La dinámica de la negación-represión.

Estaba cantado: la negación ha llevado a la represión. Alguien dijo en algún momento que en el origen fue el error, y lo demás solo sus consecuencias. Y las consecuencias han sido evidentes en las imágenes de represión de los votantes del pasado domingo, el esperado, anunciado, querido o temido 1 de octubre.

Algunos discutirán y buscarán causas y responsabilidades en la actitud de los Mossos la noche anterior; otros, en los dispositivos de Policía y Guardia Civil desplegados en los centros de votación. Sin embargo, por muy graves que hayan sido los hechos desde el punto de vista humano, democrático o en su repercusión internacional, seguiremos situados en el terreno de las consecuencias. Consecuencias que, por supuesto, merecen ser condenadas y merecen la exigencia de asunción de responsabilidades para no recaer en los mismos procedimientos.

Vayamos pues a la causa, al error desencadenante de consecuencias lamentables. Ese error no ha sido otro que la negación como antesala de la posterior represión. Porque no nos engañemos, esa dialéctica de negación-represión es la que se ha convertido en seña identitaria del gobierno de Rajoy frente a los graves problemas que sufre el país. Ahora, con el conflicto sangrante entre su gobierno y el de Cataluña y “las consecuencias”, tenemos sobre la mesa el menú resultante de ‘la receta PP’: la crisis social de la desigualdad, la crisis política de la corrupción y la crisis territorial.

¿En qué ha consistido la negación? En la afirmación rotunda y reiterada por parte del Gobierno de que no habría referéndum, hasta el punto de que, cuando accidentadamente ha tenido lugar, se niega su existencia. La represión y la conversión del conflicto en desorden público ha sido la marca de Caín del PP desde el 15M, los ‘rodea el Congreso’, las movilizaciones de la minería… hasta, finalmente, la intervención policial frente al referéndum en Cataluña. Porque hubiese bastado con reconducir la convocatoria y la ley de Transitoriedad con la anulación de las mismas por parte del Tribunal Constitucional. Han sobrado la sobreactuación y la desproporción autoritarias encabezadas por el Ejecutivo de Rajoy, con la Fiscalía general a su servicio.

Somos muchas las personas que hemos echado en falta el ejercicio democrático de la división de poderes. Por supuesto, y en paralelo, hemos anhelado y pedido públicamente la vía del diálogo político. Esta dialéctica autoritaria de negación de la realidad y represión posterior se encuentra también en el origen cercano del problema, la actitud del Partido Popular frente a la reforma del Estatut. Empezó por rechazarlo, sobrevino el remedo de referéndum y, finalmente, el recurso al Tribunal Constitucional.

Aquella arrogancia excluyente y autoritaria del PP ha servido de argumento al mundo nacionalista para huir de la política hacia el populismo, esa es la cuestión, haciendo su propio ejercicio de negación de la realidad constitucional y del Estatut, para adentrarse en la agitación de la vía unilateral hacia la independencia. A todo ello no sólo ha contribuido el autoritarismo sustituto de la falta de respuesta política de Rajoy, hay que tener en cuenta que ha macerado en el caldo de cultivo de la indignación de los ajustes sociales y la ira frente a la corrupción, problemas que, sin embargo, no son exclusivos de la mayoría social de Cataluña, los compartimos en el resto de España.

El negacionismo ha sido también responsable de que la movilización frente a los ajustes y la corrupción no hayan alumbrado más allá de un cambio en la representación política que se ha quedado a las puertas del gobierno, incapaz de articular una mayoría alternativa que a buen seguro hubiera gestionado las crisis económica, política y territorial de forma más democrática. Lo cierto es que el punto en el que estamos constata el cambio en la representación bipolar por una plural, pero aún carecemos de una cultura de gobierno acorde con esa pluralidad, y así nos va.

No será fácil recomponer los efectos de las cargas policiales en la sociedad catalana, en el imaginario independentista, pero tampoco en el ámbito internacional. Eso no quiere decir que hoy sea más sólida la previsión de una declaración unilateral de independencia con nulos efectos de reconocimiento nacional e internacional. Ahora toca desandar los efectos de la dialéctica negación-represión; también de la acción-reacción entre los gobiernos central y catalán.

Nos queda la esperanza de que de las dos debilidades pueda surgir algo diferente a una nueva escalada de acción-reacción. Quizá pueda abrirse una vía de diálogo y negociación, aunque los protagonistas de la negación estén cada día más desautorizados. Quizá también por eso sería el momento de reemplazarlos.

Publicado en eldiario.es

Soledad

Desde hace algún tiempo, vivo en una soledad acompañada. Estoy sola porque, por primera vez en muchos años, no estoy de acuerdo con nadie, y sin embargo imagino que muchas personas corrientes, en Cataluña y en España, se encuentran en la misma posición. En la amplia gama de tonos del color negro que se extiende entre el Gobierno y la CUP, no soy capaz de distinguir siquiera un atisbo de matices grises. Porque los culpables de lo que está pasando no pueden formar parte de la solución y eso invalida por igual al gobierno de  Mariano Rajoy, a todos los que lo apoyan y a quienes pretenden proclamar una república independiente, o a lo mejor no, porque a estas alturas, parece que ni siquiera están de acuerdo en lo que van a hacer. Los cobardes que nadan y guardan la ropa resultan tan ineptos como los descerebrados que se lanzan al agua sin saber nadar, y aunque todos dicen que son de izquierdas, a mí, que soy de izquierdas, nadie me representa en este momento.

Palabras comunes que he usado muchas veces, como democracia, como represión, como dictadura, ahora me suenan a chiste. Creía que nada me impresionaría ya, pero entonces llegó la madre Ana María, la abadesa de la toca torcida y la cruz de metal, y un sabor caliente y antiguo, a verdura mal cocida con poca sal, trepó desde la memoria de mi estómago para conquistar sin piedad mi paladar. Muchos jóvenes hablan del franquismo sin haberlo vivido. Yo lo viví en un colegio de monjas, entre mujeres muy parecidas. Cuando lo recuerdo y miro a mi alrededor, me siento más sola todavía.

Publicado en CadenaSer.com

Actúa exige responsabilidades a quienes nos han llevado al descarrilamiento del 1-O

La organización política pide que se retiren y convoquen elecciones tras demostrar su incapacidad como interlocutores válidos para pactar un referéndum acordado y con garantías

Actúa exige responsabilidades a los gobiernos de España y Cataluña por haber provocado el choque absurdo entre dos nacionalismos cuando su papel al frente de las instituciones habría de haber sido justo el contrario: evitar llegar a esta situación con negociación y diálogo, o lo que es lo mismo, con política. Sin embargo, nos encontramos ante una posible declaración unilateral de independencia a través de un referéndum ilegal y una respuesta desproporcionada y represiva, cuando bastaba con constatar el carácter nulo de dicho referéndum. Era innecesario el forcejeo penal del Partido Popular que lo único que ha logrado es reforzar el nacionalismo y el independentismo.

Es por ello que Actúa considera que los interlocutores han constatado su invalidez como tales, no son quienes pueden liderar una salida al conflicto a partir de mañana. Requieren un relevo urgente. Ni Rajoy es el presidente de Gobierno que España necesita, ni Puigdemont es la persona capaz de representar el sentir de toda la ciudadanía catalana, poniéndose unilateralmente al frente del independentismo y dejando de lado a otra parte importante de la población que no quiere desvincularse de España. Gobierno y Govern, ambos instalados en sus nacionalismos, no han encontrado (y nos tememos que ni siquiera han buscado) un nuevo acomodo para la convivencia.

Actúa considera que la única solución a partir de mañana es la convocatoria de elecciones, tanto en Cataluña como en España, para que sean otros los actores que retomen el único camino válido: el diálogo para la negociación de un referéndum pactado entre el gobierno central y el autonómico que tenga garantías (censos reales, campañas por el sí, por el no y por una tercera opción…).

Actúa nació con el primer propósito de unir a la izquierda para lograr que el Partido Popular desaloje la Moncloa, mejor cuanto antes. Lo pedimos siendo los primeros en proponer una moción de censura trabajada, pusimos a disposición de los partidos nuestra Propuesta de Mínimos, incluso aludimos al ejemplo portugués. Por eso hoy nos entristece afirmar que en el fracaso político de este 1 de Octubre también tienen responsabilidad los partidos de izquierdas y progresistas. Estamos convencidos de que su acuerdo para un gobierno alternativo habría evitado llegar a donde hoy estamos. Un gobierno de regeneración democrática que contemplase entre sus prioridades la negociación política de un referéndum con todas las garantías, desjudicializando el conflicto y logrando encontrar un nuevo encaje territorial.

El orgullo de ser analfabeto

Las sociedades de consumo y el capitalismo avanzado cultivan la miseria cultural. Es una tendencia que deteriora los valores de la sociedad democrática. Se trata de un mecanismo paradójico que están utilizando con mucha eficacia los poderes reaccionarios en su propio beneficio. Llaman a la participación del pueblo para diluir su representación en el griterío y para borrar la conciencia de clase. De este modo un millonario se transforma en líder de una regeneración o una causa popular confunde las opciones del dinero con el malestar de sus víctimas.

Siempre hubo personas sin estudios. Pero las culturas tradicionales han sido durante siglos una herencia capaz de educar en comunidad. Las relaciones con la vida, el amor, la muerte, la memoria y el futuro dependían de un saber experimentado por los mayores, un saber con voluntad de entrar en las ilusiones y los miedos de los jóvenes. Si se piensa bien, los estudios y los libros son una parte más del relato de la comunidad, una ampliación de la experiencia de los iletrados. En este sentido, el elitismo no sólo es una indecenciademocrática, sino una incomprensión del sedimento que sostiene la creatividad del arte y del estudio.

Pero la socialización que hoy lleva a cabo la telebasura liquida este sostén cultural de las tradiciones. Se acentúa su lado oscuro y se conduce la posible rebeldía a un lugar que tiene poco que ver con la conciencia de clase o con la sabiduría del resistente. Si la dinámica real de las nuevas estrategias de socialización depende sin filtros del imperio del dinero, la lógica sentimental impuesta se define por el narcisismo y los bajos instintos. Sólo así se explica la impudorosa exposición de las miserias privadas en los espacios públicos. Y sólo así podemos entender también un nuevo fenómeno: el orgullo de ser analfabeto. La sospecha que se proyecta hoy en la política, la democracia, el Estado, los funcionarios y los sindicatos, alcanza también al saber y a la cultura. ¿Qué me va a arreglar un político o qué me va a enseñar un sabio? A mí ya no me engañan. El narcisismo suele buscar una respuesta única en la indignación.

Las evidentes insuficiencias de un sistema que maltrata a las mayorías en beneficio de las élites no invitan ahora a su corrección, al arreglo de los problemas, sino a una negación general de lo establecido. El debate de la actualidad prefiere entenderse con las causas en vez de con los valores y las normas. Con una lógica propia de la telebasura, el vértigo de los bajos instintos sustituye los diálogos por escenas propicias al rumor, la calumnia y los gritos. La ley del más fuerte se disfraza para consolidar su rumbo con las banderas de la ruptura, la novedad y la determinación tajante. Como el cliente siempre tiene razón, se le pierde el miedo al mal y el respeto a las leyes. Y perderle el respeto a las leyes significa tanto no cumplirlas como dejar que se pudran vacías de legitimidad.

La figura de Donald Trump representa bien las características y el alcance de esta realidad. Desde luego que Hillary Clinton no era un horizonte sin grietas, pero el orgullo del analfabetismo no ha sabido cambiar el agua sucia del barreño sin arrojar el cuerpo de la dignidad democrática por la ventana. El mal se ha sustituido por lo peor: fanatismo, machismo, prepotencia, mentira y todo tipo de enfermedades contempladas por el infierno civil.  No es un caso aislado. En Europa, la extrema derecha se olvida de la catástrofe que encarnó Hitler y vuelve con fuerza al parlamento alemán.

Gente orgullosa de su analfabetismo es la que ha salido a la calle de algunas ciudades para despedir con banderas de España a los guardias civiles desplazados a Cataluña. La irresponsabilidad de mezclar una bandera nacional con un conflicto social interno recuerda escenas propias del fascismo. Fraga Iribarne no necesita volver, porque nunca se ha marchado. En la otra orilla, hay también analfabetos orgullosos que en nombre de Cataluñamaltratan los libros de Juan Marsé o las canciones de Joan Manuel Serrat, convertidos de la noche a la mañana en representantes del fascismo.

En esta atmósfera resulta muy difícil un diálogo sereno entre personas partidarias del proceso de independencia de Cataluña y personas que prefieren una articulación territorial que no llegue a la ruptura. Ni siquiera pueden discutir en condiciones de cultura democrática los que apoyan o rechazan la celebración de un referéndum de autodeterminación.

Resulta difícil, pero debemos negarnos a que la actuación del analfabetismo orgulloso protagonice las situaciones. Debemos memorizar o inventar otros tipo de actitudes y palabras que corrijan las escrituras del poder desde otra perspectiva y con un orgullo democrático.

Publicado en InfoLibre.es

Industria 4.0, ¿trauma u oportunidad?

No es noticia de portada en ningún medio de comunicación, pero forma parte del conjunto de asuntos que están ahí, de fondo, que son inminentes, inevitables y trascendentales, y que requieren un análisis para saber cómo afrontar las consecuencias de su implantación. Me refiero a la Cuarta Revolución Industrial, también conocida como Industria 4.0.

El concepto denomina una nueva manera de organizar los medios de producción que se está implantando. El objetivo final, como en toda revolución industrial, es aumentar la producción y la eficiencia. Para ello, con la 4.0 vendría la puesta en marcha de las «fábricas inteligentes», capaces de adaptarse a las necesidades y a los procesos de producción que el mercado exige, en paralelo a una asignación más eficiente de los recursos.

La 4.0 no es aún una realidad consolidada y experimentada, sí un nuevo hito en la evolución industrial que aguarda a la vuelta de la esquina y que sin duda marcará importantes cambios sociales en las próximas décadas. El uso intensivo de Internet y de las tecnologías punta será multiplicado varias veces frente al uso actual, por difícil que nos parezca, para lograr el desarrollo de plantas industriales y generadores de energía más inteligentes, en teoría más respetuosos con el medio ambiente y haciendo funcionar cadenas de producción mucho mejor comunicadas entre sí y con los mercados de oferta y demanda.

Como el resto de revoluciones industriales, conlleva ventajas. Las anteriores mejoraron las condiciones de vida de una parte de la humanidad, si bien fueron acompañadas de los comienzos de trabajos explotadores en cuanto a jornadas, salarios… Llegó la mano de obra barata y la paulatina precarización. Pero claro, no hay que olvidar que el sistema económico capitalista se sustenta sobre una amplia base de pobreza sistematizada y bien estructurada, y las revoluciones industriales las utiliza en su propio beneficio. Por ello, no hay por qué dudar de las ventajas de la Industria 4.0, pero sí prever sus inevitables consecuencias negativas y trabajar de antemano para evitar que los daños sean masivos entre las clases trabajadoras.

El mayor damnificado será el mercado laboral. La implantación de fábricas inteligentes y la robotización de la producción supondrán una destrucción masiva de puestos de trabajo actuales, que afectará no tanto a los empleos muy cualificados ni a los precarizados, sino a toda esa masa intermedia de trabajadores sustituibles por la robótica y los sistemas inteligentes.

Y esta realidad inevitable probablemente coincide en el tiempo con la situación de crisis económica no superada que se inauguró en 2008. Por eso es el momento de tomar conciencia e ir profundizando en debates multilaterales que impliquen a instituciones, partidos políticos, sindicatos y organizaciones empresariales, para su correspondiente legislación al respecto, de forma que el conjunto de damnificados sea paliado con otras medidas laborales y socioeconómicas. En este punto los partidos de izquierdas, junto con los sindicatos de clase, afrontan el reto de saber compatibilizar esta revolución con la defensa y lucha por preservar derechos y libertades igualitarios; que se garanticen los derechos laborales colectivos frente a la tendencia individualista de los nuevos puestos de trabajo.

Por otra parte, también parece conveniente identificar a quiénes están llamados a ser los actores principales que impulsarán esta Cuarta Revolución Industrial: “los gigantes de la red”. Sólo quienes tienen un acceso masivo a la información cuentan con el poder de diversificar su crecimiento, por tanto de implantar la 4.0. Y no son precisamente gobiernos democráticos de países dispuestos a amortiguar las negativas consecuencias del nuevo modelo, gobiernos a favor de los mejores intereses para la mayoría de la ciudadanía, sino que se trata de las grandes empresas de Internet: Google, Facebook, Apple o Amazon.

Estos cuatro gigantes de la información y los negocios, en constante desarrollo y crecimiento económico, corren el riesgo de convertirse en los cuatro jinetes del Apocalipsis para las relaciones sociales y laborales del futuro inminente si los gobiernos democráticos y las instituciones internacionales no regulan su función y las consecuencias de sus acciones. Una nueva suerte de neo feudalismo basado en el control de la información personal que extraen del uso que hacemos de las redes sociales. Ya están desarrollando un modelo de dependencia disfrazado de libertad individual que condicionará los hábitos de producción para un tipo de consumo que consolide un nuevo tipo de vasallaje basado en la satisfacción inmediata de las emociones.

Ante todo eso surgen otras muchas preguntas, algunas enormes, que necesitan una respuesta urgente: ¿seremos capaces de adaptar el sistema educativo adecuado a los nuevos retos laborales de la 4.0 o mantendremos un modelo continuista del siglo XX? Ante la destrucción inevitable de puestos de trabajo actuales, ¿qué hacer con las bolsas masivas de desempleados que quedarán fuera del mercado laboral? ¿Debe cobrar fuerza la idea de una renta universal de ciudadanía, bien de forma permanente, bien de forma transitoria, hasta que se produzca el reajuste del mercado laboral? ¿Cómo abordar el control de los sectores estratégicos por parte de los gobiernos nacionales o supranacionales ante la “amenaza” de los gigantes de Internet? ¿Qué papel deben jugar los gobiernos nacionales y supranacionales en la intervención en la economía a través de una banca pública que frene no sólo a la banca tradicional que ha provocado la crisis económica actual, sino que evite que los gigantes de la Industria 4.0 pongan en riesgo a la propia banca tradicional? ¿Hay suficiente legislación al respecto de la eficiencia energética y nuevas fuentes de energía como para que la 4.0 garantice el respeto al medio ambiente? ¿Deben crearse nuevos impuestos a las máquinas para garantizar la suficiente financiación de servicios de bienestar social ante la evidente destrucción de puestos de trabajo?

El debate y algunas preguntas están servidas. De su abordaje y las mejores respuestas que puedan darse depende que la nueva revolución industrial sea traumática o un salto histórico que mejore la vida de la gentes y del planeta.

Publicado en Diario16.com

La república como coartada.

El republicanismo es en esencia el gobierno de la pluralidad, sea ideológica, política o cultural. En una revisión histórica, el republicanismo español no encuentra momento de compatibilidad con el independentismo. La pretensión de una Cataluña republicana e independiente es una formulación contradictoria en sí misma.

El escenario actual es el del decisionismo del referéndum ligado a un relato independentista alejado del republicanismo. El 1-O propone una consulta que huye de la legalidad y nada tiene que ver con la noción republicana que equilibra autogobierno y responsabilidad, necesidad de un marco legal, división de poderes, deliberación. El respeto y participación de las minorías quedan enterradas. Estamos ante el referéndum de una parte y un engañoso debate sobre el derecho de autodeterminación. Una consulta con garantías ha de dirigirse al conjunto, proporcionar un amplio espacio de deliberación y una solución compatible con la pluralidad. La democracia participativa se da en el marco de la representativa, no la suprime.

Hoy, el autoritarismo del PP y el independentismo son dos polos de un populismo autoritario. Durante la Segunda República, Azaña se posicionó con acierto respecto al debate estatutario, tan opuesto a la conllevanza regionalista y uniformizadora de Ortega como al escapismo del sector independentista del nacionalismo. Hablaba Azaña de la república como única opción democrática para lograr “una unión libre entre iguales” dentro del marco común español. Apostaba por que la razón orientase a la tradición. Las experiencias de ambas repúblicas demuestran contradictoria la relación entre independentismo y republicanismo en el abordaje y solución de la pluralidad. Después llegó Franco y pasó lo que pasó: ni república, ni autonomía.

Manifiesta su torpeza el Gobierno del PP cuando se niega al diálogo político, comete atropellos injustificables cuando limita la libertad de expresión en un acto público, interviene las competencias de la comunidad autónoma o debilita la legitimidad del Estado para oponerse al desafío independentista. El relato independentista se nutre y crece gracias a la sobreactuación del PP hasta cerrar el círculo del derecho de autodeterminación del pueblo catalán frente al estado opresor español. Nada es lo que parece. La identidad comunitaria del pueblo catalán y su derecho a votar resumen la posición independentista, pero el republicanismo contrapone la pluralidad y la deliberación. La hoja de ruta seguida al margen de la Constitución y la exclusión de la diversidad de identidades españolas y catalanas, así como la falta de respeto a los procedimientos democráticos en el Parlament o la ausencia de transparencia y garantías del referéndum son contradictorios con el republicanismo.

Entre ambos extremos estamos quienes anhelamos una propuesta federalista como alternativa republicana de organización territorial, fundamentada en principios como la autonomía frente a la tiranía, el pluralismo, la solidaridad, la participación y la deliberación democráticas, la ley como expresión de la voluntad popular y la virtud cívica. Un republicanismo con una pulsión ineludible por la igualdad de origen, más allá de la de oportunidades. Cabe preguntarse si no es hora ya de introducir la codeterminación o la consulta frente a términos contrapuestos como la autodeterminación o el referéndum binario.

No ha lugar el argumento de que la fractura será beneficiosa para los trabajadores ni para las clases populares, ni para las de España, ni para las de Cataluña. Al contrario, nos pondría ante un escenario de involución social y política. La solución es diálogo, codeterminación, deliberación, consulta y corresponsabilidad.

Solo el momento populista que vivimos explica esta extraña mezcla del independentismo y el republicanismo y que las únicas respuestas remitan a maximalismos del orden de la defensa de los derechos civiles o del referéndum pactado, todo ello en la lógica del relato independentista. No es mezcla inocente, responde a la táctica de oponer el nuevo comienzo de la República Catalana al régimen monárquico del 78. Ni nuevo comienzo, ni régimen: independencia unilateral frente a transición pactada.

Distintas versiones del populismo autoritario, nacidas de la pesadilla social del neoliberalismo, están haciendo trizas a las izquierdas y a los mismos principios republicanos. Hay pocas cosas más contradictorias que la utilización del republicanismo como coartada por parte del independentismo catalán.

Gaspar Llamazares Trigo es promotor de Actúa y portavoz de Izquierda Abierta.

Publicado en elpais.es

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