La vida es así… rezaba la canción de aquella serie infantil, llena de luz, llena de color. Qué habrá sido de todas esas expectativas de quienes nos acompañaban haciendo la siesta mientras nosotros veíamos los dibujos en aquellas teles que necesitaban de un mueble de salón “tope vintage” ya entonces. No sé, francamente, he perdido todo punto de referencia para intuir qué nos contestarían a la pregunta “¿qué fue de aquello que prometisteis que sería, si estudiaba, era buena y me convertía en una mujer de provecho?” Puede que hoy ni les planteara esta cuestión por amor, por no cargar con una mirada apagada, por no llevarles a esa posición de descubierto porque jamás merecerán que lo que era su verdad se convirtiera en mercancía de unos pocos.

Se me arruga el pecho al pensar en que una lucha titánica que nos abrió el paso nos haya hecho ahora presas en el doble sentido literal, sí. Reas del sistema y coto de caza de un capitalismo feroz, interés sigiloso que nos cierra la boca, nos excluye y nos ha disfrazado de colectivo en riesgo paralizado por el miedo, sobre cualificado por la mochila de la vida y del que no se habla así pareciese aquel familiar que no se menciona mucho por si el apellido se ahoga en vergüenzas.

Cuando falla una red de seguridad solidaria, imprescindible y de todos, cuando el trípode Mercado de Trabajo, Familia y Estado se ha quedado cojo es síntoma y consecuencia de que los atentados contra el Estado del Bienestar han dado sus frutos y está agonizando si no está ya muerto. Si de esas tres bases sólo podemos saltar sobre la segunda elástica porque la primera nos expulsa de manera sistemática y la tercera ni siquiera nos reconoce, al primer intento se rompe y la caída es, sin ninguna duda, al vacío. Por si este desatino no fuese suficiente, vamos a sumarle al “sin vivir” un grado de incertidumbre vital, de necesidades básicas, que es contra natura a la especie humana.

Supongamos que somos mayoría quienes hemos cumplido con las exigencias y los requisitos, supongamos que además continuamos haciéndolo porque creemos en ello, qué triste comprobar que ayer pertenecíamos a un colectivo exclusivo, hoy vamos orillando en grupos de riesgo y mañana, muy probablemente, formaremos parte de una misma y frustrada pandilla, patata caliente que irá de mano en mano. Sepan todos que esto no se enfría, más bien al contrario.

Sin caer en demagogias ni en consejos banales para aquellas que no terminan de levantar cabeza, más allá del mensaje solidario y lejos de imposturas sobadas quiero hoy agitar conciencias, hacer una profunda reflexión sobre la mujer como miembro de una sociedad enferma, responsabilidad de todos por acción y también por omisión. Deseo atender a cómo lo expuesto repercute en la mediana edad de un sector de la población que siente que se le castiga terriblemente por tomar decisiones de vida, sin ser capaz de describir cómo se manifiesta ese castigo cuando alguna de esas decisiones resultan erradas, bueno, cabría aquí la siguiente cuestión: ¿erradas para quién? Pongamos ejemplos cercanos de señoras que aceptaron las exigencias del sistema y acataron fielmente todo aquello que se esperaba de ellas. Tantas que decidieron asumir responsabilidades familiares pensando, ilusas, que se trataba de un descanso profesional temporal… aquí sonaría la bocina avisando del primer error aunque ¿realmente fue el primero? Hablemos de señoras que entran en una dinámica social que les convence de que son felices, aunque ellas saben que hay algo que no va bien, y que sin darse cuenta el paso del tiempo las va devaluando y su abaratamiento se hace más evidente en cuanto tratan de subir al tren otra vez. Pensemos en esas mujeres sin crédito que comienzan un descenso al infierno desde aquel lejano poder femenino, profesional y  funcional.

Más allá aún, mujeres de mediana edad cuyo proyecto de vida salta por los aires y toman la iniciativa en la ruptura de un modelo tradicional de familia por pura supervivencia y porque un patriarcado oxidado y maloliente las está asfixiando ¿Segundo error?, no, error fatal. Sin perdón por la osadía tendrán que empezar de cero, con una maravillosa carga a la espalda pero que supone un freno motor a cualquiera de las expectativas profesionales soñadas veinte años atrás, por lo que se limitarán a fantasear con un trabajo que les permita pagar las facturas y vivir “dignamente” con sus hijos, sorteando invitaciones a ocupar un papel de víctimas que no quieren.

Llegados hasta aquí cualquiera cuenta con la empatía suficiente como para entender que en la vida de estas mujeres todo está hecho añicos. La valía profesional se traduce en una oportunidad que la suerte les regale. Créanme que de ahí a rogar por un derecho constitucionalmente reconocido hay sólo el paso para dar la vuelta a la esquina. Vuelvan a creerme si les digo que para que estas mujeres puedan volver a soñar con algo se hace precisa una solución a muy corto plazo, para un problema de subsistencia animal y emocional, y que necesariamente pasa por un Mercado de Trabajo al que pedir disculpas por molestar y dar las gracias por nada, manteniendo ese hueso amargo en la garganta que es el soporte familiar para llenar la nevera.

Quién puede dudar al calor de estas historias de la necesidad de la intervención del Estado para aliviar y descargar de tan pesada responsabilidad a las familias, para bajarle los humos al Mercado exigiéndole ciertos niveles de seguridad para sus ciudadanos, a cambio de las flexibilidades que ya le concede, y para atender como buen ansiolítico, en sentido figurado, las largas noches de insomnio de estas señoras. Se nos hace necesario un Estado que deje de sobarnos el lomo y nos convenza de que nos equivocamos al pensar que si este relato narrase historias de señores y varones estaríamos coqueteando con la ciencia ficción.

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