Desde un tiempo a esta parte, casi sin darnos cuenta, ya no se gobierna a la
ciudadanía desde el poder ejecutivo o legislativo, sino desde el poder judicial. Hoy
en día, es más determinante la Audiencia nacional, el Tribunal Supremo o el
tribunal Constitucional que un acto «democrático», como las elecciones del 21-D,
para la gobernabilidad de Cataluña.
Es una auténtica tragedia democrática que vulnera la separación de poderes y que
puede extenderse al resto del Estado, según qué coyunturas se den. Es un nuevo
error… tan mayúsculo como la «solución» judicial respecto del pacto político que
supuso el Estatut.
La justicia española ha entrado de nuevo en el túnel del tiempo y nadie sabe cómo
acabará, pero lo que es seguro es que esto no beneficia a la democracia, más
bien la degrada.
En un Estado de Derecho, es la «batalla» democrática la única que no se puede
perder, pese a que con el uso y abuso de la fuerza judicial, económica y mediática,
sea el movimiento del 155 quien imponga sus arbitrariedades.
Con el estado de congelación actual, descenderemos en el índice democrático
mundial; a medio plazo, esos 155 grados supondrán una temperatura insoportable
para cualquier ser humano; y a largo plazo, alcanzaremos los 451 grados en los
que arderá y se inflamará el papel del Estado.
¿Quo vadis, España?

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