatero, pensó que alentar el independentismo podía ser una buena estrategia para desgastar al Partido Socialista. Ya en el gobierno, la amenaza catalana le sirvió para ocultar las corrupciones de su partido y para diluir las graves consecuencias de sus políticas neoliberales. Ha tenido en realidad mucho éxito, nadie habla de desigualdad, ni de dinero negro, ni de paraísos fiscales, ni de cuentas en Suiza. El problema es que su éxito lo ha dejado sin votos en Cataluña y con un futuro difícil en España.

La bandera de la identidad se la quitó Ciudadanos. Es la fuerza ganadora de las elecciones al Parlament, aunque no tenga diputados para gobernar. El éxito catalán parece que inaugura la época de Ciudadanos en España. Madrid lo tiene trabajado, pero deberá pensar ahora en Galicia, el País Vasco, Valencia… Claro que en esas comunidades la amenaza catalana no es muy efectiva (quizá sí en Andalucía y Extremadura). No va a tener más remedio, si quiere protagonismo, que seguir agitando la identidad española como respuesta al independentismo catalán. Así que la razón de su éxito puede al mismo tiempo separar a Ciudadanos de los lugares en los que necesita extenderse.  Es una paradoja, aunque no tan llamativa como otras. Presentado a las elecciones generales como partido regenerador, es un apoyo firme del partido más corrupto de la democracia española.

Paradójica es también la situación de Puigdemont. Ha triunfado sobre el 155 de Rajoy y sobre las otras fuerzas independentistas. Ha conseguido reunir al mismo tiempo apoyos de los antiguos votantes conservadores de Convergència, leales al significado institucional de un president, y de los atrevidos partidarios de sustituir la monarquía española por la república catalana. Pero en su éxito lleva dentro la condena, porque se ha convertido en el mayor obstáculo del proyecto que representa. Por un lado, es necesario abrir un periodo de diálogo, de pacto entre catalanistas, para dejar a corto plazo la independencia unilateral y trabajar de cara al futuro; por otro, no puede encabezar ese proceso un político prófugo, al margen de la ley, que será encarcelado en cuanto pise el país que debe gobernar.

Las paradojas de la izquierda son más graves, porque los dueños de la prisa han favorecido todo este vértigo para desarticular la política como medio de transformación social. Aquí manda el neoliberalismo ya sea español, catalán o europeo. La izquierda que quiso buscar sus únicas bazas en la sociedad del espectáculo se puso en manos del enemigo. La izquierda que despreció la labor sólida de los sindicatos se puso en manos del enemigo. La izquierda que convierte la pureza en una secta al margen de la ley se pone en manos del enemigo. Y la izquierda que quiso convertir la identidad nacional en uno de sus signos de identidad ha fracasado en su intento al ser incapaz de sostener las razones de este discurso en la desigualdad social y la legitimidad institucional.

Ser español o catalán no significa ahora defender la dignidad laboral de una nación, ni el derecho a una sanidad pública, ni la prioridad de una educación que favorezca la igualdad, ni la seguridad de los jubilados, ni el respetuoso carácter público de las instituciones, ni la dignidad de la cultura, ni la vigencia de los derechos humanos. Ser español o catalán es hoy una consigna de identidades cerradas dentro del mismo modelo neoliberal defendido por los unos y por los otros.

Así estamos. Las derrotas no invitan a darse por perdidos. Las paradojas no suponen una renuncia al pensamiento. Supongo que todas las institutrices de la sociedad infantil del espectáculo están ya pensando en sus deslices, aunque es de suponer también que ningún líder creerá conveniente su retirada.

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