La actual situación geopolítica que venimos padeciendo desde hace ya demasiado en este país, aparte de haberse convertido en un tupido y cansino velo que oculta el vergonzoso devenir cotidiano del gobierno nacional (corrupción, corrupción, corrupción, destrucción sistemática del estado social, invasión escandalosa del ámbito judicial, irresponsabilidad supina…), suscita una larga serie de cuestiones de diversa naturaleza que posiblemente deberían ser apacible y concienzudamente afrontadas. Entre ellas, quizá merecería atención una muy básica, pero sumamente confusa y perturbadora: la propia noción de España y el sentimiento nacional asociado, tan profusamente aireados en balcones últimamente.

Al intentar identificar qué sea la “españolidad”, únicamente se puede apreciar una devoción obtusa a una entidad espectral y por lo tanto insustancial, sin perfil reconocible, pero que inflama pasiones bajunas y agresivamente disyuntivas; no compartirlas incondicionalmente supone situarse en la posición no ya de necesario discrepante, sino de despreciable enemigo. Basta con declarar desafección al estatus de español (se propone como experimento fácilmente verificable), para provocar una airada reacción que solo la más ignominiosa de las afrentas merecería, y que no es posible atemperar ni con la más elaborada retahíla argumental.

Pero la idea de pertenencia a una comunidad, sea en el nivel individual o nacional, solo adquiere sentido con referencia a la asunción de intereses básicos comunes cuya satisfacción requiere un esfuerzo aunado. Algo similar a esta actitud parecía fundamentar la construcción de Europa, al menos en las fases iniciales del proyecto, alentando la ilusión de los países que se iban incorporando (dejemos aparte, a los efectos del asunto que nos ocupa, el devenir posterior del proceso y la valoración de la situación actual).

Es decir, se podría reconocer una identidad nacional si está definida por una serie de premisas estructurales que sirvan de referencia para marcar unas objetivos comunes, sólidos, distintivos, cuya consecución determine irrenunciablemente el quehacer administrativo, legislativo y judicial con independencia del color político del gobierno. Una de ellas, por ejemplo, sería la existencia de un modelo educativo consensuadamente definido y socialmente asumido como propio, cuya proyección sobrepasase en todo momento los ocasionales e inmediatos intereses partidistas. En este mismo sentido, también un modelo socioeconómico, judicial, administrativo e incluso político contribuyen a dar sustancia a una identidad nacional, y lo hace además desde una actitud inherentemente integrativa, no excluyente, tanto internamente (dentro de la comunidad que los reconoce como propios) como hacia afuera. Todo lo demás es ruido enervante, aire malsano, patriotismo cerril, visceral y excluyente, cerrazón autocontemplativa y vacía.

Lamentablemente, esto último es lo que puede apreciarse en la vigente noción de España!, a cuyo rebufo, además, han tomado aliento antiguos odios que falanges de paisanos se atreven a sacar impunemente al retortero con renovado ardor guerrero, todo ello agregado en una cortina de humo tóxico tras la que se oculta un estado en el que los recursos y estructuras de servicio público (cuya defensa y desarrollo sí serían rasgos definidores de una nacionalidad), se entregan a la mayor prosperidad de la nobleza económica por sus fieles vasallos del gobierno, mientras que al grueso de la ciudadanía se le asigna el rol de proveedor de diezmos en aplicación de la alta consigna política “que se jodan” (Diputada Andrea Fabra, 2012). Donde la corrupción se acepta como proceso normal en el ejercicio del gobierno, y se ampara tras una desvergüenza que ya hace tiempo alcanzó rasgos grotescos; una desfachatez tan holgada que ha dejado incluso espacio al regodeo, y que se ejerce ante una preocupante y general impasibilidad. Una monarquía bananera en la que solo la picaresca parece ser operativa, corroyendo los pilares del sistema democrático.

Sería conveniente, y hasta urgente, empezar a construir una nueva españolidad que libere a los españoles de su actual sumisión forofa a la vacua y estéril noción vigente, dándoles la oportunidad de alcanzar realmente la condición de ciudadanos activamente implicados en su mantenimiento. Un horizonte común que genere adhesión más o menos animosa, que tenga unos perfiles básicos ampliamente reconocidos y asumidos como fundamentales, y que convoque las voluntades en el logro de metas comunes. A ver si pudiera ser.

 

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