Lo confieso: nunca he encontrado mi sentir patriótico en un símbolo irracional. Quizás sea de los pocos bohemios sobrevivientes empeñados en crear su propia patria a través de la poesía. Pero, en estos tiempos en donde queremos incluso adelantarnos al reloj, caminando por las escaleras mecánicas de la estación de metro, para no llegar un minuto tarde a la rutina de nuestro “trabajo basura”. Nos hemos conformado con respirar el aire contaminado en las calles tristes del alquitrán. Ahora que la mujer continúa siendo un producto y que al poeta que se rebela le suspenden “Lengua y Literatura” en el sistema educativo mercantilista, los pocos valientes que quedemos tenemos la obligación moral de preguntarnos lo siguiente: ¿Dónde está la poesía?

Entre tanto racionalismo mediocre y falsos intelectuales reconvertidos televisivamente en defensores del Estado, se ha perdido la esencia humana, que no es otra que la de pensar que “dar” sí puede ser sinónimo de “recibir”. No obstante, no me considero un escéptico más, aún pienso que hay elementos poéticos en la vida.

De hecho, si me sigo considerando español, no es por los desfiles militares ni por “La Rojigualda”, sino porque en su día, cuando más lejana sentía a mi propia identidad, me dio por leer a Federico García Lorca, y descubrir de este modo, que la nación de los buenos se va construyendo integrando a los excluidos socialmente, mas nunca odiando al diferente. Por otro lado, fue la poesía de Luis Cernuda la que me hizo ver que divagar entre “La Realidad y el Deseo” es un sentimiento humano producto de la valentía de atreverse a amar.

Observando la playa La Caleta (Cádiz) durante mi adolescencia tardía, tuve el honor de saber que si una poesía solo está cargada de sentimentalismo, las olas nos ahogan con su sal, y si, por el contrario, toda ella es razón acabamos enterrados en la arena; quizás el equilibrio esté en el sol. Por su parte, es de sabio no olvidarse nunca que hay poesía en cada territorio, y que cada lugar suele ser un recuerdo. Como cuando vuelves al campo de tu infancia por diciembre, donde se para el tiempo y el olor a pestiños recién hechos por tu abuela, te hace revivir navidades pasadas con familiares que ya no están. Precisamente, son los abuelos, esos a los que constantemente amenazan con el fin de las pensiones, los verdaderos ángeles terrenales, capaces de conservar versos en desuso que no se deben olvidar para no volver a sufrir una dictadura sangrienta.

Es indudable que poeta no es solo el que escribe poemas, sino también aquel o aquella que se compromete con su patria, por ejemplo, evitando un desahucio, porque es consciente que al ejecutarse se está violando un derecho humano reconocido también en la “Constitución del 78”. Y créeme si te digo que no hay mayor himno nacional que las voces roncas de cantautores cotidianos manifestándose contra las injusticias.

Sé que ante tanta convulsión lo fácil es resignarnos. Yo no pienso hacerlo, aunque leer un periódico signifique ya entrar en depresión. Ahora mismo voy a salir de esta estación de metro sin coger las escaleras mecánicas, e iré a un bar con unos amigos para tomarnos unas cervezas y vivir las penas juntos con sonrisas llenas de espuma. Y a pesar de que no podamos ver la poesía colectiva entre tantas banderas, tenemos la necesidad de levantar cada mañana el escudo universal de la empatía. No me importa que me llamen iluso, pues, como decía Eduardo Galeano, “la utopía sirve para caminar”.

 

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