América

Tengo la suerte de no estar en España. Al otro lado del océano, el aire es más limpio, la vida más fácil. Veo rostros relajados, serenos, gente más contenta, pero arrastro mi nacionalidad como una condena y sigo, y sigo, y sigo hablando de lo mismo. Hoy me he levantado en Chile y me acostaré en Argentina, pero quienes me escuchan no me entienden, por más que hablemos la misma lengua. Tampoco me extraña, porque me cuesta trabajo enhebrar un relato coherente, no ya de lo que está pasando, sino hasta de lo que ha pasado ya. No es fácil creer que existan políticos tan irresponsables como los que han ido rechazando todas las oportunidades de las que han dispuesto para salvar esta crisis. Es difícil argumentar que a los dos les interesaba prolongar la tragedia porque intensificaba sus respectivas fortalezas, que se han jugado el futuro de los ciudadanos cuyos intereses deberían proteger como dos matones de 11 años que comparan el tamaño de sus genitales ante el espejo del vestuario del colegio. Es casi imposible describir la desolación, el hartazgo, la neurosis en la que los españoles hemos vivido, dentro y fuera de Cataluña, durante los últimos meses. Cuando lo intento, me aburro de escucharme antes de terminar las frases, y cuando llamo a casa ni siquiera pregunto qué está pasando. Prefiero disfrutar del extranjero, de este viaje de trabajo que me está descansando más que unas vacaciones, el breve y soleado exilio que me permite comprobar que fuera de España hay vida, gente que se aburre mientras habla del tiempo, del fútbol, de las gracias de sus hijos. Mi única angustia, lo único que me preocupa ahora mismo, es que la semana que viene tengo que volver. Al menos, me habré perdido Halloween. Bien mirado, menos da una piedra.

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Brindis

Cuando ustedes escuchen estas palabras, yo estaré muy lejos. No es una canción romántica, ni una voz en off en un telefilm, ni el principio de una novela de intriga. Cuando ustedes escuchen estas palabras, yo estaré en un avión sobre el océano Atlántico, camino de Chile. No sabré qué ha pasado en el Parlament ni en el Senado, si se ha proclamado la independencia, el 155, o ambas cosas o ninguna. Lo que sí sé es que en ese avión habré bebido una copa de cava catalán, que me habrá gustado tanto como siempre. Y yo sola, en silencio, desde el cielo, habré brindado por todos los catalanes que han sido fundamentales en mi vida. Por Ana María Matute, por Juan Marsé, por Jaime Gil de Biedma, que me enseñaron a escribir y a pensar. Por Bigas Luna, que me enseñó a ser quien soy. Por Antonio López Lamadrid, mi primer editor y el mejor que cualquier autor habría podido soñar. Por quienes se fueron y por quienes siguen a mi lado. Por Juan, por Natalia, por Alejandra, a quienes mis libros deben tanto como a mí. Por Rosana, que vive en Barcelona porque allí supieron recuperarla de la enfermedad gravísima que estuvo a punto de robarme una amiga. Brindaré por todos los días de sol, por todos los lugares donde he sido feliz. Por Sitges, donde me enamoré de un andaluz. Por una casa de la calle Iradier en la que entré sin saber qué iba a ser de mí y de la que salí convertida en una escritora. Por todos los Sant Jordi que he vivido, y por los que me quedan por vivir.

Pase lo que pase, tengo muchos motivos para brindar por Cataluña. Y nada, nadie podrá arrebatármelos nunca.

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Perpiñán

Ya no llegan memes ingeniosos a la pantalla de mi teléfono. No hay mejor indicio de que la cosa ha dejado de estar para bromas. La única solución imaginativa que se ha producido en las últimas horas es la ocurrencia de una dirigente de la CUP que propone trasladar al Govern a Perpiñán si se aplica el 155. Parece un chiste, pero no lo es. El exilio es la última consecuencia de la derrota. Asumirla antes de tiempo, una prueba casi póstuma de que el soberanismo ha prosperado gracias a la implantación de un universo paralelo, ajeno a la realidad. La sonrosada burbuja de la patria feliz, fruto de una estrategia en la que la propaganda suplantó con éxito al pensamiento, se ha pinchado. Muchos catalanes ayer alegremente independentistas se hallan hoy tan huérfanos, tan desamparados, como estaban hace poco los vecinos de sus casas que no golpeaban cacerolas por las noches. Pero por muy buen resultado que haya dado el victimismo, explotarlo hasta el punto de abandonarlo todo y marcharse a Perpiñán a dar pena, me parece una mala jugada. La implacable realidad ha convertido a Puigdemont en el principal defensor de la autonomía que pretendía dejar atrás, el autogobierno que se ve amenazado por el artículo 155. En esta paradoja irónica, hasta cruel, puede estar la solución. Imagino que el president será consciente de que, en algún momento, la CUP empezará a considerarle un cobarde, un traidor o ambas cosas a la vez, y tendrá razones para argumentar su posición. Es cierto que le han sostenido lealmente hasta ahora, pero también lo es que convocar elecciones antes de que se las convoquen, le permitiría ofrecer una salida honrosa a la mayoría de los catalanes. En cualquier caso, creo que es una opción preferible al exilio en Perpiñán.

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Conclusión

La izquierda ha vuelto a regalarle España a la derecha, una vez más y para mucho tiempo

Soy amigo de Platón, pero más de la verdad. Me aferro a las viejas palabras de Aristóteles para persistir en la discrepancia y en la soledad. Mientras se estrecha el cerco y parece ineludible tomar partido, me niego a escoger entre lo peor y lo peor. No comulgaré con ruedas de molino aunque me muera de sed en medio del desierto. Los ciudadanos tenemos derecho a saber por qué, más allá de los recortes, de la falta de medios, del grosor de los sumarios, Urdangarín y Rato están en su casa, tan ricamente, mientras las manifestaciones del 20 de septiembre han mandado a sus organizadores a la cárcel en menos de un mes. Eso es una cosa. Creer que los jueces obedecen al gobierno, sugerirlo o decirlo claramente, es otra, más grave por cierto que la independencia de Cataluña. Aunque no soy jurista, calificar esas manifestaciones como actos de sedición me parece un disparate. Sin embargo tampoco creo que puedan considerarse pacíficas, puesto que la agresión física no es la única forma de violencia que existe. Por ejemplo, el contenido del video que conocemos como Help Catalonia me parece extremadamente violento, aunque realizarlo y difundirlo no constituya un delito. Aristóteles era amigo de Platón, pero sabía que la verdad no distingue entre amigos y enemigos. Si vivimos malos tiempos para el pensamiento crítico, es porque nunca los hemos vivido mejores para la propaganda. Confundiendo el uno con la otra, la izquierda ha vuelto a regalarle España a la derecha, una vez más y para mucho tiempo. A lo peor, el que nos queda de vida.

Madrid

Es una villa que nunca ha llegado a ostentar el título de ciudad aunque, contando con su área metropolitana, en ella vivimos 6,5 millones de personas. Algunas hemos nacido allí y no somos de ningún otro lugar. La mayoría tiene orígenes muy diversos, aunque no se distinguen del resto porque nosotros no usamos palabras como maketo o charnego. Como en cualquier otra urbe de su tamaño, en Madrid convive gente de todas las ideologías, que piensa de todas las maneras y vota a todos los partidos. En la actualidad, su Ayuntamiento es de izquierdas mientras que en la Comunidad gobierna la derecha, porque el porcentaje mínimo para obtener representación parlamentaria es del 5% y no del 3%, como en origen, desde que el PP lo cambió para perpetuarse en el poder. De lo contrario, allí también gobernaría la izquierda. Entre los líderes políticos actuales, sólo hay dos madrileños. Son Pedro Sánchez y Pablo Iglesias. Ustedes se preguntarán por qué les cuento todo esto, si lo saben de sobra. Se lo cuento porque, durante toda mi vida, he pagado un precio por ser de Madrid, que consiste en que, de entrada, me tomen por lo último que soy, una facha. A eso ya estoy acostumbrada pero, recientemente, las circunstancias parecen haber impuesto un nuevo uso del nombre de mi ciudad, que se ha convertido en sinónimo de Gobierno de España e, incluso, de Estado español. Por eso, aprovechando el momento de descanso que nos ha regalado la partida de ping-pong semántico a la que están jugando Rajoy y Puigdemont, me atrevo a solicitar, en aras de la objetividad, del derecho a la defensa de la propia identidad y del respeto al hecho diferencial, que nos devuelvan Madrid a los madrileños y empiecen a llamar a cada cosa por su nombre. Muchas gracias.

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