Feminazi, ¿no os parece un horror esta palabra? Pues es el calificativo que llevamos muchas mujeres a nuestras espaldas cuando luchamos para que se acabe con el machismo en este país. Rectifico porque tampoco me gusta el vocablo machismo, que se acabe con una auténtica lacra social que sufrimos en cuerpo y mente las mujeres, la violencia de género. Políticamente mucho más correcto, ¿no les parece? Después de este artículo, alguno y alguna por supuesto, se girará y me dirá fe-mi-na-zi.

Ayer escuché una noticia entre tantas que salen semanalmente en los medios de comunicación que me ha impactado, no sé si por el caso en concreto o por lo acontecido en los últimos días alrededor mío laboralmente: “Un hombre con orden de alejamiento dispara en la puerta del colegio a su ex delante de su hijo, y la mujer, Jessica, se encuentra en coma debatiéndose entre la vida y la muerte”. Ese es el titular que me ha acompañado mientras comía con mi marido, y al acostarnos nos enteramos de su desgraciada muerte.

Muchos oyentes pensarían: ¡qué pena!, ¡pobre chica!, ¡así va la justicia en España!, ¡la culpa del juez que lo dejó libre!, ¡delante del hijo, qué horror!, ¡bueno por lo menos él se suicidó! Esto es lo que nos pasa a los ciudadanos y ciudadanas por la cabeza cuando vemos este tipo de noticias, y mañana Jessica de Elda se nos olvida, y será otra, Victoria de Gijón, Sonia de Sevilla, Carolina de Vigo….

¿Pero cuántos de nosotros nos paramos a pensar qué ocurre realmente para que esto llegue a pasar? Pocos… por desgracia, mientras no nos afecte directamente. Y todo porque hemos normalizado que un hombre mate a una mujer, o que sea víctima durante años de su tortura física o psicológica. ¿Y quiénes lo tenemos normalizado? Todos, pero lo más triste es que también lo tengan conceptuado así las altas instituciones tanto judiciales y políticas que deben velar por nuestra seguridad e intereses. ¡Ah! Y si no lo tienes normalizado y luchas, acuérdate, serás una fe-mi-na-zi.

Trabajo en el ámbito del Derecho, y cuando empecé hace seis años, me quedé impresionada cuando mi compañera venía del juzgado de violencia asustada del comportamiento de la jueza. Ella defendía al maltratador, y lo llamo así porque fue condenado y quebrantó muchas veces su condena. ¿Por qué venía asustada? Porque su Señoría, al indicar la víctima en su declaración que ella tenía miedo de él, suspiró y dijo “Pero, ¿a qué tiene usted miedo, a los pájaros?…” Es decir, nos encontrábamos con una jueza de un juzgado especializado que tenía normalizado el concepto de que una mujer tenga miedo a un hombre.

Pues no Señoría, esa no es la educación de valores que yo quiero para mis hijos, sea mujer u hombre, aún no lo sabemos aunque la cigüeña esté en camino. Lo que yo quiero para mi futura hija, si es niña, es que cuando tenga un novio a los dieciocho años y todo fuese maravilloso porque se pasaban juntos horas y horas en el instituto, pero llega la universidad y cada uno elige su vida, él empiece a maltratarla porque ya no tiene el control sobre ella y no sabe si está en la cafetería de Derecho o en la de Económicas, mientras él está en la de Química, mirando si está en línea en Whatsapp y con quién hablará…

Ni tampoco quiero que si es un niño prohíba a su novia a maquillarse a la hora de salir un sábado a la discoteca, porque dice que parece una cualquiera y ella acepte porque tiene razón, “no puedo llevar esa falda que tanto me gusta porque luego tengo bronca en la disco con mi chico”.

Y esto ocurre… Vaya que si ocurre…. Pero estamos ciegos hasta que nos toca directamente. Estos días lo he tenido de cerca profesionalmente. Un chico que ya no puede controlar a su novia diariamente por su vida universitaria, y le envía mensajes del tipo: “Te voy a dar un paliza porque sales con tus amigas y conmigo no”, sólo porque está en el McDonald’s comiendo una hamburguesa con sus amigas, y ella le contesta cuando llega a su cama: “Tienes razón, dámela y así espabilo porque soy tonta”. Pero al día siguiente llega a casa con moratones  y todo cambia gracias al dolor de unos padres. Con dieciocho años, sí tiene miedo, igual que Jessica, que unos padres al ver cómo se encuentra moral y físicamente su hija tras una agresión, que yo… si mañana mi hija empieza a salir con un chico y empiezo a ver que ya no viste el vestido de Zara que tanto le gustaba porque es corto y a él no le “mola” que vaya así…

¿Dónde está el fracaso? ¿En la educación de los padres, que llegan a criar a un hijo que necesita que su novia no ponga carmín rojo en los labios para sentirse más seguro sobre ella? ¿En la justicia y los poderes públicos, que han normalizado la violencia machista, y por tanto es “lógico” que las comisarías tengan chicas de veinte años poniendo denuncias, solicitando una orden de protección y a los pocos días haya un juicio de una niña de dieciocho años contra un niño de veinte años? Y digo niños porque lo son, porque yo con dieciocho años era una niña…

¡Basta ya señoras y señores! Claro que existe el miedo, y no a los pájaros de Alfred Hitchcock, existe miedo a una realidad con la que no damos con la solución, ni nosotros como padres, ni los colegios a través de la educación, ni claro está, las instituciones a través de los mecanismos subvencionados para prevenir. Por tanto, toca seguir con miedo… O ¿debemos de conquistarlo, como proclamaba Nelson Mandela? Por desgracia a Jessica ya ningún juez o jueza podrá preguntarle si tiene miedo o si quiere conquistarlo…

Mientras otras seguimos pensando en el miedo a los pájaros, otras siguen luchando, pero ¡silencio! que son feminazis

Izaskun Suárez Huerga. Criminóloga y estudiante del Máster habilitante para la Abogacía​.

 

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