No puede considerarse una emergencia puesto que no se debe al azar ni a la imprevisión. Al contrario, es el fruto maduro de un largo proceso cuya intensidad han alimentado a diario dos antagonistas principales

 

Es la crónica de una crisis anunciada, pero me interesa más analizar lo que no es. No puede considerarse una emergencia puesto que no se debe al azar ni a la imprevisión. Al contrario, es el fruto maduro de un largo proceso cuya intensidad han alimentado a diario dos antagonistas principales y algunos secundarios que, en casi todos los casos, han obtenido los objetivos que perseguían.

España no se convierte en una dictadura porque la policía practique catorce detenciones ordenadas por un juez de instrucción. El apoyo a la causa independentista tampoco ha desencadenado una revolución, ni lo hará por muchos manifestantes que se concentren en la calle. Las revoluciones crecen de abajo arriba e invaden los centros de poder desde los márgenes. El proceso catalán ha crecido de arriba abajo y se ha originado en el centro del poder autonómico. Por eso, lo previsible es que la crisis se resuelva también desde arriba, de poder a poder, y ahí es donde reside, en mi opinión, el verdadero problema. Sea o no cierto, como se dice, que representantes del gobierno y la Generalitat ya han quedado a comer, cualquier retorno a cualquier normalidad aboca a un gran porcentaje de la población catalana a sentirse excluida, engañada, traicionada. Hasta ahora, la única solución para evitar la escisión era un referéndum legal. Ahora, tal vez, ni siquiera eso.

Publicado en CadenaSer.con

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