Todas las culturas tienen su razón de ser, ya que si daña la integridad misma de sus integrantes, éstos dejan de sentir afiliación identitaria. Aunque pueda parecer incomprensible, que una cultura perdure tiene sus motivos. El sentimiento de unión suele reforzarse mediante la educación, que en algunos casos puede cegarnos, negándonos a reconocer y respetar la diferencia. Este sentimiento identitario suele verse reforzado ante los embistes, ya que puede crear mayor uniformidad. El concepto de una sociedad libre, debería ser el de una comunidad de iguales que se relacionan bajo un régimen constitucional. Entonces nos preguntamos ¿Por qué separar lo que es igual? ¿Cuáles son los factores que deberían mantener unida a una región? Nos encontramos en una universalización tan arrolladora que sentimos la necesidad de parar y luchar por nuestra identidad. Por eso es necesario escuchar las voces de otras culturas y poder elegir nuestra identidad. Ser una gota en el mar, tan necesaria y diferenciada, que no desaparezca y se integre en la totalidad.

Entendemos Nación como una soberanía constituida bajo el sentimiento de nacionalismo. Esta ideología se fundamenta en un pasado, una cultura y en la mayoría de casos, en una lengua comunes que cohesionan su pertenencia. Interpretar la vida de manera parecida, en la que los mismos recursos resuelven necesidades similares. No es necesario recurrir a un plebiscito diario para ratificar la pertenencia a una Nación. Nos bastaría únicamente con ver las costumbres, la ideología, los símbolos que de manera consciente o inconsciente afloran entre sus ciudadanos.

La ontología de la Nación es el Estado. La unión cultural necesita organización política para fortalecerse y afirmarse ante uno mismo y ante los demás. Si una cultura no recibe el reconocimiento legítimo de identidad diferenciada, se siente incompleta. El nacionalismo sufre una fuerte influencia en los medios de comunicación, que puede llamar al patriotismo y crear un mundo de claroscuros.

De modo que surgen dos vías. Una cultura unida por el pasado común y otra que quiere compartir el futuro. Culturas, en ambos casos, conformadas por personas que en su mayoría no se conocen entre sí, pero que viven con el imaginario de compartir un sentimiento común arraigado e intransferible de identidad.

Los partidos políticos se adueñan de los símbolos nacionales, fortaleciendo un paradigma unilateral. Esta uniformidad no es real y menos en un espacio internacional de flujo constante. Un político no debería bajo ninguna circunstancia dictaminar lo que significa ser patriota, ya que poco tiene que ver con la pertenencia a una cultura y mucho con la demagogia política recaudadora de votos.

Pertenecer no significa dejar de compartir. Un sistema democrático que promueve la homogeneidad cultural y lealtad patriótica, demuestra que no tiene argumentos para aceptar la diversidad cultural que nuestra sociedad multinacional requiere.

Muchos nos limitamos a aceptar las ideas heredadas como valores afirmativos. Esto puede desembocar en un simulacro de uniformidad moral. De modo que la diferencia no sería visible tanto en la conducta como en el estudio de por qué reaccionamos como lo hacemos. Si en este estudio descubriéramos que son los conceptos detrás de los valores los que nos condicionan en nuestro comportamiento, podríamos considerar que no hay ideas universales que determinen el comportamiento correcto. Porque a aquéllos que hagan apología de moralidad, se les podría recriminar que nos explicaran o justificaran su comportamiento. Lo que les podría obligar incluso, a crear alguna teoría para salir del paso.

En España sucede que las minorías, por estar concentradas territorialmente, producen un intercambio en el que esa minoría deviene en mayoría en ese territorio. Muchos gobiernos han intentado redistribuir a los pueblos por todo el territorio nacional para impedir que la identidad minoritaria ganase fuerza; disolviendo las instituciones educativas autónomas y con restricciones del uso de la lengua al ámbito privado, dejando la lengua mayoritaria  al ámbito público. Esta manera de proceder niega la realidad y es ineficaz. En España sabemos un poco de esto. La minoría política no reclama sólo variedad cultural, sino que hay una cultura minoritaria que reclama soberanía sobre su “pueblo”, por encima de la del Estado y del resto de “pueblos” que conforman dicho Estado.

En España, las comunidades autónomas de Cataluña, País Vasco y Galicia protegen (o lo intentan) el autogobierno de las minorías nacionales. El resto de comunidades se pueden llegar a considerar divisiones territoriales dentro del Estado. Esas comunidades con un sentimiento cultural común diferente del estatal, muestran un deseo de autonomía, no sólo cultural sino político. Manifiestan el interés de ampliar sus poderes progresivamente mientras las otras autonomías pueden incluso ceder algunos de los suyos. Cataluña y País Vasco han demostrado un mayor interés en el autogobierno. Pero esto no significa que el resto de comunidades no tenga una identidad propia y diferenciada.

Conceder derechos y poderes diferenciados podría equivaler a menospreciar a las demás comunidades y crear dos tipos de Comunidades Autónomas y dos tipos de ciudadanos. La búsqueda debería estar encaminada a un planteamiento con ciudadanos iguales con poderes iguales. La concesión de poderes especiales a estas Comunidades Autónomas podría representar una muestra de la importancia que representa la minoría nacional. Esta puede ser la vía para hacer reconocible a la minoría como culturalmente distinta y entregar poderes y reconocimiento a quién lo está pidiendo. Esta división de poderes puede ser beneficiosa para contrarrestar el centralismo. Forzar el debate tras una época de mayorías absolutas.

La coexistencia de más de una Nación en un Estado es un seguro de la diversidad y coexistencia entre pueblos que se retroalimentan. Esta coexistencia demostraría valentía por saber ver la multinacionalidad dentro de sí mismo.

La independencia de Catalunya propone un dilema a los Estados-Nación. El modelo de Estado actual se ha basado en el nacionalismo para lograr una cohesión que ratifique Estados sin naciones en su interior por crear un conflicto entre la soberanía nacional del Estado al que pertenecen y la soberanía nacional que reclaman. “A cada Nación un Estado” resulta paradójico ante la realidad de que se determina quien puede no quien quiere. El recurso habitual del nacionalismo es la defensa de una Nación ideal imaginaria, y se pide a sus ciudadanos que luchen por su cultura haciendo creer que una Nación es mejor que otra. Un ente impersonal que somos todos a la vez que nadie.

Pero desde Cataluña no piden aumentar su autonomía dentro de España, sino la secesión. Crear una república Catalana por secesión. Este nominalismo político ha movilizado a miles de personas. El objetivo es fortalecer el sistema económico y de poderes para acceder a los pactos supranacionales en el mercado internacional.

La autonomía restringida ha quebrado y ahora no existe otro deseo que la independencia. Los líderes nacionalistas lo saben y utilizan todos los medios (sistema educativo, partidos políticos y de los medios de comunicación) para conseguir su objetivo de la manera más rápida.

Una vía alternativa podría ser el federalismo. Sistema político con división de poderes entre gobierno central y subunidades territoriales (comunidades autónomas). Así las minorías podrían adquirir capacidad de decisión sin recibir imposiciones de la cultura mayoritaria. Una descentralización administrativa en la toma de decisiones básicas. También se ha hablado de Confederación en la que un poder supranacional (otorgado por varios estados soberanos) constituido por delegados de los estados soberanos controla la gestión económica o militar. Estos poderes otorgados al poder supranacional son voluntarios y revocables.

En el sistema federal los poderes están determinados por ley a cada nivel de gobierno. Sería anticonstitucional la intromisión en competencias asignadas a otro organismo. Aunque el federalismo no garantiza una ejecución óptima si no se establecen límites federales y una correcta división de poderes.  Así mismo, el federalismo podría convertirse en un proceso de secesión. Al comprobar una buena gestión, las minorías pueden reclamar mayor autonomía. Por eso habría que pactar una gestión de la lengua, de los recursos naturales, de la sanidad,  la educación,… de modo que el federalismo no fuera insuficiente y no habría razón para reclamar la secesión. Todo bajo una constitución que determinara las división de poderes legislativos y administrativos de gobierno central y subunidades, o la representación en las instituciones centrales como parlamento, corte suprema, o banco central.

España es un país formado por costumbres diversas y una cultura común. Hay personas que a pesar de hablar lenguas distintas del castellano, no sienten un alienación por parte del Estado. Uno es de su casa, de su familia, de su barrio, pueblo o ciudad, de su provincia, de su comunidad autónoma, de su país, de su continente, del planeta, del universo,… Al fin y al cabo somos seres humanos que según dónde hemos nacido y dónde nos hemos criado, desarrollamos unas determinadas costumbres que nos conforman como personas dentro de una sociedad múltiple. La discrepancia surge cuando el etnocentrismo rompe la diversidad y la riqueza cultural.

Constantemente surgen nuevos Estados. Algunos reconocidos y otros no. Adherirse al pasado carece de valor al ser usado con demagogia y alevosía para mantener regímenes opresores. Muchos historiadores se esfuerzan en demostrar procesos históricos que en muchos casos han sido inventados. Lo importante debería ser el sentimiento actual. Si una minoría siente que posee un poderoso sentimiento de identidad nacional, independientemente de su realidad histórica, deseará constituirse como Nación. Un estado federal probablemente no satisfaga a las minorías nacionales, pero sirve para observar cómo se convive en democracia, compartiendo derechos y responsabilidades mediante cooperación. Es necesario tener ejemplos de este tipo. Aunque no debe aceptarse sin debate. Las minorías no deben verse desacreditadas por uso de medios propagandísticos.

Los nacionalismos suelen hacer uso del miedo y las inseguridades de los ciudadanos con bases infundadas en un sentimiento ficticio. Se crea así una visión maniquea en la que o estás a favor o en contra, sin margen de debate. Estos populismos pueden plantear la demanda de poderes que jamás poseyeron y que la mayoría de los ciudadanos nunca solicitó.

Cualquier cambio o petición debe comprenderse y debatirse. Hay que ser más pragmáticos y dejar de esconder las cosas. Las personas tienen la capacidad de elegir. A pesar de los populismos y la propaganda que puede circular, cada ciudadano debe poder elegir la educación que quiere, así como la lengua. La solución es crear el marco de libertad (positiva) en el que cada ciudadano elija qué desea en cada momento. Para evitar la secesión hay que crear una distribución de competencias a nivel estatal y autonómico que sea satisfactoria para ambos. Sabiendo que es habitual un federalismo asimétrico en el que algunas unidades posean mayor autogobierno que otras.

En Cataluña, la concentración puede convertir a la minoría en mayoría y en consecuencia, se crearán nuevas minorías dentro del territorio catalán. Así que la antigua minoría ha de mostrar madurez y reconocer, tal y como ella fue reconocida, la nueva minoría que reclama unos derechos similares. Por eso antes de todo, Cataluña tiene que responderse varias preguntas. Crear un debate profundo dentro de la sociedad y dejar de evitar la confrontación en ciertos aspectos que resultan tan incómodos como determinantes.

Entre dos personas que buscan una solución a la convivencia, no se agotan las salidas. Por eso hace falta voluntad para demandar y delegar. Llegar a compromisos huyendo de la asimetría aunque no debemos olvidar que cada pueblo es único. Aunque con una subunidad cegada con sus deseos, el federalismo no es una opción.

La democracia no se demuestra únicamente votando, sino con la colaboración de los políticos que deseen llevar a cabo el deseo de los ciudadanos. No se trata de ceder, sino de luchar por una justicia popular. Que el pueblo vuelva a sentirse representado.

Aún así, creo que existe la posibilidad, y el deseo de trabajar juntos para desarrollar un sistema que permita la cooperación. Para ello, se ha de escuchar a los ciudadanos. Un movimiento de abajo hacia arriba y no a la inversa. El reconocimiento de la diferencia puede ser el paradigma de una identidad común.

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