Hace un siglo, las mujeres de los soldados del Zar que combatían en el frente, salieron a la calle a protestar por el precio del pan y el retraso con el que cobraban los sueldos de sus maridos. Esa chispa encendió la mayor revolución que ha visto el mundo. Los hechos históricos a menudo provocan consecuencias que desbordan la voluntad de sus protagonistas. Así, y aunque sus líderes hayan renunciado ya a unos fines en los que, según sus propias declaraciones, nunca creyeron, el independentismo catalán ha abierto la caja de Pandora. Celebro que nos atrevamos a decir en voz alta lo evidente, que el concierto vasco es injusto, pero España sigue pareciéndose demasiado a un cuarto de estar en el que los adultos susurran para que los niños no oigan lo que dicen. Si, como parece, ya se puede hablar de todo, deberíamos olvidarnos de una vez de fueros y derechos históricos. Ya sé que el día que explicaron el siglo XIX ningún político español fue a clase, pero les recuerdo que los carlistas nunca ganaron una guerra. Y si es por el peso de la Historia, Castilla, León y Aragón tendrían muchos más derechos que reclamar, aunque sólo sea porque se inventaron este país. Los padres de la Constitución trabajaron bajo mucha presión y optaron casi siempre por el corto plazo. En 1978, cuando ETA era el principal problema de los españoles, la discriminación fiscal positiva para Euskadi y Navarra fue una buena solución. Ahora sólo es un ejemplo de que no basta con reformar la Constitución. Algún día alguien se atreverá a decir en voz alta que hay que hacerla de nuevo, y más vale que sea pronto.

Publicado en CadenaSer.com

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