¿De qué huyen los emigrantes y refugiados?

Los emigrantes y refugiados tienen un denominador común: todos huyen. Los primeros de la pobreza, miseria y falta de oportunidades. Los segundos de persecuciones políticas y religiosas, de zonas de guerra y de la violencia de género. Las causas de la huida son distintas, pero en definitiva todos son víctimas. Hay una tendencia, sobre todo en la derecha, de criminalizar a las víctimas, y a las ONG que tratan de ayudar a emigrantes y refugiados las acusan de ser  responsables de lo que consideran una invasión. Afirman que con sus actuaciones están favoreciendo el “efecto llamada”.

Esta llegada masiva, se dice con frecuencia, está poniendo en riesgo el nivel de vida de los países ricos, y se acusa a los emigrantes y refugiados del paro, deterioro de la educación y la sanidad, poniendo en cuestión al Estado del Bienestar. Todo este discurso de determinados gobernantes, y que se traslada a la población por medios de comunicación, contribuye al surgimiento de posiciones racistas y xenófobas. La responsabilidad de lo que se dice es muy grande y tiene el objetivo de ocultar las carencias y fallos de un sistema.

Este discurso queda invalidado con los datos en la mano, pues en contra de lo que pudiera parecer, los mayores movimientos migratorios no tienen lugar entre el Sur y el Norte, sino que, según las estadísticas de las Naciones Unidas, se produce fundamentalmente dentro del Sur. Al igual sucede con los refugiados, cuyos campamentos de acogida se encuentran fundamentalmente en los países menos desarrollados y limítrofes con las zonas de guerra, y no en los países desarrollados. Aunque los refugiados se dan en todos los periodos de la historia, como consecuencia de la existencia de totalitarismos, fundamentalismo y machismo, los mayores movimientos son causados por la guerra. Así sucedió, en la Primera y Segunda Guerra Mundial, en la guerra del Vietnam, y en la actualidad con el conflicto en Siria y en otros países árabes.

Los movimientos migratorios son el resultado de la desigualdad económica mundial, y en consecuencia de la existencia de países ricos y países pobres. El por qué esto es así está dando lugar a una gran literatura de economistas, historiadores y otros científicos sociales, que pretende determinar las causas del subdesarrollo. No hay un consenso a la hora de explicar las razones del subdesarrollo que lleva consigo un conjunto elevado de privaciones. Por lo general, simplificando mucho, hay estudios que se centran en las asimétricas relaciones internacionales que generan dominio y dependencia, mientras que otros ponen el acento en causas internas.

En el primer caso, resulta recomendable la lectura de los dos libros de Prashad Las Naciones oscuras las Naciones pobres (Península, 2012 y 2013). Entre los segundos, cabe citar el de Acemoglu y Robinson Por qué fracasan los países (Deusto, 2012). No obstante, siempre hay una interrelación entre factores internos y externos, lo que les diferencia a ambos enfoques es a la hora de establecer cuáles son los factores determinantes. Una explicación global e histórica (desde el siglo XVI hasta nuestros días) es la realizada por Paul Bairoch en los tres tomos de Victoires et déboires (Gallimard, 1997).

Mi posición, que no se ha modificado aunque habría que matizar en relación con los cambios habidos, se encuentra expuesta en el libro conjunto con José Luis Sampedro Conciencia del subdesarrollo. Veinticinco años después (Taurus, 1996) en el que se pone el énfasis en el sistema global que genera riqueza y pobreza. En este orden global hay una responsabilidad de los países ricos, que han colonizado y dominado por varios mecanismos a los que ahora son países pobres. Naturalmente que los factores internos también influyen, pues se da con frecuencia el mal gobierno con dictaduras y una elevada corrupción, pero los países ricos son en bastantes casos cómplices de esta situación, sobre todo cuando hay intereses económicos en juego. Las guerras civiles han tenido un efecto desastroso para la economía. Pero en estas guerras las grandes potencias están presentes con el fin de controlar materias primas básicas, al tiempo que la industria militar es un gran negocio.

Los emigrantes huyen de los países pobres a otros menos pobres que se encuentran cercanos, lo que resulta lógico debido a que el viaje al Norte es más caro y todos no tienen medios para ello. Los que pueden llegan a alcanzar el primer mundo. De manera que huyen de un infierno económico pero no alcanzan, por lo general, un paraíso. Los emigrantes no son responsables ni del mal gobierno, ni de la corrupción, ni de las guerras, ni del dominio sufrido por los países ricos y las empresas transnacionales, que en muchos casos les han empobrecido.

El caso de los refugiados y de los emigrantes es una verdadera tragedia y un escándalo en la sociedad del siglo XXI, por eso es por lo que más allá de si tenemos alguna responsabilidad en las causas de su huida, aspecto más que discutible, tenemos la obligación moral de ayudarlos. De lo contrario, se pone de manifiesto el egoísmo individual sobre la solidaridad. Un egoísmo materialista que a su vez está cavando la fosa de su propia destrucción.

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¿Por qué si somos tan ricos el empleo es cada vez más precario?

La salida a la crisis fue el intento de restablecer las tasas de beneficio, lo que supuso la aceptación del modelo neoliberal y el intento de desmontar el capitalismo regulado de posguerra

La crisis económica ha supuesto un aumento del pesimismo económico acerca de la situación actual y el futuro más próximo. La salida de la crisis como tendencia general ha supuesto mayores niveles de desigualdad en el interior de los países, una liberalización de las relaciones laborales que ha intensificado la precarización en el empleo, y recortes en el Estado del bienestar. Estas tendencias se venían dando ya con anterioridad a la crisis, pero han sido agravadas desde el desencadenamiento que tuvo lugar en 2007/2008.

Las tendencias, que tienen su origen en los años ochenta del siglo pasado, han sido consecuencia de la implantación de un modelo de globalización neoliberal hegemonizado por las finanzas. El ideario neoliberal ha pretendido acabar, aunque no siempre lo ha conseguido, con las reformas económicas que se introdujeron durante los treinta años gloriosos del capitalismo, como algunos analistas han bautizado el periodo comprendido 1945 y 1973. Una fase expansiva que ni siquiera duró 30 años.

En estos años, la intervención del Estado en la regulación económica, la ampliación y consolidación del Estado del bienestar, la introducción en algunos países de la planificación indicativa, y la existencia de un sector público empresarial, lograron que el crecimiento económico tan importante que hubo conviviera con el pleno empleo y un mayor grado de cohesión social. No fue oro todo lo que relució, que con el paso de los años se ha tendido a mitificar, sino que la desigualdad siguió existiendo, aunque descendiera, la participación de la mujer en el mercado laboral era bastante inferior a la de los hombres, los gastos militares aumentaron, se explotó al Tercer Mundo por parte de los países ricos, y el tipo de crecimiento ya tenía un efecto destructor sobre el medio ambiente.

La regulación keynesiana y el modelo fordista en la producción dieron resultados positivos en la consecución de aumentos en la productividad del trabajo y en la rentabilidad empresarial. Este modelo llegó a su fin en la década de los setenta, aunque ya comenzó a tener achaques con anterioridad, como consecuencia del menor crecimiento de la productividad y el descenso en la tasa de beneficios empresariales. Estos hechos coincidieron con un fuerte movimiento obrero, que con sus luchas en los años 1968/69 consiguieron mejoras salariales y sociales, precisamente cuando el ciclo expansivo empezaba a tener ritmos de crecimiento menores en la producción, inversión y la productividad. El detonante fue, sin embargo, la subida de los precios del petróleo a finales de 1973, pero con anterioridad tuvo lugar la crisis del sistema monetario internacional que se instituyó en 1944 en Bretton Woods.

La salida a la crisis fue el intento de restablecer las tasas de beneficio, lo que supuso la aceptación del modelo neoliberal y el intento de desmontar el capitalismo regulado de posguerra. Si no se ha conseguido en su totalidad es por la resistencia de las luchas obreras y sociales, así como la defensa de la ciudadanía del Estado del bienestar. Se pasó, de todos modos, a un capitalismo desatado, como lo ha llamado con acierto Andrew Glyn (Catarata, 2010). La hegemonía de las finanzas es el resultado de la búsqueda de mayores beneficios que no se conseguían en la estructura productiva.

El fin del modelo fordista, sustentado en la gran fábrica, tiende a desparecer con la creciente automatización y externalización de las actividades productivas y de servicios, que se efectúan a nivel global. Esto ha debilitado al movimiento sindical. Estos cambios profundos en el proceso productivo han generado salarios menores y una creciente terciarización de la economía. El sector servicios es muy heterogéneo y se producen niveles muy dispares en los salarios y la productividad. El empleo ya no se concentra en grandes fábricas sino que se disemina en unidades de producción menores a lo largo y ancho del mundo. Divide y vencerás es lo que el capital está llevando a cabo sobre la clase trabajadora. Esta fragmentación del proceso de trabajo no supone lo mismo en cuanto a la propiedad. La concentración y centralización de capital es mayor que nunca. Los beneficios de los aumentos de la productividad, no tan elevados como se podía esperar de la implantación de las tecnologías de la información y la comunicación, no se distribuyen de una forma más equitativa sino que se concentran en los grandes imperios económicos.

En la actualidad, se asiste a nuevos cambios significativos, como es la venta y compra por internet de prácticamente todos los productos y servicios que se ofrecen en el mercado. El uso de determinadas aplicaciones permite comprar de todo -hasta comida hecha- lo que supone eliminación de intermediarios, que son sustituidos por repartidores que trabajan en condiciones más que precarias. La renta y la riqueza crecen, aunque en menor medida que en épocas anteriores, pero se sustenta en la especulación, el incremento de las burbujas, menores salarios, sobrexplotación de la mano de obra del Tercer Mundo, desigualdad de género y depredación del medio ambiente.

Los países desarrollados de la década de los setenta, más los que se han ido incorporando a este grupo desde entonces, y los emergentes que se asoman con fuerza a la primera división, son bastante más ricos que hace más de cuarenta años. Sin embargo, la inestabilidad en el empleo y la incertidumbre son muy superiores a las de entonces. Se vive en un mundo más inseguro, y no solamente por las guerras y el terrorismo, como consecuencia de las condiciones laborales y sociales que se están instituyendo. Los capitalistas son insaciables. Por esto es por lo que a pesar de los grandes avances en la ciencia, investigación e innovación, las condiciones materiales de existencia no solo no mejoran sino que empeoran para partes significativas de la población mundial. El aumento de la riqueza y de la renta y el avance tecnológico no se corresponde con las enormes privaciones existentes. El modelo económico, social y ecológico actual impide el desarrollo humano.

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El crecimiento económico actual subestima las necesidades futuras

El crecimiento económico que se está dando en España desata la euforia de las élites económicas y del Gobierno del PP. El poder económico no puede disimular su alegría por la situación económica, pues no puede ser para menos debido a los suculentos beneficios que está obteniendo. Sin embargo, no le va tan bien ni a las pequeñas empresas, ni a los autónomos y ni a los asalariados. El Gobierno presume de unos resultados un tanto discutibles, pero que le sirven para tratar de ocultar los grandes casos de corrupción que le afectan.

El tipo de crecimiento que se está dando se sustenta en la desigualdad, resultado del elevado desempleo aún, los bajos salarios, y las diferencias de género. Por si fuera poco no se aprecian cambios significativos en el deterioro del medio ambiente y el cambio climático. A pesar de que el Gobierno firmara el Acuerdo de París, ya de por sí bastante limitado frente a los problemas existentes, poco está haciendo para el cumplimiento del compromiso adquirido. Los problemas medioambientales y ecológicos ya están aquí, pero de no tomar enérgicas medidas la situación se agravará en el fututo más inmediato.

Estos problemas estructurales no se encuentran entre las prioridades ni del Gobierno ni de las empresas que tienen una visión cortoplacista de la evolución económica. El crecimiento no genera un desarrollo humano, tal como lo entiende el programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y dentro de esta acepción está lejos de ser un desarrollo sostenible. El crecimiento resuelve algunos problemas pero no se pueden confundir con el desarrollo. Además de ello, se está sustentando en una coyuntura favorable, como el descenso de los precios del petróleo, el aumento del turismo y los bajos tipos de interés. Se vuelve al tipo de crecimiento que hubo antes de la Gran Recesión, basado en parte en la construcción, la especulación y las burbujas.

No se apuesta tampoco por la I&D con una visión de futuro, pues se considera que no ofrece rentabilidad a corto plazo. La ceguera en esto es tremenda y puede hipotecar el futuro, debido a que España no puede competir con los países emergentes, pero tampoco con los avanzados debido a su atraso tecnológico. La investigación básica y aplicada es necesaria para lograr transferencia de tecnología, pero que no se sostenga solamente en mejoras de productividad sino que contemple los costes ecológicos que su aplicación pueda suponer.

Un problema grave es el futuro de las pensiones. Algunos analistas llevan años haciendo predicciones de la imposibilidad de que el sistema se sostenga. De momento no se han cumplido los análisis realizados, pues según lo que concluían ya se tenía que haber producido el colapso. El hecho de que esto no sea así no quiere decir que no existen problemas que vienen dados más por los ingresos que por los gastos. Estos indudablemente tienden al crecimiento, como consecuencia del aumento de la esperanza de vida, el incremento de los pensionistas y el que llegan cada vez más a la edad de jubilación personas con pensiones más elevadas que las anteriores.

Esto no son problemas menores y que hay que considerar: pero el estrangulamiento viene dado por los ingresos. El sistema público de pensiones es de reparto, lo que quiere decir que las pensiones de hoy las tienen que pagar los trabajadores en activo. Al igual que los que ya estamos en la edad de jubilación financiamos a los pensionistas que nos precedieron. Aquí es dónde se encuentra el problema principal. Una economía con el desempleo existente, sobre todo el elevado paro juvenil, empleo precario y bajos salarios no puede financiar unos gastos crecientes. Esta es una de las grandes debilidades del crecimiento actual. Se puede resolver, en parte, vía presupuesto pero aquí también se choca con sus limitaciones, como es un sistema fiscal que ha ido siendo cada vez más regresivo y que tiene grandes bolsas de fraude.

De manera que hay que resolver las dos cosas, para que las pensiones se puedan cobrar. Un sistema fiscal progresivo y una economía que genere más empleo, que sea de calidad, lo que requiere cambios sustanciales en la estructura económica española. De esto no dice nada el Gobierno y los empresarios que se encuentran sentados en sus poltronas sin ser conscientes de que el futuro, de no cambiar las cosas, no resulta tan optimista como quieren hacer creer. Un mito más del optimismo reinante.

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El consenso económico entre conservadores y socialistas en la UE

En el año 2004 fui invitado a un almuerzo en el que impartía una conferencia Pedro Solbes,  Comisario aún de la Unión Europea (UE), en la que trazó las líneas principales de la política económica de la Comisión. Fue un discurso bien elaborado y argumentado, pero excesivamente convencional. En el turno de preguntas intervine para decir que ese discurso lo podía haber firmado igualmente un conservador. Entonces, una de dos, o bien la economía es una ciencia neutral que no distingue de ideologías políticas, o bien los socialistas habían difuminado su discurso acercándose al pensamiento económico dominante. La respuesta se centró en cuestiones técnicas. Al despedirme, Solbes estaba hablando con Luis Ángel Rojo, que había ya dejado de ser Gobernador del Banco de España, el cual dijo, en plan afectuoso y bromista: “Este rector no tiene remedio”.

Efectivamente no tengo remedio, porque me niego a aceptar que no haya alternativa económica a la que ha predominado, con matices, desde los años ochenta del siglo pasado. Visto a distancia aquel evento y con todo lo que ha pasado a raíz del estallido de la Gran Recesión en 2008 y las políticas aplicadas, mis ideas quedan ratificadas, sobre todo tras los hechos políticos que se están viviendo. La crisis que están sufriendo partidos socialistas en países miembros de la UE confirma los errores que se están cometiendo por haber quedado seducidos por el pensamiento neoliberal. La política económica no es neutral.

Frente al pensamiento único se han alzado análisis de académicos relevantes, aunque en minoría, que sí han planteado otra política económica. Los enfoques críticos a la evolución de los acontecimientos de esta fase del capitalismo, se están haciendo desde diferentes escuelas, como la neokeynesiana, poskeynesiana, institucionalista, estructuralista, marxista feminista y ecologista. Algunas de estas corrientes tiene puntos en común, pero existen diferencias, en algunos casos sustanciales, a la hora de analizar las causas de las tendencias actuales del sistema. En consecuencia, también son muy distintas las proposiciones que se plantean, que van de las más radicales a las reformistas. La economía crítica, tanto desde el plano teórico como práctico se encuentra dividida, lo que es una de sus debilidades ante el bloque unido de la economía convencional.

Los partidos socialistas desde hace un siglo han desarrollado propuestas reformistas renunciando a la revolución. El reformismo también ha tenido etapas, pues en el principio de esta ruptura, entre reforma o revolución, no se renunciaba a alcanzar el ideal socialista como un proyecto diferente al capitalismo aunque este proceso debería ser gradual, sustentado en mejoras sociales y la introducción -dentro del sistema de mercado- de mecanismos propios del socialismo. Fue después de la Segunda Guerra Mundial, cuando los partidos socialistas renunciaron a Marx y a construir un sistema alternativo al capitalismo. Se adaptaron al sistema, pero con políticas que atenuaran las desigualdades e injusticias del sistema vigente.

El Estado del bienestar, la planificación indicativa, la nacionalización de determinados medios de producción, el aumento salarial, ofrecieron un proyecto que combinó, con cierto grado de éxito, el crecimiento económico y la cohesión social. La crisis de los setenta puso fin a este modelo de economía mixta en el que, sin embargo, predominaban las relaciones de producción capitalistas. Se acabaron las concesiones de los poderes económicos a los trabajadores y a la regulación del mercado. Se inició el camino de las privatizaciones y de la globalización neoliberal. Aunque se han cantado los éxitos de esta fase del sistema, hay que señalar que ha habido un crecimiento menor que en la etapa que va desde el fin de la segunda guerra mundial hasta 1973, al tiempo que este crecimiento es más desigual, aumenta la inseguridad en el trabajo y genera un mayor número de excluidos.

El error de los partidos socialistas es haber abrazado estas ideas económicas, a veces con verdadero entusiasmo, lo que ha supuesto la renuncia a los ideales de la socialdemocracia de posguerra. Así como en este periodo hubo un consenso entre conservadores y socialistas en torno a las ideas keynesianas, ahora ese consenso se establece alrededor de las ideas monetaristas y neoliberales. Los partidos socialistas tienen un buen arsenal de ideas y de propuestas en la economía crítica, a pesar de su segmentación, que pueden favorecer, primero la comprensión del funcionamiento del sistema, que es necesario para, entre otras cosas, saber las limitaciones que se imponen a la política económica, y actuar dentro de lo posible con reformas hacia un modelo social sostenible, equitativo y solidario.

La ruina de los paridos socialistas es plegarse a unas teorías y una práctica que se juega en el terreno de las ideas más conservadoras. En la práctica de la UE no se distingue entre los comisarios socialistas y los conservadores, pues tienen el mismo discurso con las políticas de austeridad, al tiempo que el comportamiento con Grecia ha sido igual de injusto, tanto por unos como por otros. Los destrozos sociales causados tienen que servir para reflexionar y cambiar. La economía ya daba muestras de su mal funcionamiento antes de la crisis. El 23 de abril de 2007 en el diario El País escribimos Koldo Unceta y yo, ante el optimismo reinante por el crecimiento que estaba habiendo, lo siguiente: “En las actuales circunstancias, conviene subrayar que la economía mundial está creciendo de forma desequilibrada….La economía mundial cabalga, pero lo hace a lomos de un tigre, en cuyas fauces puede acabar devorada”. Unos meses más tarde surgió la crisis.

Carlos Bezosa es Catedrático Emérito de la Universidad Complutense de Madrid

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