Madrid

Es una villa que nunca ha llegado a ostentar el título de ciudad aunque, contando con su área metropolitana, en ella vivimos 6,5 millones de personas. Algunas hemos nacido allí y no somos de ningún otro lugar. La mayoría tiene orígenes muy diversos, aunque no se distinguen del resto porque nosotros no usamos palabras como maketo o charnego. Como en cualquier otra urbe de su tamaño, en Madrid convive gente de todas las ideologías, que piensa de todas las maneras y vota a todos los partidos. En la actualidad, su Ayuntamiento es de izquierdas mientras que en la Comunidad gobierna la derecha, porque el porcentaje mínimo para obtener representación parlamentaria es del 5% y no del 3%, como en origen, desde que el PP lo cambió para perpetuarse en el poder. De lo contrario, allí también gobernaría la izquierda. Entre los líderes políticos actuales, sólo hay dos madrileños. Son Pedro Sánchez y Pablo Iglesias. Ustedes se preguntarán por qué les cuento todo esto, si lo saben de sobra. Se lo cuento porque, durante toda mi vida, he pagado un precio por ser de Madrid, que consiste en que, de entrada, me tomen por lo último que soy, una facha. A eso ya estoy acostumbrada pero, recientemente, las circunstancias parecen haber impuesto un nuevo uso del nombre de mi ciudad, que se ha convertido en sinónimo de Gobierno de España e, incluso, de Estado español. Por eso, aprovechando el momento de descanso que nos ha regalado la partida de ping-pong semántico a la que están jugando Rajoy y Puigdemont, me atrevo a solicitar, en aras de la objetividad, del derecho a la defensa de la propia identidad y del respeto al hecho diferencial, que nos devuelvan Madrid a los madrileños y empiecen a llamar a cada cosa por su nombre. Muchas gracias.

Publicado en ElPaís.com

Urgente: un nuevo concepto de seguridad

El día 29 de agosto de 2016 publiqué este artículo en el Blog, que hoy vuelvo a reproducir:

(A propósito de los múltiples incendios en Galicia, la isla de La Palma, California,…, terremotos de Italia y Birmania y muchas otras catástrofes)
Los grandes poderes actuales siguen pensando que la fuerza militar es la única expresión y referencia de “seguridad”. Gravísimo error, costosísimo error que se ocupa exclusivamente de los aspectos bélicos y deja totalmente desasistidos otros múltiples aspectos de la seguridad “humana”, que es, en cualquier caso, lo que realmente interesa.
Cuando observamos los arsenales colmados de cohetes, bombas, aviones y barcos de guerra, submarinos… y volvemos la vista hacia los miles de seres humanos que mueren de hambre cada día, y hacia los que viven en condiciones de extrema pobreza sin acceso a los servicios de salud adecuados… y contemplamos consternados el deterioro progresivo de las condiciones de habitabilidad de la Tierra, conscientes de que debemos actuar sin dilación porque se está llegando a puntos de no retorno en cuestiones esenciales del legado intergeneracional.
Cuando nos apercibimos de la dramática diferencia entre los medios dedicados a potenciales enfrentamientos y los disponibles para hacer frente a recurrentes catástrofes naturales (incendios, inundaciones, terremotos, tsunamis,…) constatamos, con espanto, que el concepto de “seguridad” que siguen promoviendo los grandes productores de armamento es no sólo anacrónico sino altamente perjudicial para la humanidad en su conjunto, y que se precisa, sin demora, la adopción de un nuevo concepto de “seguridad”, bajo la vigilancia atenta e implicación directa de las Naciones Unidas.
¿Quién se acuerda de Haití? ¿Y de Ecuador? Cuando admiramos la heroica actuación de unos expertos bomberos y unos cuantos helicópteros y avioncitos en La Palma… y recordamos la “plenitud” del F-16 y F-18, y los misiles y escudos anti-misiles, y los portaaviones, y las naves espaciales… cuando seguimos las acciones admirables que llevan a cabo tanta gente y voluntarios para rescatar a algunas personas todavía vivas después de un terrible seísmo, sentimos el deber ineludible de alzar la voz y proclamar, como ciudadanos del mundo, que no seguiremos tolerando los inmensos daños, con frecuencia mortales, que sufren por tantas otras modalidades de “inseguridad” quienes -una gran mayoría- no se hallan protegidos por los efectivos militares.
La seguridad alimentaria, acceso a agua potable, servicios de salud, rápida, coordinada y eficaz acción frente a las situaciones de emergencia… es -ésta y no otra- la seguridad que “Nosotros, los pueblos…” anhelamos y merecemos.
Repito hoy este escrito porque creo que es esencial que la seguridad se entienda a partir de ahora de distinta manera: no sólo con la defensa de territorios y fronteras, no sólo con ejércitos y costosísimos artificios bélicos sino con la debida atención a las necesidades básicas de la población y, en la medida de lo posible, hacer frente a las catástrofes naturales o provocadas con todos los medios tecnológicos y personales que sean necesarios.

Calidad y protección, prioridades para una nueva cultura del agua

Oigan, que hay vida más allá de Cataluña. Estábamos todos pendientes del 1 de Octubre, expectantes ante lo que pudiese ocurrir, al día “después de”, al día “en que podía empezar algo”. Y a lo largo de dos semanas se ha producido un coitus interruptus que seguro merece miles de comentarios. Sin embargo, lo que a mí me preocupa es que en el Gobierno continúan Mariano Rajoy, el Partido Popular y sus políticas malsanas, por decirlo suavemente.

Aunque ha pasado desapercibido, la ministra de Agricultura, Alimentación y Pesca y Medio Ambiente reconocía esta semana en el Senado que si se mantiene la situación actual de sequía y escasez de lluvias, “probablemente” habrá que limitar el uso del agua a partir de 2018. Y aunque garantizaba que el abastecimiento está asegurado “hasta final de año”, el 30 de septiembre los castellanomanchegos no nos librábamos de desayunarnos un trasvase no aprobado, enmascarado tras la imagen de una “cesión de derechos entre regantes”, que supuso el cese del Presidente de la Confederación Hidrográfica del Tajo al negarse a ordenarlo por estar los embalses de cabecera por debajo de su exiguo límite legal mínimo (del que prefiero ahorrarme comentarios que superarían el espacio de este artículo).

La situación es grave, sin paliativos. El nuevo año hidrológico, que comenzó el 1 de Octubre, ha acumulado en su primera semana un déficit del 95% de lluvias por debajo del valor estándar, según los datos de la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET): 1 litro por metro cuadrado cuando lo normal son 6. Son noticias que, a pesar de su trascendencia, han pasado estos días tan de puntillas por los medios de comunicación que cuesta encontrarlas entre la maraña de nacionalismos, independentismos y otros ismos.

Todo esto sucede tras un verano en el que la Directora General del Agua, Liana Ardiles, se ha estado reuniendo, por separado, con múltiples organizaciones(Asociación de Operadores de Agua; ingenieros; eléctricas, regantes, sindicatos,…) bajo el paraguas de un supuesto Pacto Nacional por el Agua del que desconocemos sus contenidos mínimos y del que sólo trascienden generalidades como el anunciar cuáles son los interlocutores. ¡Ni que las meras reuniones provocaran un consenso! Es deseable que de esto salga una fase de participación para el próximo ciclo de planificación hidrológica porque, me gustaría recordar, la ley, después de la trasposición de la Directiva Marco del Agua (DMA), prevé mecanismos de diálogo y participación abiertos y transparentes que partan de realidades y de asumir que un recurso sobreexplotado no puede protegerse.

En este punto conviene recordar varias cosas: la primera, que el próximo año está prevista la revisión de la DMA, y la segunda, que El Observatorio de Políticas de Agua (OPPA) de la Fundación Nueva Cultura del Agua abordó una evaluación del primer (2009-2015) y segundo ciclo (2015-2021) de planificación hidrológica en España, dando como resultado dos informes que reflejan un escaso nivel de cumplimiento de la DMA. Lo traigo aquí porque no quisiera que el supuesto “Pacto Nacional por el Agua” se usara como coartada para llevar a Europa una propuesta de modificación de la DMA a la baja, en lugar de trabajar en la aplicación de los planes hidrológicos actuales hacia un tercer ciclo hidrológico que de verdad persiga la recuperación de la calidad de nuestras masas de agua y las proteja tanto en términos cualitativos como cuantitativos para garantizar su sostenibilidad.

La historia de la planificación del agua en España es larga, pero su objetivo no ha sido la protección del recurso, sino principalmente el desarrollo del regadío. Lo que se ha realizado con los planes hidrológicos aprobados, de los que presume la ministra, es continuar con la planificación tradicional, empleando terminología y vocabulario de la DMA, pero evitando molestar a los lobbies agrarios. Sin embargo, una política del agua adaptada a nuestro tiempo requiere que la protección del recurso sea su objetivo, en línea con la DMA. Que el regadío sea considerado como una presión, no como la finalidad. Que anteponga el interés general de la sociedad y no ceda ante grupos de presión y lobbies de regantes. Además de su uso para regar, el agua aporta bienes económicos, sociales y ambientales que se ven seriamente dañados por la degradación y sobreexplotación.

Es importante, por tanto, poner el foco en lo que se está gestando. Abrir las puertas a la sociedad y a una nueva cultura del agua que permita priorizar y establecer necesidades reales y desarrollos económicos realizables. Y sobre todo, evitar un posible intercambio de cromos que contente al lobby de regantes a costa, una vez más, del interés general. Es imprescindible y urgente que otras gentes con otras ideas entren en el gobierno y puedan abordar la gestión del agua desde otra perspectiva.

Publicado en Diario16.com

 

La ley como contrapoder

¿Qué es ser un poeta? Acostumbrado por vocación a convertir mi oficio en el primer ámbito de compromiso con la sociedad, no me conformo sólo con la exigencia evidente de honestidad en el estilo, esa relación íntima que cada escritor establece con el patrimonio común de un idioma. Necesito también vigilarme, ser precavido conmigo mismo, cuestionar el sentido y las consecuencias de mi honestidad.

Por eso vuelvo con frecuencia a Albert Camus. El mundo que vivimos, el mundo que nos hace y nos deshace, me invita a recordar con frecuencia el discurso que escribió en diciembre de 1957 para aceptar y dar las gracias por el Premio Nobel. En estos días de conflicto callejero y parlamentario han circulado por Twitter algunas de sus frases. Yo recuerdo aquí esta reflexión: “Indudablemente, cada generación se cree destinada a rehacer el mundo. La mía sabe, sin embargo, que no podrá hacerlo. Pero su tarea es quizás mayor. Consiste en impedir que el mundo se deshaga. Heredera de una historia corrompida —en la que se mezclan las revoluciones fracasadas, las técnicas enloquecidas, los dioses muertos, y las ideologías extenuadas; en la que poderes mediocres, que pueden hoy destruirlo todo, no saben convencer; en la que la inteligencia se humilla hasta ponerse al servicio del odio y de la opresión–, esa generación ha debido, en sí misma y a su alrededor, restaurar, partiendo de amargas inquietudes, un poco de lo que constituye la dignidad de vivir y de morir”.

Los momentos de quiebra se suceden, son una insistencia en el fluir de la historia. La necesidad de impedir que el mundo se deshaga cobra de nuevo actualidad en el vértigo de estos años en los que la soberanía democrática se degrada hasta límites insoportables, los medios de comunicación generan las opiniones que necesita el dinero para imponer su avaricia, las realidades virtuales sustituyen en el discurso a la experiencia histórica de carne y hueso y los derechos humanos se pudren en las fronteras, invitándonos a ser diferentes, a distinguirnos del otro.

Pero hay algo que me conmueve, más allá de las semejanzas coyunturales, en esta tarea no de cambiar el mundo, sino de impedir que se deshaga. El compromiso con lo anterior, la necesidad de resistir en épocas innobles, significa el reconocimiento de un diálogo generacional que deja fuera de lugar a los viejos cascarrabias (esos que opinan que los jóvenes son tontos) y a los jóvenes adánicos (esos que sienten que van a inventárselo todo porque no tienen nada que heredar de sus mayores, ni siquiera su experiencia del mal y del miedo). La dignidad de vivir y de morir necesita el diálogo con el pasado como restauración de una posible confianza en el futuro. Digo posible, porque más vale que sólo nos movamos en el modesto terreno de las posibilidades. Oponerse al nihilismo sin caer en el dogma fue una de las mejores lecciones de Camus,partidario de las utopías modestas.

Confieso que en mi perpetuo diálogo generacional con el viejo Albert Camus, al releer una vez más el discurso de diciembre de 1957, me he detenido con incomodidad en esta frase: “Por eso, los verdaderos artistas no desdeñan nada; se obligan a comprender en vez de juzgar. Y si han de tomar partido en este mundo, sólo puede ser por una sociedad en la que, según la gran frase de Nietzsche, no ha de reinar el juez sino el creador, sea trabajador o intelectual”. Sentirse incómodo no es negar, sino detenerse a pensar.

Como nos recordó Bernhard Schlink en su magnífica novela El lector, un juez debe comprender, mirar a los ojos del reo antes de dictar sentencia. Eso es cierto, sobre todo cuando uno está acostumbrado a leer y a ponerse en el lugar del otro. Pero esa misma costumbre de leer me invita ahora a pensar desde una perspectiva diferente: en esta época, quizá sea mejor que la sentencia la dicte un juez más que un creador.

Hablo, claro está, de nuestra relación con la ley. La dinámica social impuesta tiende a identificar el progreso con la ruptura, la rebeldía con el desprecio de lo anterior, la libertad con el grito. Es la misma dinámica social que controla las opiniones y las reacciones sentimentales a través de sus medios de comunicación y que trabaja para borrar la memoria y gobernar el descrédito, una forma de nihilismo. Si queremos hacer de la literatura y de la vida un compromiso público con la verdad de la gente, tal vez sea necesario enfrentarse al poder en el terreno de una verdad convertida en verosimilitud, de una legitimidad convertida en legalidad. La verdad no verosímil fracasa en el argumento literario tanto como la legitimidad no legal en la sociedad democrática. La libertad depende de la creación de un orden, no de la llamarada de una ruptura. Un orden con sus jueces.

El trabajo del poeta es ampliar el horizonte de la memoria y la verosimilitud, igual que la ciudadanía necesita  transformar las leyes para situarlas en la legitimidad de su tiempo. Pero para que este proceso no conduzca a la confusión, la decepción o la furia manipulable, es preciso un orden capaz de forzar la realidad, no de negarla, y enfrentarse al poder. En esta sociedad, debe dictar sentencia el juez más que el creador.

Albert Camus no inventó el periodismo, restauró su compromiso independiente para vigilar al poder frente a los demagogos o los cortesanos. Albert Camus no inventó la figura del intelectual, restauró su decencia frente a los que sacrificaban el presente en nombre de la tierra prometida. ¿Existe una forma de creación que no sea un modo de recuerdo?

En fin, ganas de pensar, deseos de ponerse en un compromiso al ser poeta, o periodista, o intelectual, o juez, o ciudadano, o cualquier cosa.

Publicado en InfoLibre.es

Equivocaciones

Miro hacia atrás y me asusto al comprobar el número de errores que he cometido al analizar el proceso catalán. A veces he pensado incluso en dejar de escribir columnas, porque no se puede analizar lo que no se entiende y ha habido momentos en los que no he entendido nada. Es cierto que no soy la única que se ha equivocado, más cierto aún que equivocarse ha sido inevitable ante bandazos como los de Ada Colau, que un día apareció como la khaleesi de los alcaldes independentistas, en una escenografía ciertamente memorable, y a la hora de la verdad pidió que no se declarara la independencia, o la deriva del propio Puigdemont, capaz de elevar a sus seguidores hasta el cielo para dejarlos caer en el barro en menos de un minuto.

A riesgo de equivocarme otra vez, creo que los últimos acontecimientos prueban que nos hallamos a merced de dos gobiernos muy semejantes, separados por una diferencia fundamental. El que preside Rajoy es nefasto, autoritario, encubridor de sus propias corrupciones y profesional. El que preside Puigdemont es nefasto, autoritario, encubridor de sus propias corrupciones y aficionado. El último adjetivo inclinará la balanza, pero los otros tres son mucho más importantes.

La izquierda se equivoca al anteponer el sentimentalismo facilón de las banderas a su propia ideología en un panorama tan incierto que ya, lo de menos, es la independencia de Cataluña. Lo que nos estamos jugando es que la extrema derecha resucite, que el radicalismo se acuerde de la lucha armada y que lo malo se convierta en lo peor. Ojalá me equivoque una vez más.

Publicado en CadenaSer.com

Detengan la escalada

Tuvieron que llegar CaixaBank, Gas Natural o Sabadell con su marcha simbólica para dar un baño de realidad a las aspiraciones independentistas. Porque, ¿qué sería de una Cataluña independiente sin su tejido empresarial? Pero la irrupción del pulso del mercado no eclipsa la constatación de que Mariano Rajoy, como presidente del Gobierno, nos ha empujado al borde del abismo: su actitud inmovilista, cuya única respuesta ha sido la represión desproporcionada, parapetado en todo momento tras la judicialización, las instituciones y el propio Rey, que la semana pasada ofreció un discurso erróneo por su tono y su contenido nada conciliador. ¿Por qué no salió el presidente a reconocer los errores de su Gobierno?

Una Declaración Unilateral de Independencia, como un referéndum unilateral, divide y no resuelve los problemas de unas identidades catalanas y españolas plurales.

Aunque el PP haya intentado poner las instituciones al servicio de su estrategia en favor de una escalada de la confrontación, España no es una democracia militante. Sin embargo, se ha apropiado del papel del Tribunal Constitucional y lo ha transformado en militante, la Fiscalía se ha convertido en su instrumento en la Justicia y el corolario, la utilización represiva de las fuerzas de seguridad. Todo ello sumado a su aguerrido nacionalismo español incapacita al Gobierno para emitir un mensaje plural y negociador. Muy al contrario, refuerza el relato delestado que oprime a un pueblo benéfico.

Algo similar, con diferencias de dimensión, ha ocurrido con el Govern catalán en sus ámbitos de influencia. Hemos visto a un Puigdemont que continuaba la huida hacia adelante de la Declaración Unilateral de Independencia (DUI) al margen de la legalidad, el pacto interno mayoritario y el reconocimiento internacional cuando, en este marco, la apelación a la mediación carece de credibilidad.

Pero esto cambia por momentos y en los últimos días hemos asistido a la sorpresa y posterior minimización del problema por parte del Govern. ¿Qué demuestra? No solo la endeblez de los argumentos esgrimidos para ir tensando hasta casi romper, también evidencia la nulidad de debate y la inexistencia de información pública que preceda al necesario consenso interno en cualquier referéndum que se precie, que ni se ajustaba al marco legal vigente, ni contaba con el reconocimiento internacional del que en más de una ocasión se presumió.

De uno y otro lado, la deriva autoritaria y la agitación populista del electorado nacionalista han impedido hasta ahora el diálogo, la deliberación y el acuerdo. En definitiva, la política.

Llegó el golpe de efecto de la banca y las grandes empresas catalanas (esas mismas a las que reprendió este domingo un exeurodiputado socialista por no haber hablado antes y hacerlo públicamente) y se empezaron a escuchar algunas dudas sobre el momento para la DUI. Por mucho que presione la CUP, la incertidumbre se cierne sobre el independentismo de Puigdemont.

¿Es posible que sobre el baño de realidad de unos y la sobreactuación de otros puedan sentarse las bases, frágiles y difíciles de consolidar, que detengan la escalada de confrontación y establezcan líneas de comunicación? ¿Es posible iniciar algún tipo de diálogo? Estoy seguro de que después de los agravios, vendrán los abanderados y reclamarán la victoria. Pero, como Azaña hace más de 80 años, estamos hoy quienes creemos que no se trata de soportarnos, se trata de reconocernos plurales y convivir encauzando la tradición con la razón.

En los últimos tiempos y al calor de la crisis económica y política, el modelo republicano de representación política ha salido de escena para ser sustituido por la articulación de causas sin proyecto político y por procesos plebiscitarios. La política republicana no es solo la representación de la pluralidad y del llamado interés general, es también participación y responsabilidad cívica. Los sentimientos siempre han estado y estarán; lo nuevo es la anteposición de lo emocional a lo racional, de la causa a la ideología y la personalidad, del plebiscito a los partidos. Ya en las últimas elecciones generales las causas particulares y los fuertes personalismos impugnaron el modelo republicano de partidos de forma apabullante, y se repite en procesos críticos como es ahora el referéndum en Cataluña.

Gobierno y Govern han puesto en evidencia la escalada nacionalista frente al origen ciudadano del modelo de autogobierno y del federalismo republicano: no se puede responder con la reafirmación de otra identidad de origen a la huida del modelo compartido hacia la identidad. Es el camino derecho a la confrontación y al agravio. Unos con su declaración de independencia, otros respondiendo con la suspensión de la autonomía; un nuevo peldaño en la separación, si no legal, sí política y social.

¿Cuál es la salida? Que funcionen el Estado sin atajos y la división de poderes, no su manipulación de parte, y que en paralelo se adopte una iniciativa política de diálogo para la reforma constitucional, estatutaria y su sometimiento a consulta ciudadana. Una DUI, como un referéndum unilateral, divide y no resuelve los problemas de unas identidades catalanas y españolas plurales.

Desandemos la confrontación entre los ciudadanos dentro y fuera de Cataluña y cambiemos el relato internacional de enfrentamiento por otro de diálogo y convivencia.

GASPAR LLAMAZARES TRIGO PORTAVOZ DE IZQUIERDA ABIERTA Y PROMOTOR DE ACTÚA

Publicado en el diario SUR

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