Yo hubiera entendido que los catalanes consiguieran la independencia por la fuerza de las armas. Así lo hicieron Estados Unidos, algunos países latinoamericanos e incluso la misma España del imperio napoleónico. No obstante, lo ocurrido recientemente en Cataluña nos retrotrae a la célebre frase de Tarradellas: “En política se puede hacer de todo. De todo, menos el ridículo”.

Y no empleo la palabra en su vertiente cómica, sino trágica. Porque centenares de miles de catalanes de buena fe tardarán en recuperarse de tanta frustración. Cuando el PSOE barrió por primera vez en España, pensé que llegaría por fin la reforma agraria para redimir a tantos jornaleros explotados. Pero se impuso la cruda realidad: la reforma agraria ya no era posible. Las estructuras ya no eran las del siglo XIX y la modernidad, la mecanización y los mercados la hacían imposible de todo punto.

Eso pasa con la independencia de Cataluña. En un mundo globalizado, con una Unión Europea que basa su fuerza en la cohesión y teme su muerte por disgregación, no cabe esa independencia. Por no hablar de la prevalencia de la legitimidad y, sobre todo, de la superioridad por la fuerza del estado español. Y esto lo sabían los líderes independentistas. Y han mentido miserablemente a sus seguidores. ¡Ah! ¿Qué es ahora cuando han caído en la cuenta? Pues peor. Por ingenuos y pésimos analistas.

Yo, en 1968, tenía 18 años. Entonces vi salir hacia Barcelona a un amigo que iba con toda su familia en busca de una vida digna. En ese tiempo Cataluña era el paradigma del progreso (y de la progresía, que decíamos), de la cultura, de la libertad y la zona más europea de España. Por desgracia, con el paso de los años, Cataluña se ha ido haciendo cada vez más radical, más provinciana, menos abierta y tolerante y, en fin, apartando de sí unas señas de identidad que la hicieron grande en otro tiempo. Del reciente éxodo de empresas y de la recesión económica que se les avecina, ni hablo; con lo sensibles que son los catalanes a ese tema.

Acabo con una imagen brutal, pero definitoria. Han llamado a Joan Marsé botifler (traidor). Miseria y provincianismo.

 

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