Hace unos días leía en el periódico que una novelista francesa tuvo que viajar a Bélgica para que le pudiesen practicar la eutanasia. Esa noticia me recordó una historia que me tocó vivir no hace mucho (o sí, depende de cómo se mida el tiempo). Durante varios años, una persona muy cercana, con múltiples fallos en diversos órganos, me repetía cada vez que nos veíamos, que era con mucha frecuencia, que no aguantaba más y que le gustaría morir para dejar de sufrir y no hacer sufrir a los demás. Yo, en mi saludable inconsciencia, le respondía que fuera fuerte, porque no tardando mucho su salud mejoraría y podría rehacer una vida que nunca le fue favorable -no sé si yo lo creía realmente o quería creerlo-. No fue así, murió sin mejorar nada su salud y habiendo tirado a la basura prácticamente los últimos diez años de su vida, los que le sobraron.

Casi cada día recuerdo esa historia y mi comportamiento cobarde. Hubiese sido más humano no haberla disuadido de sus deseos y ayudarla en sus propósitos. Pero no era posible, nuestra vida no nos pertenece del todo, no podemos disponer de lo más íntimo que tenemos, del único patrimonio con el que nacemos. La naturaleza nos da la vida, y estamos obligados a vivirla, nos guste o no, aunque en algunas ocasiones el cuerpo se convierta en una cárcel y la vida en una interminable cadena perpetua.

Rafael Amor dice en uno de sus pomas “Durar no es estar vivo, corazón, vivir es otra cosa”. Y claro que es otra cosa, no basta con estar vivo, vivir tiene que ser un acto voluntario y querido, un compromiso con la ilusión, con los amigos, con la familia, con las ganas de enfrentarte a lo desconocido, con crecer personal e intelectualmente, con la risa, y también con el llanto, sí, pero no solo con el llanto. Obligar a alguien a vivir una vida que no quiere o no puede mantener, es un acto de crueldad inadmisible que ninguna ley, creencia o Dios debería tolerar.

Cada día que recuerdo esta historia, me arrepiento de no haber sido capaz de evitar tanto y tan inútil sufrimiento, aunque a cambio aprendí una importante lección: durar no es estar vivo, vivir es otra cosa.

La persona de la que hablo tuvo un entierro triste, acorde con la vida que llevó los últimos años. La acompañaron solo las personas que la querían: familiares y algunos amigos. Su Dios, al que recurrió en algunas ocasiones en busca de ayuda, no fue invitado, no hubo responso ni misa, nunca respondió a sus llamadas; seguramente no estaba ni entre sus familiares ni entre sus amigos, porque éstos siempre responden.

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