La izquierda ha vuelto a regalarle España a la derecha, una vez más y para mucho tiempo

Soy amigo de Platón, pero más de la verdad. Me aferro a las viejas palabras de Aristóteles para persistir en la discrepancia y en la soledad. Mientras se estrecha el cerco y parece ineludible tomar partido, me niego a escoger entre lo peor y lo peor. No comulgaré con ruedas de molino aunque me muera de sed en medio del desierto. Los ciudadanos tenemos derecho a saber por qué, más allá de los recortes, de la falta de medios, del grosor de los sumarios, Urdangarín y Rato están en su casa, tan ricamente, mientras las manifestaciones del 20 de septiembre han mandado a sus organizadores a la cárcel en menos de un mes. Eso es una cosa. Creer que los jueces obedecen al gobierno, sugerirlo o decirlo claramente, es otra, más grave por cierto que la independencia de Cataluña. Aunque no soy jurista, calificar esas manifestaciones como actos de sedición me parece un disparate. Sin embargo tampoco creo que puedan considerarse pacíficas, puesto que la agresión física no es la única forma de violencia que existe. Por ejemplo, el contenido del video que conocemos como Help Catalonia me parece extremadamente violento, aunque realizarlo y difundirlo no constituya un delito. Aristóteles era amigo de Platón, pero sabía que la verdad no distingue entre amigos y enemigos. Si vivimos malos tiempos para el pensamiento crítico, es porque nunca los hemos vivido mejores para la propaganda. Confundiendo el uno con la otra, la izquierda ha vuelto a regalarle España a la derecha, una vez más y para mucho tiempo. A lo peor, el que nos queda de vida.

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