Cuando parecía que llegábamos al final del camino de la cadena de candidatos inviables, con la convicción de unos y otros en la necesidad de lograr un aspirante efectivo, para terminar con el 155 y evitar la amenaza de unas nuevas elecciones que todos temen y nadie quiere, hemos vuelto al principio una vez más.

Otra vez el proceso independentista sigue adelante con la construcción de una república de ficción, con elaboraciones cada vez más delirantes, sin que el principio de realidad prevalezca, en una huida hacia adelante sin otra meta ni horizonte que la alucinación de una república idílica donde ya no habrá clases, desigualdad, pobreza, infelicidad o corrupción.

Poco importa que los resultados electorales hayan confirmado, una vez más, que la sociedad catalana está dividida y que la independencia ni siquiera cuenta con una mayoría que la sustente, y por tanto, que se trata de convivir y convencer sin forzar la realidad.

Se trataría, sin embargo, para el sector soberanista de una suerte de ocupantes molestos empeñados en obstaculizar el proceso de la mano de los franquistas españoles y de sus leyes e instituciones secularmente impuestas, como si no hubiesen surgido de la mezcla, el pacto y el acuerdo.

Poco o nada parecen importar las consecuencias económicas. Siempre hay otros datos que demuestran que no son ciertos, que la cosa cambiará con la república o que la conspiración española está detrás de la falsa realidad y de los datos manipulados.

Poco o nada importa el cierre de filas en la UE ante la perspectiva de la desestabilización y la fractura por el Brexit. La opinión pública es voluble y puede cambiar como consecuencia de la sobreactuación de los tribunales y la solemne e impostada torpeza del Gobierno Rajoy.

Pero sobre todo, poco importan la Constitución, el Estatut y las leyes donde haya un pueblo, un movimiento nacional y unos dirigentes con derecho a ignorarlas y a decidir por encima de todo.

Otra vez el fuego amigo entre los partidos independentistas, entre la legitimidad de origen de Puigdemont, el pragmatismo de ocasión de ERC y la revolución anti todos los sistemas de las CUP, va dejando el camino sembrado de candidatos, de creacionismo parlamentario-asambleario y de rabia y frustración social.

Otra vez más el juez Llarena y el Tribunal Supremo, como si de acción y reacción se tratara, siguen adelante en su instrucción de acusaciones, a cada cual más desmesurada, que van de la prevaricación a la sedición y de ésta a la rebelión, en una reconstrucción retrospectiva de una pesadilla de procés como asonada violenta, una construcción delirante de ruina contrapuesta a la ficción independentista, y en los correspondientes encarcelamientos por continuidad delictiva, más basados en una supuesta intencionalidad que en los hechos objetivos.

Otra vez el Gobierno del PP y Ciudadanos a la greña por quién se queda con la primogenitura de la derecha española, unos con el y dos huevos duros más y otros con la reacción-aplicación del 155 permanente.

Pero sobre todo otra vez la izquierda, mi querida izquierda irreconocible, tropezando en la misma piedra del nacionalismo, confundiendo antes el referéndum con la democracia y la defensa de la Constitución con el autoritarismo.

De nuevo confundiendo a los jueces con la Justicia, y a ésta con la legalidad y con el Estado democrático. O confundiendo a los nacionalistas con Cataluña y a Rajoy y el PP con España.

Otra vez la izquierda, que pretendiendo dar una salida transversal al procés vuelve a alinearse con el independentismo asimilándolo a la lucha por la libertad frente a unas acusaciones y encarcelamientos que muchos consideramos injustos, pero que no pueden asimilarse a un Estado represor.

Porque en el lado de la libertad, muy mayoritario en Cataluña y en España, puede y debe haber independentistas y no independentistas.

Así no haremos de puente entre ellos, sólo serviremos de coartada continua para la estrategia de bloques y de confrontación.

Así no facilitaremos la comprensión de los trabajadores de Cataluña y mucho menos de los del resto de España. Así los dejaremos huérfanos o en manos de la confrontación nacionalista, catalana o española, tanto da.

Así colaboraremos una vez más en la legitimación de la vía unilateral a la independencia y a la consiguiente descalificación de las instituciones democráticas españolas y catalanas.

Así no compañeros. Ese no es el camino.

Publicado en ElMundo.es

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