Existe una dicotomía en torno al concepto de representación que se atribuye a los actores que nos hablan desde tribuna y a los que en ocasiones, si no es por el rótulo que les acompaña, nos cuesta posicionar correctamente, no sé si porque tenemos demasiados, lo cual nunca es bueno para atendernos, ni siquiera para la economía de un país, o porque carecen de sustancia, entendido el sustantivo como liderazgo natural y necesario. Unos afirman que los ciudadanos, como si ellos no lo fueran, tenemos lo que nos merecemos. Otros, más ambiguos que inconformistas, nos califican de borregos en masa, predicando eso de la fuerza del pueblo en un atril mientras confían, sin complejos, en que la ordinariez que su empoderamiento nos otorga les lleve a subir peldaños o, nunca mejor dicho, escaños.

Los primeros se definen en su propia reflexión, los segundos perturban aunque son especialmente sigilosos cuando se emplean en una meditación más personal que colectiva sobre lo que mejor conviene. Pero no hay silencios buenos ni reconfortantes, cualquiera de ellos conspira y guarda un millón de pensamientos, ideas, prejuicios y miedos. Ya lo decía Mahatma Gandhi: “Lo más atroz de las cosas malas de la gente mala es el silencio de la gente buena”, frase que, por sí sola, merecería gran comentario de texto. Y tan cierto, no hay peor mutismo que el de quien se ausenta o escapa cuando se le invita a asumir una posición necesaria, lo que acaba en ira contenida ante una reserva traicionera que, por otra parte, era ya casi esperada. Así, un agraviado entrenado en no ambicionar manifestación popular alguna, acaba entrando en un círculo vicioso de posturas rígidas, tácitamente preacordadas, lo que fulmina cualquier opción de diálogo público.

Sorprende cuando, pasado el tiempo y narrado lo siguiente en sentido figurado, ese remordido cómplice y mudo consciente del “mala gente” comienza a relatar una historia que, por mutista y por vetusta, ya no interesa nada. Ese relato rancio, del que ahora tiene interés charlatán, lo que anda buscando es el aburrido trance de una excusa, aunque esta venga a ser nuevo y discreto silencio de vuelta, de la buena gente que finge una escucha paciente.

El silencio de la buena gente pronto deja de ser inocente y la convierte. Refuerza conductas lesivas y malos hábitos a los que, por desgracia, nos hemos acostumbrado tanto que los asumimos como norma de convivencia. Pero nos estamos olvidando que la costumbre no hace moral ni ética, corriendo el riesgo de maleducar y  envenenar a generaciones completas. Dicho esto, extrapolando esta cavilación más allá del ámbito de relaciones interpersonales, no resulta tan diferente de cómo ese silencio “prudente” y esa inacción han sido las herramientas con las que hemos construido la convivencia y la connivencia de la clase política de este país.

Personalmente, no creo que el problema radique en la falta de confianza que el ciudadano tenga en sus instituciones, eso es más bien un eslogan muy electoral, casi comercial, y que sólo suena mucho. Lo que intuyo más probable es la falta de fe en quienes las dirigen, nombrados por aquellos que, paradójicamente, son elegidos por un pueblo que no se siente representado. De otro lado, resulta contradictorio exigirles fuerza de cambio a cargos políticos que, a priori, ya prevemos faltos de palabra porque asemejan personajes de un juego de rol misterioso, con una pose dramática sorprendente o, aun peor, pedirles vocación pública y cederles una enorme responsabilidad a quienes, como decían las abuelas, “se arriman al sol que más calienta” o van reequilibrando el discurso “por si suena la flauta”.

No somos tan pocos los que hemos dejado de priorizar la molestia del silencio cobarde porque comienza a estorbarnos mucho más el temerario y peligroso alboroto. No hay temor a ser apuntados con un dedo, ni ganas de ejercer como mentores de compatriotas sobrados en vehemencia bien estudiada. Confiamos mucho más en el relato de quienes se han graduado en experiencia, se alejan de adornos y fantasías, saben muy bien lo que dicen y aún más lo que callan, en un silencio que se posiciona y que se manifiesta pacíficamente en voz más sabia por vieja que por diabla. Ese es un silencio de gente buena que molesta a la gente mala.

Es necesario volver a empoderarnos confiando la política en quienes ya han quedado por encima de tendencias,  en aquellos a los que se presupone, por mérito propio, esa necesaria vocación de Estado y que poseen algo valioso en decadencia como es el poder de la oratoria. Necesitamos profesionales a los que lograr entender en una respuesta y, sobre todo, reflexionarles después porque logren dejarnos un mensaje lleno de contenido. No apetecen gobiernos de ilusión que nos embauquen en utopías, se hace deseable que nos representen personas con las que gratamente nos sentaríamos a tomar un café, que han superado rencores y frustraciones ante acontecimientos vividos o no, que sean capaces de dar un zapatazo sereno y actúen.

Es insensato creer que quienes nacimos en democracia podremos crecer de forma saludable desoyendo a los que ya estaban allí entonces. Oír no es acatar y discutir no necesariamente lleva implícita una connotación negativa. Recuperar la política en las plazas y en las partidas de dominó, hacerla cotidiana sin crisparnos y enriquecernos de opiniones opuestas sin encontrarnos es mucho más sencillo que vivir en un discurso faltón y enfadado. Quiero pensar que es más probable que posible una sociedad evolucionada y más libre, construida osadamente sobre la educación, la generosidad y el respeto.

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