Equivocaciones

Miro hacia atrás y me asusto al comprobar el número de errores que he cometido al analizar el proceso catalán. A veces he pensado incluso en dejar de escribir columnas, porque no se puede analizar lo que no se entiende y ha habido momentos en los que no he entendido nada. Es cierto que no soy la única que se ha equivocado, más cierto aún que equivocarse ha sido inevitable ante bandazos como los de Ada Colau, que un día apareció como la khaleesi de los alcaldes independentistas, en una escenografía ciertamente memorable, y a la hora de la verdad pidió que no se declarara la independencia, o la deriva del propio Puigdemont, capaz de elevar a sus seguidores hasta el cielo para dejarlos caer en el barro en menos de un minuto.

A riesgo de equivocarme otra vez, creo que los últimos acontecimientos prueban que nos hallamos a merced de dos gobiernos muy semejantes, separados por una diferencia fundamental. El que preside Rajoy es nefasto, autoritario, encubridor de sus propias corrupciones y profesional. El que preside Puigdemont es nefasto, autoritario, encubridor de sus propias corrupciones y aficionado. El último adjetivo inclinará la balanza, pero los otros tres son mucho más importantes.

La izquierda se equivoca al anteponer el sentimentalismo facilón de las banderas a su propia ideología en un panorama tan incierto que ya, lo de menos, es la independencia de Cataluña. Lo que nos estamos jugando es que la extrema derecha resucite, que el radicalismo se acuerde de la lucha armada y que lo malo se convierta en lo peor. Ojalá me equivoque una vez más.

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Intemperie

Si con Cataluña ocurre lo peor, la culpa será de muchos, un fracaso colectivo sin precedentes.

No hay nada que celebrar. Esto aún no ha terminado, pero ya se intuye un final sucio, feo y, sobre todo, triste. A mí, al menos, me parece tristísimo que tras el fracaso del Estado, los padres de la Patria vayan a ser el Sabadell, CaixaBank y Gas Natural. Que las esteladas se desinflen bajo su presión a una velocidad inaudita, muy superior a la obtenida por la legalidad, la convivencia y el respeto a los discrepantes, no resulta menos desolador. Para describir la calidad de una clase política que oscila entre la astucia cazurra y las porras de unos, y la ingenuidad naif y la demagogia de otros, no es fácil encontrar adjetivos. Antes del 1 de octubre, me sobrecogía la soledad de tantos catalanes —los que se oponen a la independencia y no votan al PP— abandonados a su suerte en la más estricta intemperie. Ahora, millones de españoles compartimos esa sensación en cada pueblo y cada ciudad. Pero todo puede empeorar, porque no se puede jugar con las ilusiones y la esperanza de la gente yendo de farol, enseñar tres tristes doses, y decir Diego donde se decía digo. Tal vez, aparte de apuntalar en el poder a Rajoy, culpable principal de todo lo que ha pasado, esta intentona desarrolle el paradójico efecto de enterrar las expectativas electorales del independentismo catalán durante una buena temporada, pero ninguna paradoja logrará desactivarlo. Los radicales que no tienen nada que perder con la caída del Ibex 35 se radicalizarán todavía más, y no tienen mucho margen. Todavía no sabemos lo que puede llegar a ocurrir, pero si ocurre lo peor, la culpa será de muchos, un fracaso colectivo sin precedentes. Antes de que sea tarde, alguien debería asumir con coraje y con claridad la ineludible necesidad de refundar nuestra democracia.

 

Lo inolvidable

Rajoy y Puigdemont se han salido con la suya y entre ellos apenas hay gestos. Las llamadas al diálogo sólo son útiles si quien las hace está dispuesto a sentarse a hablar en persona con sus enemigos, porque para dialogar con los amigos ya están los bares

Más allá de la violencia y la demagogia, subsisten cosas que no debemos olvidar. Las cargas policiales nunca fueron un grave error político. Las imágenes que avergonzaron a España favorecen las expectativas electorales del PP, pero no pueden invocarse como vía de legitimación de un referéndum ilegal y, sobre todo, tramposo. Las imágenes de la gente echando papeletas en una urna en plena calle o votando cuatro veces, también son una vergüenza para España y, sobre todo, para Cataluña, aunque favorezcan las expectativas electorales de Junts pel Sí.

El grado de manipulación de los datos, las cifras y los sentimientos ha llegado a un nivel insoportable, pero nadie tendrá nunca poder suficiente para cambiar la realidad. Rajoy no pudo evitar el referéndum porque millones de catalanes querían votar. Puigdemont no gobernará en una Cataluña independiente porque millones de catalanes no quieren vivir en ella. Si los independentistas confiaran en sus posibilidades, Mas no estaría pidiendo dinero, Junqueras no habría pensado en pedir amparo al Constitucional y Trapero no habría anunciado que va a ir a declarar.

En resumen, Rajoy y Puigdemont se han salido con la suya y entre ellos apenas hay gestos. Las llamadas al diálogo sólo son útiles si quien las hace está dispuesto a sentarse a hablar en persona con sus enemigos, porque para dialogar con los amigos ya están los bares. Pero por encima de todo, lo que nadie debería haber olvidado es que los catalanes, incluidos los independentistas, son ciudadanos del Estado español. El peor error es tratarlos como a extranjeros.

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Banderas

Las banderas han tapado los procesos por corrupción, los asesinatos machistas, la explotación de los trabajadores precarios

Es la hora del patriotismo, el momento de arremangarse, de trabajar por el país, por el bienestar y el progreso de sus ciudadanos. Porque, más allá del múltiple desastre de ayer, lo que nos angustiaba y preocupaba hace unos meses, sigue estando ahí. Las banderas han tapado los procesos por corrupción, los asesinatos machistas, la explotación de los trabajadores precarios, la amenaza yihadista, la degradación de las inversiones públicas, las carencias que entorpecen la labor de la justicia, la falta de inversión en la educación pública, las consecuencias de los recortes en Sanidad, los catastróficos efectos del cambio climático, las penurias de una multitud de trabajadores que cobran tan poco que su salario no les permite salir de la pobreza, la tragedia de todos esos miles de refugiados que, de la noche a la mañana, han dejado de existir para quienes han decidido envolverse en su bandera, rojigualda o estelada, lo mismo da porque, al cabo, todas son iguales. Todas han sido fabricadas en China por los mismos desgraciados, que han cobrado la misma miseria por confeccionarlas. El proceso independentista catalán ha incrementado la cifra de negocio de los bazares orientales en todo el territorio español pero ahora, al otro lado del 1-O, ha llegado la hora del patriotismo, y por eso me dirijo a sus clientes para pedirles que descuelguen sus banderas de los balcones y se comporten como patriotas de una vez. Si detrás de cada fachada engalanada vivieran personas comprometidas de corazón con el progreso de su nación y la felicidad de sus gentes, no estaríamos a la merced de políticos corruptos, ineptos e irresponsables, como los que nos gobiernan gracias a los votos de tantos millones de aficionados a las banderas.

Publicado en ElPaís.com

 

Soledad

Desde hace algún tiempo, vivo en una soledad acompañada. Estoy sola porque, por primera vez en muchos años, no estoy de acuerdo con nadie, y sin embargo imagino que muchas personas corrientes, en Cataluña y en España, se encuentran en la misma posición. En la amplia gama de tonos del color negro que se extiende entre el Gobierno y la CUP, no soy capaz de distinguir siquiera un atisbo de matices grises. Porque los culpables de lo que está pasando no pueden formar parte de la solución y eso invalida por igual al gobierno de  Mariano Rajoy, a todos los que lo apoyan y a quienes pretenden proclamar una república independiente, o a lo mejor no, porque a estas alturas, parece que ni siquiera están de acuerdo en lo que van a hacer. Los cobardes que nadan y guardan la ropa resultan tan ineptos como los descerebrados que se lanzan al agua sin saber nadar, y aunque todos dicen que son de izquierdas, a mí, que soy de izquierdas, nadie me representa en este momento.

Palabras comunes que he usado muchas veces, como democracia, como represión, como dictadura, ahora me suenan a chiste. Creía que nada me impresionaría ya, pero entonces llegó la madre Ana María, la abadesa de la toca torcida y la cruz de metal, y un sabor caliente y antiguo, a verdura mal cocida con poca sal, trepó desde la memoria de mi estómago para conquistar sin piedad mi paladar. Muchos jóvenes hablan del franquismo sin haberlo vivido. Yo lo viví en un colegio de monjas, entre mujeres muy parecidas. Cuando lo recuerdo y miro a mi alrededor, me siento más sola todavía.

Publicado en CadenaSer.com

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