Mientras tanto… Dos años sin gestión

La grave crisis territorial que estamos viviendo en Cataluña está trayendo como consecuencia la consolidación de un importante fractura social, con importantes efectos políticos y alarmantes implicaciones económicas en todo el estado. En este sentido, mucho se habla del cambio de sedes sociales de empresas ubicadas en Cataluña, pero poco de la situación de los trabajadores y trabajadoras por la insolidaridad y falta de unión que genera este trance, en un contexto ya de por sí nada receptivo, donde la gestión de los derechos sociales brilla por su ausencia desde hace dos años.

Echando la vista atrás y situándonos a finales de 2015, no habríamos aventurado que en aquel momento de cambio político inédito se consolidara la línea de acción política de un Gobierno retrógrado que pedía a voces una alternativa, tras la gran cantidad de contrarreformas que había realizado en todas sus áreas de acción.

Durante prácticamente todo el 2016, una vez celebradas las elecciones generales de diciembre de 2015, asistimos a uno de los momentos más tristes y frustrantes de la historia de nuestra democracia, caracterizado por la imposibilidad de formar un Gobierno, a pesar de la irrupción con fuerte presencia de nuevos partidos que prometían cambio y regeneración. Un Gobierno saliente y en funciones protagonizó la XI legislatura, la más corta, que desembocó en una repetición de comicios en junio de 2016. Y así, sin acuerdo político, nos plantamos en octubre, con un “nuevo” presidente investido. Todo un año perdido para legislar y transformar porque nunca una formación política del bipartidismo aparecía tan vulnerable para ser condicionada en sus políticas como el PP todo ese año. Otra oportunidad que se dejó pasar.

Con Rajoy, viejo y nuevo presidente, lo que vino después fue Cataluña, y hoy es de sobra conocido. La crónica de un choque de trenes anunciado ha impactado sobre los propios cimientos del Estado y ha hecho abordar esta cuestión desde una frenética actividad diaria de los tres poderes. Lo demás es absolutamente secundario.

O no. Porque, ¿la crisis catalana hace exclusiva la acción de Gobierno con la aplicación de nuestra normativa constitucional frente al desafío independentista enmarcado en una clara ilegalidad? O, por el contrario, ¿la gravedad del momento puede compatibilizarse con una dirección política y una actividad legislativa del Parlamento que aborde también los cambios políticos, económicos y sociales que requiere y necesita nuestro país?

A la primera cuestión, si la respuesta es sí, sería deseable que a la aplicación de nuestro ordenamiento jurídico, hecho incuestionable, viniera acompañada de una propuesta política superadora de la situación actual. Podremos ser tajantes con la Ley y seguir estando con una venda en los ojos sin aceptar una realidad territorial y social compleja y plural existente en Cataluña para que todo empeore por momentos.

Pero quedarnos solo con la primera pregunta es, además, dar la razón a los que entienden que es esta es una crisis de todo el sistema democrático, bajo un argumento del que es indispensable huir. Porque una cosa es defender las necesarias y profundas reformas constitucionales en la organización territorial del Estado; otra bien distinta es cuestionar que convivimos en un Estado de Derecho.

De la segunda pregunta no sabemos la respuesta. En cada nuevo movimiento que acontece cada día en este proceso, parece haber una retroalimentación entre los sujetos políticos que dirigen los polos opuestos. Se ha creado y va creciendo entre medias una tierra de nadie donde conviven el resto de personas y partidos inmersos ya en sus propios tacticismos pre electorales de cara al 21 de diciembre. Y quién sabe si de cara a otros comicios en 2018.

Parece que todo puede esperar, pero sigue siendo urgente modificar la regulación laboral: ya se ha comprobado que, además de perder derechos y precarizar el empleo, la creación de nuevos puestos de trabajo es escasa y engañosa. Es insostenible no reformar el sistema de las pensiones públicas, el actual empobrece cada día a tantas personas y toda una futura generación; los problemas de eficacia y eficiencia de nuestro sistema sanitario; las urgentes medidas medioambientales que deben ponerse en marcha; el debate sobre los servicios sociales en nuestro país; o si podremos ser capaces de acordar entre todos y todas una reforma de la educación pública que acerque su nivel al de la media de la OCDE… Esperar a otro momento político, no sabemos hasta cuando.

Al menos, exijamos que cuando se plantee el “sentarnos a dialogar para solucionar la crisis de Cataluña”, que tanto se predica en los foros, medios de comunicación y debates, se presenten iniciativas que evidencien que ese ánimo es real. Una propuesta podría ser plantear una reforma constitucional que ampare un Estado federal solidario entre todos los territorios del Estado. Es una, insisto. Empecemos a trabajar ya.

Publicado en Diario16

 

La independencia catalana, de obligada lectura

Estamos en verano y regresa con los calores y las canciones de ritmos pegadizos la que viene siendo una lectura obligatoria para pasar los últimos periodos estivales. Estamos en verano y con la subida de temperaturas no puede faltar la propuesta secesionista en Cataluña del Govern de turno. Subiendo, cada verano, el nivel de intensidad de enfrentamiento con el Gobierno central y obligándonos al resto a tomar posición sobre un tema que puede resultarnos a muchos tan incómodo como necesario: el modelo territorial del Estado.

La solución de la Constitución duró lo que duró y hoy nadie puede negar la evidencia de que ha sido superada sin propuesta acordada sobre la mesa. En los últimos años todo han sido parches, acuerdos políticos bilaterales y postelectorales que solo han beneficiado a algunos territorios. Hasta llegar al actual choque de trenes, con sus consecuencias políticas. Y no me refiero a la jornada (la llamen como la llamen) de referéndum del 1-O. En el corto y medio plazo, nadie puede predecir.

Ni que decir tiene que la izquierda, en este terreno, se mueve con poca soltura. No en esta ocasión, siempre lo ha hecho regular tirando a mal. Históricamente cualquier debate nacionalista en Cataluña y País Vasco enlazaba tensiones en las estructuras orgánicas de las formaciones progresistas porque no encontraban su acomodo en la discusión. La izquierda de por sí no es nacionalista. Lo que sí es es plural y solidaria, y en ese marco creía siempre encontrar una solución al paso que nunca llegaba e incluso pagaba electoralmente. 

Por eso, ni es de extrañar ni es nueva la situación interna que vive Podemos con este asunto digamos que catalán. Unas bases que dicen una cosa desde Barcelona y otros miembros de  su aparato de Madrid se desmarcan con otra. También lo hemos vivido mil y una vez con el PSOE y en la propia Izquierda Unida, intentando salir airosos con iniciativas vacías de avance autonómico o con un difuso proyecto de Estado Federal que nunca se ha concretado.

Es igualmente recurrente hacer una crítica severa al Partido Popular por su inmovilismo. Y una vez más es justo hacerlo. No tiene nada que ofrecer porque no quiere. La frase es exacta. Nada que ofrecer porque le interesa un contexto de polarización en el que siempre ha reforzado su base social. Más ahora, abrumado por una corrupción cuyas tramas no paran de multiplicarse y que puede hacerle solapar su evidencia. Sin nada que ofrecer, porque a pesar de que la economía nacional ha crecido un 0,9%, el empleo recuperado desde el 2008 solo ha sido la mitad y a un precio inasumible de precariedad. Los recortes de derechos sociales no se han reinstaurado y la población que logra acceder a un puesto de trabajo lo hace, en la mayoría de los casos, en condiciones de dudosa dignidad.

Pero no vale solo echar la culpa al PP. La izquierda no puede quedarse ahí porque solo crecerán el independentismo y su polo antagónico, la derecha española. La izquierda está obligada a abordar este debate no con declaración de intenciones ni organizando foros de discusión. La izquierda debe plantear ya un proyecto de Estado Federal solidario y sostenible en todos los territorios, nacionalidades y regiones con redistribución de competencias e instituciones. Una propuesta seria, trabajada y que dé seguridad. Todo lo contrario será más de lo mismo. Lo hacemos ya o el próximo verano estaremos, me temo, ante la reedición del bestseller.

Publicado en Diario16.com

Actuemos porque el asunto es serio

Durante estos días asistimos al debate público sobre las bondades y desaciertos de sendas mociones de censura que la organización Podemos ha planteado en la Asamblea de Madrid y en el Congreso de los Diputados. En esta misma Guía Extemporánea ya comentábamos el pasado mes de abril la necesidad de pasar a la acción para construir el cambio, y lo teorizábamos a través de una moción de censura que pidió Gaspar Llamazares en la rueda de prensa en que se presentó la plataforma Actúa, la misma mañana que detenían a Ignacio González en el marco de la operación Lezo.

No cabe duda que las imperiosas razones que existen para desalojar al Partido Popular de las instituciones están más que justificadas. Son innegables. La regeneración de nuestro sistema, la recuperación de nuestros derechos sociales o la búsqueda de nuevas fórmulas para luchar contra una corrupción que no cesa son causas que justifican, de forma contundente, un cambio de gobierno y de partido ante el actual e insoportable más de lo mismo. Está en juego nada más y nada menos que el crédito de una DEMOCRACIA que urge poner en valor.

Sin embargo, el planteamiento que realiza Podemos, en su aspecto formal, lo hace inoperante para conseguir el objetivo que una mayoría de gente queremos: el cambio votado en las urnas que hoy es más urgente si cabe. Una moción de censura no se presenta. Una moción de censura se construye. Una moción de censura se anuncia para ganarla cuando la tienes previamente cocinada. De nada sirve un golpe mediático cuando lo que nos jugamos es un nuevo efecto devastador de desánimo para quienes creemos que es posible enviar al PP al banquillo de la oposición.

El ejemplo de esta forma de proceder con la moción sin contenido tiene que servir para enmarcar la situación de emergencia que vive nuestro país y debatir sobre el cómo debemos, todos y todas, poner en marcha una forma de actuación plural, pero unitaria, en un contexto donde ninguna fuerza política tiene la hegemonía. El asunto que nos traemos entre manos es algo más serio que anotarse un punto más de postureo frente al resto de la oposición.

Porque la realidad es que las últimas encuestas y sondeos de intención de voto siguen situando al PP como el partido más votado, y a ello contribuye el grado de desconexión entre las fuerzas progresistas y de la izquierda. Es de tal magnitud su confrontación que unas y otras han preferido –digan lo que digan porque a los hechos nos remitimos- que el partido que mayor deterioro social ha causado a este país siga en el poder, con todas sus contrarreformas vigentes y más vivas que nunca.

Con todo un 2016 en funciones y lo que llevamos de 2017 sin alternativa, es fundamental y urgente provocar un marco de entendimiento real, con sensatez, honestidad, realismo y huyendo de todo sectarismo. Es obligatorio un escenario regeneracionista en el que la exclusión sea un concepto vetado en la práctica por la necesidad de unir y confluir con quien entienda que a corto plazo el objetivo es concretar un programa de mínimos para el impulso democrático y la cohesión social.

Un programa de mínimos que ponga en marcha un cambio político. Un programa con un rescate social, contra la pobreza y la desigualdad, recuperando y ampliando derechos y libertades y luchando contra la corrupción. Que tenga presente una memoria colectiva que haga honor a la verdad, justicia y reparación. Que ponga el pacto de Estado contras la violencia machista sobre la mesa de lo urgente. Que vaya cambiando el modelo productivo y la política económica. Que garantice los derechos sociales básicos, promocione la cultura, la paz y a solidaridad. Y con un modelo territorial federal y solidario, apostando por el municipalismo para transformar el entorno inmediato.

Es momento de actuar, de hacerlo conjuntamente con las gentes de la izquierda, con los movimientos sociales y con todas aquellas personas que no se resignan a vivir en este modelo de pobreza social.

Publicado en diario16.com

Volver a empezar

De la misma forma que ocurre después de una relación sentimental fracasada o al asumir la ruina de un proyecto profesional en el que se ha invertido mucho esfuerzo, una gran mayoría de las gentes de la izquierda tenemos hoy una sensación de hastío y decepción. Aburrimiento, malestar. Incluso a algunos nos ha embargado un sentimiento de orfandad política.

Pasado el esperado y mediático cónclave de Vistalegre II, no se vislumbra la línea del horizonte. Nada. Ni una propuesta política de calado, ni una alternativa de ilusión por parte de esta organización en la que muchos y muchas habían depositado sus esperanzas de cambio.

Podemos irrumpió en el panorama político con la promesa de que estábamos ante un proceso de empoderamiento de los de debajo de un régimen ya abatido. Pero la cruda realidad es que el balance en su aún breve historia, constatado en su segunda asamblea ciudadana, arroja una verdad: han logrado poco más que sustituir a IU en las instituciones. Ah, y otra cosa: ayudar a generar en el PSOE un debate interno sin precedentes en todos sus años de democracia.

Pensemos en la sociedad que nos ha dejado el último lustro. Toda la ilusión de cambio generada a partir de mayo de 2011 ante la posibilidad de una alternativa real de gobierno ha sido evaporada. El partido hegemónico en la derecha, practicando sus cotas más altas de políticas antisociales y de corrupción, no solo sigue en el poder, sino que los recientes barómetros coinciden en que en unas próximas elecciones volverían a vencer. Mientras, la movilización social está ausente, o a muy baja intensidad, cuando sería lo lógico estar a diario en las calles. Nos guste o no, este es el escenario actual.

El desafío para la izquierda es gigantesco y todo son palos en la rueda. Debemos poner las bases para una reconstrucción realista y seria atendiendo a la diversidad y el pluralismo, sin perder de vista la responsabilidad que nos une. Hemos de reconectar con los trabajadores y trabajadoras, con sus problemas. El momento es muy convulso como para seguir cuestionándolo todo con discursos facilones. La tendencia al populismo vacío se ha impuesto como línea política, hasta hacer de esta última una necesidad social algo irrespirable.

Me parece que toca ponernos manos a la obra de forma urgente para defender los valores y principios de una democracia vapuleada y maltratada, tanto por las políticas regresivas de los gobernantes, como por la de quienes, de forma torticera, han jugado peligrosamente con ella.

Pensábamos que las democracias estaban más que consolidadas en Occidente después de la II Guerra Mundial; que los altos grados de desarrollo social, tecnológico y económico eran incuestionables y perennes. Que el mero hecho de contar con una constitución lo soportaba todo. Sin embargo, el tiempo ha demostrado que de nada sirve dotarse de un buen texto si no hacemos por su protección y cumplimiento.

Todas las alarmas están encendidas y necio (o de la minoría beneficiada) es quien no lo quiera ver. El Brexit ya fue una llamada importante a que todo es cuestionable. También lo hemos visto con Trump, un multimillonario sin escrúpulos, disfrazado durante meses de líder antisistema del pueblo, que conduce a la población norteamericana hacia el corazón del capitalismo más salvaje, el racismo, el clasismo, el machismo y una larga lista de retrógrados “ismos”. Y en Europa, puede recoger el testigo la ultraderecha, entrando como un devastador caballo de Troya en las heridas democracias del Viejo Continente.

Insisto, toca ponerse el mono de trabajo. Combatir la tendencia al facilismo y el cinismo. Toca hacer pedagogía en cada ámbito de la sociedad para explicar y entender por qué hemos llegado hasta aquí. Toca poner en valor conceptos como los cambios posibles y concretos para conseguir avanzar en solidaridad, justicia social, libertades públicas, lucha contra la pobreza y la desigualdad, los derechos sociales, el feminismo, el ecologismo y la cultura alternativa.

En definitiva, toca trabajar en la construcción de una izquierda política y social creíble cuya seña de identidad no sea decir lo que la gente quiere oír, sino la del trabajo solvente por una alternativa real de transformación social.

Pasar a la acción para construir el cambio: moción de censura

Ante la última oleada de detenciones y peticiones de declaraciones en los juzgados de distintos cargos públicos del Partido Popular, es inevitable recordar, una vez más, el cómo pudo ser posible que la izquierda política no fuese capaz de derrotar a este partido, que se ha convertido en el gran impedimento de cambio que necesita nuestro país. Por no hablar de lo incomprensible que es que la oposición en su conjunto no se haya puesto de acuerdo para pedir una moción de censura al mismísimo Rajoy. Razones y motivos sobran.

Porque no es sólo una cuestión de corrupción, que como estamos viendo debilita de forma grave a las instituciones públicas y en consecuencia a la propia democracia. Las irregularidades de gobernantes nos invocan, nos recuerdan y se unen a una forma de gestión de esta crisis política, económica y de valores que está siendo devastadora para la ciudadanía y nuestra sociedad.

La resignación y el hastío de una gran parte de las capas populares aumentaron en 2016 ante una repetición de elecciones por falta de entendimiento político a finales de 2015. Vivimos 315 días de gobierno en funciones de un Ejecutivo cesado (que actuó como si no lo estuviera) para, al final, facilitar el mantenimiento en el poder de Mariano Rajoy y de un Partido Popular que nos están dando más de lo mismo (y para mayor evidencia del fracaso, ahora desde la minoría). Decepción absoluta.

Después de lo vivido, lo soñado, lo acariciado y lo frustrado, es hora de volver a preguntarse si es posible una construcción de una izquierda que sea alternativa real. Y hay que volver a decir alto y claro que sí. A pesar de todas las evidencias, del sentimiento de impotencia, de la división profunda que ha imposibilitado cualquier acuerdo en los últimos meses, es posible y necesario. Una construcción en la que no cabe otra que huir de sectarismos y cualquier línea roja previa para promover un consenso mínimo. O hacemos eso, o la derecha seguirá reforzándose y llevándose por delante todos los logros sociales, derechos, libertades y, por supuesto, la riqueza de nuestro Estado.

Llevamos debatiendo y teorizando mucho sobre esta idea, pero toca de nuevo llenar las alforjas y pasar a la acción. Para empezar y hacerlo bien es imprescindible salir de la senda del dogmatismo, la sobreactuación y afrontar con seriedad el diálogo, la amabilidad y una demostración sincera de que la unidad, hoy, es el único camino para vencer a la derecha.

No es necesario borrar la identidad de nadie. Todo lo contrario. La izquierda ha sido y sigue siendo plural en su esencia. Discrepa. Le importan mucho los matices. Son rasgos positivos que no hemos sabido aprovechar. No se trata de ocupar un espacio que ya existe. Se trata de unirlo, tejer una mínima red de acuerdos que eviten de una vez por todas que muchas gentes de la izquierda empiecen a sentirse huérfanas políticas por culpa del sectarismo y la ausencia de sensatez de unos y otros.

Con ese ánimo nace Actúa. Una plataforma, un espacio de reflexión, de diálogo y de intervención política en el que participamos personas de diferentes ámbitos profesionales y procedencias del maremágnum de la izquierda y con el que pretendemos impulsar esa unión entre diferentes sectores de la sociedad. Somos conscientes que ni somos ni queremos ser los únicos, pero sí que queremos trabajar por una causa urgente: provocar el cambio político, regenerar la democracia y las instituciones, recuperar la sensibilidad social, apostar por lo público, redistribuir la riqueza, cambiar el modelo productivo… Todo ello pasa, necesariamente, por acabar con el gobierno del Partido Popular. De ahí que nuestro primer llamamiento sea a los partidos de la oposición: ¿para cuándo una moción de censura?

Publicada en diario16.com

 

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