Detengan la escalada

Tuvieron que llegar CaixaBank, Gas Natural o Sabadell con su marcha simbólica para dar un baño de realidad a las aspiraciones independentistas. Porque, ¿qué sería de una Cataluña independiente sin su tejido empresarial? Pero la irrupción del pulso del mercado no eclipsa la constatación de que Mariano Rajoy, como presidente del Gobierno, nos ha empujado al borde del abismo: su actitud inmovilista, cuya única respuesta ha sido la represión desproporcionada, parapetado en todo momento tras la judicialización, las instituciones y el propio Rey, que la semana pasada ofreció un discurso erróneo por su tono y su contenido nada conciliador. ¿Por qué no salió el presidente a reconocer los errores de su Gobierno?

Una Declaración Unilateral de Independencia, como un referéndum unilateral, divide y no resuelve los problemas de unas identidades catalanas y españolas plurales.

Aunque el PP haya intentado poner las instituciones al servicio de su estrategia en favor de una escalada de la confrontación, España no es una democracia militante. Sin embargo, se ha apropiado del papel del Tribunal Constitucional y lo ha transformado en militante, la Fiscalía se ha convertido en su instrumento en la Justicia y el corolario, la utilización represiva de las fuerzas de seguridad. Todo ello sumado a su aguerrido nacionalismo español incapacita al Gobierno para emitir un mensaje plural y negociador. Muy al contrario, refuerza el relato delestado que oprime a un pueblo benéfico.

Algo similar, con diferencias de dimensión, ha ocurrido con el Govern catalán en sus ámbitos de influencia. Hemos visto a un Puigdemont que continuaba la huida hacia adelante de la Declaración Unilateral de Independencia (DUI) al margen de la legalidad, el pacto interno mayoritario y el reconocimiento internacional cuando, en este marco, la apelación a la mediación carece de credibilidad.

Pero esto cambia por momentos y en los últimos días hemos asistido a la sorpresa y posterior minimización del problema por parte del Govern. ¿Qué demuestra? No solo la endeblez de los argumentos esgrimidos para ir tensando hasta casi romper, también evidencia la nulidad de debate y la inexistencia de información pública que preceda al necesario consenso interno en cualquier referéndum que se precie, que ni se ajustaba al marco legal vigente, ni contaba con el reconocimiento internacional del que en más de una ocasión se presumió.

De uno y otro lado, la deriva autoritaria y la agitación populista del electorado nacionalista han impedido hasta ahora el diálogo, la deliberación y el acuerdo. En definitiva, la política.

Llegó el golpe de efecto de la banca y las grandes empresas catalanas (esas mismas a las que reprendió este domingo un exeurodiputado socialista por no haber hablado antes y hacerlo públicamente) y se empezaron a escuchar algunas dudas sobre el momento para la DUI. Por mucho que presione la CUP, la incertidumbre se cierne sobre el independentismo de Puigdemont.

¿Es posible que sobre el baño de realidad de unos y la sobreactuación de otros puedan sentarse las bases, frágiles y difíciles de consolidar, que detengan la escalada de confrontación y establezcan líneas de comunicación? ¿Es posible iniciar algún tipo de diálogo? Estoy seguro de que después de los agravios, vendrán los abanderados y reclamarán la victoria. Pero, como Azaña hace más de 80 años, estamos hoy quienes creemos que no se trata de soportarnos, se trata de reconocernos plurales y convivir encauzando la tradición con la razón.

En los últimos tiempos y al calor de la crisis económica y política, el modelo republicano de representación política ha salido de escena para ser sustituido por la articulación de causas sin proyecto político y por procesos plebiscitarios. La política republicana no es solo la representación de la pluralidad y del llamado interés general, es también participación y responsabilidad cívica. Los sentimientos siempre han estado y estarán; lo nuevo es la anteposición de lo emocional a lo racional, de la causa a la ideología y la personalidad, del plebiscito a los partidos. Ya en las últimas elecciones generales las causas particulares y los fuertes personalismos impugnaron el modelo republicano de partidos de forma apabullante, y se repite en procesos críticos como es ahora el referéndum en Cataluña.

Gobierno y Govern han puesto en evidencia la escalada nacionalista frente al origen ciudadano del modelo de autogobierno y del federalismo republicano: no se puede responder con la reafirmación de otra identidad de origen a la huida del modelo compartido hacia la identidad. Es el camino derecho a la confrontación y al agravio. Unos con su declaración de independencia, otros respondiendo con la suspensión de la autonomía; un nuevo peldaño en la separación, si no legal, sí política y social.

¿Cuál es la salida? Que funcionen el Estado sin atajos y la división de poderes, no su manipulación de parte, y que en paralelo se adopte una iniciativa política de diálogo para la reforma constitucional, estatutaria y su sometimiento a consulta ciudadana. Una DUI, como un referéndum unilateral, divide y no resuelve los problemas de unas identidades catalanas y españolas plurales.

Desandemos la confrontación entre los ciudadanos dentro y fuera de Cataluña y cambiemos el relato internacional de enfrentamiento por otro de diálogo y convivencia.

GASPAR LLAMAZARES TRIGO PORTAVOZ DE IZQUIERDA ABIERTA Y PROMOTOR DE ACTÚA

Publicado en el diario SUR

La dinámica de la negación-represión.

Estaba cantado: la negación ha llevado a la represión. Alguien dijo en algún momento que en el origen fue el error, y lo demás solo sus consecuencias. Y las consecuencias han sido evidentes en las imágenes de represión de los votantes del pasado domingo, el esperado, anunciado, querido o temido 1 de octubre.

Algunos discutirán y buscarán causas y responsabilidades en la actitud de los Mossos la noche anterior; otros, en los dispositivos de Policía y Guardia Civil desplegados en los centros de votación. Sin embargo, por muy graves que hayan sido los hechos desde el punto de vista humano, democrático o en su repercusión internacional, seguiremos situados en el terreno de las consecuencias. Consecuencias que, por supuesto, merecen ser condenadas y merecen la exigencia de asunción de responsabilidades para no recaer en los mismos procedimientos.

Vayamos pues a la causa, al error desencadenante de consecuencias lamentables. Ese error no ha sido otro que la negación como antesala de la posterior represión. Porque no nos engañemos, esa dialéctica de negación-represión es la que se ha convertido en seña identitaria del gobierno de Rajoy frente a los graves problemas que sufre el país. Ahora, con el conflicto sangrante entre su gobierno y el de Cataluña y “las consecuencias”, tenemos sobre la mesa el menú resultante de ‘la receta PP’: la crisis social de la desigualdad, la crisis política de la corrupción y la crisis territorial.

¿En qué ha consistido la negación? En la afirmación rotunda y reiterada por parte del Gobierno de que no habría referéndum, hasta el punto de que, cuando accidentadamente ha tenido lugar, se niega su existencia. La represión y la conversión del conflicto en desorden público ha sido la marca de Caín del PP desde el 15M, los ‘rodea el Congreso’, las movilizaciones de la minería… hasta, finalmente, la intervención policial frente al referéndum en Cataluña. Porque hubiese bastado con reconducir la convocatoria y la ley de Transitoriedad con la anulación de las mismas por parte del Tribunal Constitucional. Han sobrado la sobreactuación y la desproporción autoritarias encabezadas por el Ejecutivo de Rajoy, con la Fiscalía general a su servicio.

Somos muchas las personas que hemos echado en falta el ejercicio democrático de la división de poderes. Por supuesto, y en paralelo, hemos anhelado y pedido públicamente la vía del diálogo político. Esta dialéctica autoritaria de negación de la realidad y represión posterior se encuentra también en el origen cercano del problema, la actitud del Partido Popular frente a la reforma del Estatut. Empezó por rechazarlo, sobrevino el remedo de referéndum y, finalmente, el recurso al Tribunal Constitucional.

Aquella arrogancia excluyente y autoritaria del PP ha servido de argumento al mundo nacionalista para huir de la política hacia el populismo, esa es la cuestión, haciendo su propio ejercicio de negación de la realidad constitucional y del Estatut, para adentrarse en la agitación de la vía unilateral hacia la independencia. A todo ello no sólo ha contribuido el autoritarismo sustituto de la falta de respuesta política de Rajoy, hay que tener en cuenta que ha macerado en el caldo de cultivo de la indignación de los ajustes sociales y la ira frente a la corrupción, problemas que, sin embargo, no son exclusivos de la mayoría social de Cataluña, los compartimos en el resto de España.

El negacionismo ha sido también responsable de que la movilización frente a los ajustes y la corrupción no hayan alumbrado más allá de un cambio en la representación política que se ha quedado a las puertas del gobierno, incapaz de articular una mayoría alternativa que a buen seguro hubiera gestionado las crisis económica, política y territorial de forma más democrática. Lo cierto es que el punto en el que estamos constata el cambio en la representación bipolar por una plural, pero aún carecemos de una cultura de gobierno acorde con esa pluralidad, y así nos va.

No será fácil recomponer los efectos de las cargas policiales en la sociedad catalana, en el imaginario independentista, pero tampoco en el ámbito internacional. Eso no quiere decir que hoy sea más sólida la previsión de una declaración unilateral de independencia con nulos efectos de reconocimiento nacional e internacional. Ahora toca desandar los efectos de la dialéctica negación-represión; también de la acción-reacción entre los gobiernos central y catalán.

Nos queda la esperanza de que de las dos debilidades pueda surgir algo diferente a una nueva escalada de acción-reacción. Quizá pueda abrirse una vía de diálogo y negociación, aunque los protagonistas de la negación estén cada día más desautorizados. Quizá también por eso sería el momento de reemplazarlos.

Publicado en eldiario.es

La república como coartada.

El republicanismo es en esencia el gobierno de la pluralidad, sea ideológica, política o cultural. En una revisión histórica, el republicanismo español no encuentra momento de compatibilidad con el independentismo. La pretensión de una Cataluña republicana e independiente es una formulación contradictoria en sí misma.

El escenario actual es el del decisionismo del referéndum ligado a un relato independentista alejado del republicanismo. El 1-O propone una consulta que huye de la legalidad y nada tiene que ver con la noción republicana que equilibra autogobierno y responsabilidad, necesidad de un marco legal, división de poderes, deliberación. El respeto y participación de las minorías quedan enterradas. Estamos ante el referéndum de una parte y un engañoso debate sobre el derecho de autodeterminación. Una consulta con garantías ha de dirigirse al conjunto, proporcionar un amplio espacio de deliberación y una solución compatible con la pluralidad. La democracia participativa se da en el marco de la representativa, no la suprime.

Hoy, el autoritarismo del PP y el independentismo son dos polos de un populismo autoritario. Durante la Segunda República, Azaña se posicionó con acierto respecto al debate estatutario, tan opuesto a la conllevanza regionalista y uniformizadora de Ortega como al escapismo del sector independentista del nacionalismo. Hablaba Azaña de la república como única opción democrática para lograr “una unión libre entre iguales” dentro del marco común español. Apostaba por que la razón orientase a la tradición. Las experiencias de ambas repúblicas demuestran contradictoria la relación entre independentismo y republicanismo en el abordaje y solución de la pluralidad. Después llegó Franco y pasó lo que pasó: ni república, ni autonomía.

Manifiesta su torpeza el Gobierno del PP cuando se niega al diálogo político, comete atropellos injustificables cuando limita la libertad de expresión en un acto público, interviene las competencias de la comunidad autónoma o debilita la legitimidad del Estado para oponerse al desafío independentista. El relato independentista se nutre y crece gracias a la sobreactuación del PP hasta cerrar el círculo del derecho de autodeterminación del pueblo catalán frente al estado opresor español. Nada es lo que parece. La identidad comunitaria del pueblo catalán y su derecho a votar resumen la posición independentista, pero el republicanismo contrapone la pluralidad y la deliberación. La hoja de ruta seguida al margen de la Constitución y la exclusión de la diversidad de identidades españolas y catalanas, así como la falta de respeto a los procedimientos democráticos en el Parlament o la ausencia de transparencia y garantías del referéndum son contradictorios con el republicanismo.

Entre ambos extremos estamos quienes anhelamos una propuesta federalista como alternativa republicana de organización territorial, fundamentada en principios como la autonomía frente a la tiranía, el pluralismo, la solidaridad, la participación y la deliberación democráticas, la ley como expresión de la voluntad popular y la virtud cívica. Un republicanismo con una pulsión ineludible por la igualdad de origen, más allá de la de oportunidades. Cabe preguntarse si no es hora ya de introducir la codeterminación o la consulta frente a términos contrapuestos como la autodeterminación o el referéndum binario.

No ha lugar el argumento de que la fractura será beneficiosa para los trabajadores ni para las clases populares, ni para las de España, ni para las de Cataluña. Al contrario, nos pondría ante un escenario de involución social y política. La solución es diálogo, codeterminación, deliberación, consulta y corresponsabilidad.

Solo el momento populista que vivimos explica esta extraña mezcla del independentismo y el republicanismo y que las únicas respuestas remitan a maximalismos del orden de la defensa de los derechos civiles o del referéndum pactado, todo ello en la lógica del relato independentista. No es mezcla inocente, responde a la táctica de oponer el nuevo comienzo de la República Catalana al régimen monárquico del 78. Ni nuevo comienzo, ni régimen: independencia unilateral frente a transición pactada.

Distintas versiones del populismo autoritario, nacidas de la pesadilla social del neoliberalismo, están haciendo trizas a las izquierdas y a los mismos principios republicanos. Hay pocas cosas más contradictorias que la utilización del republicanismo como coartada por parte del independentismo catalán.

Gaspar Llamazares Trigo es promotor de Actúa y portavoz de Izquierda Abierta.

Publicado en elpais.es

No podemos suspender la política.

Ha pasado algo más de una semana. Independientemente de las gestiones realizadas desde las administraciones, por las fuerzas de seguridad y desde la propia política, el drama sigue y seguirá instalado en las víctimas, sus familias y allegados, no lo olvidemos.

Se han repetido otra vez las llamadas retóricas a la unidad y ya desde antes de su confirmación hubo una utilización partidista y sectaria del atentado terrorista, exigiendo la condena preventiva por nuestra parte, la de los flojos buenistas, cuando no directamente cómplices. Otra vez la búsqueda del enemigo interno en quienes profesan otra religión u otro color de piel. Las equivocadas, según algunos.
Otra vez el reparto de responsabilidades por supuesta falta de prevención, aún antes de la investigación y aunque la competencia en la materia sea compartida y las decisiones de un marcado carácter técnico y profesional.

De nuevo el debate sobre el derecho a la información y la preservación de la imagen de las víctimas. Otra vez la degradación de la imagen de la política y el elogio de la ciudadanía y de los servicios públicos, como si no formasen parte de la misma comunidad y no tuviesen iguales virtudes y defectos.

Es cierto que hay quienes no se han cortado en introducir de rondón en la coyuntura de ‘el procés’ la información sobre el atentado, aunque hay que reconocer que han sido minoritarios…

Otra vez, en definitiva, la unidad entendida como sumisión a un discurso político único en materia antiterrorista, de seguridad interior y de política exterior. En definitiva, de modelo de sociedad.

Sin embargo, claro que se puede y se debe estar unidos con las víctimas y contra el terrorismo yihadista que ha sembrado de dolor y muerte Barcelona. Se puede y se deben apoyar las medidas preventivas, de inteligencia y seguridad propia e internacional para reducir el riesgo, sin manipular el miedo ni comprometer una seguridad absoluta: porque lo absoluto no es posible. Se puede y se debe evitar la espiral del odio y la islamofobia frente a quienes aprovechan el atentado para lanzar más agravios y agitar el caldo de cultivo del malestar.

Pero lo que no se puede ni debe es suspender la política. No se puede eludir el debate y las propuestas sobre como contrarrestar el fascismo yihadista, la banalización de la violencia o el nihilismo entre algunos de ‘nuestros’ jóvenes. No podemos renunciar a la memoria de tanta guerra y desestabilización de estados y pueblos como el de Iraq. No podemos renunciar a cambiar de raíz nuestra política exterior y de exportación de armas favorable a países como Arabia Saudí o Qatar, principales focos de la internacional del odio. Tampoco podemos renunciar a una política de paz en los actuales focos de guerra y de conflicto como Siria o Palestina. Unidad, que no uniformidad.

No olvidemos que los dos pactos antiterroristas, más allá de la condena y de la solidaridad con las víctimas, incluyen (el primero) la confrontación política de constitucionalistas frente a nacionalistas vascos y toda la panoplia penal del PP (el yihadista), incluida la eufemísticamente denominada prisión permanente revisable. Es decir, la entrada por la puerta de atrás de la Constitución de la cadena perpetua. No se trata pues de pactos antiterroristas, son pactos políticos en los que uno puede o no estar de acuerdo.

No podemos renunciar a una política propia de integración y convivencia en los barrios frente al dejar hacer, a la exclusión y la segregación. Tampoco a analizar el atentado en frío y establecer las lecciones aprendidas y las mejoras necesarias en inteligencia, prevención, coordinación internacional y seguridad policial. Hemos de analizar cómo afrontamos ideologías totalitarias como el fascismo yihadista, el nihilismo o la banalización de la violencia entre nuestros distintos grupos de jóvenes, y no solo entre los excluidos.

Ni es una guerra, ni estamos ante un intento de acabar con nuestra democracia o modo de vida. De hecho, el 80% de los atentados son fuera de Europa y la mayoría de las víctimas, musulmanes.

Publicado en ElDiario.es

Llamazares: “Si Izquierda Unida no quiere sobrevivir yo no me voy a suicidar con Izquierda Unida”

Gaspar Llamazares (Logroño, 1957) ejerció como coordinador federal de Izquierda Unida —partido al que pertenece desde su fundación— entre 2000 y 2008. Desde entonces ha adquirido un papel crítico dentro de la formación. Portavoz de Izquierda Abierta y médico de profesión fue el primero dentro de IU en desconfiar de la eficacia de la coalición con Unidos Podemos. Llamazares abandonó su escaño en el Congreso en 2015 para ser el candidato de Izquierda Unida a la presidencia de Asturias. Ahora advierte de que si se repite esa alianza electoral con Podemos él no concurrirá a los próximos comicios bajo las siglas de IU. El diputado asturiano impulsa junto al exmagistrado Baltasar Garzón la plataforma Actúa. Una iniciativa que no descartan transformar en partido político. Pero de momento, es otro Garzón el compañero de Llamazares.

 

¿Habla con Alberto Garzón?

No tengo la oportunidad de de hablar mucho con él. La relación con él es puramente formal y tiene que ver con las reuniones de los órganos de dirección a los cuales últimamente no acudo con frecuencia porque tengo la impresión de que no nos escuchamos.

¿Cuándo fue la última vez que habló con él?

Hace meses que no tenemos una conversación. Creo que fue con motivo de su visita a Asturias en uno de los actos públicos más recientes, pero no recuerdo exactamente cuándo.

En los medios se han cruzado declaraciones, Garzón dijo que el eurocomunismo cometió el mismo error que el populismo de Errejón o que el PCE fue «izquierda domesticada en la Transición» y usted pidió respeto para esas siglas.

Ya que no tenemos oportunidad de hablarlo, a veces tenemos diferencias. También coincidencias, como es lógico. En cuanto a Cataluña y el referéndum coincido con sus últimos puntos de vista. Pero con lo que podemos denominar la memoria colectiva de la izquierda no tenemos coincidencias. Creo que tiene una valoración muy superficial de lo que fue la transición democrática y el papel del PCE. Me vi obligado a defender ese papel tanto en el Pacto para la libertad como en los Pactos de la Moncloa. Para mí no hay diferencia en la lucha de la clandestinidad y la lucha en la Transición. Hubo el mismo nivel de compromiso y de concesión. La dicotomía entre épocas heroicas y épocas pragmáticas a mí me parece empobrecedora y superficial.

Garzón es militante del PCE y usted ya no, parece que tienen papeles cambiados.

Me sorprende viniendo de una persona que es el coordinador de Izquierda Unida y que al mismo tiempo se enorgullece de ser comunista. Me imagino que cuando uno es comunista lo es del proyecto del partido y de su tradición. No se puede ser de una cosa y no de la otra. Creo que la tradición del PCE después de la República es democrática y antifranquista, y también una tradición de diálogo y de concesiones políticas para cambiar este país.

Ha calificado de error de la izquierda entregar el mérito de la Transición a la derecha.

Siempre que se habla de memoria histórica, el Partido Popular la confronta con la Transición. Viene a decir que la memoria histórica corresponde a la época de la República, asimilada a la época de la República en guerra, y la memoria de la Transición es una época de logro de las libertades y construcción democrática que le pertenece a la derecha. Niego esa valoración de la historia. Ni la República fue la época de la guerra, hubo una parte muy importante de construcción democrática y es nuestro antecedente fundamental. Reprocho a la democracia española que no se haya identificado con esa república civil, pero en la Transición quien más aportó, quien más luchó y quien más cedió fue la izquierda. Quizás porque no tenía más remedio, porque la relación de fuerzas era favorable al posfranquismo, puede que sí. Pero sin esa generosidad de la izquierda probablemente habría llegado el final del franquismo pero no de la dictadura. Probablemente no hubiera habido una ruptura democrática, tan solo el reformismo de Arias Navarro.
En los noventa tomaron fuerza las tesis revisionistas de que la guerra civil fue para librar a España del estalinismo y la democracia había llegado gracias al franquismo. Como réplica, aparecieron libros que explicaban lo contrario, como ¿Atado y bien atado? de Álvaro Soto Carmona o Disidencia y subversión de Pere Ysas. Uno sobre la debilitación del franquismo hasta que sus representantes desertan de él y el segundo sobre el papel de la oposición democrática, que fue un actor de gran influencia pese a su fragilidad. Sin embargo, ahora desde la izquierda lo normal es encontrar las tesis de que la Transición representa la continuidad con el franquismo.

No tiene nada que ver. De las cuestiones que más me alejan de esa cultura política que ha sido asumida acríticamente por la dirección del PCE y la de IU es la interpretación de que hubo continuidad entre franquismo y democracia. No hay ningún historiador ni ningún ciudadano que haya vivido ese momento de cambio que considere que es una continuidad. Fue una ruptura, una discontinuidad evidente entre una dictadura es verdad que agonizante, pero muy fuerte y que siguió asesinando hasta sus últimos estertores, y una democracia con derechos y libertades con una constitución. No tiene nada que ver y quien dice que hay continuidad no sabe lo que es una transición democrática. Porque si la continuidad se entiende por la continuidad del régimen capitalista la continuidad la tenemos hace ya tres siglos. Primero hubo un contexto autoritario y luego una democracia débil, pero con libertades, división de poderes y una constitución que muestran un camino muy diferente al que seguía la dictadura.

Luego hay hipotecas que la democracia paga por la fuerza del régimen dictatorial, las que tienen que ver con la memoria histórica y con el hecho de que la democracia sea incapaz durante décadas de reponer y reparar la memoria de los republicanos y antifranquistas, tiene que ver con la inserción de España en el marco internacional de la OTAN, este era un condicionante importante de la dictadura, y otro que todavía estamos pagando, el modelo autonómico. Inicialmente los ponentes de la constitución pretendían un modelo cuasi federal, no era la España integral de la República pero avanzaba en un sentido federal, y sin embargo en el último minuto, lo describe muy bien Sole Tura, aparece el artículo destinado a la unidad de la nación española para diferenciarla del reconocimiento de las nacionalidades.

Creo que esas hipotecas hay que reconocerlas, pero los grandes problemas de este país no son hipotecas de la dictadura, sino hipotecas de la democracia. Gobiernos democráticos de mayoría absoluta que fueron incapaces de fortalecer socialmente a este país o sus instituciones, nos hemos quedado con una democracia aminorizada o jibarizada. Me llama la atención que se achaque la responsabilidad de esto a quienes no tenían una relación de fuerzas favorables para cambiarlo, que tuvieron una lucha heroica por la democracia, y no se reproche a aquellos que teniendo todo en sus manos no quisieron tomar decisiones en el sentido de mejorar la democracia de este país. Poner la vista tan atrás por una parte es injusto y por la otra exculpa a los gobiernos de mayoría absoluta, que generalmente han sido de Felipe González.

Garzón ha admitido en un informe presentado ante la última asamblea política y social de Izquierda Unida que la formación ha perdido visibilidad dentro de la coalición con Unidos Podemos.

Creo que es un diagnóstico tardío y equivocado. En sentido médico, apela a los síntomas pero no a la enfermedad. El problema no es si somos más o menos visibles, es de estrategia y táctica. La gran cuestión aquí es la decisión equivocada que adoptamos fruto de nuestra propia debilidad de coaligarnos con Podemos. A partir de esa coalición perdemos un millón de votos de ambas formaciones, que no se sienten representados. Y en consecuencia la táctica adoptada por parte de IU ha sido la del izquierdismo, es decir, situarse a la izquierda de Podemos, situarse a la izquierda de la izquierda para ser visibles. El problema es que en la confrontación de Pablo Iglesias con Íñigo Errejón, Iglesias gira a la izquierda e IU se queda sin espacio político. Ahora mismo, a la izquierda de Pablo Iglesias no hay nada.

El error de estrategia es considerar que somos el mismo proyecto susceptible de representar a dos electorados. Yo creo que no. Dije en campaña que la unión no sumaba, restaba. No es que no nos vean, es que nos hemos situado en un lugar muy poco reconocible.

Pero con los resultados de las primeras elecciones, las de diciembre de 2015, IU estaba en el grupo mixto.

Eso es entrar en la lógica de Alberto. La cuestión es si la estrategia y la táctica son adecuadas. Yo creo que en estos momentos hay un electorado huérfano como consecuencia de esa estrategia de IU. Ese electorado con una cultura de izquierdas que no se ve representado por el antagonismo entre el PSOE y Podemos está muy preocupado y muy decepcionado. Esperaban que de esa situación política, después de muchas luchas y resistencia al gobierno de Mariano Rajoy, hubiera una alternativa política y han visto cómo Rajoy continúa en el Gobierno. Sorprendidos. Incluso pensando que hubo una oportunidad de quitárselo. Y con ese izquierdismo que se está mostrando ahora tampoco se identifican, porque IU y antes el PCE lo que siempre han sido es una izquierda seria y pragmática que quiere influir en cambiar la vida política.

¿Podemos no es izquierda seria?

A veces ni ellos mismos se consideran de izquierdas. Creo que son una parte de la izquierda, pero Podemos atiende más al gesto y la sobreactuación que a cambiar la vida política de los ciudadanos. No sé si es una cuestión de seriedad o de que les sobra soberbia. La tradición de IU y el PCE es la de reconocer su dimensión y tratar de aprovecharla para hacer girar la política del país hacia la izquierda.
Hay un estudio de Sánchez Cuenca que dice que donde más respaldo electoral tenía IU más votantes perdió en las elecciones del 26J.

IU en primer lugar tiene que plantearse una autocrítica. Y luego hacer una reflexión de cara a las próximas elecciones, que son municipales, de cuál es la mejor fórmula para sumar. No digo para recuperar el electorado de IU o ampliarlo, me refiero a para que gane la izquierda. Discrepo de que la mejor forma de sumar de la izquierda sea antes de las elecciones.

Coincide usted con Íñigo Errejón, está contra las sopas de siglas.

A veces hay sopas de siglas coherentes y otras no. En las próximas elecciones, las locales, no se ha presentado Podemos y sí se ha presentado IU con otras alianzas. La pregunta es si IU va a romper esas alianzas para verse respaldado solo por el paraguas de Podemos. A mí me parecería un error. Cometeríamos la misma equivocación de las generales ampliadas. Hay que apostar por conseguir el máximo número de votos para la izquierda y después sumar culturas que son diferentes. Presentarse separados y luego sumar concejales para obtener mayorías.

Pablo Iglesias ha dicho que gracias a él IU «huele mejor».

Debe ser que no tengo buen olfato porque IU me pareció siempre la fuerza política más combativa y honrada del panorama político español. Como en otras organizaciones políticas, sindicales y empresariales ha habido ovejas negras, pero sería de un idealismo estúpido pensar que no podía suceder. El ser humano es como es y cuando más cerca se está del poder mayor tentación de corrupción hay, pero a mí IU siempre me pareció una organización comprometida y limpia. Pablo Iglesias no tiene derecho a hacer esa valoración de IU. Lo que busca Iglesias es estigmatizar a una organización y caracterizarla como «vieja». Pero hay organizaciones viejas con voluntad de renovación que rejuvenecen y organizaciones nuevas que por no tener esa misma voluntad envejecen rápidamente.

Dijo que una entrevista concedida al diario El Mundo que las nuevas formaciones políticas deberían escuchar más a los «abuelos cebolleta».

Sí, porque yo escucho a la gente. Y no la escucho en reuniones, donde impostamos siempre los discursos. Yo la escucho en un bar o en una cafetería. Tengo la suerte o la desgracia de que se me reconoce por la cara y la gente se dirige a mí. Unas veces para elogiarme y otras muchas para hacerme reproches, eso me permite tomar el pulso a la situación de mi electorado, incluso de otros. Entre las primeras y segundas elecciones, cuando decidimos ir en coalición, me encontré una parte importante de los activistas, no los electores, que no compartían esa estrategia. Me decían: «yo el voto os lo voy a dar tapándome la nariz, pero no voy a hacer campaña por vosotros». Esto me llamó mucho la atención porque las campañas electorales son una filfa en comparación con la campaña que hace un activista. No hablo del activismo «porque soy un joven inquieto», no, hablo de activista que lo son porque tienen autoridad moral y la gente les escucha. Cuando detecté esto intenté hablarlo con mis compañeros, no se me escuchó. Y ahora creo que si seguimos sin escuchar a esta gente al final no van a ir a votar.

Creo que Alberto se aprovechó de una situación que debería haberle convertido en una persona más sensible. La organización depositó en él una enorme confianza en un momento muy difícil de cambio político y creo que convirtió esa confianza en un cheque en blanco.

Subieron un 74% en las elecciones de 2011 y en algunas encuestas llegaron a marcar el 15% de los votos ¿cree que había posibilidades de crecer más si no hubiese aparecido Iglesias?

Creo que sí. IU tenía un potencial de incremento importante porque se estaba convirtiendo en la fuerza en la que se politizaba la indignación. A partir del momento en que aparece Podemos la indignación cambia de bando y adopta la representación de Podemos que es mucho más fácil que la mochila que lleva IU de política, ideología y cultura. Creo que hubiéramos crecido, pero sí es verdad que una parte del 15M no se hubiera sentido representada por IU. Gran parte del camino de la ruptura con la vieja representación política IU ya lo había hecho, pero bajó los brazos demasiado pronto. Consideró que la crisis de la vieja fórmula bipartidista les incluía. Pero yo estoy convencido de que no. Siempre combatimos el modelo bipartidista y esa coincidencia en el centro. No debimos resignarnos a formar parte de la vieja política.

Garzón fue una de las caras visibles del 15M, igual habría acabado en Podemos de haber nacido antes esta formación.

No voy a hacer historia ficción, pero sí es cierto que una parte de IU dio por amortizada IU en el momento en el que apareció la posibilidad de Podemos.

Pero que lo dé por amortizado el coordinador federal…

Todos somos responsables. En las europeas de 2014 una parte de IU no percibió la importancia de Podemos y lo menospreció. Ese fue un factor importante del descalabro. Luego otra parte consideró que IU no era ya un vehículo adecuado. Ya no hacía falta un aggiornamento, sino una revolución interna. Esos son los que consideran que sin Podemos no vamos a ninguna parte; yo creo que los dos están equivocados. Creo que IU pudo seguir una senda propia de buena colaboración con Podemos pero sin arrojar por la borda todo lo que significa IU, que no se circunscribe a la actual dirección. El gobierno de IU no es propiedad de Alberto Garzón, es depositario de una voluntad histórica, incluso de gente que ha dejado de vivir, y tiene una gran responsabilidad.
¿Cuál es el estado de la democracia interna en IU?

Hay más democracia que en el resto de fuerzas del país. De hecho, a veces hay democratitis y lo llevamos a un punto que se confunde la pluralidad con la bronca. Eso ha sido letal para nosotros. Que nos seamos capaces de defender nuestras posiciones sin cuestionar a la mayoría o de defender nuestras posiciones sin cuestionar la legitimidad de las decisiones que tomamos, pues nos va mal. No nos queremos mucho a nosotros mismos, nos tratamos muy mal y eso ha sido un factor más en nuestra crisis.

¿Se incluye usted en el lote cuando habla de estos comportamientos?

Sí. Estoy convencido de que formo parte de esa cultura, de menospreciar lo nuevo, de llegar tarde al cambio. De subordinarse al cambio y considerarlo lo guay del Paraguay y deja la organización y de la cultura que no acepta fácilmente estar en minoría y gestiona las diferencias mediante la bronca. Es la cultura de la izquierda, la de la tentación dogmática y la sectaria.

Ya en 1996, Carlos Taibo escribió en Izquierda Unida y sus mundos que en el proceso de designación de listas había una «oscura lucha de grupos de presión» que derivó en la «marginación» de los movimientos sociales independientes de la coalición.

No solo ocurrió la marginación de la pluralidad que representaban los movimientos sociales, sino que la pluralidad política y la de género. Cada vez que ha habido una batalla en Izquierda Unida han sufrido las cuotas que favorecían la representación femenina. Se impone el debate interno, a si son galgos o podencos, a debates mucho más interesantes como la sostenibilidad del crecimiento, el feminista o el pacifista. Todo eso que podía haber vivificado y revitalizado el proyecto de la izquierda del siglo XXI se ha visto agostado por esas batallas internas, que eran peleas tácticas para la toma de poder. La batalla típica de si somos amigos o enemigos del PSOE, la de la minoría de edad frente al hermano mayor, y las batallas internas de posición han tenido muy malas consecuencias para IU.

Julio Anguita apostó fuerte por la coalición con Podemos, Manolo Monereo entró en las listas.

No es un debate nuevo en IU. El debate entre la izquierda pragmática y la antagonista forma parte de las dos almas de IU. Una quiere utilizar los votos para dirigir al país hacia la izquierda y la otra entiende que estamos en un proceso revolucionario y hay que tomar el Palacio de Invierno. Esas dos almas han convivido en IU, no le veo problemas, pero antes era mayoritaria la izquierda seria, pragmática, y ahora el alma que podemos llamar antagonista, izquierdista, que espera mejores momentos para cambiar la política del país y así nos va, que seguimos teniendo el Gobierno de Rajoy por mucho que anunciemos el paraíso para las próximas elecciones.

¿Pablo Iglesias le ha hecho daño a la izquierda española?

No lo creo. La aparición de Podemos y de Pablo Iglesias ha sido un soplo de aire fresco para la izquierda española. Ha sido fundamental para que haya más pluralismo en la izquierda, al menos dos fuerzas más equilibradas, pero yo creo que han sido las decisiones de la propia IU las que han limitado su espacio. Nuestros propios errores.

¿Corre IU el peligro de acabar como UPyD?

IU corre el peligro de acabar como una corriente de Podemos. No estamos ya muy lejos. Somos una corriente de opinión ahí dentro donde solo tienen presencia el coordinador y sus partidistas.

Pasemos a Cataluña. Una parte del independentismo está basada en el nacionalismo, lo cual pertenece al terreno de los sentimientos y eso no admite discusión. Pero también hay independentistas que denuncian que el Estado actualmente está diseñado, monarquía incluida, para favorecer o servir a determinadas empresas radicadas en Madrid.

Eso me parece una excusa. Es una excusa de formaciones políticas de izquierdas para sumarse a una deriva que no es propia, que no es de izquierdas, que es nacionalista e independentista. Porque no se compadece en absoluto con la realidad. Si bien me parece legítimo y ha sido el discurso de una parte del nacionalismo, el discurso del agravio económico y político, mezclar ese discurso nacionalista con uno anticapitalista para justificar el apoyo al independentismo me parece una trampa. Creo que la izquierda es internacionalista. Puede tener componentes catalanistas, así ha sido siempre la izquierda catalana, pero llegar a una deriva nacionalista o independentista no lo comparto.

No estamos ante un choque de burguesías. Es una estrategia política del nacionalismo que ve que su estrategia anterior ha tocado fondo y en el periodo de la crisis económica tiene que emplear el discurso de la independencia. Creo que es instrumental para el nacionalismo, así ha aumentado su apoyo, por un lado con el agravio del Estatut, con responsabilidad directa del PP, y la torpeza de las clases dirigentes de este país de responder a una demanda federalista que existe en Cataluña con continuas ofensas al catalanismo. Pero creo que lo que hace el independentismo, al igual que hizo el nacionalismo escocés, es aprovechar el factor de la pérdida de confianza de los ciudadanos en las instituciones y la deslegitimización de la política. En unos lugares ha tomado la deriva del populismo fascista, como en Hungría o en Polonia, y en sitios con conciencia nacional toma la deriva de la independencia. El cóctel de los agravios y la insatisfacción con el modelo de Estado, con la situación económica y la falta de respuesta de las instituciones, es lo que hace que en estos momentos exista esa deriva que, a mi modo de ver, no es realista: establecer un Estado sin clases, sin diferencias, idílico. No creo que el Estado catalán vaya a ser muy diferente del Estado español. Que el catalanismo de izquierdas se sume a esto, que en términos médicos lo calificaría como delirante, no se corresponde en absoluto con la realidad de los hechos. El estado que se configure en Cataluña tendrá las mimas contradicciones, las mismas limitaciones y los mismos agravios que hoy puede tener el Estado español.
¿A Rajoy le interesa mantener ese incendio en Cataluña, que no se apague el fuego?

El bucle nacionalista le interesa a los dos nacionalismos. Esa especie de torbellino por el cual se van todas las ideas políticas. Se deja de hablar de diferencias de clase, de diferencias de género, cesan las ideas, la política, y solo queda la identidad. La identidad nacionalista española frente a la identidad nacionalista catalana. Se recuperan viejas batallas que en este país dieron lugar al carlismo o a otro tipo de diferencias históricas. Es muy perjudicial para la política porque mientras sucede esto nos olvidamos de lo que pasa en realidad, lo que sufre la gente día a día con el retroceso de los derechos laborales y los derechos sociales. Estamos perdiendo la vida política.

Pero el último sondeo del CEO catalán indica que un 67% de catalanes sí que irían a votar si hay referéndum el 1 de octubre, esta preocupación al menos en Cataluña sí está en la calle.

Yo diferencio claramente la independencia de la participación democrática en un referéndum. Creo que para dar una alternativa en estos momentos a la cuestión catalana va a ser ineludible la participación en una consulta. Otra cosa es si es un referéndum de autodeterminación, eso se tendría que discutir. Sería una consulta al pueblo de Cataluña y es ineludible. La cuestión es cómo se llega a esa consulta. En estos momentos vamos camino de un nuevo fracaso, una nueva consulta en falso que va a ser muy negativa para Cataluña y que no dude Rajoy que también va a ser muy negativa para España. Porque va a enquistar los dos nacionalismos y va a hacer muy difícil una solución democrática.

Creo que hay que ser muy claros. Ni se va a solucionar por la vía penal, al contrario, se empeora, ni tampoco el referéndum es únicamente una movilización, estamos ante una apuesta de una institución del Estado por dar una alternativa al margen de sus competencias. Eso se enfrenta fundamentalmente con política, que es lo que ha faltado a lo largo de todo este tiempo. Pero no creo que Rajoy esté inactivo, al contrario, está muy activo a través de una vía judicial y penal para acabar con cualquier aspiración de los nacionalismos que conviven en España. Y la pregunta es ¿y quién está activo para que haya una vía política? Muy pocos, creo que el federalismo está muy vivo en Cataluña pero muy poco en otras zonas del Estado. Esa es la gran asimetría que se vive en este país.

Está sobre la mesa la posible aplicación del artículo 155 de la Constitución, algo que de momento ha descartado el presidente del Gobierno. No obstante, el Ejecutivo va a vigilar semanalmente que el Govern no utilice dinero del Fondo de Liquidez Autonómica para sufragar el pretendido referéndum del 1 de octubre; si lo hacen cortará el grifo. ¿No es esa una forma de intervenir competencias?

Sí. Ahora el Gobierno está haciendo una intervención preventiva en Cataluña. Es uno de los pasos en falsos que ha dado. Primero dijo que lo iba a dejar en manos del Tribunal Constitucional, luego echó mano de la justicia ordinaria para inhabilitar a Artur Mas y a Rigau y ahora interviene las cuentas creo que al margen de la ley y con una decisión de la comisión económica que no tiene ninguna autoridad para ello. Es una sobreactuación del Gobierno en esta materia y probablemente una torpeza. Lo mismo que por parte de Turull fue otra torpeza intentar establecer una relación entre el 3% y el referéndum. Si alguien quiere estropear la legitimidad del referéndum no tiene más que asociarlo a la evolución de la situación interna de la antigua coalición.

Dice que no está nada claro que la consulta pueda denominarse referéndum de autodeterminación. Lo cierto es que cuando se redactó la carta de las Naciones Unidas esta cuestión se expresaba de forma un tanto laxa porque no todos los Estados y todas las fronteras tienen el mismo origen. Sabemos que el contenido mínimo de ese derecho es que la colonización y el imperialismo están prohibidos, que no se puede discriminar o marginar en un Estado por razones de lengua, raza o religión. Pero en el contenido máximo, donde no está nada claro ¿cuál es su interpretación sobre el derecho de autodeterminación? ¿Todo pueblo tiene derecho a su Estado propio? Es complicado porque los derechos emanan de los Estados, no de las naciones. Ni siquiera está legislado en ninguna parte qué es una nación o un pueblo.

No es un derecho ontológico, es decir, no existe al margen de la realidad. Existe en contextos, no es lo mismo el derecho de autodeterminación al final de los imperios coloniales que en estos momentos del siglo XXI. Tiene una interpretación política con esos límites, el fin de la colonización pero también la preocupación por el fraccionamiento de los Estados soberanos. Pero no estamos ante una discusión meramente legal. Es una discusión política. Los que creemos que podemos convivir en un mismo Estado pedimos una fórmula para seguir haciéndolo, no para separarnos. Por lo tanto, consideramos que hay que incluir la consulta y el ejercicio del referéndum en ese proceso para llegar a un acuerdo y convivir. La separación no es una solución, en nuestra opinión.

En la elaboración de la Constitución defendimos el modelo federal con Solé Tura, pero se quedó a medio camino. Hubo enormes resistencias desde entonces y hasta ahora y esperemos que eso se pueda concretar y que, por una parte, permita decidir al pueblo de Cataluña y, por otra, convivir a todos los pueblos del Estado. No es un camino fácil, pero desde luego no es un camino penal ni unilateral. Eso de que me voy a hacer independiente porque yo quiero pero al mismo tiempo le tengo miedo al código penal español es una contradicción en sí misma.

Pedro Sánchez está también por reconocer la plurinacionalidad del Estado.

En la medida en que otro partido más incorpora el modelo federal y reconoce la plurinacionalidad de nuevo a mí me parece que es un buen paso. Pero en la reforma del Estatuto de Cataluña ya lo defendimos. Lo incluimos en la exposición de motivos y nos lo tumbó el Tribunal Constitucional. Ahora tiene que haber una reforma constitucional para que eso quede blindado. Evidentemente, ya no vale con que aparezca en la declaración de motivos, tiene que formar parte del texto constitucional.

Cuando se hizo el Estatut en IU hubo discusión. Se tomaron posiciones. A Felipe Alcaraz y Rosa Aguilar no les convencía. Usted, cuando se dijo desde Cataluña que había que «limitar la solidaridad», apareció públicamente para rechazar esas intenciones. Ahora no parece que en la izquierda se debata y se tomen posiciones sobre una cuestión importante: si el Estado en su configuración territorial es un redistribuidor de riqueza.

En la deriva de un debate únicamente en términos de identidad, en la afectividad y los sentimientos, que aunque sean importantes, han llegado a marginar el papel racional de la política. En el debate de identidades también hay uno sobre igualdad y desigualdad y sobre equilibrio y desequilibrio. Creo que eso debería estar encima de la mesa. El debate de identidades ha creado un prejuicio en cuanto al debate más profundo, el territorial.

La muestra está en el acuerdo del cupo del País Vasco. La aportación por población es el doble de lo que hay en Cataluña. Esto debería haber motivado un debate del fondo de compensación interterritorial, de algún mecanismo al menos. Pero no ha habido nada. Porque estamos todos alineados, o con el nacionalismo español o con los de llamémoslos de los pueblos de España. Creo que hay que empezar a esponjar un poco, pluralizar el debate, que pueda haber una vía federalista comprensiva con el nacionalismo español, que evidentemente existe y va a existir, que tiene una mala fama pero también hay un nacionalismo español unido a la República que tiene todo el derecho ha desarrollarse. Y la otra parte de los nacionalismos debe contribuir a un Estado plural. Por eso se nos pasan estos aspectos muy importantes.

También, el veto que se produce a los nacionalismos —sobre todo el que hace el Partido Popular— está esterilizando el debate. Todo lo que venga de Cataluña es una propuesta nefanda. Pues no es así.
¿Se cree el nuevo izquierdismo de Pedro Sánchez?

Es lo que dice el colectivo que ha ganado las primarias y lo que dice él. Creo que el PSOE se sitúa en la tradición de la socialdemocracia europea y aprende de sus errores y viene a rectificar o enmendarlos. Me refiero a los errores de la democracia consociativa con la derecha europea que nos ha llevado a Maastricht, primero, y luego a la actual situación de las políticas de austeridad. El PSOE se ha situado como el centroizquierda, o la izquierda del centro, yo aspiro a que se sitúe en la socialdemocracia.

¿Se equivocó Podemos al no respaldar el pacto de gobierno de PSOE y Ciudadanos?

Se equivocaron ambos. El PSOE poniéndole tantos peros a Sánchez para llegar a un acuerdo. Me recordaron a Aznar, con lo de que no podía llegar a un acuerdo con aquellos que se hubiesen relacionado históricamente con los nacionalistas. Sus propios compañeros se lo pusieron muy difícil. Pero la actitud de Podemos tampoco favoreció el acuerdo. Vio como una afrenta el trato con Ciudadanos, aunque también es verdad que se lo ofrecieron como plato precocinado.

Podemos en ese momento debería haber hecho un esfuerzo para favorecer un gobierno, aunque fuera de centro-izquierda y controlarlo desde el parlamento. Es lo que nosotros defendimos hasta el final, preferíamos esa fórmula a un gobierno de Mariano Rajoy con una pretensión de control desde el parlamento. Y digo esto porque la experiencia me ha demostrado que el margen de maniobra de un gobierno en minoría es muy amplio, este año por ejemplo hemos tenido más indultos que el año anterior. Solo en seis meses.

¿Usted se arrepiente de haber votado a favor de la investidura de Zapatero en 2004?

No, no me arrepiento. Cualquiera que viviera la época de Aznar lo tiene que entender. Es el mismo distanciamiento antipolítico que con respecto a la Transición democrática. A mí no se me ocurre trasladar mis valores de hoy a un momento histórico de hace treinta años. Entonces hubo unas relaciones de fuerzas y unas sensibilidades que hoy no existen. Esto es lo mismo, pensemos en Aznar, Irak, el Prestige… ni a Esquerra ni a nosotros se nos pasó por la cabeza abstenernos en aquella votación. Lo que queríamos era tumbar el periodo de Aznar y con ello no le dábamos un cheque en blanco a Zapatero, solo le dimos los dos primeros presupuestos hasta que modificó el sistema fiscal y empezó a llegar a acuerdos con Convergencia y otras fuerzas de la cámara.

Había que transformar las grandes manifestaciones contra la guerra en una consecuencia política. Si no lo hubiésemos hecho habríamos creado una gran decepción. Ahora estamos en peligro de cometer ese error. Toda la esperanza, ilusión e indignación del 15M esterilizarla con una mala política y una gran decepción.

¿Se puede revertir?

Cada vez es más difícil. Ya han sacado el primer presupuesto. El escenario financiero del segundo. Tienen tres años de la legislatura, va a ser muy difícil. Pero para todo esto hace falta otra relación entre las fuerzas de izquierda, hace falta más colaboración y un programa de mínimos.

Zapatero en 2004 tenía en el programa una reforma fiscal muy ambiciosa, pero no la llevó a cabo ¿Ese incumplimiento no fue clave después con los recortes?

Sí. En la época PP lo clave fue lo de que todo el suelo fuese urbanizable y en la época del PSOE fue que bajar los impuestos era de izquierdas. Esas dos decisiones eran letales. La primera nos convirtió en una burbuja y la segunda convirtió la financiación pública en deuda pública que luego se tradujo en recortes.

En los noventa, en Asturias, usted rompió el pacto con el PSOE y por primera vez ganó el PP en el Principado.

No era fácil hacer otra política porque en aquel momento recuerdo que estaba en juego también la alcaldía de Málaga para IU pero, al contrario de lo que se interpretó, no fue Julio Anguita el que ordenó que no llegásemos a acuerdos. Hubiera respetado nuestro acuerdo como respetó el de Madrid, pero en nuestro caso el factor fundamental fue la reconversión industrial. Estaban llevando a cabo una reconversión dura de la minería y estaba poniendo en venta la principal siderurgia del país. Eso nos llevó al desacuerdo y a que gobernara en minoría la derecha. Si tengo que hacer una reflexión, mi decisión, la de IU de Asturias supuso una ruptura de una suerte de antropología política. Hay que ser muy cuidadosos cuando se rompe con esa antropología, que significa que tomes la decisión que tomes no debes permitir que gobierne un partido más a la derecha. Eso lo pagamos al cabo de un tiempo, no necesariamente en Asturias pero sí en otras partes. Lo de las dos orillas lo hemos pagado.

Tras las generales del 96, en las que no hubo acuerdo entre PSOE e IU y llegó al poder Aznar, IU fue bajando elección tras elección hasta perder en 2000 un 50% de votantes.

Un acuerdo hubiera sido lo lógico en el 96. Creo que sí que tuvo que ver con la pérdida de votos. En IU hay un votante antagonista con la derecha y también con el PSOE, pero dentro del voto también hay una parte pragmática que pretende que su voto sea útil para cambiar la vida política del país. IU siempre se ha movido entre estos dos apoyos electorales, su Escila y Caribdis. Si nos escoramos mucho hacia un lado sufrimos una sanción. Yo creo que desequilibrarse como hicimos en el 96, como lo estamos haciendo ahora —o como lo pude hacer yo, no pretendo eludir la crítica— es lo que provoca situaciones de debilidad y crisis internas.

Sin embargo, el punto más bajo del partido llegó en 2008, cuando usted era candidato y coordinador general, bajaron un 99%.

Bueno, yo llegué en 2000 cuando ya había una perspectiva de bajada. Tuvimos la gran esperanza de que después de las movilizaciones contra la guerra de Irak o de protesta por el Prestige, en las que fuimos muy activos, eso se tradujese en un mejor resultado electoral, pero no fue así. Quien capitalizó esas manifestaciones fue la alternancia entre PP y PSOE. Nosotros nos vimos muy condicionados por el voto útil y el sistema electoral español. En cuanto a la gestión pecamos de ver solo como adversario al PP y no supimos diferenciarnos del PSOE, que iba a nuestra rueda en el pelotón y finalmente nos desalojó prácticamente en las elecciones.

En 2004 también fueron muy importantes los atentados que hubo en los prolegómenos de las elecciones. Está estudiado que cuando esto sucede el votante se inclina por el bipartidismo. Un momento final en el que cambian doscientos mil votos que para IU son seis o siete escaños.

¿No pagaron haber estado en el Pacto de Lizarra y en el gobierno con el PNV?

Siempre tuvimos una posición compleja.

Es lo que te encontrabas cuando hablabas entonces con socialistas y les decías que el sistema electoral fagocitaba a IU, replicaban que en realidad IU había bajado por estar en el gobierno vasco en aquellas circunstancias. Usted dijo que era «la única fuerza no nacionalista en un gobierno nacionalista».

Probablemente nos costó muy caro ese compromiso con la paz. Adquirimos un compromiso excesivo para nuestra dimensión. Ese compromiso era más propio de un partido de gobierno o mayoritario en la oposición antes que a una fuerza minoritaria como éramos nosotros. Jugamos peligrosamente y perdimos.

En Extremadura IU también permitió gobernar a Monago, del PP.

Estuve en desacuerdo con esa decisión, lo dije públicamente. Yo era partidario de que votasen aunque fuese tapándose la nariz y luego hacer oposición al PSOE, pero los compañeros lo llevaron a votación y una gran mayoría de los militantes decidieron que no y que había que abstenerse. Entonces no tuve más remedio que aceptar la democracia interna, lo cual no quita que piense que es un error. Igual que ahora acepto estar en el mismo grupo parlamentario que Podemos, pero pienso que es un error.

En Asturias lo hemos vuelto a ver. Lo ha explicado con profusión el periodista Luis Ordóñez, de La Voz de Asturias. Dijo que el resultado del entendimiento del PSOE e IU es el salario social, de los más elevados y duraderos de España en una comunidad que no es de las más ricas. Sin embargo, cuando Podemos ha rechazado que haya ese entendimiento, el PSOE se ha echado a los brazos del PP y el resultado esta vez ha sido la rebaja en el impuesto de sucesiones.

El salario social de Asturias es el tercero del país por detrás de Euskadi y Navarra. Un derecho universal y subjetivo, el que ha aprobado ahora Cataluña. La lectura que hace es correcta. Ha sido una gran frustración. Esperaba que mi vuelta a Asturias significase una mayoría de izquierdas, y así ha sido. Entre PSOE, Podemos e IU tenemos una mayoría de calle, que no es fácil porque luego en las generales ganan PP y Foro. Pero la pena es que hemos desperdiciado esa mayoría en peleas internas. Desde el principio hubo un antagonismo entre el PSOE y Podemos y nosotros nos hemos encontrado en medio. Tenemos mejor relación con Podemos, pero en términos de gestos no coincidimos con su actitud antagonista, el no porque sí. Y nos encontramos en una situación muy incómoda, media legislatura ya así.

Ahora estamos lejos de la resignación de Javier Fernández, que ha vuelto a Asturias derrotado de su experiencia estatal. Se le ve con melancolía por lo que pudo haber sido y no fue. Pero también estamos alejados de la posición de Podemos de la vendetta por la vendetta. Están esperando a derrotar al PSOE y gobernar, el PSOE es para ellos el partido a batir. Nosotros no lo compartimos.

Después de dos años no hemos podido ni aprobar una ley de regeneración democrática, que era nuestro gran objetivo ni aprobar también una ley de garantías de servicios y derechos sociales mínimos, a ver si lo logramos en la segunda parte de la legislatura hablando con unos y otros. No perdemos la esperanza.

¿Por qué siempre se divide la izquierda española?

No aprendemos del pasado. Es nuestra principal debilidad, nosotros mismos. Deberíamos maximizar coincidencias y minimizar las diferencias, primero dentro de las organizaciones, que empezase en la propia casa, y luego reconocer el pluralismo de los demás, que no son necesariamente unos traidores, izquierdistas que hacen una política derechista. Tenemos que reconocer que formamos todos parte de una misma izquierda aunque haya diferentes sensibilidades. En Portugal lo han entendido y están gobernando, no creo que nosotros seamos muy diferentes.

La Plataforma Actúa a la que pertenecen Baltasar Garzón, Cristina Almeida o usted mismo defiende esas tesis. La necesidad de llegar a un pacto a la portuguesa para desplazar al PP del Gobierno, pero ahora mismo esa izquierda tendría que incluir a los nacionalistas, tal y como está planteada la correlación de fuerzas. Comentaba usted antes de que ERC se abstuvo en la investidura de Zapatero en 2004, ahora hablar con ERC lo han convertido en un tabú.

Hay que superar los tabúes. En estos momentos la posición de ERC no es la misma que cuando el Estatut, pero tenemos que superar esos tabúes. Diré algo más, que en estos momentos es heterodoxo, creo que hay que convencer a Ciudadanos de que su abrazo al PP es el principio de su final. Van por mal camino, intentar gestionar el declive del PP les contaminará y liquidará. La izquierda tiene que ir con la izquierda nacionalista pero yo no despreciaría a Ciudadanos, que en cuanto a regeneración democrática hay muchos puntos en los que estamos de acuerdo. Ahora la comisión de investigación de la policía política ha salido adelante con la abstención de Ciudadanos. No es el comienzo que queríamos, hubiéramos preferido que fuese más ambiciosa, que se abriese con un apoyo mayor, pero ya es un paso.

Pero la comisión se ha cerrado un poco de forma…

Abrupta.

Las conclusiones son que había una policía política y las consecuencias prácticas son ninguna.

No he leído las conclusiones a fondo, estuve en la comisión de investigación del 11M y dábamos puntos por los que debería cambiar el Ministerio del Interior. Se dijo que no podía haber policías sin un destino cierto, y es lo que han hecho. Tener policías destinados en la Casa Real que en realidad estaban destinados a espiar. La conclusión final dirá que no se utilice a Asuntos Internos en servicios de información externa. Imagino que las conclusiones irán al pleno, se aprobarán y le llegarán al nuevo ministro del Interior. Una cosa es estar en el Gobierno y otra en el Parlamento. Los que decían que el Parlamento iba a gobernar e iba a haber un Gobierno parlamentario en España no saben nada ni de parlamentarismo ni de gobierno. El Gobierno gobierna y tiene muchos mimbres en sus manos para hacerlo. Espero que pasado un tiempo algunos se den cuenta, especialmente Ciudadanos, que no se va a comer un colín si el Gobierno de Rajoy sigue adelante, igual que les pasará en Madrid, que se ponían como ejemplo de la regeneración democrática y las ranas del estanque no dejan de croar. Alguien reflexionará sobre para qué sirve su voto de regeneración democrática.

¿La Plataforma Actúa se va a convertir en un partido político?

No está decidido ni está descartado. Es una plataforma de intervención política, que quiere que haya diálogo entre las fuerzas de izquierda. Ser una voz de los electores sin voz, que se sienten huérfanos de una izquierda consecuente y seria. Pero no tenemos decidido qué vamos a hacer en el futuro. Nos preocupa el presente porque además la vida política puede cambiar completamente en días. Nos preocupa que en esta legislatura se pueda crear una alternativa al PP que pueda desalojarlo del poder mediante una moción de censura. Y nos preocupa un acuerdo programático básico que pueda ser el próximo programa de una izquierda alternativa. Eso es lo que vamos a trabajar.

¿Usted se imagina concurriendo a unas elecciones con unas siglas que no sean las de IU?

En estos momentos no lo imagino. Pero si en unas elecciones no concurre IU yo me sentiré libre para adoptar mis propias decisiones. En las segundas elecciones hice campaña, pero ahora no me veo haciéndolo de nuevo. No la haría con total seguridad.

Si Unidos Podemos repite usted no estará.

No estaré en esa candidatura.

¿Le dará pena ir a unas elecciones sin las siglas de Izquierda Unida?

Me dará mucha pena. A mí me gustaría terminar mi vida política en IU, empecé en el embrión de IU y quiero seguir en y con. Pero si IU no quiere sobrevivir yo no me voy a suicidar con IU. Yo no voy a suicidar a toda una cultura política que no se merece desaparecer.

Usted empezó el comunismo en 1981, eran los tiempos de la guerra de Afganistán, con Breznev anciano, luego llegarían Andropov y Chernenko, la gerontocracia en su máxima expresión, no tenía el comunismo muy buena imagen entonces…

Yo entré inmediatamente después del golpe del 23F. Para reforzar a unos de los partidos que consideraba que eran garantes de la Transición democrática que habían querido abortar. Llegué junto con todo un colectivo universitario que veníamos de la izquierda y teníamos una revista, Bocetos, Universidad y Sanidad a debate. Todos esos entramos en el PCA y luego yo ingresé en IU. Pero yo nunca viajé a ningún país del este, no los he conocido hasta muy recientemente. Para muchos comunistas españoles el este no era una referencia. Al final del franquismo la referencia era la lucha democrática de los comunistas españoles en la clandestinidad y luego fue la defensa de la democracia frente al golpe del 23F.

Hizo un máster en Cuba.

Estudié allí Salud Pública.

¿En qué se diferenciaba Cuba de esos países del Este que no eran referencia?

La diferencia era radical, aunque del este solo sabía cosas por referencias. En Cuba yo quería conocer un sistema sanitario que todavía no existía en España, especialmente en materia de salud pública, y allí saben bastante de eso. Su sistema es reconocido por la OMS. Fue una experiencia muy enriquecedora en lo profesional y en el sentido político vi sus avances y también sus carencias.

Para mucha gente esas carencias justifican una enmienda a la totalidad del régimen.

Se equivocarían. La democracia tiene una parte de derechos civiles y otra parte socioeconómica y ambas son muy importantes. La socioeconómica que ha avanzado mucho en Cuba y en otros países socialistas no justifica las insuficiencias en derechos civiles. Existe la esperanza de que esos avances den como resultado una democracia política pero no siempre es así. No hay más que ver el caso de China.

En 1988, cuando es nombrado coordinador general en Asturias, empezó enfrentado a Gerardo Iglesias, que ahora es sobre todo un referente ético.

Cuando entré, Gerardo era el secretario general del PCA, y lo hice en un colectivo gestionado por Gerardo. Me enfrenté a él fue cuando volvió a Asturias, ante el intento por parte de una dirección que ya no era la del PCA, que había protagonizado los primeros años de la transición y ahora querían volver a tomar la dirección cuando conmigo habían entrado sectores profesionales y universitarios que no creíamos que deberían ser desalojados. Gerardo quería ser candidato al Congreso por Asturias y yo apoyé a otra candidatura, la de Manuel García Fonseca, un sociólogo que era el presidente de la Universidad Popular de Asturias y esta era nuestra candidatura. Nos enfrentamos por eso, no por otras razones.

Hay una serie de declaraciones suyas antiguas muy curiosas. En 2002, «una parte muy importante de los jóvenes que no van a votar están construyendo su conciencia crítica y una profunda renovación de la izquierda. En el futuro algunos se incorporarán a la política. Estas prácticas renovarán la política y harán más fuerte a la izquierda». ¿Esto no es Podemos?

Esperaba que fuera con nosotros, pero no fue así. Además en esas fechas intenté hacer un giro ecopacifista en IU y fue mi fin. Se consideró que era un giro verde poco menos que herético y acabó con nosotros. Estuve acertado en ese caso y también en el más reciente con respecto al resultado de la coalición de IU con Podemos, en el famoso dos más dos no son cuatro.

Le dijo a Zapatero que la reforma territorial que planteaba se iba a ver desbordada por la realidad plurinacional de España.

Soy muy enfático.

En 2003, dijo que hay que «feminizar» la política, esto está en el ADN discursivo de Podemos.

Me parece que la izquierda tiene una deuda histórica que tratado en desarrollarla. La izquierda pronuncia más que realiza. En la renovación tanto de género como ética nos queda un trecho muy largo por recorrer.

La primera vez que entró al Congreso de los diputados alguien le dijo que recordase que era solo un hombre, que era humano.

Es un cuadro que ahora está en la escalera del fondo, antes estaba junto a las secretarías. Es un cuadro de los comuneros, el del ajusticiamiento. Me llevaron allí, no me acuerdo exactamente de quién, un compañero de la izquierda, y me dijo: «Recuerda que eres mortal». Es igual que cuando a Churchill le preguntaron si los que había enfrente en el parlamento eran los enemigos y contestó que no, que esos eran los adversarios y los enemigos estaban detrás [risas]. Esto fue similar, era un chaval, me vi impresionado por el oropel de la institución y me dieron esa recomendación, que se me bajase un poco el ego. Por encima de la corrupción, la soberbia es uno de los pecados capitales de la política. Tenemos problemas para administrar nuestro ego, que en política se agranda con los medios de comunicación y en realidad eres más contingente, al revés de lo que pasaba en Amanece que no es poco [risas].

 

Publicada en Jot Down

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