Para buscar mi infancia, Dios mío… Recuerdo este verso de Federico García Lorca que utilizó Blas de Otero en un poema dedicado al autor granadino. Con ese poema, participó Blas en un homenaje a Federico celebrado el 5 de junio de 1976 en Fuente Vaqueros. Era el primer gran acto de memoria republicana que podía celebrarse en Granada. Pero todavía estábamos bajo el peso burocrático y policial de la dictadura. Manuel Fraga Iribarne, ministro de la Gobernación, concedió media hora para las intervenciones y llenó los secaderos de tabaco con los uniformes grises de la policía armada. Media hora de libertad después de 40 años de dictadura, dijo Manuel Fernández-Montesinos, sobrino del poeta e hijo de un alcalde socialista también fusilado.

Blas de Otero recordaba en su poema, con la flexibilidad cronológica de la memoria, que cuando tenía 13 años conoció al autor de Bodas de sangre. Estaba de paso por Bilbao con la actriz Margarita Xirgu. Releer el poema me emociona, porque la mañana del 5 de junio de 1976 tuve yo la oportunidad de conocer a Blas de Otero en un acto previo al gran homenaje. Los estudiantes universitarios se reunieron con él y otras personalidades en el Hospital Real. Admiraba y admiro mucho a Blas de Otero. Mi formación poética cruzó la adolescencia con las Canciones Poeta en Nueva York de Lorca, y luego con Pido la paz y la palabra de Blas de Otero. Cuando me acerqué a saludarlo, arrastré la timidez y la emoción en los labios. Se me ocurrió decirle que por gente como él quería dedicarme a la poesía y estaba en un acto como ese. Era un acto organizado por la sociedad civil que se movía en el entorno del Partido Comunista, un homenaje a un poeta ejecutado por el franquismo. Blas sonrió, me acarició el pelo y murmuró: “¿por gente como yo? Espero que algún día puedas perdonarme”.
 Si admiro y aprendo de los poetas más jóvenes que yo es porqueme eduqué en la admiración de mis mayores. En buena medida, esa es la dinámica de la escritura, una herencia que da pie a nuevas generaciones, una palabra recibida que se abre al futuro a través de la perpetua actualización de los jóvenes.
Me gusta pensar en la idea del tiempo que funda la literatura: el tiempo como relato, el presente con dimensión histórica. El capitalismo lo mercantiliza todo, lo convierte todo en objeto de consumo. Los cuerpos, los empleos, las horas de ocio o de trabajo, la política, todo es un objeto de usar y tirar, todo se produce con una fecha de caducidad en el ritmo acelerado de la especulación. El entusiasmo mercantil del presente borra la memoria, cancela el compromiso con el futuro y deja vacío de significado el instante. En el mundo de lo instantáneo, lo de ayer se olvida hoy porque nada de lo que se vive o se siente nace para ser respetado.

Los herederos de Fraga Iribarne están hoy en el gobierno. Una de las grandes debilidades de la izquierda española es que ha sido incapaz de establecer un diálogo generacional. Durante años, los viejos no tuvieron más afán que el de perpetuarse y no quisieron perder el control de una parcela cada vez más pequeña. Cuando la realidad estalló en sus manos desvinculadas del mundo, surgió ante ellos una juventud adánica, dispuesta a creer que se lo estaba inventando todo, porque no tenía nada que ver con sus mayores. Los viejos cascarrabias pensaron que los jóvenes eran tontos; los jóvenes sin memoria se abandonaron al espectáculo de las coyunturas, lo instantáneo y su propia caducidad.

El diálogo generacional es lo que constituye una comunidad, lo que consolida una palabra en el vértigo del tiempo. Me he acordado del Blas de Otero que recordaba a Federico García Lorca porque creo significativo que dos viejos como Manuela Carmena o Julio Rodríguez hayan adquirido protagonismo en la joven izquierda madrileña. Es una buena noticia. A los herederos de Fraga Iribarne sólo pueden derrotarlos los herederos de la libertad. Espero que algún día sepamos perdonarnos.

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