Palabra de honor

En cualquier democracia normal, Cifuentes habría dimitido hace semanas, pero esto es España, y Rivera ya ha dicho que se da por satisfecho con una comisión de investigación donde se declare bajo juramento.

Lo que se aprende en la infancia no se olvida fácilmente. Recuerdo a mi madre con expresión seria, en ocasiones casi solemne. Dame tu palabra de honor. La recuerdo también cuando me ofrecía la suya. Te doy mi palabra de honor de que nunca he pensado, he hecho, he dicho tal o cual cosa. En aquella época, o al menos en aquella familia, la mía, la palabra de honor era algo muy serio, un profundo compromiso con la verdad, una garantía de la dignidad personal.

Lo recuerdo ahora, mientras Cristina Cifuentes miente, igual que ha mentido antes, como piensa seguir mintiendo en el futuro aunque sus mentiras se lleven por delante tantas cosas, la reputación de una universidad pública, las carreras de varios profesores universitarios, el prestigio de los expedientes de sus compañeros de máster, todos esos alumnos que sí se matricularon en plazo, que sí fueron a clase, que sí escribieron un trabajo, que sí lo defendieron ante un tribunal. En cualquier democracia normal, Cifuentes habría dimitido hace semanas, pero esto es España, y Rivera ya ha dicho que se da por satisfecho con una comisión de investigación donde se declare bajo juramento.

Publicado en CadenaSer.com

Peores

Nadie debería celebrar que se fuguen empresas, que se suspendan eventos, que se enrarezca el aire que respiramos todos

Es paradójico y, sobre todo, triste. La crisis económica, que nos afectó a todos, que nos hizo más pobres y sembró nuestro ánimo de preocupaciones que la mayoría de nosotros nunca había sentido, hizo aflorar lo mejor de los españoles. Virtudes que parecían extinguidas por la cultura del pelotazo, como la solidaridad, la fraternidad o la empatía por la desgracia ajena, florecieron en los tiempos oscuros. La generosidad de las redes familiares mantuvo a flote a los más desdichados, asegurando una paz social que el Estado no había sido capaz de garantizar. Lo paradójico, lo triste, es que ahora, mientras las economías individuales se recuperan, aunque sea a costa de contratos basura y salarios de pobreza, ocurre exactamente lo contrario. La crisis política e institucional que ha resultado del proceso catalán nos ha hecho peores. Nadie debería celebrar que una persona sea encarcelada. Nadie debería celebrar que la acosen, la amenacen y tenga que protegerla la policía. Nadie debería celebrar que se fuguen empresas, que se suspendan eventos, que se enrarezca el aire que respiramos todos. Y, sin embargo, eso es lo que está pasando, en un lado y en el otro. La miseria moral que desencadena tanto rencor está envileciendo nuestra vida cotidiana, generando opiniones demagógicas de un calibre que remite a otras épocas, contagiando el debate público sobre cualquier tema de una aspereza, una violencia, más propias de un clima prebélico que de la situación real de nuestro país. El destino de Cataluña ya no es solamente un asunto catalán. En la medida en la que nos está convirtiendo en personas peores de lo que somos, todos los españoles necesitamos por igual una buena solución política al conflicto. Y la necesitamos ya.

Publicado en ElPaís.com

Víctimas

Hace unos meses, cuando el cansancio se convirtió en aburrimiento, dejé de ocuparme del conflicto catalán. Por una parte, no me apetecía seguir empeñando mi atención en un tema estancado mientras otros procesos, tan estrechamente vinculados con mi trayectoria como el auge del feminismo o la reactivación del debate sobre nuestra historia reciente, experimentaban avances que pueden resultar decisivos. Por otra, me parecía injusto seguir dándole vueltas al exilio de Puigdemont mientras causas tan justas como las reivindicaciones de los pensionistas, o tan alarmantes como la prisión permanente revisable, permanecían en segundo plano. Así que decidí dar Cataluña por perdida para atender a otros asuntos. No he cambiado de opinión y, sin embargo, la desolación que impregna este momento concreto, entre fugas precipitadas, autos judiciales, reingresos en prisión y nuevas elecciones en el horizonte, me impulsa a volver sobre mis pasos, aunque sólo sea porque me encantaría entender los motivos de Torrent, la insistencia independentista en el malentendido que les lleva a identificar la dignidad con el suicidio, una inmolación que perjudica la propia supervivencia de su causa. Pero saber ganar es tan importante, o más aún, que saber perder. Yo no soy nadie para discutir los méritos del juez Llarena, ni para cuestionar su trabajo, pero en la medida en la que es también un ciudadano, me pregunto si es consciente de las repercusiones políticas, a corto, a largo y hasta a larguísimo plazo, de su manera de aplicar la ley. Las víctimas son el capital más valioso al que puede aspirar cualquier movimiento político. Cuando los independentistas pierdan todo lo demás, siempre les quedarán las víctimas. Ojalá que no.

Publicado en ElPaís.com

Atípico

Yo nunca he escrito una tesis, pero podría enseñar en público el original de cualquiera de mis libros en dos o tres horas

El abogado de Urdangarín ha pedido su absolución por tráfico de influencias, ya que el beneficio obtenido gracias a sus relaciones con la Casa Real debe quedar impune por atípico. A tenor de los acontecimientos de las últimas décadas, a mí me parece más bien clamorosamente típico. Pero los aficionados a la excentricidad no deben desanimarse, porque la actualidad les proporciona una oferta extensa y variada. Al perfil grisáceo, funcionarial, de Jordi Turull, se opone la imagen posmoderna y heterodoxa de Cristina Cifuentes, aunque ambos están atrapados en el mismo bucle de irrealidad. Para atípicas, sus historias, las que cuentan y las que se intuyen más allá de sus argumentos. Al PP, los modernos le están dando tan mal resultado como los candidatos al Parlament de Cataluña. Yo nunca he escrito una tesis, pero podría enseñar en público el original de cualquiera de mis libros en dos o tres horas. Los últimos los tengo todavía en el ordenador, porque me da pena borrarlos después del trabajo que me costó escribirlos. Buena parte de ese esfuerzo consistió en elaborar relatos cuya verosimilitud no pueda cuestionarse. Ese es mi oficio, y por eso, las actuaciones que he citado me divertirían mucho si no me dieran tanta pena. Vuelvo a insistir en que algún día habrá que afrontar las atipicidades específicas de la democracia española, desde la Transición hasta hoy, pero de momento me voy de vacaciones. Disfruten de la Semana Santa, aunque sólo sea porque este año, con el frío que hace, no nos sentiremos culpables por comer torrijas.

Publicado en CadenaSer.com

 

 

Razones

Las pensiones no son una subvención ni una ayuda, sino un derecho consolidado

 

Las razones que justifican la indignación de los y las pensionistas rebasan la extensión de esta columna. Porque las pensiones no son una subvención ni una ayuda, sino un derecho consolidado. Porque el dinero que perciben no es del Estado, sino suyo, una inversión sostenida con esfuerzo a lo largo de su vida laboral. Porque han apretado los dientes para aguantar la crisis hasta que un Gobierno que alardea de crecimiento económico les ha ofrecido una subida humillante de puro ridícula. Porque la hucha de las pensiones no se ha vaciado sola mientras los gobernantes que padecemos rescataban primero a la banca, después a las autopistas, mañana vete a saber. Porque su lucha atraviesa de forma implacable y transversal a todos los sectores de la población de este país. Porque el presunto colapso del sistema público de pensiones tiene que ver con las tasas de natalidad, con la discriminación laboral que sufren las españolas en edad fértil, con la gestión de los fondos públicos, con aquella pletórica España del pelotazo donde se prejubilaba a porrillo a personas que querían seguir trabajando, con los agujeros negros de la corrupción, con la pésima calidad de los empleos de nueva creación, con los contratos indecentes que impiden que los nuevos trabajadores, las nuevas trabajadoras obligadas a desempeñar tareas que están muy por debajo de su formación, puedan contribuir de forma efectiva a su mantenimiento, con el sistemático desprecio con el que se aplican las ayudas a la dependencia, con el desmantelamiento de la Sanidad pública, con la imposición del copago farmacéutico universal, con la ínfima rentabilidad de los planes de pensiones privados… Ya ven, me he quedado sin espacio y todavía se me ocurren algunas más.

Publicado en ElPaís.com

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de privacidad, pinche el enlace para mayor información.Actúa politica de privacidad

ACEPTAR
Aviso de cookies