El tiempo no es una mercancía

Siento una vieja lealtad por las mañanas frías. El aire parece más limpio, el mundo más ancho y la piel de la cara me responde como una materia inteligente. Se trata de uno de esos estados de la ciudad en los que me siento parte de la naturaleza. Supongo que vivo la sensación alegre del frío con el peso acogedor del recuerdo. El camino del colegio en los meses de invierno y las citas dominicales en la estación del tranvía para iniciar una excursión por la sierra me enseñaron a convivir de manera alegre con el frío. Granada es una ciudad del Sur que vive bajo la nieve. Es una ciudad pensativa y rinde más con el frío.

Antes de subir a la Facultad, voy a darle un beso a mi padre que tiene 91 años y está enfermo. Cruzo el Puente Verde y los Jardincillos del Genil, un territorio que se me llena de bicicletas, travesuras, rodillas arañadas y juegos. Subo las escaleras de un vecindario lleno de fantasmas amables y entro en la casa. Allí están los viejos muebles, la misma estantería en la que descubrí algunos libros decisivos. Allí están las cosas del pasado que no paran hoy de preguntarme por el porvenir. ¿Cómo nos organizamos mañana? La enfermedad es tristeza, pero también supone una inquietud práctica que ordena las horas del día y las preguntas sobre el tiempo. ¿Cómo has pasado la noche? Resistir es tomar conciencia de cada despertar, una curiosidad sobre el pasado, una afirmación del presente que esconde su interpelación sobre el futuro.
Mi madre, que ha cumplido los 81 años, me pregunta si me he subido ya en el metro. Acaban de inaugurar en Granada una línea que cruza la ciudad de norte a sur con trayectos subterráneos y zonas al aire libre. Mi padre y mi madre cuentan que hace unas semanas fueron con mi hermano Manolo a darse un paseo en el metro y descubrieron una nueva ciudad. Como tengo un poco de tiempo, decido ir a conocerlo. Si me bajo después en la estación de Renfe, tomo un taxi y en diez minutos estoy en la Facultad.
El paseo hasta mi infancia me ha puesto en contacto con el futuro. Resulta ahora inevitable que la búsqueda del futuro me devuelva al pasado. Para llegar a la estación de metro cruzo delante del colegio de los Padres Escolapios y de la Fundación Francisco Ayala. En cada paso del camino hay mil recuerdos que no son una galería de imágenes, sino un estado de ánimo. Y cuando entro en la estación de Alcázar Genil, la realidad me ofrece un escenario perfecto para ese estado de ánimo, porque la obra pública más moderna, con sus dimensiones de cristal y sus escaleras mecánicas, se integra en los restos arqueológicos de una naumaquia almohade. Todavía hay algo más: la estación es obra del arquitecto Antonio Jiménez Torrecillas, un amigo que murió hace poco más de un año.Llego a la Facultad con el tiempo justo para pasar por el despacho, recoger dos libros y bajarme a clase. Los alumnos me esperan desde su juventud para que hablemos de literatura. La necesidad de contar surge del deseo humano de que se conserven las historias que el olvido y la muerte condenan a la desaparición. Cuando alguien muere, desaparece un mundo lleno de visiones íntimas y escenas colectivas: una relación con el frío, el olor de una biblioteca, una memoria particular del amor y de las ilusiones.

Contar supone también el deseo de buscar interlocutor, de consolidar una comunidad, de mantener la alianza profunda entre los viejos y los jóvenes, entre las historias del pasado y los ojos que miran con la inquietud del futuro. La mercantilización del tiempo, los días con prisa de usar y tirar, los seres humanos concebidos con fecha de caducidad, pretenden romper esa alianza.  Los poemas y las novelas, les digo a mis alumnos, se niegan a la miserable mercantilización del tiempo.

Las barbaridades de la democracia

Una de las debilidades argumentales de muchas reflexiones que critican la Transición y el llamado Régimen del 78 es la idea de que existe un modelo de democracia perfecta. Haber renunciado a ese modelo supuso por ello una traición al pueblo. Los que así piensan no saben ni lo que es una dictadura, ni lo que es una democracia, ni lo que era el pueblo español en la década de los 70.

Una dictadura es un régimen en el que la falta de libertades facilita la impunidad absoluta del poder a la hora de fijar las leyes o de violarlas ante la indefensión absoluta de las ciudadanía. Cuando se sufre una dictadura, salir de ella es la tarea principal de los partidarios de la democracia. Salir de nuestra dictadura costó años de lucha, torturas, ejecuciones y soledades. Lo del antifranquismo generalizado y militante es una quimera. La mayoría de la gente, incluso los no identificados con las glorias del Régimen, evitó en lo posible meterse en problemas y se dedicó a disfrutar del desarrollo industrial iniciado en la década de los 60.

Las críticas a la Transición son injustas cuando generalizan una misma voluntad entre actores diferentes. Y sirven con frecuencia para encubrir responsabilidades posteriores. Como no existen paraísos, ni tierras prometidas, ni sociedades perfectas, cualquier democracia es un lugar lleno de conflictos, corrupciones posibles, derechos que reivindicar y objetivos que cumplir poco a poco. Cuando hablamos, por ejemplo, del olvido de las víctimas del golpe de 1936 y de la larga dictadura, más que responsabilizar a la Transición, estaría bien que pensásemos en gobiernos posteriores, autoridades de una democracia ya consolidada que pudieron buscar la verdad, la justicia y la reparación sin la sombra de un ejército golpista y de una policía amenazante.

La permanencia de élites económicas franquistas en 1976 resultaba más que previsible. Lo grave es que se hayan perpetuado durante décadas. Culpar al año 78 de todos los fracasos, significa desconocer la historia real y sirve para ocultar las responsabilidades del año 82, o de 1996, o de 2008, o de 2011, o de 2016. Sirve también para crear una dinámica de doble olvido: antes se olvidaban las víctimas del franquismo; ahora se olvida el valor de muchos logros conseguidos durante la puesta en marcha de la democracia. Y esto es grave, porque nos impide comprender la importancia de los retrocesos profundos que está sufriendo la sociedad española. Si la inquietud de la ciudadanía progresista se relacionaba antes con el modesto desarrollo de la democracia en los ámbitos laborales, económicos, institucionales y de servicios públicos (la sensación de no haber llegado hasta donde se podía llegar en la transparencia y la igualdad), la inquietud de ahora se agrava por la conciencia de una dinámica de retrocesos que rozan cada vez más la barbarie. Por desgracia, es la deriva de muchas democracias en el mundo.

El Partido Popular está llevando a España a un estado de barbarie democrática con sus políticas. Basa el desarrollo económico en la desigualdad y en la ambición desmedida de unas élites que utilizan el Estado en su propio beneficio. Son también bárbaros los espectáculos de corrupción, y bárbaro es que no haya dimitido como presidente de Gobierno el responsable máximo de un partido que preparó campañas electorales con dinero negro y que hizo de la compra y venta de favores su modo natural de funcionamiento.

Pero por mucho que indigne la corrupción, lo más escandaloso que estamos viendo en estas semanas es la utilización por parte del Partido Popular de padres y madres de las víctimas de crímenes mediáticos para justificar y ampliar la prisión permanente revisable, eufemismo que consagra la cadena perpetua. La Orestiada de Esquilo representa en la cultura clásica un extraño ciclo trágico porque quiso acabar medio bien. Necesitaba representar el momento en el que la Venganza era sustituida por la Justicia. Valiéndose de un populismo degradador, quien utiliza a los padres y las madres de una víctima para modificar el Código Penal introduce de nuevo la venganza en los espacios de la justicia. El juez democrático es el encargado de velar al mismo tiempo por los derechos de la víctima y del delincuente. El Código Penal español es un buen ejemplo del deterioro democrático al que me refería más arriba. Cada reforma, ha limitado conquistas, añadiendo autoritarismo.

Siglos de pensamiento jurídico han demostrado que el endurecimiento de las penas no sirve para lograr una sociedad más segura. Pero el pensamiento tiene poco que decir cuando los gobernantes están dispuestos a jugar con las emociones de manera mezquina. Las emociones pueden servir para movilizarnos en nombre de la convivencia y la justicia o para empujarnos hacia el odio y el miedo.

Que hayamos llegado hasta aquí es un síntoma de que la democracia se pudre de manera alarmante en España y en Washington. Quizá si dejamos de pensar en el 78 conseguiremos explicarle a la gente lo emocionante que es confluir en la defensa de la sanidad pública, el trabajo decente y el deseo de igualdad.

Elegía e himno en favor de la política

Me he repetido muchas veces, como mucha gente se ha repetido, que el conflicto catalán estaba sirviendo para ocultar los otros conflictos que afectan a la sociedad española. Hay dos muy sonoros: la corrupción y la desigualdad. Por dura que sea la desigualdad social generada por el neoliberalismo galopante, por muy escandalosa que haya sido la corrupción representada por el PP y Convergència, la política española ha estado marcada por un debate de banderas.

Para pensar las cosas en serio no basta con comprender la superficie de esta ocultación. Hay que hacer un esfuerzo por buscar otros lazos entre corrupción, desigualdad y banderas. Que al nacionalismo catalán y a la derecha española le haya sido tan fácil ocultar la desigualdad social generada por sus propias políticas económicas con la excusa del enemigo externo se debe desde luego a una pérdida radical de prestigio de la política. La sospecha sobre la política, tan acrecentada por la corrupción o por su incapacidad de solucionar los problemas de la gente, no sólo ha generado desprecio para los políticos, sino que ha servido también para hacer desaparecer a la política de los ámbitos de actuación social.

Más que debates ideológicos, la gente se moviliza por Causas. El pensamiento democrático ha demostrado a lo largo de los años, con estudios jurídicos y sociológicos de calado, que el endurecimiento de las penas no provoca una reducción de los delitos y que la cadena perpetua o la pena de muerte sólo sirven para confundir la justicia con la venganza. El asesinato de una pobre muchacha y la infamia de un canalla particular, rumiados por los medios de comunicación de forma impudorosa, permiten que el padre de la víctima acumule firmas en favor de la prisión permanente renovable, o sea, una nueva forma de cadena perpetua. Quien quiera salirse de la lógica de la indignación primaria corre el peligro de quedarse fuera de la dinámica social.
 Eso es lo que ha ocurrido también en el debate catalán. Parecía obligado elegir un bando para gritar. El nacionalismo catalán representado por Pujol y sus herederos ha mantenido una doble estrategia durante años: jugó a hacer política de Estado, pero al mismo tiempo invertía dinero y muchos esfuerzos en convertir su ideología en un movimiento social no dirigido por políticos. Cuando Puigdemont comprendió el pasado mes de octubre que la única salida sensata para el proceso era la política (una convocatoria de elecciones desde la propia Generalitat), no tuvo fuerzas para tomar la decisión, atemorizado por una dinámica que lo sobrepasaba.

Divertidos o indignados con su fuga a Bélgica y sus mensajes telefónicos, pocas personas parecen dispuestas a pensar en el paulatino empobrecimiento de la cultura catalana, la más viva de España durante décadas, conducida por el nacionalismo hacia una realidad provinciana cada vez más triste. Al calor de los enfrentamientos, nadie se para a pensar que el catalán, una lengua minoritaria en una realidad globalizada, sólo puede resistir y demostrar en el mundo su altísima tradición y su muy importante literatura, con la ayuda de una lengua hermana como la española, que se acerca a los 500 millones de hablantes y que se extiende de manera veloz sobre el futuro junto al chino y el inglés. ¿De verdad que nadie puede vivir como propio el empobrecimiento de algo que tiene al lado?

En la otra parte del conflicto, la más responsable porque ocupa una posición de fuerza, parece que nadie es consciente de la degradación que supone para la democracia española haber renunciado a la política en favor de las consignas patrióticas, la policía y los jueces. Y el problema se ha acrecentado también cuando los jueces olvidaron su oficio, como los políticos el suyo, y se dedicaron a participar en las Causas y las indignaciones patrióticas o populares más que en la aplicación de la ley. Entre la corrupción y sus órdenes en el conflicto catalán, el PP ha colocado a España en un lugar vergonzoso en el panorama internacional.

Cuando hablo de empobrecimiento, me interesa más la cultura que la movilidad empresarial, porque los dueños del dinero tienen siempre un mismo objetivo, ya estén en Madrid, Valencia, Sevilla o Barcelona. También el proceso nacionalista ha empobrecido mucho la cultura española. Algunas de las mejores cabezas de nuestro pensamiento han acabado en fabricadoras de libros o artículos baratos de autoayuda para votantes de Ciudadanos.

El caso es que estamos sin política, en manos de una lógica patriotera que nos acerca a lo peor de los movimientos nacionales que infectan la vida europea de vientos reaccionarios. El intento de crear un nuevo patriotismo basado en la reclamación popular de dignidad democrática y servicios públicos decentes ha sido borrado por el viejo patriotismo de las banderas manchadas de soberbia y autoritarismo. Que la experiencia de la gente sencilla, afectada por la explotación, se identifique con estas banderas y busque sus salvadores en sus verdugos, es el máximo problema que tiene hoy una izquierda en fuera de juego.

Para abordar este problema, para imaginar sus cambios constitucionales, sus acuerdos y su necesaria recuperación de la política, me parece conveniente cuidar un equipaje ético con dos ideas fundamentales. Una: la gente no es tonta y gusta de las cosas normales. Dos: al margen del Estado de derecho, sólo tiene futuro la ley del más fuerte.

Publicado en InfoLibre.es

Las identidades: ¿de dónde vengo yo?

Después de tantas semanas de discusiones sobre la identidad, las raíces y las singularidades de los demás, aprovecho que la casa está sola y llena de sombras para preguntarme: ¿de dónde vengo yo? Quien pretende ser algo más que una superficie en el espejo, sabe que la cuestión de la identidad suele convertirse en una pregunta, incluso en un interrogatorio.

Soy de otra época, conviene reconocerlo. A lo largo de los años me acostumbré a ir de la vida a los libros y de los libros a la vida. Así que me levanto y busco en mi biblioteca un libro publicado en 1971 por Ruedo Ibérico, la editorial antifranquista fundada en Francia. En la cubierta se reproduce en gris la fotografía de una fosa común, junto a un título en tinta roja oscura, casi el color de la sangre cuando empieza a secarse: La represión nacionalista de Granada en 1936 y la muerte de Federico García Lorca.

El libro de Ian Gibson llegó a mis manos a través de un compañero de bachillerato en los Padres Escolapios de Granada. Hasta entonces García Lorca había sido un sentimiento familiar, el mundo de metáforas y emociones descubierto en la biblioteca de mis padres. Pero en aquel libro de Gibson, la figura del poeta se transformó en una historia más ancha y larga, la historia de mi ciudad, la sombra de alguien que había caminado por mis calles y que había muerto, ejecutado por sus vecinos y mis vecinos, veintidós años antes de que yo naciera. A medida que sabía los detalles de un recuerdo, la ciudad más inmediata se llenaba de incógnitas, secretos, silencios y olvidos. La cercanía de un lugar nos hace vivir sobre lo que desaparece; somos vida en aquello que hay y en lo que ya no está.

Recuerdo una frase del prólogo, sin importancia aparente, que me llamó la atención: “Federico García Lorca, conocido en toda España por Federico…”. El poeta famoso, el autor de teatro aplaudido, tenía una presencia de amigo íntimo. No se le llamaba por el nombre y los apellidos, como ocurre en los manuales de literatura y en las listas de los profesores de un colegio, sino sólo por el nombre. La intimidad particular vivida en el salón de casa de mis padres salía en busca de los demás y me hacía participar en algo común, un mundo colectivo que me sacaba de mi casa.

El nombre de Federico y la historia de represión y muerte contada por Gibson me llevaron en primer lugar a la Huerta de San Vicente, el hogar de la familia García Lorca cuando estalló en Granada el golpe de Estado de 1936. María y Evaristo, una pareja bondadosa que por entonces guardaban la Huerta, comprendieron la emoción del adolescente que miraba desde fuera los balcones cerrados, y me abrieron la puerta para que pudiese entrar en un mundo en el que se respiraba la historia de Federico, la vida cotidiana de una familia arrojada al exilio y la alegría resistente de un mundo de pintores, poetas y escenógrafos que se negaba al olvido y a la represión.

Poco después empecé a subir monte arriba hasta los barrancos de Víznar y Alfacar. Miles de granadinos habían sido asesinados y enterrados en las fosas comunes de un paisaje que me llenó de una emoción íntima y definitiva, como la luna de los poemas de García Lorca leídos en la edición de Obras completas de la editorial Aguilar. Allí estaban los republicanos, los demócratas, los profesores universitarios, los sindicalistas, los socialistas, los comunistas, los poetas, hombres y mujeres que formaban ya mi pasado, una identidad difícil hecha de realidades y de sueños en busca de la libertad, la igualdad, la fraternidad, la justicia social y la decencia.

Vuelvo a la biblioteca para buscar ahora un libro mío, Completamente viernes (1998), en el que celebré una historia de gran amor. Releo un poema, viajo a Granada, le digo a mi amante madrileña que voy a presentarle a mi familia y subo con ella al barranco de Víznar. Mira, aquí están mis muertos, estas son mis raíces. De aquí vengo, aquí me pregunto quién soy yo, sólo desde aquí puedo pronunciar las palabras verdad y amor. Aquí vengo a decir te quiero. Aquí está la biblioteca de la casa de mis padres, pero también un mundo colectivo y solidario, una historia de injusticias y resistencia, una voluntad universal que borra los apellidos, para llamar a los deseos y a las cosas por su nombre.

Publicado en InfoLibre.es

Un lugar limpio y bien iluminado

Cuando murió Ángel Gonzálezhace ahora 10 años, Joan Margarit escribió el poema “Orden”, incluido después en su libro Misteriosamente feliz (2008). Se trata de la meditación de un hombre mayor que se ha acostumbrado a convivir en un mundo en el que ya habitan más muertos que vivos. Después de cumplir 70 años, las pérdidas iluminan una intimidad, son las lámparas de una habitación usada por las huellas del amor y del espanto. La experiencia de la vida y la memoria enseñan a buscar un orden en el que sobrevivir, un lugar limpio y bien iluminado. Para el poeta catalán, eso significan los libros de Ángel González.

Joan recuerda un cuento breve de Hemingway titulado así: “Un lugar limpio y bien iluminado”. La escena trascurre en un café en el que dos camareros hablan mientras esperan a que un anciano acabe de tomarse su última copa de coñac. El camarero joven tiene prisa, quiere cerrar para irse a su casa en donde le espera una mujer. El camarero mayor pide paciencia y habla de la tristeza rara del cliente. Aunque le sobra el dinero, es un borracho infeliz, hasta el punto de haber intentado suicidarse. En el último momento, una sobrina cortó la cuerda de la que colgaba.

No se saben muy bien los motivos de su desolación íntima, pero acude todas las noches a pedir copas de coñac; apura los tiempos y resiste silencioso, encerrado en su sordera, como el bebedor molesto y tardío que impide cerrar. Conviene vigilarlo, porque a veces está tan ebrio que olvida pagar la cuenta. Hay mucha gente anónima con desolaciones secretas. El camarero mayor, que sabe por experiencia propia de qué va la historia, esa historia particular y multitudinaria, intenta mantener abierto el café para las soledades que conviven con la pérdida. Necesitan un lugar limpio y bien iluminado en el que refugiarse.

El camarero mayor forma parte de los personajes que no quieren irse a la cama en un cuarto frío. Reza el padre nuestro de la nada. Nada nuestra que estás en la Nada, Nada sea tu nombre, Nada tu reino, Nada tu voluntad, así en la Nada como en la Nada… De ahí que comprenda la importancia de mantener abierto un lugar en el que sea posible un orden hospitalario.

Tiene razón Joan: así es la poesía de Ángel González, un lugar limpio y bien iluminado. Los amigos recuerdan con frecuencia su espíritu trasnochador, sus diálogos con el último whisky y la luz incierta del amanecer, el modo en el que saludaba a las tentaciones propias y ajenas. Pero el costumbrismo alcohólico tiene poca importancia, si no es para recordar que, en un tiempo hostil, clerical, falto de libertad, propicio a la culpa y al odio, el tiempo de la dictadura franquista, la amistad y las copas nocturnas se convirtieron en espacios de complicidad con la vida y con una alegría reconquistada. Lugares propicios para hacer el amor.

Quizá por eso su poesía se convirtió en un lugar limpio y bien iluminado. La palabra que ahora vive en sus libros es lúcida, no se engaña con falsas ilusiones, conoce de cerca la derrota y el fracaso, ha perdido una guerra y ha sufrido por amor. Al mismo tiempo es limpia, y no sólo porque se negó a convertir la estética en una mascarada para ocultar el vacío o la realidad, sino porque del dolor, la ironía y la inteligencia surgió siempre una vitalidad desesperada, una complicidad inagotable con el hecho de existir, una verdad capaz de darle consistencia a palabras tan gastadas como justicia, solidaridad y libertad. Más de una vez me dio su tarjeta de crédito para que fuese al cajero del banco a sacar dinero. La contraseña era 3139, los años del inicio y el fin del la Segunda República Española, ese país machadiano del que fue heredera su poesía.

El título de su segundo libro es hoy una consigna para los que no quieren renunciar a su conciencia y mantienen una mirada democrática sobre la barbarie del mundo: Sin esperanza, con convencimiento. Todo gran poeta hace su poesía particular, pero habla en nombre de la Poesía. Con un libro de Ángel en la mano, siento hoy que la Poesía, toda la Poesía, palabra sobre palabra, es eso: un lugar limpio y bien iluminado.

Publicado en InfoLibre.es

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.Actúa

ACEPTAR
Aviso de cookies