Volví a pasear la mirada por aquel campo para seguir los movimientos de las aterrorizadas figuras que se las veían y deseaban para salir de él, porque la tierra no se los iba a tragar a no ser que consiguieran llegar al otro lado de las colinas, más allá del horizonte.

 -He hecho blanco, gritó Gabi.

-De eso nada, le contradijo Shmulik…

-Vamos, dijo Moishe, cinco ráfagas y por lo menos te cargas a uno…

Aquellos cuatro, allí enfrente, acababan de quedarse sin fuerzas y, convertida ahora su carrera en un andar pesado y abatido, descendieron uno tras otro a la grieta de una pequeña torrentera para después salir de ella y en el momento en que apareció el último, repiqueteó la primera ráfaga y los cuatro cayeron. Después se levantaron tres y echaron a correr…

-Uno a cero, gritó Shmulik, y se volvió hacia Gabi con una media reverencia…”.

Estos párrafos pertenecen a la novela Hirbet Hiza, un pueblo árabe, del escritor y político israelí Izhar Smilansky que solía firmar con el seudónimo de S. Yizhar. La novela, muy breve, poco más de 100 páginas, describe la jornada de una unidad del ejército israelí que tiene que llevar a cabo la expulsión de los habitantes de un pueblo de Palestina. El nombre del pueblo, Hirbet Hiza, es ficticio, pero la novela no es propiamente una obra de ficción sino más bien unas memorias noveladas en las que el autor narra su experiencia, y su ambiguo sentimiento de culpa, como miembro de una unidad militar que participa en las operaciones de limpieza étnica llevadas a cabo en Palestina desde diciembre de 1947 y a lo largo de todo el 48. La obra, escrita en hebreo, se publicó en 1949, es decir con los hechos aún muy recientes, y las primeras traducciones, al inglés en 2008, al español en 2009, son muy tardías, ya en el siglo XXI.

Esta novela, cuya lectura me causó desazón en su momento, me ha venido insistentemente a la mente en estos días, especialmente esas escenas en las que las gentes de la aldea que van a asaltar, tenues figuras indefensas, se ofrecen a las miradas de los soldados apostados en las colinas y a la banalidad de sus conversaciones mientras eligen, apuntan, disparan, “pito pito gorgorito, a éste le tumbo y a éste le dejo vivito”, como en un juego de tiro al blanco en una barraca de feria. La escena que describe el escritor S. Yizhar es de hace 70 años, pero se parece a la escena de hace unos días en Gaza: a un lado, parapetados tras un talud de tierra y protegidos por la infranqueable valla fronteriza, los tiradores de élite del ejército israelí; al otro lado, a campo abierto, a pecho descubierto, sin más armas que su ira, una multitud de gentes con banderas y pancartas que dicen aquí estamos, somos los hijos y los nietos de aquellos a quienes echasteis de su tierra hace 70 años.

Me pregunto si las conversaciones entre los tiradores del ejército mientras observaban, parapetados tras un alud de tierra, a los manifestantes concentrados al otro lado de la valla de Gaza, habrán sido parecidas a las que cuenta S. Yizhar en su obra. Algo así: – Me pido el chaval aquel de la chamarra negra, el que lleva una pancarta y una kufiyya roja, dice un tirador. Y el otro contesta: -¿A que no le das al que se aleja corriendo, ese que trata de escapar…“Pito pito gorgorito a este le mato, a este le dejo vivito”. O quizás, a diferencia de los soldados de hace 70 años , los de ahora han mantenido un silencio muy profesional entre disparo y disparo. Al fin y al cabo son tiradores de élite, o sea que donde ponen el ojo ponen la bala.

En muchas de las crónicas periodísticas de estos días se ha utilizado el término enfrentamientos para describir lo ocurrido el pasado Viernes Santo en Gaza. Curioso enfrentamiento en el que sólo hay víctimas de un lado y en el otro no es que no hubiera un rasguño, es que no había posibilidad de rasguño alguno. A veces las palabras sirven más para ocultar lo que pasa que para describirlo. Para la población palestina, la matanza, eso es lo que fue, una matanza a sangre fría, del pasado Viernes Santo, no es la primera ni por desgracia será la última, pero habría que preguntarse por qué el Gobierno israelí tomó la decisión de perpetrarla cuando no había posibilidad alguna de que un manifestante saltase la valla, por supuesto no había el menor riesgo para los cien tiradores de élite apostados al otro lado y las consignas de las múltiples organizaciones convocantes eran “no acercarse” demasiado a la línea fronteriza.

Creo que la primera razón es que el Gobierno israelí lo ha hecho porque puede hacerlo, porque haga lo que haga no pasa nada, goza de impunidad; la segunda razón es más compleja y tiene mucho que ver con el lema de la convocatoria Marcha del retorno: nada pone más nerviosos a los dirigentes israelíes y en general a todo sionista, que la mención al derecho al retorno. En diciembre de 1948 Naciones Unidas aprobó la resolución 194 por la que se establece el derecho al retorno de los desplazados y a ser indemnizados por los bienes destruidos o robados. La resolución se adoptó en base al demoledor informe presentado por el diplomático sueco Conde Bernadotte el 17 de diciembre de 1948. Al día siguiente Bernadotte fue asesinado en una calle de Jerusalén, junto al observador de la ONU André Serot, por dos pistoleros del grupo armado sionista Irgun. El 80% por ciento de la población de Gaza son refugiados del 48, gentes expulsadas manu militari de sus casas en operaciones muy similares, la mayoría bastante más atroces, a la descrita en el librito de S. Yizhar. Mencionar el derecho al retorno es mencionar el crimen de origen. La expulsión de casi un millón de personas de sus tierras, en los meses previos y posteriores a la creación del Estado de Israel. Limpieza étnica. Todo está documentado, las localidades destruidas y borradas del mapa, las fechas y la estrategia de cada ataque, los muertos de cada matanza, las órdenes de expulsión de la población de Jafa, Lydda, Safad, Haifa… Todo está documentado y muy eficazmente tapado. Tema tabú. No hablar, no nombrar, no recordar.

Pero los palestinos recuerdan, conocen los nombres de los pueblos destruidos porque son los pueblos en los que nacieron sus abuelos y saben cómo era la casa familiar y si había un limonero en el patio o una higuera en la puerta y si era martes o jueves el día en que los expulsaron de sus casas y de sus vidas… Quizá por eso, aunque no había el menor riesgo para los soldados del más potente ejército de Oriente Próximo, los tiradores de élite apostados, al otro lado de la valla, tras un talud de tierra, tuvieron que disparar.

Publicado en Infolibre.es

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