El Minotauro en su laberinto

Agotado como estaba por los interminables casos de corrupción protagonizados por sus hombres de confianza, que no cesaban de verse arrastrados ante los tribunales. Señalado por la ciudadanía como el responsable de las desmedidas calamidades, incluida la revuelta en los Condados Mediterráneos y de las hambrunas en la imperial piel de toro. Acompañado por una generalizada fama de inoperante, apático, e indolente. Encerrado en aquel remedo de laberinto cretense, al que llamaban la Moncloa. No se dio cuenta, nuestro Minotauro, de la que se le venía encima.

Confiando en su porte señorial y distinguido. Satisfecho y seguro con la buena forma que demostraban sus andares deportivos de buena mañana, el Señor del Laberinto se dedicó a cantar que los días del hambre habían pasado y que los vientos marinos comenzaban a traer aires de primavera.

Los cretenses mesetarios, los pueblos del mar y los de allende los mares, parece que iban comprendiendo que eso de meter la mano en el tesoro público era una costumbre ancestral de estas tierras, que nunca ha impedido que el oro vuelva a llegar desde los Nuevos Mundos, o que, tras las pertinaces sequías, nos invadan periodos de bonanza. Tan abundante, la bonanza, que suele terminar convertida en exceso de lluvia, diluvio, inundación.

En esto andaba, cuando fueron las mujeres de la sometida Atenas (diferentes en todo a las mujeres cretenses) y se lanzaron a las calles, exigiendo dejar de formar parte, junto a los jóvenes, de ese tributo anual que, por costumbre instaurada por el triunfante Minos, se depositaba a las puertas del Laberinto, para goce, disfrute y manutención del monstruo, mitad hombre, mitad toro.

En estas estaba el buen Minotauro, cuando también las abuelas y los abuelos se lanzaron por las calles exigiendo el cese de todo tipo de ofrendas de sangre humana. Eran ellos los que cubrían las bajas ocasionadas por los sacrificios, atendían a las familias, protegían a los menores y malvivían hasta el momento en que, cercados por la muerte, incapaces de soportar el abandono y la desidia de sus opulentos gobernantes, se arrojaban al mar desde el más alto de los acantilados.

Sabían, los verdaderos dueños del Laberinto (que no eran, por supuesto, ni el rey Minos, ni su esposa Pasífae, la que engendró al Minotauro tras su escarceo con el Toro de Creta), que el tiempo se acababa y preparaban en secreto el relevo del Minotauro, por un personaje de arcilla, de apariencia más amable, juvenil y humana, al que habían conseguido insuflar vida.

Sólo faltaba que el descontento cundiera entre otros sectores de la ciudadanía. Más valía, incluso, que enviaran a los voceros a anunciar de dónde vendría el asalto final al Laberinto. Que los foros, las ágoras, los mercados, comenzaran a hablar de estas cuestiones. Era importante determinar por dónde debería comenzar la conquista del Laberinto. No para evitarlo, sino para pilotarlo, como barco en la tempestad y conseguir que todo cambie, para que todo siga igual.

No ha de venir el ataque del lado de la costa. Los farallones se alzan imponentes frente al mar y cierran el paso a los que vienen de fuera, surcando el Mediterráneo en precarias chalupas, buscando pan, o huyendo de las frecuentes guerras que asolan lejanas tierras.

Tampoco parece concebible, que quienes malviven en los extrarradios del puerto de Heraklion, esperando que algún comerciante contrate sus prescindibles servicios, estén en condiciones de otra cosa que intentar sobrevivir a las sequías, las inundaciones, a la falta de trabajo y al omnipresente miedo, alimentado constantemente por los heraldos plenipotenciarios del Palacio, a que el Minotauro desborde los muros del Laberinto y siembre el terror en cada calle y casa a casa.

Bien pensado, tal vez podrían alentar una reedición de aquellas lejanas revueltas protagonizadas por los jóvenes en las calles de Cnosos, la capital, cuando cansados de mendigar un empleo, una ayuda, un puesto entre quienes eran considerados ciudadanos, hartos de tener que partir de su tierra en busca de la Atlántida, se arremolinaron en el ágora y permanecieron allí acampados, hasta que los rigores del verano hicieron aconsejable que se retiraran a lugares más frescos.

Si ahora volvieran a las andadas, tal vez los días del Minotauro estarían contados. Por eso, los dueños del Laberinto estudian concienzudamente los enigmas de las esfinges, las profecías de las sibilas, las adivinaciones contenidas en los misteriosos oráculos, porque hay que anticiparse a las convulsiones que se avecinan.

Si saben encarrilar y conducir las revueltas en ciernes podrán construir un hermoso relato, con tintes épicos, según el cual un príncipe heredero, venido del Condado Mediterráneo, con la ayuda impagable de la mismísima hermana del Minotauro, traspasa las puertas del Laberinto, vence al monstruo y abre el camino de una nueva Transición que habrá de durar, cuando menos, un par de generaciones.

Como acabaremos descubriendo pasados los siglos, el Príncipe de Lampedusa, escritor de epopeyas, pondrá en boca de su héroe, el también Príncipe de Salina (aquel en cuyo escudo de armas lucía un Gatopardo), aquella lapidaria frase, Mientras hay muerte, hay esperanza.

Publicado en Diario16.com

Mucho bono eléctrico, poca chicha social

Hace justo tres meses publiqué un artículo que se llamaba “Un bono social que no funciona”. Hablaba del bono social que aplica el canal de Isabel II y que resulta infrautilizado por quienes deberían poder beneficiarse del mismo.

Ahora me encuentro con que, sin duda alguna, preocupados por el problema de la pobreza energética, nuestros gobernantes han decidido hacer algo al respecto y rebajar el coste del consumo eléctrico para personas mayores y con bajos ingresos.

Mi madre es una de esas personas que percibe una escueta y mínima pensión de viudedad y se beneficia de un descuento por bono social que calculo equivale a un 20 por ciento del total de la factura. Un descuento que, en el caso de mi madre, viene a suponer unos 3´5 euros.

Acaba de recibir, la buena mujer, una carta, junto a la factura de electricidad, en la que la empresa “comercializadora de referencia”, le comunica que han entrado en vigor las nuevas condiciones de aplicación al bono social que supone un descuento en la factura sobre el precio voluntario para el pequeño consumidor (PVPC).

Ya tiene delito este eufemismo de “Precio Voluntario”, como si ese “Pequeño Consumidor” tuviera algo que decir respecto al precio de la electricidad, o sobre su factura. Lo que ya es de juzgado de guardia, o al menos asunto de Derechos Humanos, o Defensor del Pueblo, es lo que viene a continuación.

A sus 94 años, mi madre (imagino que como las madres de cada uno de ustedes) ha recibido, en la carta, una batería de direcciones de correos electrónicos, páginas web, teléfonos, correos postales y “puntos de Atención” (estos ya sin dirección concreta a la que dirigirse), para solicitar la aplicación del bono social en su factura.

También deja bien claro, la carta, que esta solicitud deberá ser cursada antes del 10 de abril de 2018. Al parecer, le mandarán el formulario a casa y deberá entregarlo, una vez relleno, a través de los medios indicados anteriormente y acompañado de la acreditación de su condición de pensionista, fotocopia del DNI, última factura, Certificado de Empadronamiento, Libro de Familia. Creo que es todo.

Y yo me pregunto. Si mi madre tenía descuento por bono social eléctrico y demostró reunir las condiciones. Si se trata, de verdad, de mejorar su situación. Si la compañía eléctrica ya tiene su factura. Si una administración no tiene que pedir nunca al administrado aquello que ya obra en su poder. Si una compañía eléctrica no tiene por qué tener y procesar datos personales que no son de su incumbencia. Entonces ¿por qué mi madre, perceptora de una pensión muy por debajo del umbral de la pobreza, tiene, una vez más, que demostrar la evidencia?.

Mi madre, la tuya, está claro, no lo hará. Tendremos que demostrar nosotros que tu madre, mi madre, son pobres. O, a lo mejor, perdemos más tiempo y dinero, en resolver tanto papeleo y requerimiento. De nuevo, un caso práctico, de cómo una necesidad genera una política que se anuncia a bombo y platillo, para que luego todo quede en nada, o en menos que nada, en virtud de los reglamentos de aplicación, los requisitos extemporáneos, las cautelas desmedidas, la inoperancia programada. Me cabe una pregunta. ¿Es cosa del Gobierno? ¿Es cosa de las eléctricas? ¿Actúan a pachas? Mi madre dice que nos engañan, todos nos engañan, siempre nos engañan.

Publicado en madridesnoticia.es

El derecho a la pereza

No penséis que os hablé del Bicentenario de Carlos Marx para dejar, tan sólo, un rastro de historia pasada, por si alguien se animaba a tirar del hilo y traer hasta nuestros días el recuerdo de un personaje que ha perdido mucha actualidad desde que el Muro de Berlín se desplomó, aplastando la iglesia construida sobre la sólida piedra de aquel hombre llamado Karl, ese nombre con el que los germanos designaban al hombre libre.

Afirmar que Marx ha perdido actualidad, ante el fracaso del marxismo-leninismo, el estalinismo, o la deriva capitalista del maoísmo, sería tanto como proclamar el fracaso de Cristo, a la vista de la deriva de su iglesia, extraviada en las guerras de religión, enredada en los tribunales de la Inquisición, la quema de brujas, las persecuciones de judíos, o señalada como cómplice necesaria en los desmanes de la colonización americana. La de los católicos en el Sur y de los protestantes en el Norte.

Quien controla el pasado controla el futuro y quien controla el presente controla el pasado. George Orwell

Por no hablar de escándalos más recientes que tienen que ver con las finanzas e inversiones vaticanas, o el protagonismo de algunos clérigos en episodios demasiado frecuentes de abusos sexuales. En fin, que prefiero pensar que la vigencia de Cristo se ventila más en EllacuríaCasaldáligaVicente Ferrer, el Padre Llanos, o los obispos GerardiRomero, o Desmond Tutu.

Quien controla el pasado controla el futuro y quien controla el presente controla el pasado, decía George Orwell. Eso intentaba el artículo, mirar desde el presente hacia nuestro pasado, para escrutar el horizonte del futuro. Porque creo que quien quiera descubrir la vigencia del marxismo, tendrá que mirar más hacia Orwell, el joven Marx, o a su yerno Paul Lafargue, casado con su hija Laura Marx.

Ya sé que algunos me diréis que el tal Lafargue no tiene el mismo peso de los grandes teóricos del marxismo y que probablemente Marx no lo tendría en muy alta consideración como teórico, ni tal vez como yerno. Y, sin embargo, a la luz del tiempo implacable, cualquiera podría reconocer que la frescura de un opúsculo de medio centenar de páginas titulado El derecho a la pereza, tiene más vigor y poder de atracción que los sesudos textos de Lenin. Al igual que los de Orwell gozan de mucho más atractivo que los de su maestro Trotsky.

Eso, además de que Marx nunca podrá agradecer suficientemente a aquel español, oriundo de Cuba y de padre francés, que cambiara su confianza en Proudhon y Bakunin, para convertirse en defensor de Marx, Blanqui, o Engels. Así debieron de pensarlo todos ellos cuando le mandaron a la boca del lobo español, sabiendo que ya un tal Fanelli había obtenido una excelente acogida para La Idea anarquista, captando para la misma a personas sensatas y muy reconocidas en la I Internacional, como Anselmo Lorenzo.

Pablo Lafargue, exiliado con su esposa y su hijo en Madrid, huyendo de la represión de la revuelta de la Comuna de París, hizo cuanto pudo y consiguió atraer a los planteamientos marxistas a otros seguidores españoles de la Internacional, como Pablo Iglesias, Francisco Mora, o José Mesa. Ahí se encuentran los orígenes de la UGT y del PSOE.

Si a esto le añadimos que aquel hombre hizo feliz a su hija y que llegó a ser el primer diputado socialista en el Parlamento francés, no creo que Don Carlos tuviera nada que reprochar a su yerno. Sobre todo sabiendo que, después de El Manifiesto Comunista, escrito por el propio Marx y su amigo Engels, el texto marxista más leído y difundido ha sido El derecho a la pereza. Como propagandista y difusor de las ideas del suegro, no tenía precio. Cuando menos, así debió de reconocerlo el bueno de Engels cuando dejó un buen pellizco de herencia a la pareja compuesta por Laura y Pablo.

Si pensamos en cómo han evolucionado las cosas desde entonces y sobre todo en los últimos tiempos, una reflexión sobre el trabajo como la que plantea Lafargue, en una versión libre y tremendamente atractiva de la doctrina de Marx, sigue apuntando al centro del debate.

La sociedad capitalista se halla ante un dilema: avance al socialismo o regresión a la barbarie.

Friedrich Engels

Cuando los medios tecnológicos sustituyan masivamente a la mano de obra, habrá que pensar si ha llegado el tiempo de aplicar muchas de las reflexiones sobre la pereza que nos ofrece el yerno de Marx. Si nos resignamos a un futuro con empleos inestables, precarios, temporales y mal pagados. A una pobreza cada vez más general y extendida. A una brecha de desigualdad cada día más insalvable.

O, si por el contrario, ha llegado el tiempo de establecer fórmulas para un reparto justo de la riqueza, que permita comenzar la construcción de utopías de libertad como las que soñaron Platón, Bacon, Moro. Esas utopías que intentaron personajes como Vasco de Quiroga, en Michoacán, tal como nos cuenta Ernesto Cardenal en su hermoso poema Tata Vasco.

De nuevo, será el momento de elegir entre socialismo o barbarie. Que ya lo dijo un día Federico Engels, La sociedad capitalista se halla ante un dilema: avance al socialismo o regresión a la barbarie…

Bicentenario de un tal Marx

Te sonará a idea romántica. Unos amigos y amigas bastante desencantados con la marcha de la cosa pública en este país, y particularmente con los avatares de la izquierda política, andan preparando un libro conmemorativo del bicentenario del nacimiento de Carlos Marx. Quieren editarlo y entregarlo, como donación, en la Casa Museo de su lugar de nacimiento en Tréveris.

La verdad es que el tal Marx y su amigo Friedrich Engels, habían envejecido relativamente bien por estas tierras durante toda la dictadura franquista. Seguidores, o al menos simpatizantes, de sus tesis, sus antítesis y sus síntesis, su materialismo histórico y dialéctico, eran hasta los curas obreros, como el Padre Llanos, Francisco García Salve, o Mariano Gamo, precursores en España, de la Teología de la Liberación.

Pedro Casaldáliga, Alfonso Carlos Comín, José María Díez-Alegria, o Ignacio Ellacuría, bebieron de esas fuentes y, cuando algunos de ellos viajaron a América Latina y comprobaron que lo de las venas abiertas de Eduardo Galeano era literal y no una metáfora, se convirtieron en apóstoles, o agitadores (según se mire), de la Liberación de una Latinoamérica convertida en patio trasero del vecino del Norte.

No quiero ni imaginar lo que los dos amigos, Marx y Engels, hubieran pensado del comunismo experimental chino de Mao Zedong o el de Deng Xiaoping

Así iban las cosas, hasta que el PSOE decidió prescindir de tan ilustres pensadores, tras las peripecias de un Felipe González, que pareció tomarse como una afrenta personal el hecho de que el XXVIII Congreso socialista rechazase su propuesta de abandonar los principios marxistas como ideología oficial.

Tan personal fue el asunto, que se negó a dirigir una organización política que siguiera tras la senda de Don Carlos. Forzó así un congreso extraordinario, cuyo lema bien pudiera haber sido: Marx o yo. Bien conocido es quién tuvo que hacer las maletas y largarse del primer partido de la izquierda española. Esto ocurrió allá por el 79, en pleno proceso de Transición.

Para colmo, diez años después, algunas amistades peligrosas terminaron de dar la puntilla a Marx. Los regímenes comunistas del Este de Europa se fueron diluyendo como azucarillos, víctimas de los desafectos de sus propios pueblos. Habían sido fundados por algunos marxistas revolucionarios, como Vladímir Ilich Uliánov (alias Lenin, por el río siberiano Lena, donde vivió desterrado) y sus seguidores Iósif Vissariónovich Dzhugashvilli (más conocido como Stalin, el hombre de acero) y Lev Davídovich Bronstein (al que todos llamaban Trotsky, por el nombre de uno de sus carceleros, que utilizó para huir de Siberia).

Trotsky acabó sus días siendo víctima de un asesinato en diferido, cuando ya había huido a México para escapar de las garras de Koba el Temible (también conocido como el padrecito Stalin). Aquí se ve que nadie se llamaba como le pusieron sus padres en la pila bautismal y que cuanto más poder acumulaba uno, se hacía acreedor a más motes y apodos.

Así pues, el marxismo goza de buena salud en América Latina, pero no está demasiado bien visto en los países eslavos. No quiero ni imaginar lo que los dos amigos, Marx y Engels, hubieran pensado del comunismo experimental chino de Mao Zedong y del puesto en marcha por sus herederos, encabezados por Deng Xiaoping, para quien, No importa si el gato es negro o blanco mientras atrape ratones… ¡Enriquecerse es glorioso!

Por cierto, éste es el argumento proverbial que introdujo Felipe González en nuestro país, inaugurando así las importaciones indiscriminadas de productos chinos y la admiración de los políticos españoles, Esperanza Aguirre a la cabeza, por su modelo de comunismo capitalista.

El trabajo se encuentra amenazado por los cuatro jinetes de la Precariedad, la Temporalidad, la Pobreza y hasta el de la Desaparición

Si Karl Marx y su amigo Friedrich Engels volvieran para celebrar el bicentenario del más conocido de los dos, a la vista de la inmutable condición humana, tal vez hubieran revisado sus innovadoras reflexiones sobre el conflicto entre Capital y Trabajo y no hubieran incorporado peligrosos conceptos como “dictadura del proletariado”, que al final acabó convertido en cimiento para la dictadura de las élites burocráticas del partido único sobre el proletariado.

Bien pudiera ser que ambos decidieran tomarse una buena botella de vino de Burdeos, o unas copas de absenta, con Mijaíl Bakunin. Y, tal vez al final, entonaran juntos una Internacional en la que la famélica legión conjurara las borracheras del poder con dosis suficientes de libertad.

En fin, que corren malos tiempos para conmemorar que el de Tréveris cumpliría 200 primaveras el próximo 5 de mayo. Y, sin embargo, aquí ando, dándole vueltas al breve artículo que mis amigos me han pedido para el libro. El tema, el que yo quiera.

Todo un lujo, teniendo en cuenta que vivimos momentos en los que el trabajo, según se nos explica, se encuentra amenazado por los cuatro jinetes de la Precariedad, la Temporalidad, la Pobreza y hasta el de la Desaparición, en virtud de la revolución digital y tecnológica.

Creo que les diré a mis amigos que escribiré mi artículo sobre Marx y la Pereza.

Publicado en huffingtonpost.es

Los pensionistas toman la Plaza

Esta semana pasada los pensionistas han salido a la calle. En Madrid se concentraron ante el Parlamento. Eran tantos que la Carrera de San Jerónimo quedó cortada y la Plaza de las Cortes estaba a rebosar. Algunos diputados salieron también a la calle a escuchar la voz de nuestras personas mayores, convocadas por CCOO y UGT.

Esto de salir a la calle es como un termómetro. Para que nuestras personas mayores hayan comenzado a salir por miles a la calle algo debe de estar pasando.

España es así. Todo el solar patrio parece una engañosa balsa de aceite y quien gobierna piensa que puede seguir igual sin hacer nada de nada. Todo parece estar tranquilo.

Hasta que, de pronto, sin previo aviso, el malestar acumulado estalla. Nadie sabe muy bien por qué. Las calles se llenan. Los gobernantes se asombran. Ven conspiraciones por doquier. Echan la culpa a la oposición que calienta la calle porque huelen elecciones. Hacen de todo, menos ponerse a pensar en los motivos del estallido.

Lo cierto es que a cualquier persona decente le daría por pensar que, tal vez, la crisis está siendo demasiado larga y tremendamente dura para las personas. Tomaría en consideración que la falta de revueltas callejeras sólo se explica porque las familias actúan en España como paraguas protector para los jóvenes que no encuentran empleo, o para los hijos que pierden su trabajo y no encuentran nada durante meses y hasta años. Para los nietos, que tienen que seguir estudiando y comiendo, gastando ropa y rompiendo zapatillas de deportes.

Ahora llegan los economistas de postín y anuncian que nuestros pensionistas no son los más damnificados de la crisis. No deberían quejarse tanto porque han mantenido el “poder adquisitivo” mejor que sus hijos o sus nietos. No toman en cuenta, esos sesudos economistas, que adulan al gobierno y a los poderosos, que son esos pensionistas los que han corrido a tapar los agujeros familiares que ha ido dejando abiertos el gobierno.

Pensionistas que cobran, como media, menos de 920 euros al mes. la mitad de ellos sin llegar al  Salario Mínimo Interprofesional.

Esos pensionistas que cobran, como media, menos de 920 euros al mes. Para los que la pensión más frecuente es de poco más de 650 euros. Los que ven que la revalorización de su pensión nunca supera el 0´25 por ciento, cuando la riqueza del país crece un 3. Que la mitad de los pensionistas no llega al miserable Salario Mínimo Interprofesional. Que casi uno de cada cuatro pensionistas vive bajo el umbral de la pobreza y que casi la mitad de los 9 millones de pensionistas ayudan a sus familias durante la crisis.

Los economistas que no vieron venir la crisis, se aplican ahora a espolear al gobierno para que tome decisiones sobre unas pensiones “insostenibles”. Y ese gobierno, servicial con los poderosos, se apresta a participar en el juego. La última propuesta-sonda, preparatoria del camino, consiste en plantear que la persona que se va a jubilar elija el periodo de cálculo pudiendo contabilizar toda la vida laboral. Eso beneficiaría hoy a algunos, pero perjudicará a casi todos en el futuro.

Es la hora de preguntar a nuestro gobierno si empezamos a negociar medidas que harían posible sostener las pensiones, en el marco del Pacto de Toledo. Medidas como incrementar las cotizaciones sociales, mientras la crisis persista; incrementar las bases máximas de cotización; equiparar las bases medias de cotización de asalariados y autónomos; financiar con impuestos determinadas prestaciones que ahora paga la Seguridad Social, como las de supervivencia; que el Estado pague los gastos de Administración de la Seguridad Social, como hace con cualquier ministerio; o combatir la economía sumergida, el fraude en las contrataciones y cotizaciones a la Seguridad Social.

Medidas como éstas, contribuirían a elevar los ingresos anuales de la Seguridad Social en más de 70.000 millones de euros, lo cual mejoraría la financiación de nuestro gasto en pensiones, teniendo en cuenta que no llegamos al 12 por ciento del Producto Interior Bruto (PIB), cuando la mayoría de países europeos de nuestro entorno está ya dedicando en torno al 15 por ciento a pagar pensiones.

El gobierno elige. Dejar que las cosas se pudran para justificar el desmantelamiento de las políticas públicas, o defender a más de nueve millones de personas que comienzan a estar hartas y que no están dispuestas a apechugar con la carga del abandono de las políticas de protección social. Si de verdad la crisis se está superando, nuestros pensionistas lo tienen también que notar. Las pensiones de hoy y las de mañana son sostenibles, si nos lo tomamos en serio.

Publicado en estrelladigital.es

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