Mujeres haciendo historia, mujeres haciendo justicia

8 de marzo de 2018. Despertamos. Las nubes que dibujaban un día nublado de invierno aceleraron su ritmo ágilmente para abrir paso al sol. Una luz deslumbrante iluminó el camino de las mujeres de este país haciendo historia, sembrando en cada pisada la justicia y la dignidad que durante muchos años se nos habían arrebatado. Salimos a la calle para defender lo que es nuestro, lo que nos pertenece: la igualdad que nos ha robado la cultura machista y patriarcal desde tiempos inmemoriales. Abuelas, madres, hermanas, hijas y nietas. Fuimos todas con las mochilas cargadas de razones para parar el mundo y demostrar que sin nosotras nada puede seguir igual, que somos la mitad de la población, pero tenemos la mitad de derechos. A clamar que esa injusticia tiene que acabar. Nos vimos sonrientes en las plazas, y mirándonos a los ojos reconocimos en las demás los mismos motivos que nos llevaban a nosotras a la huelga. La sororidad inundó los corazones de Miles de mujeres, en la manifestación de ayer en Madrid. Fotos Agustín Millán. 12/3/2018 Mujeres haciendo historia, mujeres haciendo justicia – Diario16 http://diario16.com/mujeres-historia-mujeres-justicia/ 2/3 todas las mujeres, la alegría nos desbordó. Algo cambió radicalmente en el imaginario colectivo de todas y todos, en la forma de percibir a las mujeres y el contexto que nos rodea. Ante nuestros ojos apareció la nítida imagen de que nuestra situación, la de todas y cada una de nosotras, no eran ya un caso aislado, sino que eran consecuencia del patriarcado. No. La noche del 8 de marzo nos fuimos a la cama sabiendo que no era tan solo una cuestión de género, que se trataba de una cuestión de odio. Del odio que el paradigma machista en el que se ubican nuestros cerebros va inoculando, en determinadas dosis, todos los días, hacia la figura de la mujer y todo lo que le rodea. Del sistema cultural patriarcal tan cruel como socialmente aceptado, que nos obliga a jugar con unas cartas mucho peores que las del género masculino. Porque sí, porque esa es la idea de justicia de este país. Y, tristemente, también de este mundo. La rebeldía tomó nombre de mujer ese día. Nos rebelamos contra un orden social establecido que nos oprime y que estamos obligadas a cambiar. Brecha salarial, techo de cristal, el falso debate de la conciliación (que ya ha demostrado ser una estafa y que no quiere dejar paso a la coherencia de la corresponsabilidad), el lenguaje, el sexismo, el acoso, la violencia… Tantas y tantas muertes de mujeres inocentes que han quedado impunes, que el Estado se niega a calificar y a tratar como terrorismo, aunque ya haya matado a bastantes más personas que la ETA. Las mujeres ya estábamos, desde hace muchísimo tiempo, hartas de aguantar. La revolución tiene inexorablemente cara de mujer. La revolución será feminista, o no será. Y es que mujer tenía que ser para ser consciente de la realidad tan dura que nos es impuesta. Mujer tenía que ser para saber que las reglas solo están para romperlas. Rompámoslas, una a una, todas. Pero, sobre todo, mujer tenía que ser para tener la valentía y el coraje necesarios como para acabar con esta realidad injusta y desigual, a la que no le queda otro camino, más que el de acabar. Somos mujeres, no sabemos lo que es rendirnos. Vivas, libres, unidas por la igualdad: nada puede salir mal.

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Yo, mierda absoluta

Maldeciré toda mi vida aquella puta frase: “Estudia mucho para tener un buen trabajo y dedicarte a lo que te gusta”. Era un plan genial y sin fisuras, la Era de la “burbuja de la educación en España”, solo había que tener un sueño, perseguirlo muy fuerte, y finalmente, alcanzarlo. Lo íbamos a tener todo: un trabajo en el que nos divertiríamos un montón, una casa bonita, gato o perro según preferencias y una familia maravillosa. Entonces, felices para siempre. Pues no, eso nunca llegó. La vida nos ha pasado por encima, la realidad nos ha pasado por encima y sobre todo la escasez y la miseria nos han pasado por encima.

Según el último informe de la UGT sobre empleo juvenil obtenido a través de los datos de la EPA: el 56% de los menores de 30 años tienen un contrato temporal, el 73% en el caso de los menores de 25 años. Más de un millón y medio de jóvenes menores de 35 no tienen empleo, la tasa de paro juvenil es superior al 40%. Además el último informe de Cáritas Europa advertía que 3 de cada 10 jóvenes están en riesgo de exclusión social. Pues eso, jóvenes condenados a vivir en condiciones miserables.

No somos números. Parece que en pleno siglo XXI tenemos que seguir reivindicando el hecho de ser seres humanos y que, por ello, tenemos unos derechos y una dignidad. Detrás de cada cifra hay una tragedia de vida. No puede estar fracasando toda una generación y que nadie este mirando. No. No podemos seguir siendo gente sin derecho a una vida digna, sin derecho a ningún futuro: gente sin derechos.

“Sinkies” es el último nombre que se les ha ocurrido para definir a las parejas que no pueden tener hijos porque con el trabajo de los dos obtienen un único sueldo. Un nuevo y ridículo eufemismo para descafeinar la flagrante precariedad y pobreza que vivimos los jóvenes. Pero existen también otras palabras muy guays que se han inventado para ocultar la pobreza en España. Palabras como “job sharing” (compartir el puesto de trabajo, y obviamente, el salario), el “freeganism” (rebuscar en la basura para comer), el “coliving” (compartir piso con muchas personas), el “nesting” (no salir de casa en tu ocio por no tener dinero para hacerlo), las “trabacaciones” (estar obligados a trabajar en nuestras vacaciones), el “wardrobing” (comprar un artículo, utilizarlo y después devolverlo para recuperar el dinero). Pero bueno, por suerte tenemos un “salario emocional” que, aunque no tengamos un puto duro para nada, nos mantiene felices porque hacemos lo que nos gusta. Unos conceptos absolutamente necesarios para poder seguir alimentando el mundo de la apariencia al que tanto nos ha enganchado las redes sociales. Para poder explicarle a Instagram que es lo que nos está pasando. Delirante, esquizofrénico, asqueroso.

A mi padre no le gusta tenga que pasar frío en su taller mecánico, pero lo que no entiende es que el verdadero temporal esta fuera de él: en un inhumano mercado laboral en el que trabajar no tiene porqué estar remunerado, o si lo está, los sueldos no te permiten llevar a cabo una vida con dignidad, donde las miserables condiciones laborales encubren un sistema de explotación sin paliativos ni antecedentes en el mundo moderno. Lo que no entiende es que somos la primera generación que va a vivir peor que sus padres. Yo al menos tengo la suerte de poder vivir lo mismo que él. No entiende que lleve toda la puta vida formándome, y que actualmente tenga que seguir pagando una deuda que contraje para poder sacarme mi título de Máster (porque me tragué la mentira hasta el fondo), para que el único trabajo digno al que pueda acceder sea el que me da él, el que me da el taller que hace cuarenta años fundó.

El egoísmo intergeneracional legitima la situación profundamente injusta que significa ser joven en este tiempo. Yo solo soy capaz de acordarme del siguiente verso de Zorilla “Clamé al cielo y no me oyó, mas si sus puertas me cierra, que de mis pasos en la tierra, responda el cielo y no yo”. Estáis consintiendo que toda una generación viva con una enorme sensación de estafa, odio y rencor. De aquello que esté por llegar, no responderé yo, ni ninguno de los condenados a ser: mierda absoluta.

PD: Iros todos a tomar por el culo.

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Lo que las banderas esconden

La trucha arcoíris ha sido ilegalizada. Es ilegal, como lo era el referéndum catalán. Igual. Pero esto no abrirá telediarios, ni ocupará portadas de periódicos. Pasará a ser una pequeña parte del agujero negro informativo en el que se pierde todo lo que se nos oculta a la ciudadanía porque “carece de relevancia”. Y de lo que no se informa, sencillamente no existe. Los ríos y menús de todo el país van a cambiar, pero esto no es importante. Lo importante es un debate tan falso y absurdo como el circo mediático que le da validez y lo legitima, una versión remasterizada del esperpento de Valle-Inclán.

nos lo hemos tragado, todos hemos opinado, hasta nos hemos enfurecido. ¿Para qué? Para fortalecer una estrategia de las derechas catalana y española, ensalzando nacionalismos y sacando a pasear, bandera en mano, a los caminantes blancos, que sabíamos de sobra estaban esperando su momento para impregnar las calles del odio y la violencia que tanto echaban de menos. Mientras esto sucedía, la política, encaminada a la solución de los problemas de la gente, pasaba de largo.

La política pasaba de largo cuando, ya a título póstumo, Bruselas se lamenta por la inacción de la Comisión Europea y los Estados miembros ante los efectos del cambio climático, a pesar de las numerosas advertencias y quejas de expertos y científicos desde hace muchos años. Pero tenemos que ver a Galicia devastada por las llamas para ser conscientes de que los incendios son un problema de primer grado cuando octubre tiene un clima de auténtico verano. Debemos ver las cenizas de uno de los paraísos naturales más importantes de nuestro país para que cobren un poquito de importancia temas como la defensa del medio rural, las políticas de prevención o la despoblación y el envejecimiento de los paisajes rurales, pues no es el eucalipto el culpable de todo, aunque a veces sea fácil culpar de los problemas de gestión humana a las especies que se ven afectadas por ellas, independientemente de su origen. Ni que decir tiene que debemos darnos cuenta y reconocer que el monstruo del calentamiento global es, seguramente, el problema más importante al que nos enfrentamos, nos atrapa ya en sus fauces, sin prácticamente capacidad de reacción ni escapatoria.

La política espectáculo, por definición, no puede solucionar nuestros problemas graves, presentes y futuros, puesto que su finalidad es la misma que la de cualquier otro reality show: entretenimiento. Porque no hay un vínculo claro entre la realidad y su representación, entre lo que nos preocupa y su solución.Que hayan declarado ilegal a una especie que lleva con nosotros desde finales del siglo XIX conlleva un gran impacto medioambiental. En la alteración deliberada y sin fundamento del orden ambiental y animal jugamos a ser dioses, como si aún no supiésemos cuáles son los efectos de ese juego. ¿Por qué la ley va a determinar qué seres animales son legales e ilegales? Después de más de un siglo desde su introducción en nuestro país, ¿qué consecuencias puede tener en el medio natural? No hay ningún estudio serio y riguroso que aborde los motivos para tomar tan drástica decisión, aunque imagino que alguna cartera bien llena si los tendrá.

Pero la arbitrariedad legislativa en el plano ecológico es una bobada al lado de los problemas nacionalistas que nos afectan a todo y todas, y de los cuales también dependen vidas y ecosistemas. Todos los españoles no hemos visitado Cataluña en persona, pero qué español no ha visto una trucha en su casa. Sin embargo, los medios de comunicación no le darán ningún tipo de validez ni legitimidad a un debate que no sea el estipulado por unas élites económicas y políticas muy preocupados en tenernos muy entretenidos. Este proceder no es democrático, ¿por qué no se abren estos temas al debate público? ¿Por qué la agenda mediática decide por nosotros que las medidas medioambientales no le interesan a nadie, excepto cuando son culpables de catástrofes?

A ti que lees, ya te he robado demasiado tiempo con temas sin importancia. Sigamos con el circo, muchos payasos esperan su turno. El espectáculo debe continuar, The show must go on, y el paro, la precariedad, el terrorismo machista, la sequía o los efectos del cambio climático son actores secundarios con los que es mejor no contar, no vaya a ser que sus historias nos den por pensar.

En definitiva, con todo esto quería decir que pescar una trucha arco iris va a ser igual que fumarse un porro.

El desafine de una izquierda que gobierna de oído

n fuerte escalofrío sacudió mi cuerpo cuando me enteré que la Autoridad Portuaria de Valencia (APV) quería poner fin a los 60 años de historia del Real Club Náutico de Gandía mediante la adjudicación de sus actuales instalaciones a una empresa construida hace cinco años, pasando a formar parte de ese tremendo agujero negro de pertenencias públicas que ahora están en manos privadas. Decisión que se ha prorrogado seis meses más, dando lugar a un período de negociaciones. Pero aprovechando precisamente este periodo de reflexión, quería arrojar cierta luz sobre el tema que es, a mi parecer, una cuestión relevante a pesar de que se pudiera pensar que es un problema que afecta únicamente a una minoría.

Imagino que el razonamiento que justifica esta acción por parte de la institución valenciana es la creencia de que el deporte de vela es algo correspondiente a unas élites que no necesitan subvenciones públicas, es decir, tomar importantes decisiones sin rigor ni profundidad en el análisis, en base únicamente a estereotipos. Este precario argumento sería válido si obviáramos las siguientes cuestiones:

Los clubes náuticos garantizan el acceso al mar de las personas con economías medias y cumplen la importante misión social de acercar el deporte a todos y todas. Porque en este caso, parece necesario recordar que la vela es un deporte, y por tanto, un elemento a proteger e incentivar por parte de la administración pública. Si se privatizan los clubes náuticos y se da libre albedrío a la ambición económica y el egoísmo de quienes pretenden hacer negocio con ellos, se estará excluyendo a las clases medias de la posibilidad de navegar, estaremos contribuyendo a jerarquizar y reforzar el sistema social establecido que distingue entre ricos y pobres. El deporte es un eje central en el proceso de formación y desarrollo del individuo. Si nos privan el acceso a estas líneas de crecimiento personal, y también social, nos estarán frenando nuestro legítimo derecho a cultivarnos, a convertirnos en mejores personas. Las élites económicas harían de nosotros justo lo que desean, una manada de borregos cuyo ocio consista en ir los domingos al centro comercial para seguir alimentando este sistema individualista, consumista y capitalista. En palabras de Chomsky: “Ellos entendieron que era más sencillo crear consumidores que someter a esclavos”.

El artículo 24 de la Declaración Universal de Derechos Humanos (1948) dice que toda persona “tiene derecho al descanso, al disfrute del tiempo libre, a una limitación razonable de la duración del trabajo y a vacaciones periódicas pagadas”El disfrute del tiempo libre, un concepto tan profundamente revolucionario. Basta con leer las tesis de Lafargue o Thoreau para darse cuenta de que el disfrute y aprovechamiento de nuestro ocio es uno de los temas más importantes en la vida del ser humano. Si no podemos elegir en qué disfrutar el tiempo que no dedicamos a trabajar, ¿qué más nos pueden dictar e imponer?, ¿qué nos diferencia entonces de un esclavo?

La dimensión simbólica del consumo de la que nos hablaba Bourdieu en su papel de construcción y reproducción de las jerárquicas sociales es otro aspecto fundamental, en mi opinión. ¿De verdad un gobierno de izquierdas como el de Gandía (y el de la Comunidad Valenciana, que es el que fija el órgano de gobierno de la Autoridad Portuaria) va a fomentar que el punto desde el que miras al mar esté determinado por el tamaño de tu cartera? Jamás quisiera olvidar la imagen de mi padre, que nació en una chabola y logró hacer realidad el sueño de su vida y disfrutar del mar en su pequeño velero. Jamás quisiera olvidar que las jerarquías sociales son el primer elemento a combatir por parte de la izquierda: porque todos debemos tener los mismos derechos. Por eso, espero que la Autoridad Portuaria de Valencia y su gobierno no olviden que trabajan para el pueblo. Y sí, quienes queremos seguir disfrutando el mar y somos clases trabajadoras con poderes adquisitivos medios, también somos pueblo.

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El concepto machista de las fiestas de pueblo

Ser feminista en un mundo machista es complejo por definición. Pero hay días, momentos y situaciones en que se hace muy cuesta arriba. La convivencia entre la forma de ver y vivir la vida de una mujer que cree y lucha por la igualdad es difícilmente compatible con la realidad.

Hace unos días salí con unas amigas a las fiestas de un pueblo. Hecho que en sí mismo carece de relevancia, ocioso por definición, un plan para pasarlo bien con las chicas. Hacía mucho tiempo que no salía de noche, al menos en modo festivo, y creo que esta circunstancia me hizo observar cada plano secuencia como no lo había hecho antes, o al menos reflexionar sobre ello. Lo fundamental es que, desde que llegué, no dejé de sentirme horrorizada, escandalizada por situaciones de lo más habituales y naturalizadas por una sociedad machista y misógina, con la que no me siento identificada y que me niego a calificar de “nuestra”. Básicamente, tres hechos centraron mi atención, teniendo en cuenta que íbamos a bailar y tomar unas copas al son de los ritmos de la orquesta de turno.

Sin embargo, la feminista que soy se sintió atacada. Nada más llegar al lugar del festejo, me doy de bruces con uno de los pecados capitales de esta sociedad patriarcal: la sexualización y mercantilización del cuerpo de la mujer. Con un frío de mil demonios, allí estaban medio desnudas las mujeres de la orquesta, mientras sus compañeros hombres sí tenían el derecho de protegerse de la bajada nocturna de temperaturas. Ofrecieron, en un 80% de su actuación, un espectáculo semi erótico cuya única finalidad parecía ser el deleite del público masculino. Para mayor irritación propia, pese a mostrar bastante más talento y mejores voces que los miembros masculinos de la orquesta, la misión femenina estaba relegada a una suerte de decoración escénica, despojadas de todo tipo de valor artístico más allá del de coristas con poca ropa. Carne, así eran exhibidas, como en el escaparate de una carnicería, pero con brillos y lentejuelas en los escasos centímetros de prendas que cubrían lo mínimo de su anatomía. Cosificadas, mujeres convertidas en cosas para el deleite visual de hombres.

Las letras de las canciones que allí se escuchaban me dieron la segunda bofetada de realidad. Nada más lejos del habitual repertorio de Los 40 Principales. En realidad, las mismas letras misóginas que nos inoculan diariamente mientras pensamos que “sólo escuchamos música”. Historias en las que la mujer encuentra el sentido de su vida gracias a la aparición de un señor que las completa. Incluso hay temas que incitan a la cultura de la violación. Se oyeron esa noche joyitas musicales que basta con encender la radio para escucharlas, del tipo “Si me has tentado, no puedes dar marcha atrás” de Alejandro Sanz o “Sí, yo hago la comida. Sí, yo me ocupo de la limpieza (…) Sí, tú eres el jefe y te respeto” de David Guetta.

Paso al tercer incidente de la noche, que calificaré como atentado del terrorismo machista. Las palabras son profundamente importantes, describen la realidad, y no me gustaría pasar por alto la agresividad que se desprende de lo que allí sucedió. Según pasaban las horas y sumando las copas, algunos varones se sentían con mayor derecho a violentarnos con sus obscenas e indiscretas miradas. Así, como si fuéramos un objeto de carácter público del que todo el mundo pudiera hacer uso. La cosa empeoró cuando las miradas dieron paso a las palabras y tuvimos que escuchar las valoraciones que algunos individuos hacían de nuestras personas, cómo si nos importara, cómo si alguna hubiésemos preguntado su opinión. El momento crítico llegó cuando un chico al que no conocíamos de nada decidió hacer uso “del derecho que le da su testosterona” para tocar físicamente a una de mis amigas. Quizás recordó a Maluma cantando “Estoy enamorado de cuatro babies, siempre me dan lo que quiero, chingan cuando yo les digo”. ¿Cómo se supone que debemos enfrentarnos a estas situaciones? Nos fuimos. Habíamos tenido suficiente “fiesta” por esa noche.

Sé que no soy solo yo y que lo que sucede, aún siendo habitual, no debería ser normal. Pero a veces me siento como niño del Sexto Sentido con sus fantasmas. En mi caso, por las noches veo mucho machismo.

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