Las sociedades de consumo y el capitalismo avanzado cultivan la miseria cultural. Es una tendencia que deteriora los valores de la sociedad democrática. Se trata de un mecanismo paradójico que están utilizando con mucha eficacia los poderes reaccionarios en su propio beneficio. Llaman a la participación del pueblo para diluir su representación en el griterío y para borrar la conciencia de clase. De este modo un millonario se transforma en líder de una regeneración o una causa popular confunde las opciones del dinero con el malestar de sus víctimas.

Siempre hubo personas sin estudios. Pero las culturas tradicionales han sido durante siglos una herencia capaz de educar en comunidad. Las relaciones con la vida, el amor, la muerte, la memoria y el futuro dependían de un saber experimentado por los mayores, un saber con voluntad de entrar en las ilusiones y los miedos de los jóvenes. Si se piensa bien, los estudios y los libros son una parte más del relato de la comunidad, una ampliación de la experiencia de los iletrados. En este sentido, el elitismo no sólo es una indecenciademocrática, sino una incomprensión del sedimento que sostiene la creatividad del arte y del estudio.

Pero la socialización que hoy lleva a cabo la telebasura liquida este sostén cultural de las tradiciones. Se acentúa su lado oscuro y se conduce la posible rebeldía a un lugar que tiene poco que ver con la conciencia de clase o con la sabiduría del resistente. Si la dinámica real de las nuevas estrategias de socialización depende sin filtros del imperio del dinero, la lógica sentimental impuesta se define por el narcisismo y los bajos instintos. Sólo así se explica la impudorosa exposición de las miserias privadas en los espacios públicos. Y sólo así podemos entender también un nuevo fenómeno: el orgullo de ser analfabeto. La sospecha que se proyecta hoy en la política, la democracia, el Estado, los funcionarios y los sindicatos, alcanza también al saber y a la cultura. ¿Qué me va a arreglar un político o qué me va a enseñar un sabio? A mí ya no me engañan. El narcisismo suele buscar una respuesta única en la indignación.

Las evidentes insuficiencias de un sistema que maltrata a las mayorías en beneficio de las élites no invitan ahora a su corrección, al arreglo de los problemas, sino a una negación general de lo establecido. El debate de la actualidad prefiere entenderse con las causas en vez de con los valores y las normas. Con una lógica propia de la telebasura, el vértigo de los bajos instintos sustituye los diálogos por escenas propicias al rumor, la calumnia y los gritos. La ley del más fuerte se disfraza para consolidar su rumbo con las banderas de la ruptura, la novedad y la determinación tajante. Como el cliente siempre tiene razón, se le pierde el miedo al mal y el respeto a las leyes. Y perderle el respeto a las leyes significa tanto no cumplirlas como dejar que se pudran vacías de legitimidad.

La figura de Donald Trump representa bien las características y el alcance de esta realidad. Desde luego que Hillary Clinton no era un horizonte sin grietas, pero el orgullo del analfabetismo no ha sabido cambiar el agua sucia del barreño sin arrojar el cuerpo de la dignidad democrática por la ventana. El mal se ha sustituido por lo peor: fanatismo, machismo, prepotencia, mentira y todo tipo de enfermedades contempladas por el infierno civil.  No es un caso aislado. En Europa, la extrema derecha se olvida de la catástrofe que encarnó Hitler y vuelve con fuerza al parlamento alemán.

Gente orgullosa de su analfabetismo es la que ha salido a la calle de algunas ciudades para despedir con banderas de España a los guardias civiles desplazados a Cataluña. La irresponsabilidad de mezclar una bandera nacional con un conflicto social interno recuerda escenas propias del fascismo. Fraga Iribarne no necesita volver, porque nunca se ha marchado. En la otra orilla, hay también analfabetos orgullosos que en nombre de Cataluñamaltratan los libros de Juan Marsé o las canciones de Joan Manuel Serrat, convertidos de la noche a la mañana en representantes del fascismo.

En esta atmósfera resulta muy difícil un diálogo sereno entre personas partidarias del proceso de independencia de Cataluña y personas que prefieren una articulación territorial que no llegue a la ruptura. Ni siquiera pueden discutir en condiciones de cultura democrática los que apoyan o rechazan la celebración de un referéndum de autodeterminación.

Resulta difícil, pero debemos negarnos a que la actuación del analfabetismo orgulloso protagonice las situaciones. Debemos memorizar o inventar otros tipo de actitudes y palabras que corrijan las escrituras del poder desde otra perspectiva y con un orgullo democrático.

Publicado en InfoLibre.es

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