Madrid es territorio Actúa

En 2003 y en nuestra Comunidad Autónoma se conjugaron todos los esfuerzos, incluidos los más turbios, para que la izquierda política y social no gobernara en nuestra región

Como nos adelantó Freud y reflexionaba Bauman, la insuficiencia de nuestros métodos para regular las relaciones humanas en la familia, el Estado y la sociedad, junto a la supremacía de la naturaleza, forman parte de la génesis del sufrimiento humano. Y no les faltaba razón.

En estos días nuestra Comunidad Autónoma está reviviendo en lo mediático el dolor que nos genera esta insuficiencia metodológica. En el día a día, esta carencia está generando un efecto demoledor sobre la confianza en nuestras instituciones, los anhelos de regeneración democrática y el futuro sostenible e integrador de nuestra región.

Un máster, supuestamente más devaluado que evaluado, nos devuelve a una realidad pre configurada e institucionalizada por la persistente situación económica: la igualdad de oportunidades es más virtual que real. Nuestra sociedad, por mor del progreso competitivo, beneficia a quienes mejor tienen tejidas sus redes sociales y sumerge en la incertidumbre a quienes cuentan con el único arte “reconocible y encomiable” de “sobrevivir” en este mundo desigual. Hoy todo apunta a que el futuro tan sólo está reservado a los primeros. Sin embargo, el futuro no está escrito. Tenemos que ser capaces de reorientarlo y contraponerlo al de quienes sólo piensan para sí mismos.

El Partido Popular está inhabilitado para trabajar por la construcción de una sociedad sostenible, integradora y con futuro. No ha sido capaz de regenerarse y cuanto más tiempo necesite para lavar su imagen pública, menos tiempo tendrá para frenar el embate de la nueva derecha que propone Ciudadanos. Esta afirmación, que la demoscopia aflora, encuesta tras encuesta, también afecta a la Comunidad Autónoma de Madrid. La alargada sombra de la corrupción tiene ante los tribunales a relevantes excargos públicos del Partido Popular madrileño. Y ahora Cristina Cifuentes, por un máster, también está en una cuerda floja que no soporta más presión. Es el momento de decir basta al Partido Popular.

Es incuestionable que las urnas han mantenido en nuestra región al Partido Popular gobernando. Hoy, esa misma demoscopia dibuja una feroz batalla por la hegemonía de la derecha. Pero, en su conjunto, también les sonríe de cara a futuros gobiernos en nuestra autonomía y en el gobierno central. A esta situación no se ha llegado por casualidad; tampoco por mandato electoral.

En 2003 y en nuestra Comunidad Autónoma se conjugaron todos los esfuerzos, incluidos los más turbios, para que la izquierda política y social no gobernara en nuestra región. Fueron Tamayo y Sáez quienes pusieron su “rostro” para que Esperanza Aguirre llenara de “ranas” las enlodadas charcas que afean y devalúan el crédito de nuestra democracia y región.

Tampoco podemos olvidar que una parte de la izquierda se afanó en zancadillear las posibilidades de cambio en nuestra región pidiendo el voto para un rival electoral. Sin aquellas patadas en la propia espinilla, a partir de mayo de 2015 la historia hubiese sido otra, seguro que bien distinta. La suma del voto progresista habría superado al del conjunto de la derecha que hoy nos gobierna en la Comunidad de Madrid. Los errores del pasado también conforman la realidad y orientan el futuro; reconocerlos, es el paso previo para acotar los efectos de la postverdad.

Madrid es territorio Actúa. Cuando nos sondean sobre la idoneidad de la aparición de una nueva fuerza política de izquierdas, quienes lo hacen, en la mayoría de los casos y con su mejor intención, nos trasladan su preocupación por la división del voto progresista. El ecosistema de la izquierda política y social es poliédrico; ninguna fuerza política ostenta su hegemonía, ninguna puede aspirar a ello y ninguna sobra. Las personas que hemos apostado por el proyecto de Actúa sabemos que, al contrario de la uniformidad, la pluralidad enriquece ideas, propuestas, soluciones y ofrece alternativas más solidarias y con más futuro. Y Madrid necesita girar hacia ese futuro contando con su realidad social, plural, multicultural y diversa.

Un simple máster ha puesto de nuevo en riesgo la credibilidad de nuestras instituciones, alejado el horizonte de la regeneración democrática prometida, lapidado el prestigio internacional de España y socavado los cimientos de nuestra democracia. Por salvar el futuro político de una presidenta autonómica, la derecha está dispuesta a hacer todo lo posible por mantenerse en el poder, aunque el peaje a pagar vaya a cuenta del desprestigio de una universidad madrileña y pública. Claro, que ya sabemos para qué les importa lo público…

La dimisión de Cristina Cifuentes sería suficiente para devolver algo de normalidad a nuestra deteriorada Comunidad Autónoma. El poder no lo justifica todo y la derecha madrileña es experta en justificaciones por su ansia irrefrenable de poder.

No partimos de la nada, tampoco venimos a dividir. Nuestra apuesta quiere sumar, convencer al voto progresista y de izquierdas, devolver la ilusión a aquellas personas que hoy se sienten frustradas y defraudadas

La crisis económica, los métodos de la derecha para atajarla y el modelo socioeconómico que nos proponen no generan seguridad y ahondan en el sufrimiento de las personas. Salarios de miseria y empleos precarizados para los jóvenes y no tan jóvenes. Un sistema educativo basado en las estadísticas y no en la formación de una ciudadanía crítica. Una sanidad que, a poco que se rasque, indica que el negocio se antepone a la salud de todas y todos. Un modelo de desarrollo territorial que entiende el espacio público como una oportunidad para la especulación. Un servicio de dependencia en el que sus beneficiarios pueden llegar a morir sin tan siquiera contar con la primera evaluación de su grado de dependencia. En definitiva, una apuesta clara y decidida de la derecha por ofrecernos una sociedad individualista, con un futuro incierto, incluso para quienes hoy están por encima de la media de la pirámide social, y que valora los mermados servicios públicos del Estado del bienestar como una oportunidad para el lucro económico de unos pocos.

Un máster, supuestamente más devaluado que evaluado, nos ha devuelto a la realidad. Es tiempo de actuar. En Madrid capital Actúa ya se ha presentado en sociedad, y ahora seguimos haciéndolo pueblo a pueblo, ciudad a ciudad; y lo hacemos con ganas, con convicción; acercándonos a la gente que ha confiado en este proyecto político. Y también lo estamos haciendo con la sociedad organizada y lo continuaremos haciendo con el resto de organizaciones políticas de izquierdas y progresistas que compartan con nosotros la idea de que la cooperación es la única salida.

En poco más de un año, las madrileñas y los madrileños estaremos convocados de nuevo a las urnas. Será el momento de evaluar los compromisos cumplidos, las promesas olvidadas y los anhelos frustrados. Será el momento de recordar los errores y los turbios movimientos del pasado que propiciaron los gobiernos del Partido Popular en España y en nuestra Comunidad Autónoma. Y en esa oferta de ideas, proyectos y futuro, Actúa también estará presente. Madrid es territorio Actúa. Sabemos que el reto es difícil, pero no sólo nos mueve el convencimiento y la ilusión, también nos impulsan nuestra experiencia institucional y fuerzas renovadas. No partimos de la nada, tampoco venimos a dividir. Nuestra apuesta quiere sumar, convencer al voto progresista y de izquierdas, devolver la ilusión a aquellas personas que hoy se sienten frustradas y defraudadas. Tenemos la convicción de que esta suma será capaz de abrir desde el ecosistema de la izquierda una ventana al futuro sostenible e integrador que necesita nuestra región y toda su ciudadanía.

Un remedio contra las mentiras: sentarse a hablar de verdad

Cuando entré en la Universidad y me acerqué de forma directa a la política, la dictadura franquista daba sus últimos pasos. El olor de las mentiras dominaba la vida oficial, Fraga Iribarne seguía prohibiendo actos, había que correr delante de la policía en algunas ocasiones, la televisión seguía inventándose el orgullo imperial de una nación más bien pobre e insignificante en el mundo, pero ya se había suavizado el terror sistemático que impusieron los generales golpistas en 1936. Mi militancia no supuso ningún acto heroico, aunque sí me hizo conocer bien a gente que había protagonizado la clandestinidad y había luchado por la libertad y las posibles mejoras de la vida de la gente en un inmediatamente tiempo anterior, cargado de detenciones, torturas, cárceles y penas de muerte. Aprendí a admirarlos.

Las crisis internas del Partido Comunista y su definitiva pérdida de lugar en la democracia fueron una experiencia triste. El partido que había organizado de manera admirable la lucha por la libertad en la dictadura iba a ocupar un lugar insignificante en la democracia debido a sus propios errores y a la nueva realidad de la sociedad española de los años 70. Pero esa experiencia triste fue también una lección decisiva en mi vida. En primer lugar, aprendí que los ideales políticos sirven de poco si se separan de la realidad histórica y cotidiana de la gente; en segundo lugar, me incliné de un modo natural a observar las distintas interpretaciones de esa realidad, a elegir la mía y a respetar la opción personal de cada amigo.

Algunos de esos amigos se unieron al PSOE en la crisis carrillista, otros se fueron con Ignacio Gallego a un partido comunista prosoviético y otros se quedaron en el PCE. Todos ellos habían sufrido cárcel y soportado palizas en los años duros sin delatar en comisaría a ningún camarada. Por eso me pareció siempre una estupidez pensar que sus decisiones diferentes, ya en época de libertad, pudieran deberse a la traición o a la compraventa. Nadie que se haya jugado la columna vertebral y su salario en 1970 por un compromiso político elige poco después su futuro democrático por miedo, frivolidad o traición. Aprendí así a respetar las distintas opciones personales. Lo mezquino no está en la elección propia, sino en los insultos, calumnias e incomprensiones que suelen desatarse alrededor. Es en esa mezquindad donde se oculta el dogmatismo y la hipocresía del que necesita convertir a un amigo en traidor para afirmar su propio poder y olvidarse de sus limitaciones.

Recojo aquí este sentimiento de persona mayor que va para viejo porque me gustaría ofrecerle a los jóvenes la herencia de diálogo que me dejaron mis mayores. Creo que se trata de algo imprescindible para compensar la otra herencia, el cúmulo de divisiones, rencillas y falta de diálogo que han hecho imposible durante años una alternativa ideológica y política al neoliberalismo.

La realidad española está dominada por las mentiras y la impunidad. Resulta asombroso que permanezca en el Gobierno un partido corrupto, que se ha acostumbrado a vivir del dinero negro, que destroza ordenadores para huir de la policía y falsifica títulos universitarios con total desfachatez. Cuando aparecen ante el público afirman que en julio hace mucho frío en Sevilla y se quedan tan tranquilos. Pero resulta asombroso también que la élite económica haya logrado crear un partido como Ciudadanos, su propia rueda de recambio para que todo siga igual, sin que la izquierda sea capaz de proponer una alternativa real para hacerse con el Estado y cortar los abusos fiscales, penales y políticos que enriquecen a las minorías a costa de deteriorar el mundo del trabajo y de extender la desigualdad social.

Sería conveniente detectar no sólo las mentiras de la derecha, sino las mentiras propias. Y no es una mentira que existan distintas sensibilidades, maneras diferentes de presentarse a las elecciones y competir democráticamente; pero sí es mentira que no nos necesitemos entre nosotros y nosotras, que no debamos entendernos los que, desde la democracia social, queremos acabar con el espectáculo deprimente de esta España corrupta, condenada a convivir con la impunidad.

Duele España. Asumo que no es sólo un tema español, que Italia, Francia, Brasil, Estados Unidos y otros muchos países soportan muy malos tiempos para la democracia. Pero la preocupación por el mundo que van a vivir mis hijos me impide encerrarme en la melancolía de mis sueños perdidos.Necesito pensar que hay una alternativa democrática, y para eso es imprescindible que las distintas sensibilidades contrarias al neoliberalismo dejen de considerarse enemigas, se sienten a hablar de verdad y demuestren que es posible gobernar la realidad, no las nubes, desde la izquierda.

 

La obligación de ser intransigente

Los profesores de literatura establecemos conversaciones de actualidad con nuestros alumnos gracias a los viejos libros. Es un proceso íntimo de la propia literatura, ya que los clásicos permanecen porque siguen hablando con nosotros a través de los años y de los cambios históricos. Saben preguntarse por la condición humana y gracias a sus lectores, a la experiencia humana de la historia que habita los textos, actualizan la mirada sobre el mundo.

José Ortega y Gasset pronunció en 1910 una famosa conferencia en Bilbao titulada “La pedagogía social como programa político”. Denunciaba el deterioro de una España rota por las corrupciones políticas de la Restauración. Resultaba necesario vertebrar España, inventarse España. Distinguía el patriotismo de las élites, que justificaban su desfachatez económica al amparo de la Virgen del Pilar y del Cid Campeador, y el patriotismo de los que hablaban de la nación como compromiso de futuro, el deseo de dejar en herencia a los hijos una sociedad decente. Al leer los párrafos de 1910, los alumnos piensan en 2018. Y luego leemos otros párrafos en los que el filósofo le recordaba a la clase obrera la importancia de la educación pública y de una escuela única para todos, laica, sin diferencias motivadas por los credos y las desigualdades económicas.

El debate sobre el deterioro de la educación pública se agrava cuando los alumnos comprenden que la escuela no es hoy el espacio real de socialización. Las cadenas de televisión, en manos de las élites económicas, generan los movimientos de identidad y de miedo-odio que luego se extienden por las redes sociales. Uno aprende que la modernidad actual presenta los problemas de siempre, pero multiplicados por el descontrolado control de la tecnología.

Al leer San Manuel Bueno, mártir de Unamuno, comprendemos la conciencia trágica del buen sacerdote que no tenía fe, ni creía en la vida eterna, pero se decidía a mantener su apostolado para que la comunidad no se deshiciera al perder los vínculos tradicionales de la religión. La experiencia agónica de Unamuno intentaba responder a las contradicciones insalvables que se dan entre una fe religiosa y la razón. Al mismo tiempo, reaccionaba ante el temor de que el positivismo de la sociedad industrial acabase liquidando los vínculos de las comunidades.

Nosotros asistimos también a la degradación de una posible vida en común y, además, tenemos nuestra conciencia trágica. Cómo se puede tener fe en la vida democrática dentro de un mundo como el nuestro. La avaricia de las élites económicas no sólo ha desbordado el poder de la política y los Estados, sino que también controla nuestras vidas con poderosísimos medios para manipular los sentimientos. Pienso y me pienso. Nuestra conciencia trágica es menos grave que la de Unamuno. No necesitamos la existencia de Dios para dar sentido a nuestros valores. No necesitamos mentiras piadosas. Se puede seguir respondiendo a la propia conciencia sin necesidad de la esperanza. Y se puede mantener la propia ética sin el apoyo de una voluntad superior. Hasta es posible negarse a la irracionalidad, cuidándonos del invierno democrático en el interior de una ética solitaria. Por otra parte, Unamuno, Giner de los Ríos y Fray Luis de León fueron expulsados de su cátedra. En España, por ahora, no llegamos a tanto.

Cuando García Lorca escribió teatro vanguardista, se dio cuenta de que perdía su conexión con el público. La experiencia republicana de la cultura facilitó un deseo de buscar el diálogo con el público sin abandonarse a las bajezas mercantiles del teatro comercial. De ahí nació, por ejemplo, La casa de Bernarda Alba, una obra en la que el luto encierra a la gente en el odio privado de cada habitación. Las puertas se abren cuando el pueblo es convocado para linchar a una pecadora. Los miedos privados son la mejor receta para cultivar el odio como forma de agrupación social. Analizar el poder, estudiar los mecanismos a través de los que entra en nuestro salón de estar y en nuestros corazones, es uno de los servicios que da la literatura en una sociedad acostumbrada a mentirse a ella misma hasta comulgar con ruedas de molino.

El gran enemigo de Unamuno fue el dictador Primo de Rivera. Cuando el patriarca de todos los Riveras y de todos los Primos dio el golpe de Estado de 1923 para salvar la corona corrupta de Alfonso XIII, Manuel Azaña reaccionó con intransigencia. Se hizo famoso un artículo suyo en la revista España. Era el momento de acorazarse en los principios y de ser intransigentes con las mentiras de la vida oficial. Esta intransigencia –escribió– era una muestra de honestidad. Sí, hay transigencias que sólo pueden permitirse los deshonestos. La voluntad de diálogo y de progreso paulatino no pueden confundirse con la renuncia a la honestidad.

Uno es lo que ha leído (cuando uno tiene la costumbre de leer). En medio de mi mundo, recuerdo a mis mayores, leo y decido no escribir para ser simpático, sino para ser intransigente con la mercantilización de la vida, los sentimientos, la política, la prensa manipulada, el dolor, los cadáveres, la infinita bondad humana y su infinita ruindad.

Publicado en InfoLibre.es

Razones

Las pensiones no son una subvención ni una ayuda, sino un derecho consolidado

 

Las razones que justifican la indignación de los y las pensionistas rebasan la extensión de esta columna. Porque las pensiones no son una subvención ni una ayuda, sino un derecho consolidado. Porque el dinero que perciben no es del Estado, sino suyo, una inversión sostenida con esfuerzo a lo largo de su vida laboral. Porque han apretado los dientes para aguantar la crisis hasta que un Gobierno que alardea de crecimiento económico les ha ofrecido una subida humillante de puro ridícula. Porque la hucha de las pensiones no se ha vaciado sola mientras los gobernantes que padecemos rescataban primero a la banca, después a las autopistas, mañana vete a saber. Porque su lucha atraviesa de forma implacable y transversal a todos los sectores de la población de este país. Porque el presunto colapso del sistema público de pensiones tiene que ver con las tasas de natalidad, con la discriminación laboral que sufren las españolas en edad fértil, con la gestión de los fondos públicos, con aquella pletórica España del pelotazo donde se prejubilaba a porrillo a personas que querían seguir trabajando, con los agujeros negros de la corrupción, con la pésima calidad de los empleos de nueva creación, con los contratos indecentes que impiden que los nuevos trabajadores, las nuevas trabajadoras obligadas a desempeñar tareas que están muy por debajo de su formación, puedan contribuir de forma efectiva a su mantenimiento, con el sistemático desprecio con el que se aplican las ayudas a la dependencia, con el desmantelamiento de la Sanidad pública, con la imposición del copago farmacéutico universal, con la ínfima rentabilidad de los planes de pensiones privados… Ya ven, me he quedado sin espacio y todavía se me ocurren algunas más.

Publicado en ElPaís.com

Por una Europa social, verde e integradora

Europa se encuentra en un momento crítico de su existencia. No como la Europa histórica, en permanente conflicto, que ya pertenece al pasado, sino como la Unión Europea. Es en estos momentos cuando la Unión debe redefinirse frente a los partidos radicales y antieuropeos que están surgiendo por todo su territorio, frente a los millones de personas que día tras día pierden la esperanza en este proyecto tan necesario y frente a un escenario internacional que necesita, cada vez con más urgencia, actores que aporten el impulso integrador y social que las relaciones y organizaciones internacionales necesitan.

Este es el espacio que debería ocupar la Unión Europea y nosotros, europeos, deberíamos moverla en esa dirección. No es posible ni aceptable volver a una existencia pre-unión, aún con la reciente experiencia inglesa, así que la renovación de la unión se torna como algo necesario.

Pues no es casualidad que Saint-Simon, considerado el padre del socialismo francés, defendiese ya en su época la idea de una Europa unida fraternalmente, una sociedad equitativa y productiva que condujera a la construcción de un nuevo sistema político. La idea de Saint-Simon no se tradujo hasta siglo y medio después, cuando, después de una horrible y devastadora Segunda Guerra Mundial, Europa pudo comprobar de primera mano la necesidad de acabar con los nacionalismos que la carcomían y comenzó el complicado proceso de integración que todos conocemos. Un proceso que, paso a paso, debería construir la soñada Europa de Saint-Simon. Un proceso que, desgraciadamente, parece atascado en las políticas monetarias y liberales, que no consigue definirse a sí mismo del todo, que acepta de buen grado el ”fin de la historia” de Fukuyama y el aparente triunfo del liberalismo más individualista.

La Unión Europea cuenta con la infraestructura y las posibilidades ideales para promover una legislación ecologista y social que de verdad marque la diferencia, no solo en la propia Europa sino en el resto del globo. Con el abandono de EEUU del Acuerdo de París nunca fue tan urgente que un actor internacional de peso se posicione firmemente a favor de las políticas medioambientales tan necesarias y tan olvidadas en la práctica de muchos Estados. Unas políticas que no mantengan un objetivo económico con el menor daño medioambiental posible, sino un objetivo medioambiental sostenible y rejuvenecedor donde pueda entrar una política económica a su medida.

Es posible que, a estas alturas, se me haya calificado ya de idealista, o, peor, de ingenuo. Puede que se piense que la situación europea actual se encuentra demasiado enquistada y que cualquier intento de cambiarla será fútil. Nunca he sido un gran defensor del pesimismo determinista. Pienso que, si algo debe mejorar, es nuestro deber actuar para mejorarlo, defender nuestras ideas dentro de un marco adecuadamente realista y aportar nuestro granito de arena para que se lleven a cabo.

Estas palabras cobran aún más significado tras los resultados de la ultraderecha en Francia, Alemania y, más recientemente, en Italia. El triunfo de partidos nacionalistas en estos Estados clave solo podría suponer un atraso colosal en las dinámicas de integración que tan urgentemente necesita el hombre para conocerse y respetarse a sí mismo y la consiguiente vuelta del más rancio anarquismo internacional.

Ahora más que nunca, actuemos para evitar este funesto destino, devolvamos la ilusión a millones de europeos y, por encima de todo, aportemos nuestro granito de arena para lograr un mundo más justo y equitativo para todos.

Reflexiones en torno al 8 de marzo: hacia una izquierda feminista y comunicativa

Parece que este año, la huelga feminista del 8 de marzo tiene menos resistencias y que, efectivamente, cada año somos más. Los diversos y mediáticos escándalos de abusos sexuales han confirmado, por si quedaba dudas, que lo personal es político y que aquello que no se puede decir, hay que gritarlo más alto. El silencio, como decía Audre Lorde, no nos protege y nuestro espacio es el de una imaginación política que cambie estructuras y mecanismos hetero-cis-patriarcales.

A pesar de ello, hay aún muchas resistencias, como igualar el machismo al feminismo y no al hembrismo. La trampa de una universalidad e igualdad de derechos que se han hecho a escala del varón, invisibilizando la situación de la que parten y las experiencias e intereses de las mujeres. Y la falta de consideración de conceptos fundamentales en la construcción del Estado democrático como la equidad, la diferencia o la interseccionalidad.

La politóloga Iris Marion Young proponía una política de la diferencia ya que no hay un reciprocidad igualitaria y simétrica entre varones y mujeres, ni tan siquiera entre mujeres que pueden sufrir una interseccionalidad de discriminaciones: étnica, generacional, diversidad afectivo-sexual, situación migratoria, etc. Critica la universalización de las normas de los grupos dominantes en base a unas políticas de distribución que son ciegas a la diferencia de las personas y los colectivos. Este modo de hacer democracia da prioridad a una argumentación racional que no admite diferencias entre hablar y escuchar. Por ello es necesario dar voz a los grupos en desventaja por medio de mecanismos especiales de representación y no confrontación.

Para evitar exclusiones dentro de la democracia es necesario encontrar formas de comunicación válidas. Esta acción comunicativa se basa en una reciprocidad asimétrica entre los sujetos, donde hay un respeto igual, pero cada participante se señala como diferencialmente posicionado, reconociendo que cada interlocutor lleva un bagaje personal. Propone una democracia comunicativa donde las diferencias de cultura, género, perspectiva social o compromiso particular sean recursos útiles para alcanzar un entendimiento en la discusión democrática y no en las divisiones que deben ser superadas. De este modo, es un tipo de democracia donde las mujeres pueden hablar más y mejor. Esto supone establecer un diálogo (no confrontación) desde las diferencias y particularidades, de manera abierta, sin miedo al disenso.

En esta misma línea, Judith Butler cuestiona como en democracia se estereotipan sujetos e ideas como categorías construidas e inamovibles. Butler propone una política de “unidades provisionales en el contexto de acciones específicas” y de coaliciones abiertas que creen identidades distintas y electivas en base a los objetivos que tengan y sin que haya obediencia a una finalidad normativa de definición cerrada.

Ambas teorías feministas nos llevan a repensar la Izquierda no como un campo lleno de líneas rojas sino como un camino comunicativo. En ambas se propone una comunicación de las mujeres y de las identidades infra o no representadas (migrantes, etnias, empobrecimiento) objeto también de preocupación por parte de los feminismos.

Estas posturas y otras dentro del feminismo proponen la construcción del Estado desde una posición diferente: lo particular y diferenciado frente a lo general y universal, lo afectivo frente a la racionalización, la empatía frente a la norma. Es un modo de volver a plantear el Estado Democrático, que sólo se puede hacer desde el feminismo y desde una Izquierda comunicativa.

Carmen Romero Bachiller plantea esta problemática en torno a dos cuestiones:

La primera es la presencia de las mujeres en la política, la mera presencia de mujeres en política no garantiza una práctica feminista. El patriarcado es transcultural y abarca tanto a varones como a mujeres. Pero lo que está claro es que sin mujeres no puede haber políticas feministas, ya que, nos aclara Romero “no se puede tener presente lo que no se ve, lo que no se concibe como posible”. Para ello son necesarios los equitativos mecanismos paritarios y las políticas de cuotas. No se trata de ocupar en los hemiciclos de los parlamentos cuerpos de mujeres hasta el 50% sino de ocupar modos de ver diferentes, tantos como los que ocupa un 50% de la población infrarrepresentado.

Romero reivindica el polémico texto “El derecho al mal” de Amelia Valcárcel, para justificar los logros feministas en el ámbito político y legal, mediante actos subversivos, como las manifestaciones, modificando el orden de las cosas heterocispatriarcal y para sacar a las mujeres de ese ámbito evanescente y precavido, “modosito” y políticamente correcto. Es este un plus de excelencia que se pide a las mujeres en política y que no se pide a los varones o se les da por supuesto. Es un peaje que las mujeres deben pagar por ocupar la esfera pública, junto con una serie de prejuicios como la inexperiencia y juventud de políticas de menos de 40 años, si es atractiva o fea, si es masculina o si es femenina, en definitiva, si se pliega al estereotipo heterocispatriarcal, ámbitos en los que no son cuestionados los varones, porque de ellos es el espacio público. Las mujeres ocupan lo público por cuerpos tradicionalmente excluidos del mismo, especialmente en política, donde son una excepción digna de señalar cuando aparece.

La segunda es la feminización de la política, como hemos visto recientemente en los ayuntamientos de Madrid y Barcelona, con Manuela Carmena y Ada Colau, respectivamente, con una transformación en las formas dirigido a una mayor participación y una vuelta hacia los colectivos excluidos. El interés por la diversidad afectivo-sexual, las políticas en educación infantil o el interés por derechos como la ecología o la vivienda.

Fuera de nuestras fronteras nos encontramos con Margot Wallström que desde 2014 ejerce como Ministra de Asuntos Exteriores de Suecia. Desde el primer momento aclaró que su política sería feminista y así se puede ver en la web de su Ministerio, focalizando en mujeres, niñas y en personas LGBTQ. Tres son los pilares de su política: respeto por los derechos humanos, ya que los derechos de las mujeres y las personas LGTBIQ han sido tratados como un tema aparte y excluidos de las políticas públicas. Representación femenina en todos los ámbitos como condición incontestable para alcanzar la equidad de género. Y finalmente recursos orientados a objetivos y resultados de género, con presupuestos especiales e incrementados en este sentido.

Todas representan una izquierda comunicativa y eficaz para el feminismo, que alcanza sus máximos acuerdos en torno al mismo. Un feminismo que no puede ser desde una Derecha que ignora los derechos sociales y da primacía a un capital antifeminista.

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