Los retos estratégicos de nuestra Sanidad Pública

A pesar del negro periodo vivido a consecuencia de las políticas de recortes y ajustes del Gobierno central, de las varias legislaturas de privatizaciones en el ámbito de las comunidades autónomas, el sistema de Sanidad Pública sobrevive: muy deteriorado y herido, pero sin haberse alterado su naturaleza y cultura de servicio público.

¿Cuáles son las prioridades, entonces, para relanzar el refortalecimiento y la calidad inmediatos de nuestra Sanidad Pública? La primera, sin duda, es sacar al paciente de la enfermedad grave en que está para, en paralelo, abordar su recuperación y el cambio necesario de su orientación y funcionamiento. Se trataría entonces de volver a la cobertura universal y poner sobre la mesa los recursos necesarios para sostener la calidad del trabajo de los profesionales y de la atención, equiparando el gasto sanitario público al de nuestro entorno. Para ello, es ineludible la derogación del RD 16/2012. 

Otra medida imprescindible es la puesta en marcha de la Ley de Salud Pública, aprobada primero, paralizada más tarde, no exenta de escándalos como el del Ébola, durante las legislaturas de la derecha. Aquí el objetivo es reorientar el sistema desde la mayoritaria atención hospitalaria de la enfermedad hacia la salud y la atención comunitaria.

Por otra parte, debemos abordar los problemas de dirección y reorganización del Sistema Nacional de Salud (SNS), de acuerdo con las CCAA y con la participación de profesionales y ciudadanos. Entre esos problemas estaría el cambio en el deficiente funcionamiento del Consejo Interterritorial de Salud en favor de una verdadera dirección compartida del mismo. Dicho viraje habría de ir acompañado de un presupuesto estatal suficiente, propio de un modelo federal para dotar las estrategias sanitarias y las políticas de equidad. También sería importante la puesta en marcha de un órgano o Instituto De Calidad, del modelo NICE, para garantizar la incorporación de fármacos y tecnologías eficientes y poner coto a la yatrogenia (las reacciones adversas producidas como consecuencia del uso de medicamentos o de un determinado tratamiento médico) en el sistema sanitario público.

En el ámbito de las CCAA, el camino a la mejora pasa por la derogación de la ley 15/97 y sus formas de gestión privadas del sistema sanitario, así como el acuerdo sobre un nuevo modelo de financiación que garantice la sostenibilidad de los servicios sanitarios públicos.

Todas las medidas mencionadas no agotan la agenda que debería ir acompañada del relanzamiento de temas preteridos como la salud mental o la salud laboral y su encaje en el sistema público. Otro tanto sería introducir la salud en todas las políticas y la participación de ciudadanos y profesionales en el sistema.  Sin embargo, tres son los problemas esenciales y estratégicos que en Actúa consideramos que debe resolver la política sanitaria de los próximos años:

1. Recuperar el carácter personal de la medicina: la relación del curar y cuidar.

Aunque uno parte siempre de la realidad más inmediata, de los fenómenos, debe llegar a la esencia de los mismos si quiere entenderlos para poder transformarlos con ciertas garantías de éxito. Por tanto, no empezaré por el sistema y sus problemas más llamativos, sino por el núcleo del mismo en términos esenciales, sin el que no sólo no se entendería, sino que dejaría de ser un sistema sanitario para convertirse en otra cosa. Me refiero al modelo de ejercicio profesional, al que tiene como centro la relación médico-enfermo (si lo prefieren, ahora equipo sanitario-paciente o ciudadano). Perder de vista que esta relación es la base del conjunto del sistema es dar un paso atrás, algo que la sanidad pública está a punto de hacer, dar un paso que supondría la completa despersonalización de la medicina, su trasformación en ciencia (biología), economía (gestión), tecnología o política. Cualquier cosa, menos medicina.

Porque la medicina no es sólo una visión técnica sobre los cuerpos y las enfermedades. Es, sobre todo, un encuentro personal que casi se ha perdido en el ámbito hospitalario y está punto de perderse en el de la Atención Primaria. Por tanto, debemos fijar la mayor atención sobre ese encuentro si queremos reorientar adecuadamente el conjunto del sistema. Revisar a fondo el modelo de ejercicio profesional es pues la primera de todas las prioridades. Recuperar a los profesionales para el sistema, ofrecerles el marco adecuado para su ejercicio, establecer unas reglas claras y justas, hacer que se sientan cómodos en lo que realmente quieren hacer, que no es otra cosa que su trabajo con calidad y seguridad, protegerles de los agentes externos e internos cuyos intereses pueden contribuir a devaluar su función y su papel en el conjunto del sistema. Sólo la recuperación de ese espacio virtual que es la relación personal entre médico y enfermo garantiza a cada persona que todo el complejo sistema sanitario está realmente a su servicio.

2. Fortalecer y equilibrar el sistema sanitario.

El entorno que determina y condiciona ese espacio, ese encuentro, es enormemente complejo, quizá una de las instituciones sociales más complejas que han creado las sociedades humanas. La sanidad es una realidad de muy difícil manejo porque en ella participan muchos actores, muchos grupos de cuya correcta articulación y funcionamiento depende finalmente la calidad, amplitud y efectividad de cada encuentro entre profesionales y pacientes. Y esa articulación de la que hablo no es exclusivamente técnica, ingenieril. Si tuviéramos el plano de lo que queremos, sería relativamente fácil construirlo. La sanidad es una empresa compleja desde una perspectiva técnica, sin duda, pero lo es además porque los actores tienen intereses propios, diferenciados, que han de casarse los unos con los otros sin desnaturalizar la función y los resultados del conjunto.

Así que la segunda de las prioridades a que nos obliga la situación actual es a la redefinición del “poder” en el conjunto del sistema. Sin una reflexión sobre este asunto la inercia llevará a la sanidad al terreno de los poderes económicos, a la privatización. Sin duda hay que enfrentar los problemas estructurales de gobierno del sistema a todos los niveles, desde el Consejo Interterritorial hasta las relaciones entre profesionales y publicitadores médicos. Con el horizonte puesto en una nueva Ley de Sanidad, hemos de proceder a revisar y cambiar lo que sea necesario en la organización del conjunto del sistema. Fuera miedos y complejos. Hagámoslo a fondo, con parsimonia, pero con voluntad real de mejorar y no sólo de gestionar lo que hay. Porque si preservar el espacio de la relación médico-paciente era el núcleo que daba sentido a la sanidad, sólo la recurrencia del propio sistema sanitario como tal garantiza aquel espacio de encuentro personal en igualdad de condiciones para todos. Revisemos el modelo de gestión de la sanidad, de la toma de decisiones en cada nivel del sistema, veamos quién puede qué… Pero, sobre todo, introduzcamos de una vez la participación social en la cadena real de decisión, salvándola de su actual papel de comparsa de un discurso y una práctica que no es suya sino ajena.

3.  La salud y la sanidad públicas como política de Estado.

Desde el espacio personal de encuentro entre el médico y el enfermo, pasando por la interioridad de la sanidad como institución social a preservar y potenciar, llegamos a la tercera prioridad de este análisis. Desde la perspectiva de Actúa, es condición necesaria de una sanidad de todos, segura, con calidad y personal, que el Estado asuma sus funciones. Recortando, poniendo copagos o privatizando, las distintas administraciones públicas no cumplirán su función objetiva. Si el papel del Estado se limita a transferir espacios de negocio al ámbito privado, la sanidad, tal y como la entendemos, estará pronto acabada.

Por tanto, la tercera de nuestras prioridades no es otra que la reversión de las políticas que ponen en cuestión la sanidad pública. No sólo en lo que se refiere al aspecto presupuestario, sino también muy señaladamente a las políticas sanitarias de las administraciones públicas, partidos, sindicatos y otros agentes sociales. El presupuesto suficiente, un nuevo marco legal a la altura de los problemas reales de la sanidad pública, un discurso claro y un liderazgo fuerte es lo que la sanidad necesita del Estado. Además, es necesario que todos los poderes públicos entiendan que la sanidad es uno de los instrumentos más poderosos para su legitimación y para su propio fortalecimiento. Así que no sólo debe garantizar aquel encuentro personal del que venimos hablando, sino que debe asumir que el carácter público y universal de sus prestaciones son condición ineludible de su propia supervivencia, y que sus esfuerzos para incluir la perspectiva de salud en todas sus políticas -no sólo en la sanitaria- es una forma obligada para su legitimación.

Helena

Hoy quiero colgar mi bandera en el balcón de esta columna. Porque los factores más eficaces para activar el patriotismo son el orgullo y la vergüenza, y yo estoy orgullosa de Helena Maleno, la persona que más vidas ha salvado en el Mediterráneo, según el jefe de Salvamento Marítimo de Almería

Hacía mucho tiempo que en España no se hablaba tanto de patrias, de patriotismos. Entre el Tribunal Supremo y el Europeo de Derechos Humanos, entre los presupuestos que no se aprueban y las investiduras que peligran, se diría que no nos cabe una sola bandera más, pero no es cierto.

Hoy quiero colgar mi bandera en el balcón de esta columna. Porque los factores más eficaces para activar el patriotismo son el orgullo y la vergüenza, y yo estoy orgullosa de Helena Maleno, la activista española que se dedica desde hace muchos años a salvar vidas en el Estrecho, alertando a las autoridades de ambas orillas de las pateras en peligro de naufragio. Helena, la persona que más vidas ha salvado en el Mediterráneo, según el jefe de Salvamento Marítimo de Almería, fue denunciada en España nada más y nada menos que por tráfico de personas. La policía española estimó que su labor humanitaria favorecía la entrada de ilegales en nuestro país, pero la Audiencia Nacional archivó el caso. Entonces, omitiendo el dato del archivo de la causa, la Unidad de Redes de Inmigración Ilegal de la Policía Nacional transmitió su expediente a la justicia marroquí, que se dispone a juzgarla y podría llegar a sentenciarla a penas de cárcel que van de seis meses a cadena perpetua.

¿Por qué una república?

Él gobierno del estado español engaña a su pueblo promocionando el conflicto catalán para que todo el ruido producido tape otras miserias de su pésima gestión, de su profunda corrupción y de su nulo interés por el bien común

Para este gobierno y sus seguidores, el federalismo es transformado «separatismo», y ocultan el reconocimiento de los sentimientos y de la realidad plurinacional de español, que se mantiene en algunas regiones desde hace más de cien años

Paralelamente la laicidad del Estado es expresada como atentado a los valores únicos, exclusivos y excluyentes que posee el nacional-catolicismo en España, y mantienen que es una ruptura de la unidad confesional, olvidando que nuestro país de naciones es una sociedad plural en la cual conviven diferentes religiones, culturas, lenguas y pensamientos

La oligarquía de este país, encabezada por la propia Monarquía, piensa que el 15-M y las movilizaciones sociales son un simple resultado de ideas retorcidas de perroflautas, y/o de personas sin cultura o capacidad alguna,  pertenecientes a la extrema izquierda que conducirán a su estado eclesiástico al caos y el desorden

Por lo tanto la Monarquía del orden «como Dios manda», plantea que “la plebe del15-M” es una manifestación de un idealismo ajeno a la realidad, y defiende que el capitalismo no es saqueo, sino simplemente la realidad  única del mercado libre, por lo que ha de defender de las actitudes críticas, impugnadoras o meramente reformistas a las formas institucionales sacralizadas por la Constitución de 1978

La monarquía basa su poder en un sistema de manipulación y engaño social perfectamente montado desde las bases franquistas, a las que añade elementos sociales, (Derechos al trabajo, a la vivienda, a pensiones actualizadas, a la Huelga, a las coberturas de paro, a la Sanidad), para dar una falsa imagen de bienestar  social y sociedad avanzada, pero cuyos derechos sociales y civiles son progresivamente laminados

Ese modelo monárquico no ha hecho sino retroceder en ese presumido bienestar social con hitos como la entrada en la OTAN, o con una negociación muy negativa en el proceso de integración en Europa, sobre todo en un sistema monetario muy perjudicial para las economías del Sur de Europa, y con la ratificación de una falsa democracia basada en una división de poderes inexistente

Todos los organismos que de una forma u otra ostentan el poder hoy en día son organismos no electos…el pueblo puede realizar una cesión de soberanía, sí, pero a un Parlamento electo por el pueblo y no a una comisión y un banco Central que el pueblo no eligió, de la misma forma que no se elige a los componentes del FMI, ni del Banco Mundial, ni a la Organización Internacional del comercio

A todo ello está sujeto y atado el gobierno monárquico español, a todo eso y a la iglesia…es necesario un proceso constituyente que actualice los derechos de la ciudadanía, derechos civiles de todos que deben estar garantizados, derechos rectores de la economía que acoten a un mercado que está próximo al saqueo, un estado firme frente a la corrupción sistémica, frente a una corrupción que nace en la propia Monarquía según demuestra el patrimonio del rey emérito, o los actos de hija y yerno fugados a Suiza

Es necesario remodelar el estado y la constitución, y es necesario hacerlo basando los pilares que lo sustenten en una república federal plurinacional que modernice nuestras instituciones y que permita realizar políticas basadas en la igualdad y la solidaridad…políticas dirigidas al beneficio del pueblo y no pensadas para preservar la monarquía por encima de todo lo demás

LO QUE DE VERDAD IMPORTA

Nunca en la historia de la humanidad hemos vivido una etapa más favorable para poder recibir y emitir información. Internet abrió la puerta a la globalización y las redes sociales nos garantizan conectividad plena todos los dias del año y a todas horas. Un solo click en nuestro móvil nos acerca hasta el fin del mundo. Pensamos que, por fin, el acceso a una información plural y veraz, reconocida por la Constitución en su artículo 20, sería una realidad vinculada al desarrollo de las nuevas tecnologías. ¡Que equivocados hemos estado! Nos imaginábamos más libres y, en cambio, somos más cautivos. La era de la información ha dado paso a la era de la  desinformación por exceso e incapacidad para procesarla, pero, aún más importante, por la ocultación de hechos y datos relevantes que son sustituidos por otros que no tienen ninguna incidencia en nuestras vidas. Todo ello, además, sin contar con el nuevo fenómeno de las noticias falsas, difundidas por servicios de inteligencia e intereses ocultos, con el objetivo de condicionar la voluntad de la opinión pública e influir en sus decisiones y actitudes.  Recientemente, Oxfam-Intermon, salpicada ahora por el escándalo de Haití, ha hecho público un informe estremecedor, que pone en evidencia el modelo de sociedad que estamos construyendo. Es sólo un ejemplo más que nos puede ayudar a entender cómo se manipula y se utiliza la información en el siglo XXI

El estudio, elaborado por la organización no gubernamental de cooperación, es un documento serio, riguroso y bien argumentado, con datos concluyentes que hubiera merecido una mayor difusión de la que ha tenido. Sin embargo, no ha sido asi y cabría preguntarse el porqué. La respuesta parece obvia. El “ciclón” catalán arrasa con todo, ajeno a la sensación de hartazgo que el tema genera en una parte importante de la población, cansada a estas alturas de la omnipresencia del “procés”. Es cierto que se trata de una cuestión de Estado, con un impacto directo en el futuro del modelo territorial y la convivencia; ahora bien, es igualmente cierto que el empobrecimiento, la desigualdad, la precarización y los recortes en protección social, que con tanto acierto denuncia Oxfam-Intermon,  provocan  graves consecuencias en la vida de millones de hombres, mujeres y familias.
En un contexto pretendidamente optimista, según nos quieren hacer creer, en el que la crisis económica parece quedar atrás, el panorama resulta desolador. En 2016, más de 10.6 millones de personas vivían en España por debajo del umbral de la pobreza; un total de 600.000 hogares no contaba con ningún ingreso y el 28 por ciento de la población se encontraba en riesgo de exclusión.

Nos enfrentamos a una situación alarmante, que deberia centrar la intervención de instituciones y partidos políticos, especialmente aquellos que aspiran a representar los principios de la izquierda. Me refiero al PSOE y a Podemos en el Estado y a Bildu en Euskadi. Deben recuperar discursos tan necesarios como la igualdad, el empleo estable y bien remunerado o la redistribución equitativa de la riqueza. Hay que buscar fórmulas efectivas y pactadas  para responder a las demandas legítimas de Catalunya, pero el debate independentista no debe eclipsar otras cuestiones como son la dignidad y los derechos humanos. La “brecha” tradicional entre ricos y pobres es ya un abismo que se hace más profundo a medida que la macroeconomía permite intuir una recuperación que el Gobierno aplaude como propia, los medios y tertulianos afines al poder difunden y la oposición no termina de rebatir con firmeza y convicción, presa de la urgencia de los informativos hoy limitados a los avatares de Carles Puigdemont. En este escenario, resulta complejo concentrarnos en el hecho de que en España entre 2007 y 2016 el 10 por ciento más pobre ha visto disminuir su participación en la renta nacional en un 17 por ciento, mientras el 10 por ciento más rico la ha incrementado en un 5 por ciento, y el 1 por ciento más rico en un 9.

El crecimiento favorece cuatro veces más a los más ricos que a los más pobre. No es mi intención caer en la trampa fácil de la demagogia sino alertar sobre el consumo orquestado de información, no siempre veraz ni relevante, a la que estamos sometidos. Hay muchos modos de ejercer la censura y ésta práctica propia de las dictaduras también se hace presente en las democracias, aunque sea de un modo sutil. Extender un manto de silencio sobre hechos relevantes es una técnica habitual de manipulación tan extendida como lo es el bombardeo continuo de noticias sin trascendencia que copan primeras páginas y horas ininterrumpidas de programas de radio y televisión. Desconocemos cuál será el futuro de las pensiones, si recuperaremos o no los derechos perdidos en los años de crisis o si en algún momento la banca devolverá el dinero de todos invertido en su rescate. Incluso el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, se atreve a decir que no toca hablar de la brecha salarial de género, una cuestión que implica a más de la mitad de la población española.

Sin embargo, lo sabemos todo de los exiliados y presos del conflicto catalán. Lo que almorzaron en la cárcel el dia de Año Nuevo, la casa en la que Carles Puigdemont pasa los fines de semana o las cervezas que consume en una terraza de la Grand Place, en Bruselas.  Cuando pregunto en mi entorno por el “procés” no puedo dejar de percibir cansancio en personas defensoras del derecho a decidir, debido al hastío que sienten ante tanta avalancha de datos que no les incumben y que han logrado distraer la atención sobre la cuestión de fondo: ¿si es legítimo reivindicar la independencia por qué se considera un delito convocar un referéndum y que sea la ciudadanía afectada quien se pronuncie?

El tiempo no es una mercancía

Siento una vieja lealtad por las mañanas frías. El aire parece más limpio, el mundo más ancho y la piel de la cara me responde como una materia inteligente. Se trata de uno de esos estados de la ciudad en los que me siento parte de la naturaleza. Supongo que vivo la sensación alegre del frío con el peso acogedor del recuerdo. El camino del colegio en los meses de invierno y las citas dominicales en la estación del tranvía para iniciar una excursión por la sierra me enseñaron a convivir de manera alegre con el frío. Granada es una ciudad del Sur que vive bajo la nieve. Es una ciudad pensativa y rinde más con el frío.

Antes de subir a la Facultad, voy a darle un beso a mi padre que tiene 91 años y está enfermo. Cruzo el Puente Verde y los Jardincillos del Genil, un territorio que se me llena de bicicletas, travesuras, rodillas arañadas y juegos. Subo las escaleras de un vecindario lleno de fantasmas amables y entro en la casa. Allí están los viejos muebles, la misma estantería en la que descubrí algunos libros decisivos. Allí están las cosas del pasado que no paran hoy de preguntarme por el porvenir. ¿Cómo nos organizamos mañana? La enfermedad es tristeza, pero también supone una inquietud práctica que ordena las horas del día y las preguntas sobre el tiempo. ¿Cómo has pasado la noche? Resistir es tomar conciencia de cada despertar, una curiosidad sobre el pasado, una afirmación del presente que esconde su interpelación sobre el futuro.
Mi madre, que ha cumplido los 81 años, me pregunta si me he subido ya en el metro. Acaban de inaugurar en Granada una línea que cruza la ciudad de norte a sur con trayectos subterráneos y zonas al aire libre. Mi padre y mi madre cuentan que hace unas semanas fueron con mi hermano Manolo a darse un paseo en el metro y descubrieron una nueva ciudad. Como tengo un poco de tiempo, decido ir a conocerlo. Si me bajo después en la estación de Renfe, tomo un taxi y en diez minutos estoy en la Facultad.
El paseo hasta mi infancia me ha puesto en contacto con el futuro. Resulta ahora inevitable que la búsqueda del futuro me devuelva al pasado. Para llegar a la estación de metro cruzo delante del colegio de los Padres Escolapios y de la Fundación Francisco Ayala. En cada paso del camino hay mil recuerdos que no son una galería de imágenes, sino un estado de ánimo. Y cuando entro en la estación de Alcázar Genil, la realidad me ofrece un escenario perfecto para ese estado de ánimo, porque la obra pública más moderna, con sus dimensiones de cristal y sus escaleras mecánicas, se integra en los restos arqueológicos de una naumaquia almohade. Todavía hay algo más: la estación es obra del arquitecto Antonio Jiménez Torrecillas, un amigo que murió hace poco más de un año.Llego a la Facultad con el tiempo justo para pasar por el despacho, recoger dos libros y bajarme a clase. Los alumnos me esperan desde su juventud para que hablemos de literatura. La necesidad de contar surge del deseo humano de que se conserven las historias que el olvido y la muerte condenan a la desaparición. Cuando alguien muere, desaparece un mundo lleno de visiones íntimas y escenas colectivas: una relación con el frío, el olor de una biblioteca, una memoria particular del amor y de las ilusiones.

Contar supone también el deseo de buscar interlocutor, de consolidar una comunidad, de mantener la alianza profunda entre los viejos y los jóvenes, entre las historias del pasado y los ojos que miran con la inquietud del futuro. La mercantilización del tiempo, los días con prisa de usar y tirar, los seres humanos concebidos con fecha de caducidad, pretenden romper esa alianza.  Los poemas y las novelas, les digo a mis alumnos, se niegan a la miserable mercantilización del tiempo.

Las barbaridades de la democracia

Una de las debilidades argumentales de muchas reflexiones que critican la Transición y el llamado Régimen del 78 es la idea de que existe un modelo de democracia perfecta. Haber renunciado a ese modelo supuso por ello una traición al pueblo. Los que así piensan no saben ni lo que es una dictadura, ni lo que es una democracia, ni lo que era el pueblo español en la década de los 70.

Una dictadura es un régimen en el que la falta de libertades facilita la impunidad absoluta del poder a la hora de fijar las leyes o de violarlas ante la indefensión absoluta de las ciudadanía. Cuando se sufre una dictadura, salir de ella es la tarea principal de los partidarios de la democracia. Salir de nuestra dictadura costó años de lucha, torturas, ejecuciones y soledades. Lo del antifranquismo generalizado y militante es una quimera. La mayoría de la gente, incluso los no identificados con las glorias del Régimen, evitó en lo posible meterse en problemas y se dedicó a disfrutar del desarrollo industrial iniciado en la década de los 60.

Las críticas a la Transición son injustas cuando generalizan una misma voluntad entre actores diferentes. Y sirven con frecuencia para encubrir responsabilidades posteriores. Como no existen paraísos, ni tierras prometidas, ni sociedades perfectas, cualquier democracia es un lugar lleno de conflictos, corrupciones posibles, derechos que reivindicar y objetivos que cumplir poco a poco. Cuando hablamos, por ejemplo, del olvido de las víctimas del golpe de 1936 y de la larga dictadura, más que responsabilizar a la Transición, estaría bien que pensásemos en gobiernos posteriores, autoridades de una democracia ya consolidada que pudieron buscar la verdad, la justicia y la reparación sin la sombra de un ejército golpista y de una policía amenazante.

La permanencia de élites económicas franquistas en 1976 resultaba más que previsible. Lo grave es que se hayan perpetuado durante décadas. Culpar al año 78 de todos los fracasos, significa desconocer la historia real y sirve para ocultar las responsabilidades del año 82, o de 1996, o de 2008, o de 2011, o de 2016. Sirve también para crear una dinámica de doble olvido: antes se olvidaban las víctimas del franquismo; ahora se olvida el valor de muchos logros conseguidos durante la puesta en marcha de la democracia. Y esto es grave, porque nos impide comprender la importancia de los retrocesos profundos que está sufriendo la sociedad española. Si la inquietud de la ciudadanía progresista se relacionaba antes con el modesto desarrollo de la democracia en los ámbitos laborales, económicos, institucionales y de servicios públicos (la sensación de no haber llegado hasta donde se podía llegar en la transparencia y la igualdad), la inquietud de ahora se agrava por la conciencia de una dinámica de retrocesos que rozan cada vez más la barbarie. Por desgracia, es la deriva de muchas democracias en el mundo.

El Partido Popular está llevando a España a un estado de barbarie democrática con sus políticas. Basa el desarrollo económico en la desigualdad y en la ambición desmedida de unas élites que utilizan el Estado en su propio beneficio. Son también bárbaros los espectáculos de corrupción, y bárbaro es que no haya dimitido como presidente de Gobierno el responsable máximo de un partido que preparó campañas electorales con dinero negro y que hizo de la compra y venta de favores su modo natural de funcionamiento.

Pero por mucho que indigne la corrupción, lo más escandaloso que estamos viendo en estas semanas es la utilización por parte del Partido Popular de padres y madres de las víctimas de crímenes mediáticos para justificar y ampliar la prisión permanente revisable, eufemismo que consagra la cadena perpetua. La Orestiada de Esquilo representa en la cultura clásica un extraño ciclo trágico porque quiso acabar medio bien. Necesitaba representar el momento en el que la Venganza era sustituida por la Justicia. Valiéndose de un populismo degradador, quien utiliza a los padres y las madres de una víctima para modificar el Código Penal introduce de nuevo la venganza en los espacios de la justicia. El juez democrático es el encargado de velar al mismo tiempo por los derechos de la víctima y del delincuente. El Código Penal español es un buen ejemplo del deterioro democrático al que me refería más arriba. Cada reforma, ha limitado conquistas, añadiendo autoritarismo.

Siglos de pensamiento jurídico han demostrado que el endurecimiento de las penas no sirve para lograr una sociedad más segura. Pero el pensamiento tiene poco que decir cuando los gobernantes están dispuestos a jugar con las emociones de manera mezquina. Las emociones pueden servir para movilizarnos en nombre de la convivencia y la justicia o para empujarnos hacia el odio y el miedo.

Que hayamos llegado hasta aquí es un síntoma de que la democracia se pudre de manera alarmante en España y en Washington. Quizá si dejamos de pensar en el 78 conseguiremos explicarle a la gente lo emocionante que es confluir en la defensa de la sanidad pública, el trabajo decente y el deseo de igualdad.

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