Con frecuencia inusitada e irreflexión bastante habitual todo el mundo, políticos y ciudadanos comunes, se refieren a este régimen monárquico como una democracia cuando no lo es. La esencia de la democracia reside en la igualdad de derechos de todos los seres humanos y es evidente que una monarquía consagra la discriminación de uno sobre todos.

En la medida que ningún país reconoce los mismos derechos a los no nacionales, ninguno sería una democracia. Eso pasaba en Grecia: ni esclavos, ni siervos, ni extranjeros, ¡mujeres tampoco! tenían los mismos derechos que los ciudadanos libres. Sin aceptar esa discriminación por razón de la nacionalidad, que planteamos como segunda meta, la primera  es lograr la democracia al menos entre los nacionales de cada país. Internacionalizarla será el siguiente paso que sería imposible de alcanzar si no lo logramos antes dentro de nuestro país.

Que haya un parlamento no indica que haya democracia. Muchas dictaduras lo tienen, no sólo las monarquías: Corea del Norte, China o lo tuvieron Stalin, Franco. Respetar los derechos humanos y el bienestar económico, ocurre en las dictaduras monárquicas del norte de Europa, no en las asiáticas o africanas, tampoco implica democracia aunque si bienestar.

El índice de una democracia es la igualdad de derechos de todos tal y como dice el art 14 CE78 que se incumple inmediatamente en el Titulo IICE78. Siglos de admitir la dictadura monárquica, el argumento era el de su origen divino, nos han encallecido el razonamiento. Ahora aceptamos la dictadura monárquica, cuyo origen dictatorial tuvo como antecedente un golpe de Estado, ¡no como el de Puigdemont!, contra la República Democrática y un posterior genocidio. Pero su heredero declara que el “defiende la democracia del Reino de España”.

Comente Vd. en cualquier grupo de amigos lo intolerable de la discriminación de la monarquía. Todos estarán de acuerdo en que se hay que eliminar esa discriminación que convierte al varón en superior a la mujer entre los hijos de los dictador monárquico. Lo hice en una reunión donde había varios catedráticos de derecho constitucional. Estuvieron de acuerdo con mi propuesta de acabar con esta discriminación sexual, pero dejaron de estarlo cuando les dije que yo refería a otra más grave donde la discriminación no es del 49% al 51% sino de 1 a 47 millones a los que se nos discrimina prohibiéndonos ni pretender acceder al empleo de Jefe del Estado. Tras algunos segundos de silencio uno dijo “no es lo mismo”. Eso se dice cuando no se tiene ninguna razón que oponer y no se quiere seguir callado, que sería lo discreto. Claro que no es lo mismo; es más escandaloso que una persona discrimine a 47 millones.

El primer engaño al ciudadano nace en el lenguaje. Dijo Goebbels, el ideólogo nazi: “no hay mentira que repetida suficiente número de veces no se convierta en verdad”. Todos le han imitado. Con Franco los trabajadores eran “productores”; no había oposición al régimen sino “divergencia de pareceres”. Éramos una democracia, pero “orgánica”; había Parlamento, las “Cortes Españolas”; los electos no se llamaban Diputados, sonaba a demasiada democracia, sino “Procuradores en Cortes”, que para eso era una democracia pero sólo “orgánica”.

Dijo Churchill: “se puede engañar a un millón de personas una vez o engañar un millón de veces a una persona, pero no se puede engañar un millón de veces a un millón de personas. Parece que se equivocó. Lo de Goebbels, en cambio, sigue funcionando.

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