Hilillos y pelillos

Al principio nos dio la risa. “Unos hilillos…”, ¡qué tío!, ¿nos toma por imbéciles?, ¿será…? Y tanto que lo era. Y acabó en chapapote.

Luego la frase emblemática de doña Fabra: “¡Qué se jodan!”. ¡Qué tía!, ¿somos sus siervos?, ¿será….? Y tanto que lo era. Y acabó en las cacicadas que justificaban la corrupción de su grupo.

También el plasma. Y los “no estoy en estos temas…”, y los “sé fuerte”… ¡Qué tío!, ¿cree que colará?, ¿será…? Y sí, lo era y lo es. Y acabó en las mentiras en directo y en diferido, y en la Ley Mordaza para acallar las protestas.

Así, hasta el infinito. Retoque a la enseñanza de la religión… y la Ley Wert. Rescate de los bancos… y desmantelamiento del fondo de pensiones. Pero manteniendo una constante: polvo, polvo y polvo que ciega, que hace toser y poca cosa más, para ir preparando el terreno a los lodos, a las arenas movedizas que nos amenazan de muerte (entendida, por ahora, en términos de democracia).

Al principio, jocosos comentarios, chistes, tuits más o menos ocurrentes. Quienes los idean, quedan satisfechos de su cometido, recompensados por una efímera viralidad. Los colectivos sociales, a lo suyo, con sesudos manifiestos que no se rebajaban a analizar aquellas anécdotas atribuidas a verdaderos border line. Hilillos, pelillos a la mar.

Y luego es tarde. Solo una intransigencia insobornable frente a tanto desprecio, tanta arrogancia y tanta mala fe nos permitirá parar el proceso de degradación de nuestra democracia. Albert Camus dimitió de su colaboración con la UNESCO, en 1952, al hacerse oficial el reconocimiento del gobierno franquista por parte de dicho organismo. En su carta, dirigida al Director General y hecha luego pública, afirma (1): “Si la adhesión de la España franquista a las Naciones Unidas genera ya grandes interrogantes, la mayoría relacionados con la decencia, su entrada en la UNESCO, como lo sería la de cualquier régimen totalitario, viola de forma radical la lógica más elemental”. Renunciaba a un encargo de prestigio, marcaba su trayectoria intelectual, pero no podía dejar pasar este momento. Podríamos decir: “Bueno, al fin y al cabo, la educación, la cultura, en este país algo habría de ello. No podemos ponernos en contra de todo…”.

Pero sí podemos. O debemos. El trámite era relevante. Quiero pensar que sin el reconocimiento internacional, Franco no hubiera muerto siendo aún el Caudillo. No se podía transigir. A pesar de ser un país extranjero, Camus vio la oportunidad de demostrar su oposición y no dudó. Nada de componendas a corto plazo. Nada de tacticismos. Una España dictatorial y corrupta no merecía estar en aquel foro y él tuvo la oportunidad de actuar. Hoy es la Unión Europea la que, tibiamente, eso sí, denuncia la podredumbre sistémica de nuestro país. Pero no actúa en consecuencia, quizá viendo la actitud de la ciudadanía afectada, que se muestra cansada y adormecida.

Decía don Manuel Azaña respecto a la República (2): “Mi temor más fuerte no es que la República se hunda, sino que se envilezca… La gente ha visto los recios ataques contra la República que he sabido dominar, pero no de su acción para impedir un envilecimiento… ¿Estoy obligado a acomodarme con la zafiedad, con la politiquería, con las ruines intenciones de las gentes que conciben el presente y el porvenir de España según les dicta el interés personal y la preparación de caciques o la ambición de serlo?”. Este envilecimiento consiguió Franco en su momento, y lo están casi alcanzando el PP y los poderes fácticos que están detrás de él, fieles herederos de un modus operandi clásico. Al igual que las cariátides de sonrisa burlona que adornan la espalda del presidente en las Cortes (impagable la de Rafael Hernando), la banca, las energéticas, los fondos y los sumideros apuntan su mueca más arrogante y satisfecha ante los logros del partido que les hace el trabajo sucio. Todo va en el mismo sentido: crear una sociedad basada en la servidumbre y el acatamiento. Poco importa que empiecen por unos hilillos. Tarde o temprano, gracias a nuestra falta de intransigencia, acabará en un chapapote imposible de erradicar.

Me permito una anécdota personal. A finales de los años 50, Franco visitó la escuela donde yo estudiaba. La dirección solicitó dos voluntarios para ir a saludarle, pero no se presentó ninguno de los 50 alumnos presentes. Cosa de niños (entre 10 y 14 años)… intransigentes. Al final se obligó a dos de ellos a acudir, afortunadamente no me tocó a mí.

Sí, intransigencia al límite, y ya desde los primeros indicios, evitando que el envilecimiento se consolide y se haga sistémico. Codo con codo con los que luchan por evitarlo. En esta línea, es triste la falta de reacción ciudadana en la calle para demostrar su apoyo a los pocos jueces y fiscales que intentan poner de manifiesto y frenar la marea de corrupción que nos asola. Triste, muy triste. ¿Nos estamos ganando a pulso el que nos tomen hasta el último pelillo?


(1) La Révolution prolétarienne N°364. Julio de 1952
(2) CONTRERAS, Josep. Azaña y Cataluña. Edhasa. 2008. Pág. 191.

Antoni Cisteró es Promotor de la Plataforma Actúa
Publicado en NuevaTribuna.es

Es la guerra: actúa

Que mucha izquierda ha dejado a Marx es una obviedad. En un mundo mercantilizado, el pobre Karl hace tiempo que no vende, pero que haya hecho lo propio con Groucho, Harpo y Chico es un suicidio.

¿Qué pedían ellos? “¡Más madera!”, y exclamaban: “¡Es la guerra!” (Los Hermanos Marx en el Oeste. 1940). Unos malvados estaban actuando impunemente y sólo atrapándoles podrían parar sus fechorías. Pero no tenían carbón. De ahí surge el ingenio (intellectus apretatus discurrit qui rabiat, que decía Cicerón). ¿No hay carbón? Pues utilizaremos la madera de los vagones. Y los van desmantelando para alimentar la caldera que les permite avanzar en su propósito.

¿Qué hace hoy la susodicha izquierda? Justo lo contrario. Mientras los malos se alejan riéndose (“Bueno, Red, el negocio ya está hecho – Pues entonces, ¿a qué correr?”, dicen en la película, frase digna del mejor Rajoy), la izquierda gasta el poco carbón disponible en la calefacción de sus vagones, en calentarse de lo lindo.

Los pocos, sí pocos, siempre pocos, activistas se multiplican para llevar a cabo infinitas tareas domésticas, perfilando hasta la última coma de clónicos documentos de actuación, hasta no tener tiempo para la ídem. En ello hay dos riesgos: El primero, que dicha actividad interna colme ya la exigencia ética, necesaria y elogiable, que clama: “hay que hacer algo”. La izquierda lo hace, ha leído manifiestos, quemado las cejas en programas, protocolos y organigramas. No le ha quedado tiempo para más. Ha dejado, en el mejor de los casos, aunque no siempre, el vagón impecable y calentito. Pero el tren no avanza y los malos siguen riendo.

La participación ciudadana, “acción de la ciudadanía dirigida a influir en el proceso político y en sus resultados”, es imprescindible, pero sólo aumentará y se consolidará si percibe que el tren avanza. La simplicidad en los procedimientos, su transparencia y presentación asequible invitarán a subirse a él a numerosos simpatizantes reticentes ante vagones en perpetuo reordenamiento, con compartimentos cerrados a cal y canto, donde se les pedirá limpiar las ventanas, pero no acarrear carbón o madera a la locomotora.

El segundo riesgo es que, ante tan reluciente departamento, los posibles nuevos viajeros duden en subir, aduciendo que no se sentirán cómodos entre un pasaje tan consolidado. Vagones idénticos, con los mismos letreros (¿hay quién no quiera un mundo más justo y solidario?), pero con las puertas entre ellos cerradas. ¿Cuál escoger? Al final, muchos se quedarán en el andén.

Si a esos viajeros dubitativos les sumamos los que han salido despedidos por la fuerza centrífuga de rencillas personales y grupales, en un trayecto lleno de curvas, el resultado es un pasaje mermado. Y el tren no avanza y los malos siguen riendo.

 

 

En ingeniería, el balance energético es imprescindible. En participación ciudadana, el equilibrio entre lo utilizado en el sistema y lo empleado en hacerlo avanzar, crítico. Dijo André Malraux (L’Espoir): Pensar en lo que debería ser y no en lo que se puede hacer es malo, un veneno, irremediable. Quiero pensar que en la intención inicial de muchos colectivos está el hacer ambas cosas, pero que sintiéndose confortables en lo primero, ya no les da tiempo a lo segundo. Bajo este prisma, celebro la aparición de Actúa, con la esperanza de que haga honor a su nombre. Porque sí: es la guerra.

 

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