Las elecciones catalanas se han convertido en el bálsamo de fierabrás curativo de las afecciones independentistas de un grupo de catalanes radicalizados. Rajoy confía en ellas para seguir tumbado en su poltrona presidencial haciendo lo que más le gusta en el mundo: de D. Tancredo. Más gallego que el mismo Franco, Rajoy pretende que sean los electores constitucionalistas los que le saquen las castañas del fuego votando en mayor número que los independentistas. Pero sin una sola palabra ni idea acerca de que podría pasar si la composición de las cortes catalanas es la misma o parecida a la de ahora. ¿Volvería a aplicar el 155? ¿De nuevo elecciones catalanas hasta que salga la mayoría anti independentista? Quisiéramos pesar que no, pero conociendo su abulia para actuar, cualquier despropósito es posible.

El tema de Cataluña viene de lejos y lleva coleando desde hace más de 80 años. Estos arrebatos independentistas ya se dieron y de tal manera que el 7 de Octubre de 1934 el Ministerio de la Guerra republicano tuvo que intervenir mediante un Parte Oficial de la presidencia del Consejo de Ministros. Entre otras cosas decía: “En Cataluña, el Presidente de la Generalidad, con olvido de todos los deberes que le impone su cargo, su honor y su responsabilidad, se ha permitido proclamar el Estat Catalá. Ante esta situación, el gobierno de la República ha tomado el acuerdo de proclamar el estado de guerra en todo el país. Al hacerlo público, el Gobierno declara que ha esperado hasta agotar todos los medios que la ley pone en sus manos, sin humillación ni quebranto de su autoridad. En las horas de paz no escatimó transigencia…”.

El mismo problema y la misma respuesta gubernativa con casi las mismas palabras, o como diría el inefable Rajoy: todo es distinto salvo alguna cosa… Qué duda cabe que la independencia está enquistada en el imaginario colectivo de algunos de los grupos políticos catalanes, de tal manera que pasan los años y este imaginario permanece inalterable. A los que no somos independentistas nos cuesta entender las razones que esgrimen para ello. Nos la quieren presentar como una utopía de libertad, de autonomía, de eficacia administrativa, de buena gestión, de fin de la pobreza, de la precariedad, de una tierra próspera a la que todas las empresas ansían ir para hacer negocios. Y quienes más se esfuerzan en ello son los autodenominados anticapitalistas. Tiene guasa la cosa. Mayor contradicción no se puede dar. Nunca he podido entender como el aspecto político de un tema puede arreglar la condición humana, la pobreza, el paro, los recursos energéticos, la corrupción, etc, etc. Evidentemente al tomar la parte por el todo, el argumento es falaz, es engañoso y tiene pinta de que se usa con el fin de engañar, o, al menos, para satisfacer nuestros propios deseos. El aspecto político de un tema tan complejo como es la independencia de un territorio –que goza de libertades y garantías democráticas- en absoluto esclarece al resto de los aspectos sociales, económicos, éticos, de justicia, de salud pública, de educación, etc., que tienen siempre urgentes retos que resolver.

No sé si las elecciones de Diciembre resolverán el problema a Rajoy, pero a quienes no resolverán el problema será al resto de los españoles, que ya estamos hartos de tanta majadería por parte de unos y otros y de tanta falta de propuestas de diálogo.

Cecilio Nieto. Catedrático de Filosofía.

 

 

 

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