Miro hacia atrás y me asusto al comprobar el número de errores que he cometido al analizar el proceso catalán. A veces he pensado incluso en dejar de escribir columnas, porque no se puede analizar lo que no se entiende y ha habido momentos en los que no he entendido nada. Es cierto que no soy la única que se ha equivocado, más cierto aún que equivocarse ha sido inevitable ante bandazos como los de Ada Colau, que un día apareció como la khaleesi de los alcaldes independentistas, en una escenografía ciertamente memorable, y a la hora de la verdad pidió que no se declarara la independencia, o la deriva del propio Puigdemont, capaz de elevar a sus seguidores hasta el cielo para dejarlos caer en el barro en menos de un minuto.

A riesgo de equivocarme otra vez, creo que los últimos acontecimientos prueban que nos hallamos a merced de dos gobiernos muy semejantes, separados por una diferencia fundamental. El que preside Rajoy es nefasto, autoritario, encubridor de sus propias corrupciones y profesional. El que preside Puigdemont es nefasto, autoritario, encubridor de sus propias corrupciones y aficionado. El último adjetivo inclinará la balanza, pero los otros tres son mucho más importantes.

La izquierda se equivoca al anteponer el sentimentalismo facilón de las banderas a su propia ideología en un panorama tan incierto que ya, lo de menos, es la independencia de Cataluña. Lo que nos estamos jugando es que la extrema derecha resucite, que el radicalismo se acuerde de la lucha armada y que lo malo se convierta en lo peor. Ojalá me equivoque una vez más.

Publicado en CadenaSer.com

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.Actúa

ACEPTAR
Aviso de cookies