En los últimos tiempos la izquierda ha cometido graves errores. Y me refiero a errores posteriores al de no haber sabido lograr una alternativa plural a la derecha ni haber podido cambiar, más allá de la cosmética plebiscitaria, el modelo de partido político, que de por sí han traído las penosas consecuencias que aún arrastramos.

Cuando nos movemos en una época de relatos y posverdad, una de las peores equivocaciones ha sido la incapacidad de aspirar a representar a una amplia mayoría, evidenciando una carencia de discurso de Estado y proyecto para España. Diría que incluso ha habido algo peor, sustituir el déficit de contenido por un relato fabulado indiferenciado del populismo y del independentismo acerca de que en España aún vivimos atrapados en un régimen posfranquista de casi cuarenta años.

Populistas e independentistas han necesitado dibujar con trazo grueso un enemigo en todo lo anterior a ellos, un enemigo gigante que abarca al conjunto de aquellos que no comparten su relato ni su proyecto adanista: antes no hubo nada relevante y con ellos empezó todo. Con ello han conseguido deformar la idea de España y difuminar la alternativa de modelo de Estado federal y republicano que habría de defender la izquierda.

 Se equivocan en primer lugar quienes relativizan la ruptura democrática que significó la Constitución del 78, atribuyéndole una suerte de continuismo del régimen franquista sin Franco.

No cabe duda de que la Transición mantuvo el poder económico en las mismas manos y pactó con los sectores reformistas del final de la dictadura. También es cierto que se han sostenido formal (aunque innecesariamente) instituciones otorgadas como la monarquía. Sin embargo, obviar el cambio cualitativo en derechos y libertades tanto individuales como colectivos que la transición democrática supuso entra dentro del capítulo de la manipulación política: la relación de fuerzas asimétrica no permitía otra opción, contra las manifestaciones por la democracia actuaba un aparato represivo todavía muy vivoy que acompañó todo aquel período; otra alternativa en aquel escenario no habría contado con el consenso de la mayor parte de la sociedad española. Quienes lo vivieron, sufrieron y lucharon saben que se hizo lo mejor que se supo y pudo. Contarlo de otra manera es manipular la historia, o lo que es peor, exonerar a los gobiernos y los electores de estos casi cuarenta años de democracia de nuestras propias insuficiencias y responsabilidades en relación a la memoria democrática, el carácter aconfesional del Estado, las carencias del Estado Social, de la división de poderes o más recientemente de los recortes sociales, la corrupción o la crisis territorial.

Aún visto desde la indignación y la ira que provocan los recortes, los casos de corrupción o las reacciones autoritarias, no existe esa estrecha relación entre la democracia actual y sus más que evidentes carencias con una de las dictaduras más crueles de Europa y su correlato de genocidio, anulación de las libertades y del pluralismo político, territorial e incluso moral, de centralismo, injusticia y corrupción.

Con estos argumentos no quiero reclamar la vuelta a los excesos interesados del panegírico de la Transición, más bien entiendo injusto sumarse a un libelo que haga tabla rasa de los cambios radicales que sí se dieron con el paso de la dictadura a la democracia, incluso los cambios insuficientes en lo social, territorial y cultural que ésta supuso.

Volviendo al análisis de ese relato fabulado, más propio de una política Peter Pan que de un interés por cambiar lo posible desde una perspectiva de izquierdas, también éste ha ocultado el modelo de bipartidismo imperfecto y su sistema electoral favorable:mientras los electores miraban a la izquierda, las mayorías giraban a la derecha. En consecuencia, el modelo ha primado, muchas veces con el apoyo nacionalista, a las mayorías neoliberales y recentralizadoras frente a las mayorías de cambio aunque, a pesar de todo, con sus luces y sombras, hayan consolidado instituciones y avances en derechos civiles y sociales, libertades y autogobierno. Y es que, por mucho que se empeñen los niños perdidos de Nunca Jamás, la realidad no coincide con su relato.

Porque resulta también parcial e injusto resumir la democracia únicamente desde la indignación y la ira que provocan la crisis económica, política y territorial, que por cierto seguimos sufriendo en la actualidad. Esta narración falseada de la Transición y el Régimen del 78, como antes el panegírico acrítico, impregna el trasfondo y determina los errores cometidos hoy desde la izquierda en la débil defensa de su modelo federal, a los que añado otros dos. Primero, el confundir los excesos de los actuales gobiernos del PP con el propio Estado democrático, provocando la impugnación tanto del gobierno conservador, como del origen de la Constitución democrática. Segundo, el analizar el referéndum catalán, parte esencial de la estrategia independentista, como propio del modelo federal, como si se tratase de la contraposición de la participación democrática frente a la rigidez de una Constitución centralizadora y caduca.

Es imprescindible recordar que, ya desde los clásicos, la democracia no se resume en un plebiscito, mucho menos en un plebiscito parcial al margen del conjunto de la ciudadanía catalana y española y de la legalidad constitucional.

¿Cuál es el problema entonces? Que un supuesto principio democrático absoluto se ha superpuesto en el debate impidiendo la visibilidad de cualquier propuesta de Estado de la izquierda, de un federalismo republicano, federal, plural y cooperativo. Propuesta que debería lograrse a través de una combinación compleja de reforma federal y estatutaria con la consulta al conjunto de españoles y catalanes. Y es que los problemas complejos no tienen soluciones simples.

Pero, sobre todo, esa reconstrucción novelesca de un relato injusto, excluyente y de rechazo a la totalidad sobre los casi cuarenta años de democracia reciente, que además echa por tierra los logros que sí ha conseguido la izquierda, nos ha limitado para mejorar esta democracia imperfecta. En su lugar, debatimos si reforma o un proceso constituyente cuando vivimos una involución política y democrática con una relación de fuerzas desfavorable, dentro de Cataluña y en el conjunto de España en el marco de la UE.

Retrotrayéndonos a la democracia griega, ya entonces Platón consideraba que la primacía de la ley era la fórmula para evitar los excesos de las mayorías en cualquiera de las formas políticas que se sucedieron desde la época de Solón. También desde la izquierda de tradición republicana deberíamos tenerlo en cuenta.

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Gaspar Llamazares es promotor de Actúa y portavoz de Izquierda Abierta.

Publicada en InfoLibre.es

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